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FIDEI DONUM: 50 AÑOS
África convoca a una Iglesia solidaria
El 21 de abril se cumplen 50 años desde que Pío XII publicó su segunda encíclica misionera, Fidei Donum (El don de la fe). Su principal objetivo era llamar la atención de la Iglesia universal sobre la situación de África. El texto abrió nuevos horizontes misioneros en la Iglesia católica.
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Por Antonio Villarino

Pío XII, que era un Papa muy atento a la evolución de las realidades sociopolíticas y que veía a la Iglesia como una gran instancia moral y un faro de luz para todo el mundo, detectó, como un signo de su tiempo, “un rápido precipitarse de los acontecimientos” y percibió la situación del continente africano como “crítica”, en el sentido de que estaba llegando a un verdadero cruce de la historia. Estaba en juego, pensaba, el futuro de un continente y el de la Iglesia dentro del mismo. Según sus propias palabras, “ahora emerge para la humanidad más civilizada de nuestro tiempo y para la madurez política” y “se abre a la vida del mundo moderno y atraviesa los años tal vez más graves de su milenario destino”.

De hecho, a la independencia de Ghana se había adelantado la de unos pocos países (Etiopía, Sudan), y pronto le seguiría la de la mayoría de los actuales 54 Estados del continente, siendo 1960 el año punta de aquel extraordinario proceso histórico, con 17 independencias.

MOMENTO CRUCIAL

Desde su observatorio romano, el Papa Pacelli percibe que “la mayor parte de esos territorios está pasando por una evolución social, económica y política, que está saturada de consecuencias para su porvenir”, y que los africanos “en pocos decenios están recorriendo las etapas de una evolución que el Occidente ha realizado a lo largo de varios siglos”.

Al mismo tiempo, el pontífice descubre que las presiones internacionales –no hay que olvidar que estamos en plena “guerra fría”, con una lucha sin cuartel entre el mundo capitalista y el comunista– no van a permitir “graduar las etapas que serán necesarias para el verdadero bien de estos pueblos”. Es decir, Pío XII preveía –como de hecho sucedió– que las independencias se iban a producir como una especie de avalancha –un incontenible “viento de cambio”, diría el 3 de febrero de 1960 Harold Macmillan, Primer ministro británico ante el Parlamento de Sudáfrica– sin una adecuada preparación, con las consiguientes consecuencias funestas.

En efecto, muchos se preguntaban entonces si era el caso de proceder inmediatamente a conceder las independencias o si era mejor pasar por etapas intermedias y prolongadas de autogobierno, como las que intentó en vano Charles de Gaulle con algunas colonias del África occidental francesa. Pero la sensación era de que ya no había tiempo para pensar. Sólo quedaba actuar, dejándose llevar por los “vientos” de la historia, evitando conflictos complicados, costosos e inútiles. Los que recuerdan la manera cómo España salió del Sahara Occidental, por ejemplo, entenderán de qué estamos hablando; en un momento de transición, cuando Franco agonizaba, nadie quería arriesgarse en una situación colonial, que de todos modos no tenía futuro. Por parte de las metrópolis colonizadoras, no se trataba de salir “ordenadamente”, sino de salir a como diera lugar. Y por parte de los líderes independentistas se trataba de obtener la independencia “ya”, sin más esperas, espoleados por algunas potencias mundiales con sus propios intereses geopolíticos.

Vista la evolución histórica de las cinco décadas pasadas, uno puede preguntarse si la alarma de Pío XII no estaba más que justificada. Piénsese en los trágicos años de la post-independencia de Congo, por ejemplo; o en los numerosos conflictos civiles y en el fracaso socioeconómico de muchos países. ¿Se podrían haber evitado, si las independencias se hicieran de manera más programada y calmada? A veces tendemos a suponer que África es un continente condenado al fracaso. Pero eso es inadmisible. ¿Qué hubiera pasado si el escenario político internacional hubiera sido distinto o si los países independizados tuvieran élites más preparadas? En 50 años, un país puede alcanzar grandes cotas de desarrollo. Piénsese, si no, en la España de hace 50 años. Se dice incluso que Guinea Ecuatorial tenía entonces un nivel de vida más alto que el de la Península. ¿Qué pasó para que las cosas se invirtieran tan drásticamente? No pasó nada “mágico” ni “inevitable”. Simplemente se produjeron una serie de decisiones, “cargadas de consecuencias”, sin tener en cuenta la prudencia, como recordaba Pío XII. Como la historia no da marcha atrás, estas reflexiones sólo tienen un sentido retórico para ayudarnos a entender lo que estaba en juego entonces. Y para aprender de la historia, “maestra de vida”.

Un peligro especial que Pío XII veía y al que había combatido con gran decisión en Europa era el del comunismo, que para el Papa no era tanto un asunto político, social o económico cuanto religioso, ya que los partidos comunistas se habían declarado expresa y agresivamente contrarios a toda forma de religión, considerada “opio del pueblo”.

“Sabemos, por desgracia, –decía– que el materialismo ateo ha difundido en varias regiones de África su virus de división, atizando las pasiones, enfrentando a pueblos y razas unos contra otros, aprovechando auténticas dificultades para seducir espíritus con fáciles espejismos o para sembrar la rebelión en los corazones. En nuestra solicitud por un auténtico progreso humano y cristiano de las poblaciones africanas, queremos renovar aquí, con respecto a ellas, las graves y solemnes advertencias que en varias ocasiones hemos dirigido a propósito de este punto a los católicos de todo el mundo”.

Por lo que respecta a la Iglesia africana, el Papa se alegra por el enorme desarrollo alcanzado. En 1957 había ya 1.811 sacerdotes y los dos primeros obispos africanos de los tiempos modernos ordenados el 2 de octubre de 1939 tenían ya más de 30 compañeros. Pero insiste en que el África católica necesitaba mucha ayuda y que aquél era el momento de prestarla, si no se quería perder el tren de la historia. De hecho, la Iglesia africana se fue desarrollando de una manera vertiginosa en cuanto a los números, como demuestran las últimas cifras que ha publicado Mundo Negro. En ese sentido, se puede decir que la Iglesia africana no sólo no perdió sino que aprovechó el “tren de la historia”.

Desde Pío XII hasta hoy los papas han acompañado siempre muy de cerca el desarrollo de esta Iglesia, que ha pasado a ser una de las que goza de más vitalidad en el mundo, aunque tiene también graves problemas que ahora no tenemos espacio para recordar, pero que sin duda serán afrontados en el próximo sínodo.

UNA IGLESIA, TODA ELLA MISIONERA

Aunque el objetivo de la encíclica era impulsar la cooperación con África, sus alcances teológicos y pastorales van mucho más allá, mostrando una vez más que frecuentemente lo concreto, cuando es bien planteado, contiene semillas de universalidad.

Uno de sus grandes aportes es lo que en muchos países se dio a conocer precisamente como “sacerdotes –o laicos– fidei donum”. Con este nombre se reconoce a sacerdotes diocesanos o a laicos que, sin perder su pertenencia a una diócesis determinada, dedican unos años de su vida a la misión ad gentes o a la cooperación con otras diócesis más necesitadas. El Papa los pedía expresamente para África, pero pronto fueron numerosos los destinados a América Latina e incluso Asia.

Pero más importante que el número de sacerdotes y laicos enviados fue el cambio de mentalidad que eso propició e impulsó, ya que Pío XII realmente no inicia sino que confirma y universaliza ideas y movimientos que ya existían en algunas partes.

El gran cambio fue pasar de considerar que la misión era obra de algunas instituciones específicas, que tenían por vocación y encargo especial “las misiones”, a aceptar que toda la Iglesia era misionera, como más tarde confirmaría solemnemente el Concilio Vaticano II. En un mensaje, con ocasión de los 25 años de esta encíclica, Juan Pablo II decía: “Esta es la gran novedad a la que la Fidei donum ha legado su nombre. La novedad de haber superado la dimensión territorial del servicio sacerdotal para ponerlo a disposición de toda la Iglesia, como lo hace notar el Concilio: ‘El don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión amplísima y universal de salvación hasta los últimos confines de la tierra (Hech 1, 8), pues todo ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles’ (Prebyterorum ordinis, 10)”.

“Pero la Fidei Donum –continuaba Juan Pablo II–, además de a los sacerdotes, se dirigía también a los laicos, y la prestación de éstos junto a los sacerdotes y religiosos en las misiones es hoy más preciosa e indispensable que nunca (Ad gentes, 41). Esto ha conducido a la experiencia del fenómeno típico de nuestro tiempo llamado voluntariado cristiano internacional, que quiero recomendar vivamente”.

INTERCAMBIO DE VIDA

Además, la Fidei Donum expresaba una intuición de la que sólo ahora, 50 años después, se vislumbra su realidad. Recogiendo una cita de su primera encíclica misionera, Pío XII hace una afirmación que Juan Pablo II definiría 25 años después como “de largo alcance y visión”. Decía: “Si en otros tiempos la vida de la Iglesia, en su aspecto visible, desplegaba su fuerza preferentemente en Europa, desde donde se difundía... a lo que podía llamarse la periferia del mundo, hoy aparece, por el contrario, como un intercambio de vida y energías entre todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo en la tierra”.

Desde ese principio que, reconociendo que “las repercusiones de la situación católica en África rebasaba con mucho las fronteras de este continente”, el Papa afirma que “es necesario que de toda la Iglesia, bajo el impulso de esta Sede Apostólica, venga la respuesta fraternal a tantas necesidades”.

La visión de la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo, a la que el Pío XII había dedicado una de sus más importantes encíclicas, le lleva a un cambio revolucionario en su concepto de misión, como fruto de una experiencia de solidaridad profunda entre todas las partes de este cuerpo, es decir, de la Iglesia, que como un solo cuerpo debe acudir allí donde está más necesitada. Por eso, en otro de sus aportes definitivos, les dice a los obispos que son “solidariamente responsables de la misión apostólica de la Iglesia”.

Más aún, “nada es más extraño a la Iglesia de Jesucristo que la división; nada más nocivo para su vida que el aislamiento, que el concentrarse en sí misma, que todas las formas de egoísmo colectivo que inducen a una comunidad cristiana, cualquiera que sea, a encerrarse en sí misma”.

HACIA EL FUTURO

El puente de 50 años que une la publicación de la Fidei Donum con nuestro tiempo, ha visto pasar mucha “agua” en la vida de África, del mundo y de la Iglesia. África, y sobre todo la Iglesia católica en aquel continente, ha cambiado mucho, después de pasar por peripecias en algunos casos sangrantes, pero siempre llenas de vida y de esperanza. El mundo todavía lleno de colonias que Pío XII contemplaba, es ahora una especie de ekumene globalizada, con nuevas “colonizaciones”, esclavitudes, oportunidades y desafíos. La geografía de la Iglesia –y su situación en el mundo, especialmente en Europa– ha cambiado radicalmente.

No podemos mirar a Pío XII para que nos dé recetas concretas en orden a nuestra misión en el mundo de hoy. Pero sí podemos aprender de él algunas actitudes básicas. En primer lugar, “un espíritu misionero que, animado por la caridad, es en cierto modo la primera respuesta de nuestra gratitud para con Dios”. En segundo lugar, una actitud de alerta ante lo que está pasando en nuestro mundo, con la decisión de buscar respuestas concretas a los desafíos que se presentan, siendo responsables de la marcha de la historia. Y, por fin, una solidaridad sin fronteras, conforme al principio que “el espíritu misional y el espíritu católico son una misma cosa”.

 
 

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