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El año
2006 estuvo marcado por una reanudación de la intervención
francesa en los asuntos africanos. Los rebeldes que amenazaban
a Chad y la República Centroafricana fueron derrotados
con la ayuda del Ejército francés, con sus aviones
de combate Mirages F1, a golpe de bombas y proyectiles de 30 mm.
El éxito de esta operación se debió también
a la utilización de aviones de reconocimiento que facilitaron
la localización de las columnas rebeldes, ofreciendo así
una ventaja decisiva a las tropas gubernamentales. Desde los años
ochenta, nunca el Ejército francés había
intervenido tan directamente en esta región. Entonces,
se trataba de impedir a la Libia del coronel Gadafi, aliado de
la Unión Soviética, apoderarse de Chad. Hoy, el
nuevo enemigo podría ser Sudán, acusado por los
Gobiernos chadiano y centroafricano de apoyar a los insurrectos.
Con la recuperación
de sus viejos vicios, Francia vuelve al tiempo de la Françafrique
–término creado por el ex presidente de Costa de
Marfil, Félix Houphouët-Boigny, en los años
setenta para calificar las relaciones privilegiadas entre la metrópoli
y sus antiguas posesiones–. Bien es cierto que no hemos
vuelto al año 1978 cuando los paracaidistas saltaban sobre
la región minera de Kolwezi (República Democrática
de Congo), pero el mal está hecho y el cliché se
repite: Francia se agarra a África, último lugar
sobre la tierra donde puede hacer uso sin mandato de su fuerza,
con el fin de mantener en el poder a los regímenes amigos
y sumisos. La diplomacia francesa insiste en la "conformidad"
del compromiso francés con los acuerdos firmados. Sin embargo,
de la “formación, instrucción y reestructuración”
de las Fuerzas Armadas Centroafricanas, se ha pasado al "apoyo
en combate" y a la "asistencia operacional". Un
eufemismo para designar una implicación directa en los
combates. Una confesión implícita de los límites
de la doctrina Recamp que, desde hace una década, consiste
en ayudar a los Ejércitos africanos a mantener el orden
en sus territorios a través de su formación y equipamiento.
En Chad, el acuerdo de cooperación se interpreta de la
manera más amplia posible: ninguna implicación directa
en los combates, pero se facilita información aérea,
el transporte de tropas, equipamiento y hasta entrega de armas.
DOS VARAS DE MEDIR
Cuando Francia considera que hay que intervenir,
interviene; cuando considera que la intervención está
fuera de lugar, se abstiene. La política de Francia en
África se aplica según “dos varas de medir”.
En Costa de Marfil, el ex presidente Aimé Henri Konan Bédié
pidió en vano en 1999 que se accionaran los acuerdos de
defensa firmados en los años sesenta. No lo consiguió
y fue derrocado. Desde 2002, este país está dividido
en dos a causa de una rebelión, en la que Francia se negó
a ayudar al Gobierno para combatirla. Igualmente, por razones
aún no elucidadas, Ange-Félix Patassé, elegido
presidente de la República Centroafricana, no se benefició
de las disposiciones de los acuerdos de cooperación militar
cuando hacía frente a la rebelión de François
Bozizé en octubre de 2002. Finalmente fue derrocado por
un golpe de Estado el 15 de marzo de 2003.
Y sin embargo, en otras ex colonias –Burkina
Faso, República de Congo, Gabón, Camerún,
Togo, Yibuti–, Francia no duda en apoyar al “sindicato
de los dinosaurios en el poder”. A la muerte del presidente
togolés Gnassingbé Eyadéma el 5 de febrero
de 2005 y ante la usurpación del poder por su hijo Faure,
Francia se limitó a llamar a las nuevas autoridades a organizar
elecciones libres y democráticas. En ningún momento
condenó con firmeza, como lo había hecho la Unión
Africana, el modo hereditario de acceso al poder. Asimismo, si,
por un lado, París parece dispuesto a todo para defender
al presidente yibutiano Ismael Omar Guelleh –acusado de
ser el comandatario del asesinato en 1995 del juez francés
Bernard Borrel–, por el otro, nadie parece tener la intención
de mover un dedo a favor del presidente ruandés Paul Kagame.
Tanto es así que Francia ha sido criticada
en los términos más virulentos por los presidentes
Laurent Gbagbo de Costa de Marfil y el propio Paul Kagame. Este
último incluso rompió las relaciones diplomáticas
con Francia el 24 de noviembre de 2006, en respuesta a las acusaciones
del juez francés Jean-Louis Bruguière por su "presunta
implicación" en el atentado contra el avión
del ex presidente Juvenal Habyarimana en 1994. Del Elíseo
al Ministerio francés de Defensa, el presidente ruandés
es considerado como un enemigo irreductible de la Françafrique,
hasta el punto de pasar hoy por uno de los pocos jefes de Estado
amigos del presidente costamarfileño. Kagame ha declarado
que “los franceses creen que saben mejor que los africanos
cómo solucionar los problemas de sus ex colonias. Lo veo
como un insulto grave pero hay africanos que no parecen verlo
así”.
Lo mismo piensa su homólogo costamarfileño.
El 19 de diciembre de 2006, el presidente Gbagbo presentó
un nuevo plan de paz para Costa de Marfil, en el cual propuso
la ruptura con toda implicación exterior, sobre todo con
las fuerzas francesas de la operación Licornio. Más
de una vez, el número uno costamarfileño, tratando
con condescendencia a los rebeldes, declaró que éstos
no eran más que títeres. Al día siguiente
de los acontecimientos de noviembre de 2004, el presidente del
Parlamento costamarfileño, Mamadou Koulibaly, había
retomado por su cuenta la misma idea, afirmando abiertamente que
Francia estaba detrás de la rebelión.
TENTACIÓN
DE LIBERACIÓN
Oficialmente, el fin declarado de la intervención
francesa en África es estabilizar las regiones y permitir
a los Gobiernos locales asumir su soberanía. Pero estos
argumentos no disipan las crecientes dudas, incluso dentro de
Francia, sobre este tipo de intervención. Un informe reciente
del Senado evoca una “tentación de ruptura”
y un “cansancio” de la antigua potencia colonial.
El entorno de Nicolás Sarkozy, candidato de la derecha
a la presidencia, juzga severamente la actual política
africana: “Estas intervenciones nos cuestan demasiado caro
con relación a lo que nos aportan”. Según
las cifras oficiales, varias décadas después de
la descolonización, Francia tiene unos 9.600 militares
en los países africanos. La intervención en Costa
de Marfil ya habría costado 1.200 millones de euros desde
2002. El coste no es el único problema, estiman los zarkozystas:
“No defendemos ningún interés político
o militar y nos atraemos el odio de las poblaciones, como en Costa
de Marfil y en Ruanda”.
¿Desplegar así la potencia militar
francesa es el modo más eficaz, en el siglo XXI, de difundir
la voz de Francia y defender sus intereses? Los defensores de
la tradición diplomática replican que Francia debe,
en virtud de su historia y de su responsabilidad moral, mantener
una presencia en África. Pero este argumento está
siendo cuestionado. En un artículo de la edición
francesa de la revista Foreign Policy, su director, François
Roche, sostiene que Francia ha sido tan absorbida por su deseo
de gloria y de grandeza que no se ha dado cuenta de que las regiones
donde se juegan sus intereses futuros no son aquellos donde concentra
sus esfuerzos diplomáticos y militares. ¿El nuevo
presidente cambiará todo esto? Nicolás Sarkozy tiene
una aproximación inflexible. En un discurso pronunciado
en Benín en mayo de 2006, declaró que ya era hora
de dejar de ver la presencia extranjera en África como
un juego de influencias sin más. Francia, dijo, necesita
tener con África unas relaciones más transparentes
y menos paternalistas.
Ségolène Royal, candidata socialista
a la presidencia francesa, es más concreta. En su “Proyecto
para África” ha dejado claro que si es elegida revisará
todos los acuerdos de defensa y de cooperación militar
firmados entre Francia y los países africanos. Obligará
a las empresas francesas a publicar lo que pagan en África,
porque “los ciudadanos africanos tienen el derecho de saber
lo que ingresan sus Gobiernos y los consumidores franceses deben
asegurarse de que la gasolina que compran no sirve para mantener
a regímenes despóticos”. Asimismo, incitará
a los regímenes africanos a incluir a la oposición
y la sociedad civil en el juego democrático porque, en
su opinión, es el único medio para poner fin a las
prácticas que han empañado la imagen de su país
en África, como las intervenciones militares en beneficio
de regímenes de supuestos amigos como Chad y República
Centroafricana.
Allí está el deseo de ruptura
de los dos candidatos. Ahora bien, la realidad sobre el terreno
podría ser otra. ¿Podrán liberarse de la
red tejida por Jacques Foccart cincuenta años después?
ÁFRICANO YA NO ES EL DORADO
Mientras China busca satisfacer sus intereses
comerciales en África, Francia es a menudo la única
que juega a ser el gendarme de la región. Paralelamente,
los intercambios comerciales con el África francófona
disminuyen. La petrolera Total, heredera de Elf, afirma haber
"normalizado" su presencia en el continente. El gigante
francés realiza más de la mitad de su producción
diaria continental (813.000 barriles) en Nigeria y en Angola,
fuera de la zona francófona.
“En África francófona,
nuestro problema no es identificar a nuevos inversores privados,
sino impedir que se marchen los que ya están”, ha
declarado Anthony Bouthelier, presidente delegado del Consejo
de los inversores franceses en África negra. En efecto,
aparte de los pequeños empresarios, la presencia económica
francesa en África se resume hoy en una veintena de grupos
medianos y grandes: Bouygues y Vinci (construcción), CFAO
(logística), Rougier (madera), Total (hidrocarburos), Castel
(cerveza), Dagris (algodón), la compañía
Bolloré y CMA-CGM (logística y transporte), Veolia
(agua), Accor (hostelería), Air France, BNP Paribas, Société
Générale (banca).
Atrás quedó el tiempo en
que los grupos franceses, muy bien implantados en África
francófona, controlaban más de la mitad de los mercados
en Gabón, Costa de Marfil, Camerún o Senegal, y
registraban pingües beneficios con el apoyo de la Compañía
Francesa de Seguro para el Comercio Exterior. A mediados de los
años 80 del siglo pasado, Gabón representaba aún
la mitad de las reservas petroleras de Elf Aquitaine.
Hoy, la retirada de las empresas francesas
se nota en sectores dominados durante mucho tiempo, como la explotación
del agua o de la madera. Así, después de abandonar
Guinea Ecuatorial y Mozambique, y anunciada su retirada de Malí,
Bouygues desea liberarse de Costa de Marfil. Veolia acabó
sus actividades en Chad. Los operadores franceses abandonan también
el sector forestal, en el cual se ilustraron François Pinault
y la familia de Bernard-Henri Lévy: Bolloré ha vendido
sus acciones en las plantaciones del continente, Thanry ha cedido
el conjunto de sus concesiones a Hong Kong, Leroy ha sido comprado
por los portugueses.
Muy pocos grupos galos disponen todavía
de una estrategia africana: “Fuera del petróleo,
África atrae menos del 5 por ciento de las inversiones
extranjeras directas de Francia”, declara Philippe Hugon,
del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas.
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