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Escenarios africanos de paz

Escenarios africanos de paz

 
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Por Luis E. Larra Lomas
 

El 1 de enero se celebra la Jornada Mundial de la Paz, en esta ocasión bajo el lema “Familia humana, comunidad de paz”. Pese a los conflictos que sacuden vastas regiones del continente africano, en los últimos meses se han firmado algunos acuerdos de paz o han comenzado las negociaciones para poner fin a la escalada de violencia, destrucción y muerte en determinadas zonas o países.

La paz es el deseo más repetido por los habitantes del planeta al comenzar el nuevo año. También por los más de 900 millones de seres humanos que componen la “familia humana” del castigado continente africano. Sin embargo, la triste realidad es que los conflictos armados han costado a África, entre 1990 y 2005, alrededor de 300.000 millones de dólares, una cifra equivalente a la ayuda internacional recibida durante el mismo período, según un reciente estudio de Oxfam Internacional, Fundació Per la Pau y Saferworld, titulado Los millones perdidos de África.
En varios países africanos persisten los conflictos, las guerras civiles o las insurgencias; en otros, se ha decretado una tregua, se han firmado acuerdos o se han dado los primeros pasos en la mesa de negociaciones para alcanzar la paz. Aquí repasamos algunos de los últimos escenarios africanos de paz.

Chad: espera impaciente

El caso de Chad pone de manifiesto el difícil y frágil camino hacia la paz. En octubre pasado, el Gobierno chadiano y cuatro de los principales grupos rebeldes del país sellaron en la ciudad libia de Sirte un acuerdo de paz, que puso fin, sobre el papel, a dos años de enfrentamientos en el este del país. El compromiso fue firmado por el presidente de Chad, Idriss Déby, y los representantes de los cuatro grupos rebeldes, en presencia de los presidentes de Libia, Muhamar El Gadafi, que actuó de mediador, y de Sudán, Omar El‑Beshir, eterno enemigo de Déby, que se comprometió a contener las incursiones en territorio chadiano de rebeldes procedentes de Sudán.

El líder libio describió el acuerdo como “la paz del valiente” e instó a los implicados a comprometerse con el acuerdo y a no volver a enfrentarse. Por su parte, el ministro chadiano de Infraestructuras, Adam Yunsmi, señaló que las partes habían trabajado durante tres meses para alcanzar un acuerdo “que los chadianos han estado esperando con impaciencia”. Ahora, añadió, “tenemos que trabajar unidos por el desarrollo de nuestra nación y para luchar contra la pobreza”.

Sin embargo, un mes después de estas declaraciones la situación volvió a ser como antes de la firma del acuerdo. A finales de noviembre pasado se produjeron duros enfrentamientos entre el Ejército gubernamental y los rebeldes de la Unión de Fuerzas por la Democracia y el Desarrollo (UFDD), que anunciaron el fin de la tregua, debido, en su opinión, al incumplimiento de los acuerdos por parte del Gobierno. Éste, a su vez, responsabilizó a las autoridades de Jartum de los ataques de rebeldes afincados en Sudán a dos ciudades y un campo de refugiados, cerca de Abeché.

Por si fuera poco, el presidente Déby destituyó a primeros de diciembre a su ministro de Defensa, Mahamed Nour, un ex líder rebelde que asumió la cartera tras la firma del acuerdo de paz con el Gobierno de Yamena. La destitución tuvo lugar después de que los rebeldes de la UFDD instaron a los chadianos a movilizarse contra “fuerzas extranjeras en territorio nacional” y declararan el “estado de guerra” al Ejército francés, que cuenta con un millar de soldados en Chad.

Pese a los enfrentamientos, las acusaciones y las amenazas, en diciembre los rebeldes de la UFDD emitieron un comunicado reiterando su disponibilidad para buscar una salida pacífica definitiva. En el escrito subrayaron que “el diálogo es la única vía para alcanzar una solución global a la crisis en Chad”.

Darfur: proceso irreversible

Después de la firma del acuerdo en Chad, la misma ciudad de Sirte, en Libia, fue el escenario del inicio de las conversaciones de paz entre varios grupos rebeldes de Darfur (al principio no se sentaron todos los que son) y el Gobierno de Sudán, que comenzaron el pasado 27 de octubre. Tras cuatro años de conflicto, que ha provocado la muerte 300.000 personas y más de dos millones de desplazados, el proceso de pacificación va a ser largo y costoso, pero prácticamente todos consideran que es “irreversible”.

Mientras se prepara el despliegue de las tropas de la fuerza mixta de Naciones Unidas y la Unión Africana, que ha sufrido un retraso debido a numerosos obstáculos logísticos, prosiguen los trabajos en tres frentes: en Sirte, sede de las conversaciones; en Juba (Sudán Meridional), para convencer a los grupos rebeldes que boicotearon inicialmente la mesa de diálogo –el Movimiento para la Justicia y la Igualdad (JEM) y algunas facciones del Ejército de Liberación de Sudán (SLA)–; y en Jartum, para que el Gobierno sudanés siga manteniendo la oferta de llegar a un acuerdo de paz.

Pese a las dificultades, las partes implicadas no dejan de invitar a la confianza. Algunos hechos lo confirman. En noviembre pasado, las seis facciones del SLA firmaron una “carta de unificación” en Juba y acordaron una posición común, un paso que fue interpretado en ambientes diplomáticos como expresión de la voluntad de proseguir el diálogo.

Después del encuentro entre los mediadores y los delegados del Ejército de Liberación de Sudán‑Unity (SLA‑Unity), George Ola‑Davies, portavoz del grupo de mediación conjunta Unión Africana‑Naciones Unidas, confirmó el progreso en las negociaciones de paz. Por su parte, el jefe de la delegación gubernamental sudanesa, Nafie Ali Nafie, al aceptar en noviembre pasado una demora de las conversaciones de Sirte para que las facciones rebeldes se pusieran de acuerdo, declaró que “el avance hacia la realización del objetivo que nos ha reunido aquí constituye un verdadero deseo de paz”.

Costa de Marfil: un buen paso

En marzo del pasado año se firmaron los acuerdos de paz de Uagadugú, capital de Burkina Faso, que acabaron con cinco años de división del país en dos y posibilitaron la creación de un Gobierno de unidad nacional en Costa de Marfil. Después de alcanzar el acuerdo, gracias a los buenos oficios del presidente burkinés, Blaise Compaoré, que actuó de mediador, se han ido dando pasos y tomando decisiones para la consecución de la paz definitiva. En medio de un camino donde no han faltado obstáculos, derivados de la no siempre fácil relación y convivencia entre el presidente, Laurent Gbagbo, y el primer ministro, Guillaume Soro, líder de las Fuerzas Nuevas, el grupo rebelde que controla el norte del país, parece que ya no hay vuelta atrás en el proceso de paz.

Así, cuando el Gobierno anunció a primeros de noviembre pasado que había decidido abolir el permiso de residencia para los emigrantes procedentes de los países de la Comunidad Económica del África Occidental (CEDEAO), que representan el 26 por ciento de la población, respondía con esta medida a una de las principales peticiones reivindicadas por los ex rebeldes, que desean la integración de la comunidad extranjera y el rechazo de la discriminación política para los costamarfileños oriundos de otros países.

Esta decisión, unida a la intención del Gobierno de eliminar en los documentos personales toda referencia a la etnia de pertenencia, constituye “un buen paso hacia adelante en el camino de la pacificación nacional”, según un misionero de Bouaké, al norte del país, cuyo testimonio recoge la agencia Fides. En su opinión, y pese a que Costa de Marfil “ha entrado en una era de post conflicto, en la que todavía existen tensiones y divisiones”, el presidente y el primer ministro “parecen decididos a querer reconducir la paz”.

En el marco del Comité de Evaluación y Acompañamiento, el 18 de noviembre se volvieron a reunir las dos partes en Uagadugú para revisar los acuerdos de marzo del pasado año. En vísperas de este segundo encuentro con Soro en la capital burkinesa, Gbagbo –que ya ha visitado varias ciudades feudos de los rebeldes– invitó a todos los costamarfileños a movilizarse por la paz. “Sin paz no puede haber desarrollo”, dijo.

La crisis costamarfileña es compleja, pero se aprecian avances: en las calles hay patrullas mixtas formadas por soldados regulares y ex rebeldes de las Fuerzas Nuevas, y ya hay gente que está regresando a sus casas en el norte, abandonadas en 2002. En este clima, el país “sigue viviendo entre la esperanza y el escepticismo, pero estoy convencido de que ahora prevalece la primera sobre el segundo”, manifiesta el misionero de Bouaké.

Ituri: al alcance de la mano

Los habitantes de Ituri, región del noreste de la República Democrática de Congo, duermen más tranquilos desde noviembre pasado, cuando 16 señores de la guerra decidieron dejar la lucha armada para dirigirse a Kinshasa e integrarse en el Ejército regular congoleño. Entre los 16 dirigentes rebeldes que dejaron Ituri el 2 de noviembre se encontraban líderes del Movimiento Revolucionario Congolés (MRC) y del Frente de Nacionalistas e Integracionalistas (FNI).

Los desacuerdos que acabaron en conflictos armados entre los dos grupos étnicos mayoritarios de Ituri, los hema y los lendu, han ocasionado millares de víctimas desde 1999 y numerosos desplazados entre la población civil. Según la misión de las Naciones Unidas en la República Democrática de Congo (MONUC), a partir de ahora todos los grupos étnicos de Ituri están “representados” en el proceso de integración militar.

Antes de dirigirse a Kinshasa, los líderes rebeldes expresaron su voluntad para que la paz regrese a Ituri. “Hemos venido para responder al llamamiento del presidente Joseph Kabila y para integrarnos en el Ejército regular”, declaró Peter Karim, líder del FNI, al descender del avión de la MONUC que le trajo a Kinshasa. “Nos integramos en el Ejército porque somos militares de carrera”, señaló Matthieu Ngudjolo, líder del MRC. Por su parte, el coronel Abdalah Nyembo, que viajó con el grupo desde Ituri, aclaró que los ex rebeldes “son importantes líderes de grupos armados que estarán a partir de ahora con nosotros como antiguos militares”, por lo que “la paz está al alcance de la mano”.

Uganda: petición de perdón

En agosto de 2006, el Gobierno de Uganda y los rebeldes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en sus siglas inglesas) declararon una tregua de sus hostilidades en el norte del país y se comprometieron a iniciar negociaciones para buscar un acuerdo de paz definitivo. Después de año y medio, el diálogo entre ambas partes continúa en Juba (Sudán Meridional), en torno a una agenda que ya ha alcanzado acuerdos sobre los tres primeros de estos cinco puntos: cese de hostilidades, soluciones a los problemas del norte de Uganda, responsabilidades y reconciliación, cese oficial de la guerra, y desarme y reintegración de los combatientes.

En los últimos meses se han dado importantes y decisivos pasos, algunos de ellos inéditos, como cuando una delegación del LRA, integrada por miembros de la diáspora que viven desde hace años en Kenia, Gran Bretaña o Estados Unidos, se desplazó en noviembre pasado a Gulu, el Nilo Occidental y Lira para pedir perdón a la población acholi por los crímenes cometidos, incluso a aquellos que quedaron horriblemente mutilados. Antes de dirigirse al norte, la delegación, encabezada por el jefe de los rebeldes en la mesa de negociaciones de Juba, Martin Ojul, se reunió en Kampala con el presidente ugandés, Yoweri Museveni, algo que ocurría por primera vez después de 20 años de conflicto.

La Iglesia católica ugandesa valora positivamente los avances en el proceso y ve con buenos ojos éstos y otros gestos para el logro de la paz entre los acholi, que han sido víctimas y verdugos en el conflicto. “La población se ha manifestado dispuesta a perdonar a los guerrilleros por los sufrimientos pasados”, aplicando la norma evangélica del amor a los enemigos, ha señalado Mons. John Baptist Odama, arzobispo de Gulu y presidente de la Comisión Justicia y Paz. Por eso, “hay esperanzas concretas de paz y tenemos confianza en el futuro”, subrayó el prelado, al insistir, al mismo tiempo, que “es necesario abrir el espacio para construir una confianza que pueda conducir al acuerdo de paz”.

“Nunca hemos estado tan cerca de la paz y se respira un aire de gran esperanza”, señaló Filippo Ciantia, responsable de la oficina en Kampala de la Asociación de Voluntariado para el Desarrollo Internacional, al advertir también que “es necesario tener mucha paciencia y prudencia, pues no podemos olvidar que las situaciones de post conflicto son muy delicadas de administrar”.

 

 
 

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