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Entre los bamileke (Camerún)
la Reina-madre recibía el nombre de Mafo. Su prestigio
superaba al del rey y presidía ciertas funciones religiosas.
En el reino de Bunyoro (Uganda) era un personaje muy considerado
que disponía de su propia corte, lo mismo que en el imperio
de Monomotapa (Zimbabue), donde su corte, y las otras “nueve
mujeres oficiales”, estaba servida por más de 3.000
mujeres. En el reino de Abomey (Benín), aunque el rey disponía
de un poder absoluto, no era obstáculo para que se reconociera
una dignidad superior a la Reina-madre como representación
del sistema matrilineal de la sociedad.
El imperio de Kanem-Bornu (Chad), aunque de observancia musulmana,
conservó la institución de la Reina-madre (Magira)
de cuando era un reino animista. Era la dueña del mayor
número de feudos, en los cuales podía ella conceder
asilo político a quien se lo pidiera. Su influencia personal
y el apoyo que recibía de su clan eran decisivos a la hora
de elegir a un nuevo sultán. Era especialmente honrada
y la única que podía reprender al rey; a su servicio
tenía un personaje especial, el yiroma, encargado de proporcionar
todo lo que le era menester.
Entre los ashanti (Ghana), la Reina-madre era la mujer de más
edad del clan real y gozaba de un gran prestigio e influencia,
al ser considerada la mujer de más categoría desde
el punto de vista genealógico. Como símbolo de su
preeminencia, poseía su propio taburete (signo de autoridad),
era la encargada de custodiar los antepasados y hacer los ritos
religiosos los días de su conmemoración (los Addae).
También vigilaba la conducta de las chicas del clan real,
dirigía sus ritos iniciáticos y mediaba en las disputas
familiares. La designación del rey se hacía a propuesta
suya, aunque su nombramiento debía ser ratificado por el
Consejo de Ancianos.
Los tchokue (Angola), que no formaron un reino centralizado,
tuvieron en gran consideración a la madre del jefe, lo
mismo que en el reino de Loango (Congo), donde la Reina-madre
gozaba de gran influencia en la corte. En el reino Kuba (Congo),
el protocolo le asignaba el puesto de segunda autoridad y desempeñaba
un papel político fundamental: tras la ceremonia de la
entronización del rey, ella debía contraer matrimonio
simbólico con una serie de hombres importantes, para evitar
que éstos pudieran exigir privilegios a su hijo. En Benín,
su obligación principal era educar al heredero, y vivía
lejos de la corte rodeada de sus sirvientes.

PRINCESAS, CORTESANAS Y GUERRERAS
El protagonismo político de las mujeres no se acaba con
la función desempeñada por las reinas; hubo princesas
o simples cortesanas que también entraban en el juego político
o su influencia era decisiva en algunos momentos, incluso más
que la de la propia reina. Tal fue el caso de la princesa Amina,
del Estado hausa de Zaria, que, al frente del Ejército,
hizo incursiones victoriosas en todos los pueblos vecinos. Según
la Crónica de Kano, “ella fue la primera en el país
hausa que tuvo eunucos y nueces de cola; en su época, todos
los productos del oeste fueron introducidos en el país
hausa”. Ella fue también quien fortificó los
puntos más importantes del país e hizo de su ejército
uno de los más poderosos.
Las princesas de las cortes de los reinos wolof (Senegal) eran
conocidas con el nombre de lingueres, y sus intervenciones en
las intrigas palaciegas, en las luchas dinásticas y en
la sucesión al trono eran constantes. A menudo se ocupaban
de la regencia y alguna prestó su colaboración valiosa
al Ejército, consiguiendo victorias señaladas. Una
crónica de la segunda mitad del siglo XIX cuenta que una
de ellas, vestida de hombre, se lanzó contra los moros
trarza, enemigos seculares de los wolof, y los venció.
Entre los bamileke, las mujeres nobles, sobre todo si eran herederas
de bienes, gozaban de gran poder en todo su entorno.
Como regentes de gran prestigio hay que señalar a la princesa
Helena, de Etiopía, de principios del siglo XVI; siendo
musulmana, se convirtió al cristianismo y envió
mensajeros a Portugal, cuyo resultado fue la embajada portuguesa
de 1520, en la que se encontraba como capellán Francisco
Álvarez. Este clérigo fue quien dio a conocer en
sus escritos la riqueza cultural etíope, y en Europa se
pudo saber algo más concreto sobre la tierra del Preste
Juan. Otro personaje importante en la mitad del siglo XVIII fue
la regente etíope Mentonab, que tuvo que dirigir los destinos
del país varias veces en un período muy convulso
de intrigas, guerras y violencia cortesana.
Dentro de esta línea, aunque fuera del ámbito de
la nobleza, hay que hacer una mención especial de la famosa
Sarankegny Konaté, que, según testigos presenciales,
“servía agua a los visitantes ilustres y aparecía
en las fiestas llena de joyas”. Era esta señora una
de las favoritas del harén de Samori Touré, el gran
héroe africano que luchó hasta su muerte contra
la ocupación colonial francesa. Considerada como “la
maestra del hogar”, fue también una experta en asuntos
políticos; era ella quien se encargaba de los mismos cuando
Samori estaba en campaña.
En el reino de Abomey los principales cargos tenían sus
homólogas femeninas; eran princesas conocidas con el nombre
de “Mujeres del Leopardo”, y ejercían un verdadero
control sobre los ministros, que eran sus dobles; éstos
no podían ejercitar sus funciones de forma arbitraria y
tenían que dar cuenta de sus gestiones a su homóloga.
También existían princesas dedicadas exclusivamente
a los ritos religiosos; se las conocía con el nombre de
tasinon y se consagraban de forma especial al culto de los antepasados.
Pero lo que en este reino ha llamado más la atención
ha sido el ejército permanente de amazonas que formaban
el cuerpo de elite de los reyes. Según la consigna de que
“la guerra es el pasatiempo del rey de Abomey”, éste
acudió al coraje femenino para encontrar en él el
mejor medio de defensa. Las amazonas eran vírgenes obligadas
al celibato que, además de formar la guardia personal del
soberano, se lanzaban en lo más duro del combate para atraerse
la benevolencia del dios de la guerra. Un viajero de la época
las describió como “un cuerpo de tropas femeninas
bien armadas, cada una con un pequeño mosquetón
y un corto sable cuya vaina es ordinariamente de terciopelo carmesí”.
Formaban tres cuerpos distintos: fusileras, arqueras y artilleras.
Su número era variable; en la batalla librada contra la
ciudad nigeriana de Abeokuta en 1851 había 6.000 amazonas,
mientras que los hombres eran 10.000. Se cuenta que en otra batalla
contra esta misma ciudad una amazona, para animar a los soldados,
fue sola al pie de las murallas y se sentó a fumar su pipa
antes de morir acribillada a flechazos. Los zulú (Sudáfrica)
de Chaka también incorporaron en su Ejército varios
cuerpos de mujeres, para la intendencia y logística.
La abundancia de princesas que pululaban por las diferentes
cortes, debido a una amplia poligamia, ofrecía aspectos
muy diversos, porque no todas tenían la capacidad idónea
o la oportunidad para ejercer alguna función. Su posición
era distinta a la de las demás mujeres y, con frecuencia,
su libertinaje y costumbres licenciosas era algo común
entre ellas. Así sucedía, por ejemplo, en los reinos
de Bunyoro o Loango; en este último el rey se paseaba siempre
rodeado de un gran número de concubinas y muchas princesas
se ofrecían de “acompañantes temporales”
a los hombres que mejor las trataran.
Tanto las princesas como otras cortesanas protagonizaron en
muchas ocasiones un gran papel político, puesto que eran
dadas por el rey en matrimonio a los jefes importantes de los
clanes o a los de los pueblos sometidos, con lo que aseguraban
más la cohesión de sus reinos. También podían
intervenir directamente en la elección del rey, como en
el caso de Congo, donde en el Consejo electoral del mani, compuesto
de nueve o doce miembros según las circunstancias, había
cuatro mujeres.
Tampoco faltaron en otras instituciones de importancia, como
en órganos deliberativos o ejecutivos; por ejemplo, en
los Consejos de ancianos que ayudaban a los oyoko, o jefes territoriales
ashanti, había también ancianas. En ocasiones se
les encomendaban funciones únicas de un alto contenido
ritual y religoso, como sucedía entre los luba. En este
reino no había una capital permanente, sino que cada rey
fundaba una nueva; la vieja era un territorio sagrado y su custodia
se confiaba a una mujer; ésta era la encargada de estar
en contacto continuo con el espíritu del rey difunto.
Estos datos, sacados de todas las épocas históricas,
son simples ejemplos de una faceta poco considerada de la mujer
africana, pero hay más. Ahí están para recordarnos
que ella no es sólo madre y productora de bienes, sino
también origen, guía y maestra de pueblos, el tesoro
más preciado de África.
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