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La puesta en escena del nuevo modelo de relación entre los dos continentes vecinos tuvo lugar en la II Cumbre Unión Europea‑África, que se celebró los días 8 y 9 de diciembre en Lisboa. En el logotipo de la reunión euroafricana no se hacía referencia a la segunda edición, quizás porque la primera, celebrada en El Cairo en el año 2000, quedaba demasiado lejos y estaba casi olvidada.
Los trabajos de la cumbre de Lisboa concluyeron con la firma de una declaración política, una estrategia conjunta y un plan de acción para tres años, de 2008 a 2010, cuando se celebre una nueva cumbre, previsiblemente en Libia, si se acepta la oferta del presidente libio, Muhamar El Gadafi. “Estamos decididos a construir un nuevo acuerdo político y estratégico para el futuro, superando la tradicional relación donante‑receptor, partiendo de valores y objetivos comunes, por la vía de la paz, de la estabilidad y del Estado de derecho, del progreso y del desarrollo”, señala la declaración de Lisboa.
Para llegar a esta conclusión, hubo que escuchar primero los reproches, y después los reconocimientos propios de toda nueva relación. Los reproches proceden del pasado colonial. Es obvio que Europa y África no se han encontrado en Lisboa por primera vez sino que ya se conocían hace tiempo, en circunstancias y situaciones bien distintas a las actuales. Y ese pasado –que “no se puede cambiar”, como reconoció el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero– sin duda marca la relación, pero no necesariamente la determina.
Según Rodríguez Zapatero, “la UE no ha estado a la altura de las circunstancias” en sus relaciones con África, por lo que “no se puede dejar pasar ni un día más mirando para otro lado”. Es más, “si África no mejora sustancialmente, el resto de las sociedades no podrá alcanzar la debida dignidad”, dijo en un tono grandilocuente. El mismo Zapatero manifestó que el pasado euroafricano “está ahí”, pero propuso dirigir la mirada al futuro y solucionar los problemas del presente.
Acuerdos comerciales
En el redescubrimiento de África, Europa quiere hacer valer que es el primer socio comercial del continente, el mayor donante de ayuda al desarrollo y el principal mercado para los productos africanos. Pero quizás lo que olvida Europa es que la nueva relación intercontinental se da entre la región más rica del mundo y la zona más pobre del planeta, y este dato, aunque comience una “asociación entre iguales”, no se puede obviar, especialmente en el terreno económico. Cuando Europa reclama insistentemente que África liberalice los intercambios comerciales, está claro que piensa demasiado en sí misma y tiene muy poco en cuenta la difícil y cruda situación africana.
Junto a la vertiente política, en la cumbre de Lisboa planeó la revisión de los acuerdos comerciales regionales, conocidos como EPA, por sus siglas inglesas. Los actuales pactos económicos, fruto de los acuerdos de Cotonú de hace siete años, suponen un trato de favor y una situación preferencial de los productos africanos en los mercados europeos, como no puede ser de otra manera si se tiene en cuenta la desproporción comercial entre ambos mercados.
En este punto, es necesario salvar un auténtico escollo, porque las presiones por ambas partes son evidentes. Por exigencias de la Organización Mundial del Comercio, los antiguos acuerdos expiraron el 31 de diciembre pasado. Ante este ultimátum, la Unión Europea ha buscado una solución provisional, que no es otra sino firmar acuerdos transitorios o parciales para seguir negociando hasta alcanzar un acuerdo definitivo. También esta actitud ha irritado a muchos países africanos, especialmente por lo que significa de división entre las regiones comerciales, cuando precisamente una de las cosas en las que más han insistido los representantes de la UA en la cumbre de Lisboa es en la unidad del continente y de que África quiere tener una única voz en todos los temas, también en los económicos.
La firma de los nuevos acuerdos como los propone la UE supondría una crisis económica de tal magnitud que difícilmente algún país africano hoy podría soportarla. La eliminación de cuotas, tarifas y aranceles representaría una pérdida considerable de ingresos para las arcas de los gobiernos africanos y la invasión en el mercado africano de productos europeos subvencionados –como han denunciado varias ONGs– significaría el final de una economía de subsistencia para los agricultores locales y las pequeñas industrias.
Ante este panorama, el presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, se mostró contundente en la cumbre de Lisboa: “África no puede aceptar los EPA de ninguna manera. No nos podemos comprometer a que haya una zona de libre comercio ni en diez ni en quince años, porque la desigualdad es demasiado grande. No hay ningún Estado que pueda resistir ese recorte en sus ingresos. Firmando los EPA desencadenaríamos un terremoto en África”. Parece que sus palabras encontraron cierta comprensión en el presidente francés, Nicolás Sarkozy, cuando afirmó que “no todos los países africanos están preparados para pasar a un liberalismo en el que la brutalidad de los mercados los destruiría”.
Europa llega tarde
En la actual coyuntura económica mundial, Europa llega tarde a África. China se le ha adelantado, incluso en la organización de una cumbre al más alto nivel entre el gigante asiático y los líderes africanos, que tuvo lugar en noviembre de 2006 en Pekín. Los datos hablan por sí mismos: de 2000 a 2006, los intercambios comerciales entre África y China crecieron un 430 por ciento, mientras que con Europa sólo alcanzaron el 43 por ciento. De hecho, Pekín ha quintuplicado su comercio con África en los últimos cinco años, convirtiéndose en el tercer socio comercial, después de Estados Unidos y Francia.
Una vez más, Wade lo dejó bien claro con un ejemplo concreto: “Hace tiempo que Europa ha perdido la carrera con China. Los productos europeos no pueden competir con los productos chinos, ni sus modos burocráticos de proceder rivalizan con los chinos. Cuando acuerdas con China la construcción de una carretera, en tres días ya han empezado a trabajar. Si es Europa, en cinco años aún estás resolviendo papeleo”. En definitiva, para África negociar con China es más rápido y más barato, y además no mira letra pequeña de los derechos humanos cuando firma un acuerdo comercial con un país africano.
Pero si desde el punto de vista económico Europa no puede competir con China, sí que puede hacerlo a nivel político, con la defensa de la democracia y el buen gobierno. Algunos esperan que esta cumbre de Lisboa y otros encuentros bilaterales sirvan para que los mandatarios europeos opten por una triple “a”: apoyar, ayudar y acompañar a los líderes africanos que promueven valores democráticos, gobiernos transparentes, elecciones libres y derechos humanos. Esta postura no sólo beneficiaría a los países que actúen con estos criterios sino que serviría de ejemplo para otras naciones donde se da todo lo contrario.
Paz y seguridad
Además de la inmigración ilegal, en el continente africano se concentran dos de los problemas que más preocupan a la humanidad en este momento: el terrorismo islámico y los efectos del cambio climático. Ambos son también desafíos comunes a los que se enfrentan Europa y África en su deseo de impulsar la paz y la seguridad en ambos continentes. Por eso, el nuevo modelo de relación euroafricana busca “el establecimiento de una paz sólida y una arquitectura para la seguridad en África”, según la estrategia conjunta UE‑África aprobada en Lisboa. El plan de acción prevé el compromiso de las dos partes para cooperar en la resolución de conflictos y crisis africanas, fortalecer la capacidad de África para afrontar estas situaciones y garantizar las operaciones de apoyo a la paz en el continente africano, además de favorecer el diálogo y la cooperación institucional, y el papel de la sociedad civil.
La misma corresponsabilidad se exige en la cuestión del cambio climático, aunque esta vez el peso recae sobre el continente europeo. No deja de ser un nuevo drama que siendo África el continente que menos contamina sea el que más pague las consecuencias de las alteraciones en el clima y del calentamiento global, según todas las previsiones. Europa haría bien en corregir esta globalización climática dentro y fuera de sus fronteras, recortando la emisión de gases con efecto invernadero y evitando comprar, descarada e hipócritamente, el cupo de contaminación que no gastan los países africanos.
Del “para” al “con” África
La cumbre de Lisboa se ha producido en un nuevo contexto europeo y africano: Europa suma ya 27 miembros y África se ha organizado en torno a la Unión Africana (UA). Ambos continentes están celebrando el cincuenta aniversario de la integración europea y del inicio de la independencia de la mayor parte de los países africanos. En Lisboa, África ha mostrado que ya es mayor de edad y que sus encantos (energía, materias primas, riquezas naturales, principalmente) seducen a muchos pretendientes. Europa quiere ser uno de ellos y reivindica de algún modo cierta primacía, por razones históricas, geográficas y económicas. Como expresión que consagra el nuevo modelo de relaciones, Europa propone trabajar no “para” África sino “con” África. Prueba de ello es el nombramiento de un representante o embajador permanente de la UE en la sede de la UA, en Adís Abeba.
Según la declaración final, la II Cumbre UE‑África “será recordada como un momento de reconocimiento de madurez y de transformación en nuestro diálogo de continentes, abriendo nuevos caminos y oportunidades para actuar conjuntamente de cara a un futuro común”. Ya sólo falta que el tiempo y los hechos consoliden esta relación de tú a tú entre dos continentes tan cercanos y, al mismo tiempo, tan diferentes. Europa y África están llamadas a entenderse para abordar desafíos comunes y afrontar con confianza las exigencias de un mundo cada vez más globalizado.
Respuesta a la inmigración
La emigración fue uno de los temas estrella de la cumbre de Lisboa, y España, que por razones geográficas recibe en primer lugar la llegada masiva de emigrantes africanos, asumió la portavocía europea en este delicado asunto. El presidente del Gobierno español reconoció que la emigración ilegal es un “fracaso colectivo” y propuso un pacto intercontinental para solucionar este problema.
“La inmigración ilegal es el dramático resultado de un fracaso colectivo que produce ciudadanos vulnerables a las mafias en los países de origen y sujetos sin derechos en los países de acogida”, dijo Zapatero. Por eso, añadió, “la única posibilidad honesta de inmigración será la que establezca cauces legales para flujos migratorios”.
La solución del Gobierno español a los problemas de la inmigración ilegal se basa en tres pilares: la educación y la formación profesional, que se concreta en la creación de 13 escuelas‑taller en países del África occidental subsahariana; la creación de empleo para los jóvenes y la construcción de infraestructuras que mejoren la comunicación tanto por ferrocarril (el tren que une Dakar‑Bamako) como por carretera, lo que permitirá el movimiento de personas entre países cercanos.
La propuesta española es criticable (empezando por el hecho de que en el momento de anunciarla se indicó que estaba “pendiente de financiación”), pero en la cumbre de Lisboa recibió un fuerte espaldarazo del presidente de Senegal, que se refirió a ella como un “modelo” a seguir por otros países europeos.
Temas olvidados
La cumbre de Lisboa no pasará a la historia por haber solucionado dos de las crisis actuales más hirientes en el continente africano: el drama de Darfur y la situación en Zimbabue, por no hablar de Somalia o la región de los Grandes Lagos.
Sobre Darfur, lo único que los representantes de las Naciones Unidas consiguieron arrancar al Gobierno de Sudán fue su compromiso de seguir con las “discusiones técnicas” para el despliegue de la fuerza mixta ONU‑UA. Además, el presidente sudanés, Omar El‑Beshir, reclamó que la mayoría de los soldados fueran africanos. Es decir, más de lo mismo, mientras permite que se sigan produciendo masacres en su propio territorio, como le recordó el presidente francés, Nicolás Sarkozy.
Quien no olvidó Darfur fue la sociedad civil y los grupos alternativos, que celebraron una cumbre paralela en Lisboa. En vísperas de la reunión euroafricana, la plataforma que promueve en Portugal la campaña “Por Darfur. Sembrar la esperanza” instaló una exposición fotográfica al aire libre en la estación de Oriente, a las puertas del recinto de la Feria Internacional de Lisboa, sede de la cumbre, donde se podían ver distintas imágenes del drama humanitario al oeste de Sudán. La muestra fue inaugurada por el obispo auxiliar de Jartum, Mons. Daniel Kur Adwok, que esos días estaba de visita en Portugal, respondiendo a una invitación de la institución Ayuda a la Iglesia Necesitada, para sensibilizar a la opinión pública.

Otro de los temas no resueltos fue la situación en Zimbabue. Todas las críticas se dirigieron a Robert Mugabe pero no se propusieron soluciones eficaces al drama que vive la población, que sufre las consecuencias de una inflación galopante y se ve obligada a emigrar a países limítrofes como Mozambique y Sudáfrica.
La canciller alemana, Angela Merkel, aseguró que “la situación de Zimbabue está dañando la imagen de la nueva África”, pero enseguida el presidente senegalés, Abdoulaye Wade, salió en defensa de Mugabe cuando lanzó la siguiente pregunta: “¿Quién se atreve a decir que en Zimbabue se violan más los derechos humanos que en otros países africanos?”, dando a entender con ello que Mugabe no debería ser un problema si la voluntad de Europa es buscar soluciones. |