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Premio Mundo Negro a la
Fraternidad
 
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Nuestra revista ha concedido el Premio MUNDO NEGRO a la Fraternidad 2007 al P. Pedro Opeka, misionero paúl argentino que trabaja desde 1975 en Madagascar. Al borde de un vertedero comenzó a construir viviendas para alojar a los sin techo. Hoy es una ciudad con unos 20.000 habitantes. Se llama Akamasoa, que significa “buenos amigos". Está dotada de guarderías, escuelas y centros de formación
 

El P. Opeka, como buen argentino, es un gran aficionado al fútbol. Cumplirá el próximo 28 de junio 60 años; más de la mitad, exactamente 33, los ha pasado trabajando en Madagasar. Esta pasión por el fútbol la contagia ahora a los cha­vales que pululan, bien vestidos y alimentados, en las distintas escuelas que alegran la ciudad de sus  sueños y desvelos: Akamasoa.  

Hijo de emigrantes eslovenos, nació en San Martín,  en la provincia de Buenos Aires. Siempre vio en su pa­dre un modelo de esfuerzo y de trabajo. Para él, sin tra­bajo no se consigue nada. Ingresó en la congregación de  San Vicente de Paúl en Argentina. Estudió Filosofía en  Eslovenia y Teología en Francia. A los 27 años se ordenó sacerdote y fue destinado a Madagascar.  Su primera experiencia en Madagascar transcurrió  en Vangaindrano, al sureste del país. Estuvo 15 años  animando la parroquia y allí comenzó a sentir la necesidad de estar junto a la gente. Cultivó arroz para so­brevivir, metiéndose en el barro como cualquier cam­pesino malgache. Con ellos jugó al fútbol, llegando a  ser una estrella del equipo local. Según cuenta él mis­mo, “el fútbol fue el camino para ganarme su confian­za y sentirme entre ellos”.  

Todo empezó en un basurero.

En 1989 fue desti­nado a la capital, Antananarivo, para ocuparse del seminario de los Paúles; pero aguantó poco tiempo. Cuando vio la miseria de la gente, especialmente en la periferia de la ciudad, con más de 800 familias es­carbando en la basura para poder comer, se dijo a sí mismo que ahí no valía para nada hablar, que lo pertinente era actuar.

Empezó con una pequeña casa de acogida para los chicos, un hogar de apenas 16 metros cuadrados al borde de un vertedero de 20 hectáreas sobre el que vivían 5.000 personas.

Con un pequeño grupo de voluntarios de su antigua parroquia, empezó en un pequeño terreno de dos hec­táreas, cedido por las autoridades municipales. Allí construyó las primeras viviendas, una pequeña ciu­dad que se llamaba Manantenasoa, que significa en lengua malgache “la colina del coraje”. Poco a poco se fueron construyendo casas de madera, que luego pasa­rían a ser reconstruidas con ladrillos.

Del granito de la montaña empezó a sacar piedra, grava y adoquines, para venderlos para la construc­ción. Del basurero empezó también a sacar abono natural, que también vendía. Poco a poco, lo que primero había sido un albergue de jóvenes se con­virtió en un pequeño barrio, luego en dos, hasta lle­gar a la ciudad que es hoy y en la que viven casi 20.000 personas. Se empezaron a crear escuelas primarias, secundarias… Actualmente, hay más de 7.000 alumnos, sin contar las guarderías. También hay talleres escuela (carpintería, mecánica…) que forman y dan trabajo a los jóvenes; talleres y escuelas de bordado, de artesa­nía… en las que las mujeres no sólo aprenden un ofi­cio, sino que consiguen unos ingresos que les ayudan a sobrevivir.

Poco a poco las colinas que rodean el basurero se fueron llenando de hermosas casas, fabricadas con ladrillos y agradables para vivir. Lo que antes era un paisaje de basura y porquería se fue transformando en una auténtica ciudad, con jardines, flores, calles pavimentadas y limpias. Aquello se llamó Akamasoa (“buenos amigos”, en lengua malgache).

El P. Opeka cuenta con la ayuda de Manos Unidas, de la Comunidad Europea, del Principado de Mónaco y de otras muchas instituciones internacionales. Eslo­venia y Mónaco lo han propuesto para el Premio No­bel de la Paz. Ha recibido numerosos premios y galar­dones a nivel internacional, entre los que destaca la Medalla de la Legión de Honor, máxima distinción francesa.

Akamasoa es hoy un ejemplo de cooperación y solidaridad. Por toda su obra y por ese ejemplo de cooperación y solidaridad, Mundo Negro ha decidi­do otorgarle el Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2007.

 
 

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