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sábado, 04 septiembre 2010
 

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Mundo Negro Junio 2008
N. 538 - Marzo 2009
Marguérite Barankitse
Una mujer excepcional

Economía

China en África

La invasión que no pierde comba

Por Josean Villalabeitia

El pasado mes de febrero el presidente de China, Hu Jintao, realizó una gira por varios países africanos (Malí, Senegal, Tanzania y Mauricio), la cuarta desde que asumió la jefatura del Estado chino en 2003. La presencia de China en África es cada vez más ostensible hasta el punto de que se ha convertido en el primer proveedor del continente y en su tercer socio comercial. Este fenómeno presenta algunas ventajas para los africanos, pero también no pocos inconvenientes. Sólo el tiempo dirá hacia dónde se inclina la balanza, aunque para entonces será ya imposible recomponer algunos desmanes.


Pasó prácticamente desapercibida, pero puede ser un símbolo muy elocuente de lo que está sucediendo en estos momentos en el continente africano. Nos referimos a la elección de Jean Ping como presidente de la Comisión de la Unión Africana (UA), es decir, responsable máximo de las tareas ejecutivas de la UA.

Y hablamos de símbolo porque la elección de Ping –de madre y nacionalidad gabonesa, aunque hijo de padre chino, como sus rasgos físicos y el apellido dan enseguida a entender sin dificultad– viene a coincidir con la cada vez más ostensible presencia de China en África. Este fenómeno constituye, en efecto, para no pocos observadores, el hecho más importante acontecido en el continente negro desde la caída del muro de Berlín.

En muy poco tiempo, la República Popular China se ha convertido en el primer proveedor de África y en su tercer socio comercial. El volumen de los intercambios económicos entre chinos y africanos se ha cuadruplicado entre 2004 y 2007, alcanzando los 73.300 millones de dólares, y continúa subiendo, cuando hace tan sólo una generación apenas alcanzaba los diez millones de dólares.

Al mismo tiempo, entre 600.000 y 800.000 chinos viven actualmente en el continente negro, aunque la mayoría lo haga de forma irregular. Muchos de ellos se dedican al pequeño comercio, pero son cada vez más numerosos los que trabajan para grandes empresas de su país con negocios en África, cuyo número se acercaría ya a las setecientas.

Las olimpiadas celebradas el pasado verano en Pekín han supuesto, en este sentido, un fabuloso escaparate donde mostrar, de manera práctica, las nada desdeñables posibilidades de la industria china en mil y un campos diversos.

Los sorprendentes datos anteriores no son ninguna casualidad. China ha realizado ­–y realiza– serios esfuerzos financieros para consolidar su presencia en el continente negro. De hecho, además de la mitad de su ayuda al desarrollo, es decir, unos 1.400 millones de dólares, el Gobierno chino dedica a África el 10 por ciento del total de sus inversiones en el extranjero. Todos estos fondos los canaliza hacia distintos sectores del continente africano por medio de instrumentos financieros variados, pero siempre generosos, rápidos de conseguir y alejados del control de los organismos monetarios internacionales.

Por otra parte, los chinos gustan de trabajar en proyectos públicos de gran calado, promovidos por los gobiernos nacionales, cosa que ninguna multinacional occidental está dispuesta a imitar, dados los riesgos económicos que comporta. A este respecto, casi todos los días llegan noticias de países africanos que acaban de firmar acuerdos con empresas chinas –como los rubricados recientemente con Togo o Senegal– para construir carreteras, pantanos, vías de ferrocarril, puertos, hospitales, escuelas, edificios oficiales, etc., o simplemente para comerciar en condiciones favorables.

Sin ir más lejos, el pasado mes de febrero el Gobierno chino prometió 11,5 millones de dólares para construir o renovar once estadios, un museo, un teatro nacional y un hospital infantil en Senegal, una ayuda que llega después de que en noviembre de 2008 China anunciase la donación de 10,2 millones de dólares como ayuda oficial al país y tras la firma, en enero pasado, de otros dos acuerdos para financiar la red de seguridad nacional de Senegal.

Acuerdos con cada país

Muchos de estos detalles nos ponen ya sobre aviso de la manera de actuar de la República Popular China en el continente africano. Porque, frente a los criterios para la colaboración financiera que manejan los países del norte, más partidarios del multilateralismo y de supeditar su ayuda al correcto gobierno de los países –aunque luego, con demasiada frecuencia, estas buenas intenciones se reduzcan a actuaciones de fachada, sin contenido de fondo alguno–, China proclama abiertamente su oposición a intervenir en los asuntos internos de las naciones, y es amiga de firmar acuerdos concretos con cada país, aunque las cosas en él no vayan todo lo bien que sería de desear, o sean lisa y llanamente un desastre.

“No acostumbramos a ligar nuestra ayuda a condiciones políticas –declaraba hace poco Liu Guijin, representante del Gobierno chino para asuntos africanos–. Nos parece inútil esperar a que todo sea perfecto, incluso los derechos humanos, para comenzar a hacer negocios”. Así se entiende la acusación, que con frecuencia se dirige desde los países del norte a China de estar sosteniendo, con su ayuda incondicional, a algunos de los regímenes africanos menos recomendables, como los de Zimbabue o Sudán, por ejemplo.

A China estas críticas le traen bastante sin cuidado, ya que lo que en casa no promueve, no va a empeñarse en imponerlo cuando sale de ella. En cualquier caso, frente al, por lo general, oscuro pasado en territorio africano de sus detractores, su carencia de antecedentes coloniales le da a los chinos bastantes cartas en el juego de acusación y denuncia que se suele montar entre las grandes potencias interesadas en actuar en África.

China completa, además, su discurso con una apelación insistente a la fraternidad entre los pueblos y a la excelencia de la cooperación Sur-Sur, de la que se presenta como la mayor defensora y propagandista, y sale airosa del embate sin mayores dificultades, al menos si nos atenemos a los resultados prácticos posteriores (véase lo publicado por Mundo Negro en diciembre de 2005, páginas 20-25).

Materias primas

Pero, ¿qué busca China en África, para actuar de manera tan agresiva y con la falta de escrúpulos diplomáticos con que lo hace? Pues, si dejamos al margen ciertos objetivos puramente políticos, como la marginación de Taiwán por parte de la mayor cantidad posible de estados africanos –condición innegociable para establecer cualquier tipo de relación oficial con la China continental–, la respuesta más inmediata a esa pregunta sería ésta: el petróleo.

No tanto, quizás, el petróleo que compra en África a precio de mercado, que supone alrededor de la cuarta parte de sus importaciones, sino, sobre todo, el oro negro que las empresas chinas extraen ellas mismas del subsuelo africano. De hecho, son los países ricos en hidrocarburos quienes han atraído una mayor parte de la inversión china en África: Nigeria, Sudán, Argelia, Angola, Congo-Brazzaville, Chad…

A decir verdad, los negocios, en este campo, no siempre les han ido bien. En algunos casos, la falta de experiencia y de capacidad tecnológica para extraer petróleo en alta mar, de aguas profundas, han obligado a las empresas petroleras chinas a retirarse de zonas ciertamente prometedoras –las costas del Golfo de Guinea, por ejemplo– para apostar por otras de más sencilla explotación, aunque con muchas menores reservas probadas, como ciertas regiones de África Oriental y Central.

Pero otras veces, los negocios han sido muy prósperos. El caso más palpable es Sudán, de donde las multinacionales petroleras tuvieron que retirarse en 1980 a causa de la guerra civil y de las sanciones norteamericanas. Sin embargo, los chinos, haciendo caso omiso de las indicaciones de la diplomacia occidental, han aprovechado la coyuntura para hacer una inversión masiva en territorio sudanés que les ha permitido no sólo explotar numerosos pozos petrolíferos, sino también construir dos refinerías y un oleoducto hasta Port Sudán. Si hoy los sudaneses exportan petróleo, y conocen un periodo de bonanza económica sin igual en su historia, es fundamentalmente gracias a China.

Que se hayan perpetrado y se sigan cometiendo las mayores atrocidades en Darfur no le ha impedido a China seguir adelante con su intensa actividad petrolera en Sudán; es más, una cierta inestabilidad en la región es siempre bienvenida para las empresas chinas. Así las compañías occidentales se tentarán bien la ropa antes de animarse a reiniciar la producción de crudo sudanés. Claro que esta forma de actuar se compagina muy mal con las reiteradas invitaciones al pacifismo y a la amistad entre los pueblos con que los chinos acompañan sus actuaciones en África.

Minerales, sobre todo

Pero no sólo interesa el petróleo; cualquier materia prima, sobre todo las de origen mineral, es atractiva para China. La República Democrática de Congo, por ejemplo, está entregando a los chinos un total de diez millones de toneladas de cobre y 600.000 toneladas de cobalto a cambio de un préstamo progresivo de diez mil millones de dólares, destinado a financiar infraestructuras fundamentales en el país. A juicio de los entendidos, el precio estipulado para el mineral es muy inferior al del mercado, pero da un amplio respiro financiero al presidente Kabila, aunque sea a costa de aumentar aún más las ya cuantiosas deudas de su país.

A cambio, para consternación de los países occidentales, que son más partidarios de obligar al régimen congoleño a cumplir con sus obligaciones pecuniarias antes de concederle más apoyo financiero, los chinos se hacen con una ingente cantidad de mineral que tendrían que haber pagado mucho más caro.

Algo parecido, aunque con un despliegue práctico completamente diferente, podría decirse del mineral de uranio de Níger, hasta hace poco al alcance exclusivo de ciertas empresas nucleares francesas, que ven ahora cómo también los chinos pretenden, cada vez con mayor insistencia, hacerse con una parte de ese pastel. O de la explotación del cobre de Zambia.

En muchos lugares se ha acusado a los chinos de llevar a cabo una explotación abusiva de los recursos naturales, y de hacerlo sin prestar ninguna atención a las condiciones de seguridad de los obreros y a sus derechos laborales. Además, con alguna frecuencia salta la chispa entre los trabajadores africanos, poco acostumbrados a los exigentes ritmos de trabajo chinos, que a veces consideran próximos a la explotación y la esclavitud.

Pero los dirigentes chinos siguen impertérritos con sus planes ya que el continente africano resulta primordial para el progreso industrial de la República Popular de China; no en vano, en este momento, el 20 por ciento de los minerales y las dos terceras partes de la madera que importa provienen de África.

Industria, comercio y construcción

Es indudable que los productos chinos, sencillos de utilizar, resistentes y muy baratos, presentan un atractivo innegable para los africanos, que pueden así acceder a no pocos artículos de consumo que, de otra manera, resultarían completamente prohibitivos para ellos. La otra cara de la moneda es que, con frecuencia, la tecnología china que llega a África es obsoleta, y no ofrece ni de lejos las posibilidades prácticas de los productos occidentales.

Sea como fuere, los chinos han inundado el continente con sus artículos, hasta el punto de que en algunos países –Zambia, Senegal, Sudáfrica, etc.– han estallado serias tensiones con los productores locales, que se quejan de que la agresiva estrategia comercial china destruye las industrias y el empleo locales, y favorece la generalización del paro, en un continente donde, muy al contrario, lo urgente sería promover estrategias de creación de empleo duradero, objetivo muy ajeno a las intenciones de los empresarios chinos.

Pero, además del pequeño comercio, cada vez es más potente la implantación de empresas chinas en casi todos los ámbitos donde haya intereses en juego: pesca, transporte, agricultura, telecomunicaciones, medicinas… En este sentido, el sector más en auge, que actúa casi como puerta de entrada estratégica para el resto de la industria china, sería el de la construcción. Para convencerse de ello basta contar el número de obras de todo tipo, desde grandes proyectos oficiales a pequeñas edificaciones privadas, que se levantan en la actualidad bajo responsabilidad de una empresa china.

También en el sector de la telefonía móvil, China tiene una presencia muy sólida en África a través de varias compañías implantadas ya en las tres cuartas partes de los países africanos, algunas de ellas coaligadas con compañías nativas, fundamentalmente sudafricanas. Para favorecer todas estas operaciones, varios bancos chinos se han instalado también en el continente, mostrándose muy interesados en hacerse con entidades financieras africanas en crisis. En realidad, muy pocos sectores industriales y comerciales africanos se libran ya del apretón económico de la larga mano de China.

Sin ánimo de echar raíces

Una de las características llamativas de las empresas chinas es que prefieren traerlo todo directamente de su tierra, y apenas hacen uso de los productos o la mano de obra local. Jamás contratan a personal nativo cuando se trata de buscar trabajadores de una cierta especialización, pero, incluso cuando necesitan peones u obreros de baja capacitación profesional, prefieren buscarlos mayoritariamente en China. Dicen superar así las dificultades para aprovisionarse de ciertas mercancías en el continente negro y para encontrar a suficiente gente preparada en distintos sectores de la producción, aunque demasiadas veces sus argumentos suenan a excusa barata.

Además, la realidad dice todos los días que a los chinos les cuesta muchísimo relacionarse con los nativos. Los matrimonios mixtos entre chinos y africanos son casi inexistentes –algunas empresas llegan incluso a enviar de vuelta a casa a los obreros chinos sorprendidos en una relación sentimental con nativos del sexo contrario– y compartir un trago al final del trabajo o celebrar ciertas fiestas en las que participen asiáticos y africanos juntos son acontecimientos muy excepcionales.

Los chinos parecen venir a África a trabajar; duramente, es cierto, pero sin ánimo de echar raíces en el continente negro. O, si piensan quedarse, prefieren no mezclarse con la gente local y vivir en su mundo chino, con su idioma, sus manjares y sus costumbres, casi como en un gueto. Ello les hace tremendamente impopulares para los nativos, aunque es difícil saber si fue antes el huevo o la gallina.

Otra acusación grave que se suele hacer de las empresas chinas que trabajan en África es que actúan sin tener apenas en cuenta el respeto del medio ambiente. En las listas de empresas más contaminantes del continente abundan las de propiedad o participación china, problema que los occidentales, al menos de boca para afuera, afirman tener cada vez mejor controlado.

Las cosas, sin embargo, no llevan visos de cambiar demasiado en un futuro más o menos próximo, porque los chinos dicen que hay que establecer prioridades y que ahora lo más urgente en África es ayudar a los africanos a vivir cada día mejor, aunque para ello haya que pagar ciertos precios nada apetecibles.

El caso es que la vida evoluciona en África a buen ritmo y no parece probable que la invasión china pierda allí comba, al menos en los próximos años. La tendencia parece, más bien, la contraria: que se extienda aún más, aunque probablemente la estrategia china vaya perdiendo agresividad y, con la experiencia, gane en prudencia y savoir faire.

No hay duda de que la presencia de China en África presenta algunas ventajas para los africanos, y no pocos inconvenientes también, por supuesto. Sólo el tiempo parece destinado a decidir cuál de los dos platos de la balanza se llevará el gato al agua, aunque, con toda seguridad, ciertos desmanes serán ya imposibles de recomponer.


 

 

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