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Religiosos contra el Sida
COMPROMISO Y PROFECÍA

Sólo eran unos cuarenta, pero representaban al millón de religiosos de ambos sexos, pertenecientes a unos dos mil institutos y congregaciones, que trabajan en multitud de proyectos diseminados por los cinco continentes. Nos referimos a la importante reunión que tuvo lugar en Roma entre el 12 y el 14 del pasado mes de diciembre, bajo el lema “Los religiosos en el mundo de la pandemia del VIH/SIDA: entre el compromiso, los desafíos y la profecía”.

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Por Josean Villalabeitia

El acontecimiento estaba organizado por la Comisión de Salud de las dos Uniones de Superiores Generales, la masculina y la femenina, con la intención de aunar las fuerzas de los religiosos, sus expectativas y esperanzas, en relación con la lucha contra una pandemia que ataca de múltiples formas –todas despiadadas- y en circunstancias variadas -todas dramáticas– la vida de personas y pueblos enteros. En el encuentro también participaron algunos representantes de Cáritas Internacional y del ONUSIDA, organismo de Naciones Unidas que se ocupa específicamente del problema del VIH/SIDA.

Según indican en su comunicado final, los participantes han interpretado la reunión de Roma como una llamada a la profecía: “Es preciso hablar con valentía de una realidad que nos interpela pero que, al mismo tiempo, tratamos de negar, huimos de ella. La pandemia nos desafía con nuevas formas de pobreza radical a compartir el sufrimiento y el drama de una gran parte de la humanidad y nos invita a un amor incondicional”.

Los dos iconos del último Congreso Internacional sobre la Vida Consagrada –el Buen Samaritano y la Samaritana– se han mostrado muy significativos a la hora de expresar las sensaciones que se despiertan en los religiosos ante un fenómeno tan preocupante como el del VIH/SIDA. Porque, como el Buen Samaritano, cantidad de religiosos se han dedicado a socorrer a las numerosas personas enfermas, medio muertas a causa de la enfermedad, abandonadas a la vera del camino. Y, como la Samaritana, también se han visto con frecuencia asaltados por mil preguntas sobre el sentido de la vida, de la muerte y del mal, a las que sólo han podido dar respuesta desde la fe, agua viva que libera nuestras capacidades de amor y perdón.

Pero es que los religiosos también se sienten moribundos al borde del camino, ya que la enfermedad ha entrado en sus comunidades por diversas puertas y se percatan cada día de su fragilidad, se perciben como personas vulnerables, limitadas. Al mismo tiempo, se dan cuenta de que su relación con los afectados por el VIH/SIDA ha sido casi siempre una enorme riqueza humana y espiritual. Los enfermos les han dado mucho; la acción de los religiosos no ha sido tanto un servicio prestado cuanto un intercambio recíproco de bienes.

Siendo muy conscientes de todas estas circunstancias, los religiosos creen que ha llegado la hora de movilizar todas las fuerzas y plantear de cara al futuro nuevas estrategias de colaboración entre todos, que superen la fragmentación y el individualismo que reinan en la actualidad. En la lucha con el VIH/SIDA cada Instituto tiene una aportación original que hacer; sólo hay que analizar con atención y creatividad la realidad y, desde cada carisma particular, tratar de dar una respuesta coherente a lo que se descubre.

LA CRUDA REALIDAD

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el VIH/SIDA es, con los cambios climáticos y la amenaza nuclear, uno de los tres principales peligros que acechan hoy al planeta. De acuerdo con datos recientes del ONUSIDA, la infección de VIH/SIDA en el mundo no ha cesado ni un solo momento de propagarse. Desde 1981, año en que fue reconocido, el SIDA ha matado a unos 25 millones de enfermos y, en diciembre de 2005, se calculaba que el número de personas que viven hoy con el VIH supera los cuarenta millones, cinco de los cuales se habían contagiado a lo largo de ese mismo año.

Aunque el número de seropositivos está aumentando con rapidez en otras partes, como Europa del Este, Asia o ciertas zonas del Pacífico, la región del mundo más afectada es, con diferencia, África subsahariana; no en vano viven en ella dos de cada tres portadores del virus, es decir, más de 26 millones. Además, si nos ceñimos sólo a los portadores jóvenes, de entre 15 y 24 años, entonces tres de cada cuatro son africanos; y en algunos países, como Sudáfrica y algunos vecinos, la mitad de los jóvenes están infectados.

El número creciente de huérfanos por causa del sida, las familias sostenidas por niños, los abuelos que deben ocuparse de un gran número de nietos huérfanos y el enorme sufrimiento que todo ello acarrea a los niños africanos es una preocupación constante para todos los religiosos. No lo es menos el número creciente de mujeres afectadas por la enfermedad; de hecho, la mitad de los seropositivos son mujeres –el 57% en el África subsahariana– y, además, sobre ellas recaen las consecuencias más serias de esta situación.

Tanto en el campo de la prevención como en el de la investigación se ha hecho un gran trabajo, pero la epidemia avanza a un ritmo mayor. A pesar de todo, se ha de proseguir sin desmayo en el esfuerzo. La prevención, basada en la educación para la vida y la sexualidad, debe dirigirse de manera clara y completa a todos los jóvenes, y de manera particular a los que la marginación y la pobreza vuelven más vulnerables al ataque del VIH/SIDA, como los drogadictos o los que comercian con su cuerpo. También las respuestas farmacéuticas contra el virus han mejorado sustancialmente en los últimos años. La terapia antirretroviral, por ejemplo, ha aumentado en general, y hoy es fácil disponer de ella en cualquier país occidental. La situación es muy diferente en los países más pobres, que tienen serias dificultades de todo tipo para atender a sus enfermos como debieran.

Por otra parte, la sola palabra “SIDA” lleva aún consigo una formidable carga de estigmatización y discriminación que impide una efectiva prevención del problema. Y, lo que es aún peor, crea un ambiente muy favorable a la extensión de la pandemia ya que, ante las nefastas consecuencias sociales que amenazan al enfermo, muchos prefieren ocultar su situación, mientras que otros ni siquiera se preocupan por conocerla con claridad.

EL COMPROMISO ESPECÍFICO

Es evidente que sin una cooperación generosa y bien organizada de todos los hombres y mujeres de buena voluntad implicados en el tema –agencias internacionales, gobiernos, instituciones varias, ONGs, empresas públicas y privadas, profesionales de la salud, agentes sociales, educadores, etc.– no habrá una respuesta verdaderamente eficaz contra el VIH/SIDA. Los religiosos se muestran dispuestos a participar en esta gran acción común aportando lo que, a su modo de ver, desde el Evangelio y su experiencia concreta de lucha contra la epidemia, es más específico de la vida religiosa.

En este sentido, en la reunión de Roma los religiosos se mostraron de acuerdo en plantearse varios objetivos fundamentales; entre ellos, los que siguen: ser y crear puentes de diálogo, atendiendo a las distintas expectativas de cada caso, en el interior de las congregaciones religiosas, entre las personas, entre las culturas, etc.; conversión personal en la manera de actuar frente al problema: superar la ignorancia, la tendencia a la “moralización”, acoger con humildad la presencia de la enfermedad en sus comunidades, etc.; aportar horizontes amplios, globalidad y reflexión a largo plazo, armonizando así las respuestas urgentes a la enfermedad y a otros aspectos de la situación por ella creada; profundizar en la reflexión teológica y pastoral suscitada por el VIH/SIDA; comprometerse en una respuesta generosa a las exigencias pastorales que acarrea la enfermedad; etc. Varias estrategias de acción más concretas (ver recuadro pag. 49) intentarán que las ricas conclusiones de estos días romanos no queden sólo en los papeles.

El reto, sin duda, es complicado, pero apoyos no les van a faltar a los religiosos que se animen a hacer realidad estos propósitos, dentro de la Iglesia y fuera de ella. Aunque quizás el más apreciado de todos sea para ellos el del Papa Benedicto XVI que, con motivo de la última jornada mundial de lucha contra el SIDA, hacía esta declaración: “Siguiendo de cerca el ejemplo de Cristo, la Iglesia ha considerado siempre la atención a los enfermos como parte integrante de su misión. Por ello, aliento las numerosas iniciativas emprendidas para erradicar esta enfermedad, y en especial las de las comunidades cristianas; me siento cercano a los que padecen SIDA y a sus familias, e invoco para todos ellos la ayuda y el consuelo del Señor”.

Estrategias de acción contra el sida

1. Sensibilizar a las Congregaciones –y a toda la la Iglesia– sobre el hecho de que el sida es una realidad
compleja que va más allá del mero aspecto médico, para alcanzar los campos de la educación, las condiciones sociales, económicas, políticas, de justicia; es, de hecho, una responsabilidad de todos y cada uno. Por ello, el VIH/SIDA debe ser integrado en todos nuestros programas pastorales, educativos, sociales, de predicación, de desarrollo y de promoción de la justicia.

2. Aprender unos de otros las mejores estrategias, como las que hemos conocido estos días: programas de prevención, educación sexual y para la vida, formación de jóvenes, cuidado de enfermos, integración en la sociedad de niños seropositivos, atención particular a los huérfanos –incluido el aspecto sicológico y espiritual–, inserción en el sector de la investigación, programas de apoyo a las mujeres, a los enfermos, a sus familias, etc.

3. Comprometerse activamente en la búsqueda de fondos, en la defensa de los más vulnerables, en la progresiva universalización de la terapia antirretroviral y otros cuidados imprescindibles, en la prevención del VIH/SIDA. Impedir por todos los medios que el problema se silencie.

 

4. Emplear la página web de Justicia y Paz de las Uniones de Superiores Generales para establecer vínculos con los sitios web de otras congregaciones religiosas y organizaciones católicas comprometidas en la lucha contra el sida.

5. Prestar atención a los aspectos pastoral y de humanización ligados a la pandemia: atención a enfermos y moribundos, delicadeza con quienes se ocupan de ellos, con las personas seropositivas y con quienes pierden a seres queridos. Organizar jornadas de solidaridad, oraciones de curación y grupos de apoyo a las familias afectadas.

6. Formación específica tanto en los cursos de preparación del personal sanitario como en los de seguimiento pastoral. En nuestras casas de formación, incluir contenidos relacionados con el VIH/SIDA en los programas, pues también a través de ellos se contribuye al desarrollo personal y religioso de nuestros formandos. Crear así modelos que luego se puedan continuar en otras partes, con otras personas.

7. Trabajar en colaboración con las personas que viven con el VIH/SIDA, con otras organizaciones católicas comprometidas en la erradicación de la pandemia, con personas y estructuras de todo tipo que luchan honradamente contra el VIH/SIDA y con la sociedad civil en general.

 

 
 

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