|
“El camino de la selva no resulta tortuoso si uno ama a quienes va a visitar”, dice un proverbio mongo. Prueba de este amor es el hospital Beata Anuarite, construido por los misioneros combonianos, que empezó a funcionar en 1985. Fue una iniciativa del comboniano Romano Segalini y de la comboniana Maria Giuseppina Galbiati, quienes, ante la falta de un centro de salud en la zona, decidieron construir un pequeño hospital, que tiene hoy una capacidad de 112 camas. Antes, los enfermos tenían que ir hasta Rungu, a unos 100 kilómetros. Dirigido desde 1994 por el P. Gian Maria Corbetta, el centro ha tenido varios directores: el P. Manuel Grau en 1985‑1990, el Hno. Hernán Romero Arias, de 1990 hasta 1994.
El centro atiende las siguientes áreas: medicina general, cirugía, pediatría, maternidad, cuidados intensivos de neonatos, laboratorio de análisis y radiología. Para conseguir el material médico y los medicamentos, la dirección suele dirigirse a dos organizaciones: la Asociación Internacional de Dispensarios, un organismo holandés que reparte medicamentos en los países en desarrollo, y Joint Medical Stores, ubicada en Kampala, la capital de Uganda. Esta última es una agencia nacida de la colaboración entre distintas Iglesias cristianas que garantiza unos medicamentos de buena calidad, criterio muy importante en esta zona donde siempre hay problemas con la mala calidad de los fármacos que se venden.
A esto se suma el problema de abastecimiento, que se ha incrementado en todos estos años de guerra. Si antes los medicamentos no llegaban a causa de las bombas, hoy tardan en llegar debido al mal estado de las carreteras. Una situación que el P. Gian Maria ha intentado paliar construyendo una pequeña pista de aterrizaje para avionetas que se puede apreciar en la entrada de la ciudad. El primer vuelo con una partida de medicamentos llegó en mayo de este año procedente de Uganda.
La falta de energía eléctrica es otro problema. La ciudad no tiene electricidad, de ahí que el hospital funcione gracias a un generador. Además, la inexistencia de gasolinera obliga a comprar el carburante en Beni o países vecinos como Sudán.
Para su funcionamiento, el hospital recibe la ayuda de bienhechores y, de vez en cuando, pone en marcha algunos proyectos que financian donantes occidentales. Con este dinero se pagan incluso los sueldos de los 35 trabajadores –personal sanitario, administrativo y técnico– que tiene el hospital. Nunca ha recibido una ayuda del Estado congoleño, que por otra parte tiene dificultades para pagar a sus funcionarios.
Trabajo a cambio de cuidados
Las enfermedades más corrientes, sin duda, son las infecciosas, como el sida o la tuberculosis. La malaria sigue siendo la principal causa de hospitalización entre los niños, con sus complicaciones como la anemia aguda y las enfermedades respiratorias. El hospital atiende también a pacientes con diarrea, verminosis, filaria y patologías cardiacas. Por desgracia, hay muchos otros enfermos que no se pueden curar, por lo que sólo los acompañan hacia una muerte digna.
Una consulta de atención primaria cuesta 100 francos congoleños, unos 0,08 céntimos de euro, el equivalente a lo que se paga en la región por un litro de aceite de palma. Para una operación –cesárea, por ejemplo– se paga entre 15.000 y 20.000 francos congoleños, unos 20 ó 25 euros. A menudo estos precios suponen un gran esfuerzo para los enfermos. Para mitigar esta situación, los misioneros dan la posibilidad a los enfermos sin recursos de pagar sus cuidados a cambio de trabajar en la plantación que se creó para autofinanciar las campañas de prevención contra el sida. Este campo es muy educativo para los enfermos ya que les enseña a sentirse colaboradores activos en la continuidad del hospital. Por eso nunca se ha negado el trabajo a quienes han querido pagar su hospitalización trabajando en el campo. aunque esto suponga para el hospital no llegar a cubrir todos sus gastos.
“Salvar a África con África”
Para cumplir con este lema de San Daniel Comboni, lo primero que hacen los misioneros combonianos es insistir cada vez más para tener en el hospital médicos nativos, a pesar de las dificultades que puedan encontrar. En la República Democrática de Congo, la sanidad es el único sector que garantiza unos ingresos. Casi nadie quiere ser profesor, pero hay muchos que quieren ser médicos o enfermeros porque siempre hay alguien enfermo y existe la posibilidad de ganar dinero. De ahí que en ocasiones haya médicos que sólo trabajen por el dinero sin vocación. No tienen motivaciones auténticas.
Por eso la formación es una de las prioridades de los misioneros. En la maternidad del hospital, Solange Madamu, una joven pigmea, sigue una formación, junto a otras dos pigmeas, para ser matrona. Al cabo de su formación la contratarán como agente sanitario itinerante en los distintos campamentos de la parroquia. La esperanza de los combonianos es que pueda sensibilizar a los suyos en la utilización de la medicina moderna. Esta labor se integra en la pastoral pigmea que llevan a cabo el P. Juan Antonio Fraile y el Hno. Giancarlo Bianchi. Asimismo, cada semana, el personal sanitario tiene unos encuentros de formación continua. En ocasiones, reciben la visita de algún médico voluntario de Europa que viene a compartir su experiencia.
Según el P. Gian Maria, sería muy interesante poder tener colaboraciones estrechas con otros médicos o centros sanitarios de España. Actualmente, gracias a Internet algunos médicos de Italia pueden analizar y comentar las radiografías que se hacen a los enfermos. Otros analizan las muestras que se sacan y luego mandan los resultados. Reciben también consejos por parte de los especialistas ante casos que los superan, sobre todo ante patologías en las que no tienen la formación necesaria. Ya colaboran con algunos hospitales pero sería interesante ampliar su horizonte.
Pastoral pigmea
Media hora de carretera y llegamos a Atiti, un campamento del sector Apodo, uno de los 35 poblados que tiene la parroquia de Mungbere. Nos espera otro mundo, el de los pigmeos, el pueblo del bosque. En la República Democrática de Congo, los otros grupos étnicos aceptan difícilmente a los pigmeos. “Son víctimas de un racismo profundo. Aquí eran marginados hasta que llegamos los misioneros combonianos en 1971”, nos asegura el P. Juan Antonio Fraile. “Explotados por los bantúes, son considerados como seres inferiores, a pesar de que votaron en las elecciones generales de 2006”, afirma el Hno. Giancarlo Bianchi, coordinador local de la pastoral pigmea. De los 10.000 habitantes que viven en el territorio de la parroquia de Mungbere, 2.000 son pigmeos, la mayoría de los cuales siguen dispersos en la selva, a pesar de los esfuerzos de los misioneros por reagruparlos en unos campamentos desde comienzos de los años ochenta.
Pueblo nómada, los pigmeos saben sacar provecho de la selva que los protege, nutre y mantiene. Antes de la llegada de los misioneros, los pigmeos eran una mano de obra barata para los otros grupos étnicos. Trabajaban para un patrono bantú a cambio de comida, aguardiente o ropa. Éste podía alquilar los servicios de “su” pigmeo a otro agricultor que necesitaba un trabajador. No tenían acceso a la sanidad ni a la escuela. Todavía hay muchos casos.
Ante la exclusión social y la explotación económica de las que eran víctimas, los combonianos decidieron actuar. En 1983, pidieron unas parcelas a los jefes de tierra de la parroquia para montar unos campamentos y sacar a los pigmeos de la selva. A partir de ahí, los misioneros empezaron a organizarlos, a abrir escuelas preescolares y a pagar sus consultas médicas para integrarlos en el sistema sanitario moderno. A cambio, éstos se comprometen a tener un campo, unas letrinas, unas casas de adobe, pozos de agua, escolarizar a los niños, etc. Para facilitar la integración social de los pigmeos, los combonianos pidieron a algunos cristianos bantúes que convivieran con ellos y les enseñaran otros modelos de vida distintos a los que habían llevado hasta entonces. Para que esta fórmula sea más efectiva, en cada campamento hay un pigmeo jefe de sector junto con un bantú. Así aprenden a ampliar sus conocimientos en la gestión disciplinaria y social de sus actividades.
En la actualidad, en toda la diócesis existe la pastoral pigmea coordinada por el misionero comboniano Francesco Laudani. En este proceso de integración de los pigmeos, 2005 marca un hito. Ese año, la diócesis organizó una marcha desde Mungbere hasta Isiro, la capital del distrito, para sensibilizar a las fuerzas políticas, la ONU y UNICEF sobre su situación. Unos 3.000 pigmeos marcharon hasta Isiro para pedir su autonomía e integración en el sistema social. El Estado contestó positivamente incluyéndolos en el último censo y permitiendo que por primera vez los pigmeos votaran en las elecciones generales.
Educar para integrar
Aprovechando el reconocimiento de los pigmeos por las autoridades congoleñas, la diócesis consiguió que las escuelas para pigmeos se convirtieran en escuelas católicas financiadas por el Estado. Y en marzo de 2006, parte de las escuelas para pigmeos de la diócesis fueron “mecanizadas” (homologadas pero sin pagar los sueldos de los maestros), a la espera de que las 300 escuelas en total lo sean en el año 2008. Mientras tanto, el resto de las escuelas siguen financiadas con la ayuda de donantes extranjeros y ONGs. Los uniformes, cuadernos, lápices, salarios de los profesores, todo está a cargo de la pastoral, que tiene también un internado, otra forma de integración de los pigmeos.
Después de los años de educación preescolar en los campamentos, los niños son enviados a Mungbere para continuar su formación en la escuela primaria. Al no tener dónde vivir durante este tiempo, el internado surgió como alternativa. Si éste es exclusivo para los pigmeos, no se puede decir lo mismo de la escuela que está también abierta a los bantúes, de modo que los alumnos cohabitan para facilitar su integración. Actualmente hay 300 internos y los alumnos más avanzados están en cuarto de primaria. Los jueves por la tarde, los alumnos tienen trabajos manuales. Las chicas fabrican jabón o tejen esteras, mientras que los chicos aprenden el oficio de herrero, fabrican sillas o aceite de palma.
Asegurar el crecimiento intelectual de los niños tiene un coste. Cada alumno pigmeo cuesta en torno a 2 euros al día (comida, medicamento, ropa, material escolar y escolarización). Si en un principio los padres no pagaban nada, desde el año 2006 se les exige 1 dólar por año para que vayan haciéndose a la idea de que algún día tendrán que encargarse de la escolarización de sus hijos. En lo que se refiere a la sanidad, también tienen que pagar 10 euros por campamento y por año como colaboración. Conscientes de la dificultad de los padres para conseguir el dinero, se ha abierto un sistema de trueque. En el almacén del internado hay guardados varios productos con sus precios. Por ejemplo, una gallina o una pastilla de jabón corresponden a 2 dólares. Gracias a esto, los misioneros promueven la iniciativa y la capacidad de integración progresiva de los pigmeos. |