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Pío XII, que era un Papa
muy atento a la evolución de las realidades sociopolíticas
y que veía a la Iglesia como una gran instancia moral y
un faro de luz para todo el mundo, detectó, como un signo
de su tiempo, “un rápido precipitarse de los acontecimientos”
y percibió la situación del continente africano
como “crítica”, en el sentido de que estaba
llegando a un verdadero cruce de la historia. Estaba en juego,
pensaba, el futuro de un continente y el de la Iglesia dentro
del mismo. Según sus propias palabras, “ahora emerge
para la humanidad más civilizada de nuestro tiempo y para
la madurez política” y “se abre a la vida del
mundo moderno y atraviesa los años tal vez más graves
de su milenario destino”.
De hecho, a la independencia
de Ghana se había adelantado la de unos pocos países
(Etiopía, Sudan), y pronto le seguiría la de la
mayoría de los actuales 54 Estados del continente, siendo
1960 el año punta de aquel extraordinario proceso histórico,
con 17 independencias.
MOMENTO CRUCIAL
Desde su observatorio romano,
el Papa Pacelli percibe que “la mayor parte de esos territorios
está pasando por una evolución social, económica
y política, que está saturada de consecuencias para
su porvenir”, y que los africanos “en pocos decenios
están recorriendo las etapas de una evolución que
el Occidente ha realizado a lo largo de varios siglos”.
Al mismo tiempo, el pontífice
descubre que las presiones internacionales –no hay que olvidar
que estamos en plena “guerra fría”, con una
lucha sin cuartel entre el mundo capitalista y el comunista–
no van a permitir “graduar las etapas que serán necesarias
para el verdadero bien de estos pueblos”. Es decir, Pío
XII preveía –como de hecho sucedió–
que las independencias se iban a producir como una especie de
avalancha –un incontenible “viento de cambio”,
diría el 3 de febrero de 1960 Harold Macmillan, Primer
ministro británico ante el Parlamento de Sudáfrica–
sin una adecuada preparación, con las consiguientes consecuencias
funestas.
En efecto, muchos se preguntaban
entonces si era el caso de proceder inmediatamente a conceder
las independencias o si era mejor pasar por etapas intermedias
y prolongadas de autogobierno, como las que intentó en
vano Charles de Gaulle con algunas colonias del África
occidental francesa. Pero la sensación era de que ya no
había tiempo para pensar. Sólo quedaba actuar, dejándose
llevar por los “vientos” de la historia, evitando
conflictos complicados, costosos e inútiles. Los que recuerdan
la manera cómo España salió del Sahara Occidental,
por ejemplo, entenderán de qué estamos hablando;
en un momento de transición, cuando Franco agonizaba, nadie
quería arriesgarse en una situación colonial, que
de todos modos no tenía futuro. Por parte de las metrópolis
colonizadoras, no se trataba de salir “ordenadamente”,
sino de salir a como diera lugar. Y por parte de los líderes
independentistas se trataba de obtener la independencia “ya”,
sin más esperas, espoleados por algunas potencias mundiales
con sus propios intereses geopolíticos.
Vista la evolución histórica
de las cinco décadas pasadas, uno puede preguntarse si
la alarma de Pío XII no estaba más que justificada.
Piénsese en los trágicos años de la post-independencia
de Congo, por ejemplo; o en los numerosos conflictos civiles y
en el fracaso socioeconómico de muchos países. ¿Se
podrían haber evitado, si las independencias se hicieran
de manera más programada y calmada? A veces tendemos a
suponer que África es un continente condenado al fracaso.
Pero eso es inadmisible. ¿Qué hubiera pasado si
el escenario político internacional hubiera sido distinto
o si los países independizados tuvieran élites más
preparadas? En 50 años, un país puede alcanzar grandes
cotas de desarrollo. Piénsese, si no, en la España
de hace 50 años. Se dice incluso que Guinea Ecuatorial
tenía entonces un nivel de vida más alto que el
de la Península. ¿Qué pasó para que
las cosas se invirtieran tan drásticamente? No pasó
nada “mágico” ni “inevitable”.
Simplemente se produjeron una serie de decisiones, “cargadas
de consecuencias”, sin tener en cuenta la prudencia, como
recordaba Pío XII. Como la historia no da marcha atrás,
estas reflexiones sólo tienen un sentido retórico
para ayudarnos a entender lo que estaba en juego entonces. Y para
aprender de la historia, “maestra de vida”.
Un peligro especial que Pío
XII veía y al que había combatido con gran decisión
en Europa era el del comunismo, que para el Papa no era tanto
un asunto político, social o económico cuanto religioso,
ya que los partidos comunistas se habían declarado expresa
y agresivamente contrarios a toda forma de religión, considerada
“opio del pueblo”.
“Sabemos, por desgracia,
–decía– que el materialismo ateo ha difundido
en varias regiones de África su virus de división,
atizando las pasiones, enfrentando a pueblos y razas unos contra
otros, aprovechando auténticas dificultades para seducir
espíritus con fáciles espejismos o para sembrar
la rebelión en los corazones. En nuestra solicitud por
un auténtico progreso humano y cristiano de las poblaciones
africanas, queremos renovar aquí, con respecto a ellas,
las graves y solemnes advertencias que en varias ocasiones hemos
dirigido a propósito de este punto a los católicos
de todo el mundo”.
Por lo que respecta a la Iglesia
africana, el Papa se alegra por el enorme desarrollo alcanzado.
En 1957 había ya 1.811 sacerdotes y los dos primeros obispos
africanos de los tiempos modernos ordenados el 2 de octubre de
1939 tenían ya más de 30 compañeros. Pero
insiste en que el África católica necesitaba mucha
ayuda y que aquél era el momento de prestarla, si no se
quería perder el tren de la historia. De hecho, la Iglesia
africana se fue desarrollando de una manera vertiginosa en cuanto
a los números, como demuestran las últimas cifras
que ha publicado Mundo Negro. En ese sentido, se puede decir que
la Iglesia africana no sólo no perdió sino que aprovechó
el “tren de la historia”.
Desde Pío XII hasta hoy
los papas han acompañado siempre muy de cerca el desarrollo
de esta Iglesia, que ha pasado a ser una de las que goza de más
vitalidad en el mundo, aunque tiene también graves problemas
que ahora no tenemos espacio para recordar, pero que sin duda
serán afrontados en el próximo sínodo.
UNA
IGLESIA, TODA ELLA MISIONERA
Aunque el objetivo de la encíclica era
impulsar la cooperación con África, sus alcances
teológicos y pastorales van mucho más allá,
mostrando una vez más que frecuentemente lo concreto, cuando
es bien planteado, contiene semillas de universalidad.
Uno de sus grandes aportes es lo que en muchos
países se dio a conocer precisamente como “sacerdotes
–o laicos– fidei donum”. Con este nombre se
reconoce a sacerdotes diocesanos o a laicos que, sin perder su
pertenencia a una diócesis determinada, dedican unos años
de su vida a la misión ad gentes o a la cooperación
con otras diócesis más necesitadas. El Papa los
pedía expresamente para África, pero pronto fueron
numerosos los destinados a América Latina e incluso Asia.
Pero más importante que el número
de sacerdotes y laicos enviados fue el cambio de mentalidad que
eso propició e impulsó, ya que Pío XII realmente
no inicia sino que confirma y universaliza ideas y movimientos
que ya existían en algunas partes.
El gran cambio fue pasar de considerar que la
misión era obra de algunas instituciones específicas,
que tenían por vocación y encargo especial “las
misiones”, a aceptar que toda la Iglesia era misionera,
como más tarde confirmaría solemnemente el Concilio
Vaticano II. En un mensaje, con ocasión de los 25 años
de esta encíclica, Juan Pablo II decía: “Esta
es la gran novedad a la que la Fidei donum ha legado su nombre.
La novedad de haber superado la dimensión territorial del
servicio sacerdotal para ponerlo a disposición de toda
la Iglesia, como lo hace notar el Concilio: ‘El don espiritual
que los presbíteros recibieron en la ordenación
no los prepara a una misión limitada y restringida, sino
a la misión amplísima y universal de salvación
hasta los últimos confines de la tierra (Hech 1, 8), pues
todo ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal
de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles’
(Prebyterorum ordinis, 10)”.
“Pero la Fidei Donum –continuaba
Juan Pablo II–, además de a los sacerdotes, se dirigía
también a los laicos, y la prestación de éstos
junto a los sacerdotes y religiosos en las misiones es hoy más
preciosa e indispensable que nunca (Ad gentes, 41). Esto ha conducido
a la experiencia del fenómeno típico de nuestro
tiempo llamado voluntariado cristiano internacional, que quiero
recomendar vivamente”.
INTERCAMBIO DE VIDA
Además, la Fidei Donum expresaba una
intuición de la que sólo ahora, 50 años después,
se vislumbra su realidad. Recogiendo una cita de su primera encíclica
misionera, Pío XII hace una afirmación que Juan
Pablo II definiría 25 años después como “de
largo alcance y visión”. Decía: “Si
en otros tiempos la vida de la Iglesia, en su aspecto visible,
desplegaba su fuerza preferentemente en Europa, desde donde se
difundía... a lo que podía llamarse la periferia
del mundo, hoy aparece, por el contrario, como un intercambio
de vida y energías entre todos los miembros del Cuerpo
místico de Cristo en la tierra”.
Desde ese principio que, reconociendo que “las
repercusiones de la situación católica en África
rebasaba con mucho las fronteras de este continente”, el
Papa afirma que “es necesario que de toda la Iglesia, bajo
el impulso de esta Sede Apostólica, venga la respuesta
fraternal a tantas necesidades”.
La visión de la Iglesia como Cuerpo místico
de Cristo, a la que el Pío XII había dedicado una
de sus más importantes encíclicas, le lleva a un
cambio revolucionario en su concepto de misión, como fruto
de una experiencia de solidaridad profunda entre todas las partes
de este cuerpo, es decir, de la Iglesia, que como un solo cuerpo
debe acudir allí donde está más necesitada.
Por eso, en otro de sus aportes definitivos, les dice a los obispos
que son “solidariamente responsables de la misión
apostólica de la Iglesia”.
Más aún, “nada es más
extraño a la Iglesia de Jesucristo que la división;
nada más nocivo para su vida que el aislamiento, que el
concentrarse en sí misma, que todas las formas de egoísmo
colectivo que inducen a una comunidad cristiana, cualquiera que
sea, a encerrarse en sí misma”.
HACIA EL FUTURO
El
puente de 50 años que une la publicación de la Fidei
Donum con nuestro tiempo, ha visto pasar mucha “agua”
en la vida de África, del mundo y de la Iglesia. África,
y sobre todo la Iglesia católica en aquel continente, ha
cambiado mucho, después de pasar por peripecias en algunos
casos sangrantes, pero siempre llenas de vida y de esperanza.
El mundo todavía lleno de colonias que Pío XII contemplaba,
es ahora una especie de ekumene globalizada, con nuevas “colonizaciones”,
esclavitudes, oportunidades y desafíos. La geografía
de la Iglesia –y su situación en el mundo, especialmente
en Europa– ha cambiado radicalmente.
No podemos mirar a Pío XII para que nos
dé recetas concretas en orden a nuestra misión en
el mundo de hoy. Pero sí podemos aprender de él
algunas actitudes básicas. En primer lugar, “un espíritu
misionero que, animado por la caridad, es en cierto modo la primera
respuesta de nuestra gratitud para con Dios”. En segundo
lugar, una actitud de alerta ante lo que está pasando en
nuestro mundo, con la decisión de buscar respuestas concretas
a los desafíos que se presentan, siendo responsables de
la marcha de la historia. Y, por fin, una solidaridad sin fronteras,
conforme al principio que “el espíritu misional y
el espíritu católico son una misma cosa”.
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