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El acontecimiento estaba organizado
por la Comisión de Salud de las dos Uniones de Superiores
Generales, la masculina y la femenina, con la intención
de aunar las fuerzas de los religiosos, sus expectativas y esperanzas,
en relación con la lucha contra una pandemia que ataca
de múltiples formas –todas despiadadas- y en circunstancias
variadas -todas dramáticas– la vida de personas y
pueblos enteros. En el encuentro también participaron algunos
representantes de Cáritas Internacional y del ONUSIDA,
organismo de Naciones Unidas que se ocupa específicamente
del problema del VIH/SIDA.
Según indican en su comunicado
final, los participantes han interpretado la reunión de
Roma como una llamada a la profecía: “Es preciso
hablar con valentía de una realidad que nos interpela pero
que, al mismo tiempo, tratamos de negar, huimos de ella. La pandemia
nos desafía con nuevas formas de pobreza radical a compartir
el sufrimiento y el drama de una gran parte de la humanidad y
nos invita a un amor incondicional”.
Los dos iconos del último
Congreso Internacional sobre la Vida Consagrada –el Buen
Samaritano y la Samaritana– se han mostrado muy significativos
a la hora de expresar las sensaciones que se despiertan en los
religiosos ante un fenómeno tan preocupante como el del
VIH/SIDA. Porque, como el Buen Samaritano, cantidad de religiosos
se han dedicado a socorrer a las numerosas personas enfermas,
medio muertas a causa de la enfermedad, abandonadas a la vera
del camino. Y, como la Samaritana, también se han visto
con frecuencia asaltados por mil preguntas sobre el sentido de
la vida, de la muerte y del mal, a las que sólo han podido
dar respuesta desde la fe, agua viva que libera nuestras capacidades
de amor y perdón.
Pero es que los religiosos también
se sienten moribundos al borde del camino, ya que la enfermedad
ha entrado en sus comunidades por diversas puertas y se percatan
cada día de su fragilidad, se perciben como personas vulnerables,
limitadas. Al mismo tiempo, se dan cuenta de que su relación
con los afectados por el VIH/SIDA ha sido casi siempre una enorme
riqueza humana y espiritual. Los enfermos les han dado mucho;
la acción de los religiosos no ha sido tanto un servicio
prestado cuanto un intercambio recíproco de bienes.
Siendo muy conscientes de todas
estas circunstancias, los religiosos creen que ha llegado la hora
de movilizar todas las fuerzas y plantear de cara al futuro nuevas
estrategias de colaboración entre todos, que superen la
fragmentación y el individualismo que reinan en la actualidad.
En la lucha con el VIH/SIDA cada Instituto tiene una aportación
original que hacer; sólo hay que analizar con atención
y creatividad la realidad y, desde cada carisma particular, tratar
de dar una respuesta coherente a lo que se descubre.

LA CRUDA REALIDAD
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS),
el VIH/SIDA es, con los cambios climáticos y la amenaza
nuclear, uno de los tres principales peligros que acechan hoy
al planeta. De acuerdo con datos recientes del ONUSIDA, la infección
de VIH/SIDA en el mundo no ha cesado ni un solo momento de propagarse.
Desde 1981, año en que fue reconocido, el SIDA ha matado
a unos 25 millones de enfermos y, en diciembre de 2005, se calculaba
que el número de personas que viven hoy con el VIH supera
los cuarenta millones, cinco de los cuales se habían contagiado
a lo largo de ese mismo año.
Aunque el número de seropositivos está aumentando
con rapidez en otras partes, como Europa del Este, Asia o ciertas
zonas del Pacífico, la región del mundo más
afectada es, con diferencia, África subsahariana; no en
vano viven en ella dos de cada tres portadores del virus, es decir,
más de 26 millones. Además, si nos ceñimos
sólo a los portadores jóvenes, de entre 15 y 24
años, entonces tres de cada cuatro son africanos; y en
algunos países, como Sudáfrica y algunos vecinos,
la mitad de los jóvenes están infectados.
El número creciente de huérfanos por causa del
sida, las familias sostenidas por niños, los abuelos que
deben ocuparse de un gran número de nietos huérfanos
y el enorme sufrimiento que todo ello acarrea a los niños
africanos es una preocupación constante para todos los
religiosos. No lo es menos el número creciente de mujeres
afectadas por la enfermedad; de hecho, la mitad de los seropositivos
son mujeres –el 57% en el África subsahariana–
y, además, sobre ellas recaen las consecuencias más
serias de esta situación.
Tanto en el campo de la prevención como en el de la investigación
se ha hecho un gran trabajo, pero la epidemia avanza a un ritmo
mayor. A pesar de todo, se ha de proseguir sin desmayo en el esfuerzo.
La prevención, basada en la educación para la vida
y la sexualidad, debe dirigirse de manera clara y completa a todos
los jóvenes, y de manera particular a los que la marginación
y la pobreza vuelven más vulnerables al ataque del VIH/SIDA,
como los drogadictos o los que comercian con su cuerpo. También
las respuestas farmacéuticas contra el virus han mejorado
sustancialmente en los últimos años. La terapia
antirretroviral, por ejemplo, ha aumentado en general, y hoy es
fácil disponer de ella en cualquier país occidental.
La situación es muy diferente en los países más
pobres, que tienen serias dificultades de todo tipo para atender
a sus enfermos como debieran.
Por otra parte, la sola palabra “SIDA” lleva aún
consigo una formidable carga de estigmatización y discriminación
que impide una efectiva prevención del problema. Y, lo
que es aún peor, crea un ambiente muy favorable a la extensión
de la pandemia ya que, ante las nefastas consecuencias sociales
que amenazan al enfermo, muchos prefieren ocultar su situación,
mientras que otros ni siquiera se preocupan por conocerla con
claridad.
EL COMPROMISO ESPECÍFICO
Es evidente que sin una cooperación generosa y bien organizada
de todos los hombres y mujeres de buena voluntad implicados en
el tema –agencias internacionales, gobiernos, instituciones
varias, ONGs, empresas públicas y privadas, profesionales
de la salud, agentes sociales, educadores, etc.– no habrá
una respuesta verdaderamente eficaz contra el VIH/SIDA. Los religiosos
se muestran dispuestos a participar en esta gran acción
común aportando lo que, a su modo de ver, desde el Evangelio
y su experiencia concreta de lucha contra la epidemia, es más
específico de la vida religiosa.
En este sentido, en la reunión de Roma los religiosos
se mostraron de acuerdo en plantearse varios objetivos fundamentales;
entre ellos, los que siguen: ser y crear puentes de diálogo,
atendiendo a las distintas expectativas de cada caso, en el interior
de las congregaciones religiosas, entre las personas, entre las
culturas, etc.; conversión personal en la manera de actuar
frente al problema: superar la ignorancia, la tendencia a la “moralización”,
acoger con humildad la presencia de la enfermedad en sus comunidades,
etc.; aportar horizontes amplios, globalidad y reflexión
a largo plazo, armonizando así las respuestas urgentes
a la enfermedad y a otros aspectos de la situación por
ella creada; profundizar en la reflexión teológica
y pastoral suscitada por el VIH/SIDA; comprometerse en una respuesta
generosa a las exigencias pastorales que acarrea la enfermedad;
etc. Varias estrategias de acción más concretas
(ver recuadro pag. 49) intentarán que las ricas conclusiones
de estos días romanos no queden sólo en los papeles.
El reto, sin duda, es complicado, pero apoyos no les van a faltar
a los religiosos que se animen a hacer realidad estos propósitos,
dentro de la Iglesia y fuera de ella. Aunque quizás el
más apreciado de todos sea para ellos el del Papa Benedicto
XVI que, con motivo de la última jornada mundial de lucha
contra el SIDA, hacía esta declaración: “Siguiendo
de cerca el ejemplo de Cristo, la Iglesia ha considerado siempre
la atención a los enfermos como parte integrante de su
misión. Por ello, aliento las numerosas iniciativas emprendidas
para erradicar esta enfermedad, y en especial las de las comunidades
cristianas; me siento cercano a los que padecen SIDA y a sus familias,
e invoco para todos ellos la ayuda y el consuelo del Señor”.
| Estrategias de acción
contra el sida |
| 1. Sensibilizar a las Congregaciones –y
a toda la la Iglesia– sobre el hecho de que
el sida es una realidad
compleja que va más allá del mero aspecto
médico, para alcanzar los campos de la educación,
las condiciones sociales, económicas, políticas,
de justicia; es, de hecho, una responsabilidad de
todos y cada uno. Por ello, el VIH/SIDA debe ser integrado
en todos nuestros programas pastorales, educativos,
sociales, de predicación, de desarrollo y de
promoción de la justicia.
2. Aprender unos de otros las mejores estrategias,
como las que hemos conocido estos días: programas
de prevención, educación sexual y para
la vida, formación de jóvenes, cuidado
de enfermos, integración en la sociedad de
niños seropositivos, atención particular
a los huérfanos –incluido el aspecto
sicológico y espiritual–, inserción
en el sector de la investigación, programas
de apoyo a las mujeres, a los enfermos, a sus familias,
etc.
3. Comprometerse activamente en la búsqueda
de fondos, en la defensa de los más vulnerables,
en la progresiva universalización de la terapia
antirretroviral y otros cuidados imprescindibles,
en la prevención del VIH/SIDA. Impedir por
todos los medios que el problema se silencie. |
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4. Emplear la página web de Justicia y
Paz de las Uniones de Superiores Generales para establecer
vínculos con los sitios web de otras congregaciones
religiosas y organizaciones católicas comprometidas
en la lucha contra el sida.
5. Prestar atención a los aspectos pastoral
y de humanización ligados a la pandemia: atención
a enfermos y moribundos, delicadeza con quienes se
ocupan de ellos, con las personas seropositivas y
con quienes pierden a seres queridos. Organizar jornadas
de solidaridad, oraciones de curación y grupos
de apoyo a las familias afectadas.
6. Formación específica tanto en los
cursos de preparación del personal sanitario
como en los de seguimiento pastoral. En nuestras casas
de formación, incluir contenidos relacionados
con el VIH/SIDA en los programas, pues también
a través de ellos se contribuye al desarrollo
personal y religioso de nuestros formandos. Crear
así modelos que luego se puedan continuar en
otras partes, con otras personas.
7. Trabajar en colaboración con las personas
que viven con el VIH/SIDA, con otras organizaciones
católicas comprometidas en la erradicación
de la pandemia, con personas y estructuras de todo
tipo que luchan honradamente contra el VIH/SIDA y
con la sociedad civil en general. |
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