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Movidos por el amor
La Semana Santa y el Tiempo de Pascua nos invitan a contemplar el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Murió como vivió, movido por el Amor. Su ejemplo inspira a quienes hoy hacen de su vida una ofrenda de amor al servicio de los empobrecidos y necesitados. Sienten pasión por la misión y no tienen miedo a morir porque han descubierto que en el camino de la vida Cristo es su única esperanza.

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Por Juan Sánchez Arenas

Los días 3 y 4 de marzo participé en la Javierada 2007 con la diócesis de Madrid. Éramos un grupo de jóvenes y animadores misioneros de diferentes parroquias. Nos unía un mismo sentir misionero y la alegría de compartir nuestra fe en Jesucristo. El entusiasmo y la confianza en Dios crecía con nuestro caminar hacia Javier. Nuestros pies dejaban huellas en el camino movidos por el Amor.

Este sentimiento forma parte de la misión, que es una expansión del amor de Dios canalizada en los misioneros y misioneras de todas las razas y pueblos. Yo mismo experimenté esta gracia de Dios cuando tuve que decidir la orientación de mi vida. Tenía 20 años y una vida por delante; percibí que el amor de Dios me llamaba a entregar mi vida a Jesucristo como misionero.

El clima primaveral y el verdor del paisaje animaban nuestro peregrinar. Los almendros en flor adornaban el campo con sus colores y las aguas de los ríos quedaban pintadas por el reflejo de su entorno. El cielo azulado entre claros y nubes tomaba tonos de terciopelo, que los ojos no podían resistir. Esta belleza de la naturaleza, tan amiga y tan hermana, nos habla de Dios.

La cultura actual nos empuja a mirar la realidad y la naturaleza de manera virtual. Nos proporciona mucha información y contactos rápidos. Pero es necesario poner los pies en el suelo y los ojos en las personas que tienen un nombre concreto. Surgen las ansias de vivir la alegría y la amistad con la gente, de tocar con las manos la naturaleza y de contemplar las maravillas creadas por Él, que nos ama. La misión nos convoca a vivir más cercanos a las personas sin olvidar las nuevas tecnologías de la información.

En Lumbier bajamos del autobús y nos pusimos en marcha. Había grupos de jóvenes que caminaban delante de nosotros, otros seguían por detrás. Los que se conocían intercambiaban saludos y se animaban mutuamente. Después, cada uno tomaba su ritmo y seguía su ruta. Al llegar a la Foz de Lumbier, nuestro grupo subió a una colina para orar.

Nos detuvimos en el “Tabor” de la Foz. El P. Antxon, misionero javeriano, orientó la oración sobre el amor, la muerte y la vida, y abrió un espacio para los testimonios. Por un instante me parecía estar viviendo el Triduo Pascual, con los rayos del sol al poniente y como telón de fondo la belleza de las colinas y del valle surcado por las aguas del río. En este ambiente de contemplación sentía que el amor de Jesucristo nos acompañaba.

En nuestra vida cotidiana realizamos muchos gestos de amor, de cuya eficacia apenas nos damos cuenta. Sonia y Dani nos decían que los tres años que llevan saliendo como novios los han vivido como una peregrinación con la ayuda del Señor. Sienten que lo que comparten entre ellos es un reflejo del amor de Dios, que les hace mejores y quererse más. Desde estas páginas les digo: Ánimo y gracias por vuestra entrega. El amor es la fuerza más integradora que existe, la que más humaniza y la que más llena la vida.

El amor mueve. Jesús de Nazaret nos dejó bien claro que el amor mueve y que somos movidos por él. En el Evangelio de Juan (13,1) vemos expresado el misterio de amor del Jueves Santo, pórtico de entrada del Triduo Pascual. “Era la Pascua (judía). Sabía Jesús que había llegado para él la hora de pasar de este mundo al Padre (Pascua de Cristo); había amado a los suyos (entrega, Jueves Santo) que vivía en medio del mundo y los amó hasta el extremo (muerte, Viernes Santo). Estaban cenando (Eucaristía, Pascua cristiana)”.

El Jueves Santo somos convocados a entrar en la dinámica del amor (Jn 13,34-35) y en la mesa compartida (1Cor 11,23-26). Esta jornada nos invita a un amor abierto y para todos, a un amor que se entrega y se da, que respeta y unifica, que anima y alegra, que muestra predilección por los pobres y los que sufren. Son los gestos de amor que nos hacen más fraternos y nos llevan a compartir lo que somos y tenemos.

La oración nos capacita para amar. Visitando la comunidad que las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta tienen en la periferia de El Cairo pude percibir la entrega y la alegría de aquellas religiosas en su trabajo con ancianas. La superiora tuvo la delicadeza de atender algunas preguntas que le formulé sobre su estilo de vida, su capacidad de perseverancia; quería saber de dónde les venían las fuerzas. Con pocas palabras me respondió: “Son las horas de oración con el Señor las que nos capacitan para amar”.

Amar sin límites, hasta el extremo, implica cargar con la cruz e incluso morir en ella como Jesús. La liturgia del Viernes Santo nos introduce en la contemplación de la cruz desnuda para entrar en el silencio de la muerte y reconocer nuestra responsabilidad en el sinsentido que destruye a Jesús y a sus hermanos más pequeños, los desfavorecidos de la tierra.

También nos invita a sumergirnos en el misterio de Dios crucificado, cuyo amor soporta incluso la brutalidad con que en ocasiones nos tratamos. Jesús, al entregar voluntariamente su vida, se somete al mal del mundo hasta la muerte llevando a cabo la plenitud del misterio pascual. Plenitud que consiste en pasar de la muerte a la vida.

Lluvia de balas. Hace 25 años el P. Osmundo Bilbao Garamendi, misionero comboniano, con sólo 37 años fue alcanzado por una lluvia de balas en el cuello que le produjeron la muerte instantáneamente. Los bandidos robaron lo que llevaba en la camioneta y huyeron. Este misionero al servicio de los Madi (Uganda) ahora forma parte de los testigos de este pueblo y de la Iglesia. El P. Osmundo amó hasta el extremo siguiendo el estilo de Jesús y los consejos de San Daniel Comboni: “El verdadero apóstol no debe tener miedo a ninguna dificultad, ni siquiera a la muerte. La cruz y el martirio son su triunfo”.

A la sociedad actual le cuesta aceptar la condición mortal del ser humano. Y por eso muchas veces oculta la muerte. Personas como San Francisco de Asís vieron la muerte como “hermana”, y San Juan de la Cruz como “vida renovada”. Desde Jesús, la muerte no desaparece pero adquiere la dimensión de un nuevo nacimiento a otra vida más plena. La muerte es necesaria para ser fecundos. “Sólo ven bien los ojos que han llorado”, dice un poeta africano. Pero creer esto es un don, sólo es posible desde la fe en la resurrección del Crucificado.

El sí de Dios a Jesús. ¡Cristo ha resucitado! (Vigilia Pascual y Domingo de Pascua). Es el sí de Dios Padre a Jesús que restablece la vida frente a los hombres que la quitan, resucita todo lo humano, confirma las bienaventuranzas y da sentido al servicio y a la entrega por amor. Por eso, la manera cristiana de vivir es poner vida donde otros ponen muerte, convertirse en defensores de los indefensos, estar con los crucificados y vivir la vida con esperanza.

De la oscuridad a la luz. Pasamos los dos túneles de la Foz en silencio haciendo experiencia del paso de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida. Llegamos a Sangüesa ya entrada la noche. Participamos del concierto-oración animado por el Grupo Betel, que nos alentó a anunciar que Dios es Amor. También disfrutamos del eclipse de luna. La iglesia de Santiago Apóstol nos acogió para pasar la noche.

Varios miles de jóvenes y no tan jóvenes caminamos de mañana hacia Javier siguiendo los pasos del Vía Crucis. Éramos un pueblo que marchaba alegre y unido en la misma fe. Después celebramos la Eucaristía, presidida por Mons. Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, que alentó a los jóvenes contra la tentación de perder la fe en medio de tantas ofertas en el mercado de la vida. Y nos animó a que tuviésemos una experiencia de Tabor para que juntos nos ayudáramos a contemplar el rostro de Jesús, la belleza que manifiesta la bondad de Dios. Pues el amor es la tierra firme donde apoyamos nuestra vida.

Te deseo una Pascua llena de presencia amorosa de Dios. Que puedas sentir tu vida movida por el amor a Jesucristo y la pasión por la misión. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

 
 

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