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Don Francisco Valverde y Perales, que escribió en 1903 la Historia de la Villa de Baena, recogió el epitafio en latín que se puso sobre la tumba del negro más conocido en el siglo XVI, y cuya traducción es la siguiente: “El hombre sabio de Granada, maestro de la brillante juventud y orador piadoso y excelso en doctrina y en costumbres, hijo de padres etíopes de estirpe negra, habiendo salido de la infancia comenzó los estudios de la salvación y cantó las gestas de la casa augusta de Austria; el Latino yace en este sepulcro. Resucitará con su fiel esposa”.
Actualmente, no se tiene acceso a esta tumba porque la cripta de la iglesia está tapiada, pero en el muro de cierre se encuentran algunos nombres de personajes célebres allí enterrados y, entre ellos, podemos leer: “Iohannes Latinus. Niger. Anno DNI. MDXCVII”.
La persona
Juan Latino vivió su niñez en Baena (Córdoba) y era esclavo del Duque de Sesa, nieto de Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán. La cuestión sobre el lugar de su nacimiento no está del todo clara: si tuvo lugar en esta ciudad o fue en África, de donde vendría con sus padres en calidad de esclavos. La desaparición de los archivos parroquiales nos ha dejado una cuestión difícil de resolver, y es que la desmembración de una documentación generalizada, o su traslado parcial a otros destinos por los motivos que sean, incluyendo los políticos, acaban con la pérdida de un material necesario para cubrir lagunas históricas. Desde este momento sólo podemos trabajar con conjeturas, hipótesis o testimonios indirectos.
En el caso de Juan de Sesa (los esclavos solían tomar el nombre de sus dueños) algunos testimonios de la época apuntan a que nació en África, como el del cronista Bermúdez de Pedraza, que, en su Antigüedad y Excelencias de Granada, afirma que era de Berbería y “fue traído siendo niño cautivo con su madre a España”. No es una afirmación digna de fiar, y lo que hace aquí Pedraza es situar a Latino en el mundo morisco, tan presente en Granada: por una parte, le da un origen norteafricano, cuando todos hablan de que Juan era “etíope”, es decir, procedente de África negra, y, por otra, afirma que era “cautivo”, persona raptada para conseguir un rescate, en lugar de esclavo, estado jurídico de quien no tiene libertad, como era su caso.
Ignoramos cómo pudo caer Pedraza en este error de apreciación, habiendo estado en contacto directo con Juan Latino y existiendo entre ellos lazos de amistad. Éste, en una de sus obras que luego comentaremos, dice de sí mismo que era “cristiano etíope, traído desde Etiopía cuando era niño, esclavo del excelentísimo e invencible Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa...” (De translatione corporum regalium). Este testimonio del propio Latino sería suficiente para aceptar su origen africano, si no fuera porque en Baena era opinión muy extendida que su nacimiento fue fruto de una relación extramatrimonial del duque con una esclava, como también sostiene algún autor de la época. Este tipo de aventuras eran muy frecuentes entonces.
Aludiendo también a su nacimiento en esta ciudad, tenemos el testimonio cualificado del cronista de la dinastía de los Córdoba, que, al hablar de la juventud del tercer duque, señala que “tuvo por compañero en los estudios a Juan Latino, nacido en su casa de Baena, aunque de padres guíneos y no libres”.
Dentro de esta corriente debemos señalar al dramaturgo Jiménez de Enciso (1585‑1634), autor de Juan Latino, única obra basada en la vida de este personaje. Por dos veces se señala su origen baenense; en la primera jornada, Latino dice hablando con el duque: “Nací en manos de Vuexcelencia”, refiriéndose a la casa ducal, y en la tercera es aún más explícito: “Hijo de esclavo soy, nací en Baena...”.
Si discutible es su origen, no lo es menos la fecha de nacimiento, aunque todos los indicios se orientan al año 1518. Ignoramos totalmente lo que hizo en los primeros doce años de su vida, pasados enteramente en Baena, ya que las fuentes que poseemos sólo hablan de su etapa como catedrático y hombre de letras, sin que se haga ninguna mención a su niñez o adolescencia. Enciso señala que era “músico de vigüela y harpa”, lo que hace suponer que esta habilidad comenzaría a adquirirla en este período de su vida, para seguir perfeccionándola más tarde; también sabemos por otros conductos que era experto en el manejo del monocordio, laúd y órgano, y que tenía una voz agradable.
En 1530 murió el segundo duque de Sesa y la familia se trasladó a Granada; su hijo y sucesor en el título, D. Gonzalo, era joven y continuó su formación humanística frecuentando las clases de los más famosos maestros; hacía sólo cuatro años que se había fundado la universidad granadina. Según Enciso, le acompañaba Juan que, no pudiendo mezclarse con los hijos de los nobles en el aula, se quedaba fuera siguiendo las lecciones como podía.
Es, sin duda ninguna, una recreación teatral para poner de relieve las ganas de aprender que tenía Juan. La fama que iba adquiriendo en algunos sectores suscitaba en otros suspicacia, animadversión e indiferencia. Pero, a pesar de tanta reticencia, en 1546 recibió el título de bachiller, según consta en el Primer Libro de Claustros de dicha universidad.
El personaje
Los escasos datos biográficos que poseemos desde este momento se reducen a cuatro fundamentalmente: matrimonio, obtención de la cátedra de Gramática en la universidad, acceso a la licenciatura, y publicación de sus obras.
Los dos primeros aspectos están ampliamente recogidos en la obra de Enciso, y a él debemos remitirnos en los detalles como un reflejo de lo que debió ser la realidad. Tras su primera graduación, el duque, a petición de Juan, le buscó un maestro competente para que perfeccionara y ampliara sus conocimientos. La elección recayó en el doctor Carlobal, insigne latinista que trabajaba también para el duque.
Según Enciso, el doctor tenía una hermana, Ana, que pronto se prendó de Juan; para emular la ciencia de éste, quiso ella también emprender estudios y pidió a su hermano un maestro que la enseñase. Éste se extraña de tal petición: “¿No basta leer y escribir / a una mujer principal?”. A lo que responde Ana en un alarde de moderno antimachismo. Es entonces cuando su hermano le propone a Juan como maestro. A pesar de que Ana se muere de contenta, finge lo contrario: “¿un negro a mí?”, y el doctor la aplaca.
Y como el roce engendra el cariño, el contacto de las clases hizo surgir el amor entre ambos; Enciso trata con destreza esta relación de forma idílica y teatral con versos que, a veces, rozan lo sublime; según esta versión literaria, el matrimonio se llevó a efecto cuando aún Juan era esclavo, unión que aprobaba la legislación vigente tanto si existía consentimiento del dueño como si no. Si nos salimos del escenario dramático, otras fuentes explican este matrimonio de otro modo: Ana sería, en realidad, la hija del licenciado Carlobal, que era uno de los administradores del duque; por razones obvias, las visitas de Juan, ya muy conocido en Granada por su saber, serían frecuentes a esta casa y, de aquí, surgiría el idilio.
Lo sorprendente era, precisamente, el matrimonio entre un esclavo y una dama importante y conocida en esta ciudad, y no la unión entre esclavo y persona libre, que se dio con relativa frecuencia. Pensamos que pudo haber una oposición familiar a este enlace, pero no tenemos constancia de su intensidad, y algún autor ha propuesto un posible embarazo prematrimonial como causa final del consentimiento. El hecho fue que, entre 1547 y 1548, tuvo lugar el matrimonio, del que nacieron cuatro hijos: en 1549, 1552, 1556 y 1559 respectivamente. El duque ya le había concedido la libertad, pero no sabemos en qué momento.
En 1556 quedó vacante la cátedra de gramática por muerte de su titular. El arzobispo convocó la oposición correspondiente para ocuparla, y Juan Latino fue admitido a ella. Enciso recrea magníficamente el debate dialéctico entre los dos concursantes en medio de insultos y reproches discriminatorios para el negro, que son una fiel reproducción de la mentalidad existente en la mayor parte de la sociedad de entonces. A estos ataques racistas respondía Juan con fina ironía.
La realidad de los hechos fue, según consta en los archivos de la universidad granadina, que en agosto de 1556 le fue concedida la cátedra y, en noviembre, el “grado”, es decir, la licenciatura. Enciso cambia el orden, presuponiendo ésta para poder ejercer de catedrático, como era lo normal: “Por la Autoridad Real y pontificia que tengo, os doy el grado y facultad para que podáis ascender a la Cátedra, y interpretar a Aristóteles. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”.
El maestro y su fama
El conocimiento profundo que Juan tenía del latín, su formación humanista y su sentido academicista le llevaron a la creación literaria y, concretamente poética; de esta forma llegó a ser el poeta de moda en Granada de expresión latina. Los buenos conocedores del mundo clásico se sentían atraídos por la imitatio veterum, es decir, por la forma de expresarse los grandes autores de aquella época, principalmente por Horacio, Ovidio y Virgilio, y, siguiendo su ejemplo, escribir grandes composiciones utilizando su misma métrica. Juan no fue ajeno a esta tradición.
Su primera obra, Epigramas, se publicó en 1573 y contiene creaciones poéticas relacionadas con tres hechos distintos. El primero de ellos es el nacimiento de Fernando, hijo de Felipe II, que fue festejado de modo especial en Granada; los poemas de Juan se pusieron en distintos lugares públicos para que, además de contribuir a su decoración, pudiesen ser leídos por todos. Otra serie de composiciones iban dirigidas al Papa Pío V, como jefe de todos los católicos, y la tercera, y más importante, cantaba la proeza de Juan de Austria en la victoria de Lepanto; por esto, todo el poema se vulgarizó con el nombre genérico de la Austriada, o, más exactamente, Austriadis Carmen, para no confundirla con la obra del mismo nombre de su coetáneo cordobés Juan Rufo.
En la obra de Enciso no podía faltar una alusión a la mejor obra de Latino, y así hace coincidir una entrevista de éste con D. Juan de Austria, desplazado a Granada con motivo del levantamiento morisco del Albaicín en 1665.
En 1576 apareció su segunda obra, De translatione corporum regalium, que narra de forma llana y concisa el traslado de algunos restos de reyes desde Granada al recién construido monasterio de El Escorial. Él mismo dice que tenía entonces 58 años. Además de la sucinta narración de los hechos, hay bellas alusiones al sentido de la muerte y el pesar que sentían los granadinos por el traslado de estos cuerpos. También redactó los epitafios que se inscribieron en los ataúdes. Al principio de esta obra, es donde el propio Juan Latino expone una pequeña biografía de sí mismo:
“Esto escribió Juan Latino, cristiano etíope traído de Etiopía siendo niño; fue siervo del excelentísimo e invicto Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa, nieto de Gonzalo, el Gran General de las Españas; fue alimentado por éste desde su más tierna edad, al tiempo que era instruido con él, trasformando sus inexpertos espíritus mediante el conocimiento de las artes liberales; ya instruido, fue finalmente obsequiado con la libertad y recibió la regencia de la Cátedra de Gramática y de Lengua latina, que ha regido felizmente durante veinte años, del ilustrísimo y reverendísimo Pedro Guerrero, de la Santa Iglesia de Granada...”.
Finalmente, en 1585 apareció su tercera obra conocida, Ad Excellentissimum et Invictissimum D. Gonzalum Ferdinandez a Corduba, que es un canto de agradecimiento para quien fue su dueño, protector y amigo, al tiempo que narra sus hazañas guerreras por tierras italianas. Se sabe por otras fuentes que escribió otras obras no sólo en latín, sino también en castellano, pero, por ahora, no las conocemos. Por su sabiduría y erudición se le tuvo en su tiempo por “guía de la juventud estudiosa de Granada”, y Menéndez Pelayo consideró a la Austriadis Carmen como “el tributo más singular que la lengua de los doctos pagó al vencedor de Lepanto”.
El último acto que se conoce de la vida de Juan Latino es su asistencia al claustro de la universidad en 1594. Según consta en una lápida en la iglesia de Santa Ana, falleció tres años después. La fama de su erudición fue celebrada por mucho tiempo y hay abundantes alusiones a su persona en nuestra literatura del Siglo de Oro.
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