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El papel preponderante
de la "Reina-madre"
LAS OTRAS MUJERES AFRICANAS
La figura de la Reina-madre es un personaje propio de las cortes africanas que ha desempeñado funciones muy importantes y, en ocasiones, su intervención ha sido crucial para poner fin a problemas dinásticos o resolver graves crisis de gobierno. Podía ser la madre biológica del rey o, en su defecto, se elegía a quien cumpliera los requisitos necesarios. En casi todas las cortes era considerada como la segunda autoridad del reino y sus atribuciones diferían según los pueblos.
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Por José Luis Cortés

Entre los bamileke (Camerún) la Reina-madre recibía el nombre de Mafo. Su prestigio superaba al del rey y presidía ciertas funciones religiosas. En el reino de Bunyoro (Uganda) era un personaje muy considerado que disponía de su propia corte, lo mismo que en el imperio de Monomotapa (Zimbabue), donde su corte, y las otras “nueve mujeres oficiales”, estaba servida por más de 3.000 mujeres. En el reino de Abomey (Benín), aunque el rey disponía de un poder absoluto, no era obstáculo para que se reconociera una dignidad superior a la Reina-madre como representación del sistema matrilineal de la sociedad.

El imperio de Kanem-Bornu (Chad), aunque de observancia musulmana, conservó la institución de la Reina-madre (Magira) de cuando era un reino animista. Era la dueña del mayor número de feudos, en los cuales podía ella conceder asilo político a quien se lo pidiera. Su influencia personal y el apoyo que recibía de su clan eran decisivos a la hora de elegir a un nuevo sultán. Era especialmente honrada y la única que podía reprender al rey; a su servicio tenía un personaje especial, el yiroma, encargado de proporcionar todo lo que le era menester.

Entre los ashanti (Ghana), la Reina-madre era la mujer de más edad del clan real y gozaba de un gran prestigio e influencia, al ser considerada la mujer de más categoría desde el punto de vista genealógico. Como símbolo de su preeminencia, poseía su propio taburete (signo de autoridad), era la encargada de custodiar los antepasados y hacer los ritos religiosos los días de su conmemoración (los Addae). También vigilaba la conducta de las chicas del clan real, dirigía sus ritos iniciáticos y mediaba en las disputas familiares. La designación del rey se hacía a propuesta suya, aunque su nombramiento debía ser ratificado por el Consejo de Ancianos.

Los tchokue (Angola), que no formaron un reino centralizado, tuvieron en gran consideración a la madre del jefe, lo mismo que en el reino de Loango (Congo), donde la Reina-madre gozaba de gran influencia en la corte. En el reino Kuba (Congo), el protocolo le asignaba el puesto de segunda autoridad y desempeñaba un papel político fundamental: tras la ceremonia de la entronización del rey, ella debía contraer matrimonio simbólico con una serie de hombres importantes, para evitar que éstos pudieran exigir privilegios a su hijo. En Benín, su obligación principal era educar al heredero, y vivía lejos de la corte rodeada de sus sirvientes.

PRINCESAS, CORTESANAS Y GUERRERAS

El protagonismo político de las mujeres no se acaba con la función desempeñada por las reinas; hubo princesas o simples cortesanas que también entraban en el juego político o su influencia era decisiva en algunos momentos, incluso más que la de la propia reina. Tal fue el caso de la princesa Amina, del Estado hausa de Zaria, que, al frente del Ejército, hizo incursiones victoriosas en todos los pueblos vecinos. Según la Crónica de Kano, “ella fue la primera en el país hausa que tuvo eunucos y nueces de cola; en su época, todos los productos del oeste fueron introducidos en el país hausa”. Ella fue también quien fortificó los puntos más importantes del país e hizo de su ejército uno de los más poderosos.

Las princesas de las cortes de los reinos wolof (Senegal) eran conocidas con el nombre de lingueres, y sus intervenciones en las intrigas palaciegas, en las luchas dinásticas y en la sucesión al trono eran constantes. A menudo se ocupaban de la regencia y alguna prestó su colaboración valiosa al Ejército, consiguiendo victorias señaladas. Una crónica de la segunda mitad del siglo XIX cuenta que una de ellas, vestida de hombre, se lanzó contra los moros trarza, enemigos seculares de los wolof, y los venció. Entre los bamileke, las mujeres nobles, sobre todo si eran herederas de bienes, gozaban de gran poder en todo su entorno.

Como regentes de gran prestigio hay que señalar a la princesa Helena, de Etiopía, de principios del siglo XVI; siendo musulmana, se convirtió al cristianismo y envió mensajeros a Portugal, cuyo resultado fue la embajada portuguesa de 1520, en la que se encontraba como capellán Francisco Álvarez. Este clérigo fue quien dio a conocer en sus escritos la riqueza cultural etíope, y en Europa se pudo saber algo más concreto sobre la tierra del Preste Juan. Otro personaje importante en la mitad del siglo XVIII fue la regente etíope Mentonab, que tuvo que dirigir los destinos del país varias veces en un período muy convulso de intrigas, guerras y violencia cortesana.

Dentro de esta línea, aunque fuera del ámbito de la nobleza, hay que hacer una mención especial de la famosa Sarankegny Konaté, que, según testigos presenciales, “servía agua a los visitantes ilustres y aparecía en las fiestas llena de joyas”. Era esta señora una de las favoritas del harén de Samori Touré, el gran héroe africano que luchó hasta su muerte contra la ocupación colonial francesa. Considerada como “la maestra del hogar”, fue también una experta en asuntos políticos; era ella quien se encargaba de los mismos cuando Samori estaba en campaña.

En el reino de Abomey los principales cargos tenían sus homólogas femeninas; eran princesas conocidas con el nombre de “Mujeres del Leopardo”, y ejercían un verdadero control sobre los ministros, que eran sus dobles; éstos no podían ejercitar sus funciones de forma arbitraria y tenían que dar cuenta de sus gestiones a su homóloga. También existían princesas dedicadas exclusivamente a los ritos religiosos; se las conocía con el nombre de tasinon y se consagraban de forma especial al culto de los antepasados.

Pero lo que en este reino ha llamado más la atención ha sido el ejército permanente de amazonas que formaban el cuerpo de elite de los reyes. Según la consigna de que “la guerra es el pasatiempo del rey de Abomey”, éste acudió al coraje femenino para encontrar en él el mejor medio de defensa. Las amazonas eran vírgenes obligadas al celibato que, además de formar la guardia personal del soberano, se lanzaban en lo más duro del combate para atraerse la benevolencia del dios de la guerra. Un viajero de la época las describió como “un cuerpo de tropas femeninas bien armadas, cada una con un pequeño mosquetón y un corto sable cuya vaina es ordinariamente de terciopelo carmesí”.

Formaban tres cuerpos distintos: fusileras, arqueras y artilleras. Su número era variable; en la batalla librada contra la ciudad nigeriana de Abeokuta en 1851 había 6.000 amazonas, mientras que los hombres eran 10.000. Se cuenta que en otra batalla contra esta misma ciudad una amazona, para animar a los soldados, fue sola al pie de las murallas y se sentó a fumar su pipa antes de morir acribillada a flechazos. Los zulú (Sudáfrica) de Chaka también incorporaron en su Ejército varios cuerpos de mujeres, para la intendencia y logística.

La abundancia de princesas que pululaban por las diferentes cortes, debido a una amplia poligamia, ofrecía aspectos muy diversos, porque no todas tenían la capacidad idónea o la oportunidad para ejercer alguna función. Su posición era distinta a la de las demás mujeres y, con frecuencia, su libertinaje y costumbres licenciosas era algo común entre ellas. Así sucedía, por ejemplo, en los reinos de Bunyoro o Loango; en este último el rey se paseaba siempre rodeado de un gran número de concubinas y muchas princesas se ofrecían de “acompañantes temporales” a los hombres que mejor las trataran.

Tanto las princesas como otras cortesanas protagonizaron en muchas ocasiones un gran papel político, puesto que eran dadas por el rey en matrimonio a los jefes importantes de los clanes o a los de los pueblos sometidos, con lo que aseguraban más la cohesión de sus reinos. También podían intervenir directamente en la elección del rey, como en el caso de Congo, donde en el Consejo electoral del mani, compuesto de nueve o doce miembros según las circunstancias, había cuatro mujeres.

Tampoco faltaron en otras instituciones de importancia, como en órganos deliberativos o ejecutivos; por ejemplo, en los Consejos de ancianos que ayudaban a los oyoko, o jefes territoriales ashanti, había también ancianas. En ocasiones se les encomendaban funciones únicas de un alto contenido ritual y religoso, como sucedía entre los luba. En este reino no había una capital permanente, sino que cada rey fundaba una nueva; la vieja era un territorio sagrado y su custodia se confiaba a una mujer; ésta era la encargada de estar en contacto continuo con el espíritu del rey difunto.

Estos datos, sacados de todas las épocas históricas, son simples ejemplos de una faceta poco considerada de la mujer africana, pero hay más. Ahí están para recordarnos que ella no es sólo madre y productora de bienes, sino también origen, guía y maestra de pueblos, el tesoro más preciado de África.

 
 

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