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La buena acogida dada por el
presidente Rodríguez Zapatero al plan de autonomía
que Marruecos va a presentar este mes al Consejo de Seguridad
de la ONU suma un nuevo e inequívoco espaldarazo del Gobierno
a la estrategia con la que el rey Mohamed VI intenta eludir el
cumplimiento de las resoluciones internacionales sobre el Sahara
Occidental. Lo preocupante es que esta declaración con
la que el presidente español expresó en Rabat “el
interés” de su Gobierno ante la solución al
conflicto diseñada por Marruecos, convierte a España
en cómplice de un flagrante atropello a esa legalidad internacional.
El escenario de este giro fue la cumbre hispano-marroquí
celebrada en Rabat el pasado 6 de marzo. Los comunicados hechos
públicos por Moncloa han intentado atenuar la indignación
que el enfoque de Zapatero ante el bloqueo del plan de paz de
la ONU en el Sahara ha causado entre el electorado socialista.
Sus voces se han unido a la protesta del Frente Polisario, que
defiende la independencia del pueblo saharaui, y sus incondicionales
aliados en el Gobierno de Argelia, de donde procede el 60 por
ciento del gas que se consume en España. Para tranquilizar
los ánimos, el propio ministro de Exteriores, Miguel Ángel
Moratinos, ha puesto mucho énfasis en que lo que quiso
decir Zapatero en Rabat no tiene que ver con una ruptura con el
tradicional apoyo español a los esfuerzos con los que la
ONU, desde 1991, intenta resolver el conflicto con un referéndum
de autodeterminación. Todo sería fruto de una mala
interpretación ante un nuevo intento español por
favorecer el diálogo entre las dos partes en busca de la
paz con una solución “en el marco de las resoluciones
de Naciones Unidas”.
Los argumentos con los que Zapatero da por hecha la viabilidad
del plan marroquí omiten un detalle esencial: lo que propone
el rey Mohamed VI es la imposición al pueblo saharaui de
un régimen autonómico, descartando la posibilidad
de que pueda elegir libremente entre la independencia o la integración
a Marruecos. Alentar esta propuesta, por lo tanto, lleva implícita
la incompatibilidad con ese logro de “un acuerdo definitivo
que respete los principios de Naciones Unidas”. La legalidad
internacional, en el caso de la colonia española, va asociada
al derecho de autodeterminación del pueblo saharaui y al
deber de España, como potencia administradora, de defender
los intereses de sus tutelados hasta que dejen de ser una colonia.
El informe que el secretario general de la ONU hizo al Consejo
de Seguridad de la ONU en abril de 2006 explicó claramente
en su punto 37 por qué Zapatero ha caído en una
irreconciliable contradicción: “El Consejo de Seguridad
no podía invitar a las partes a negociar sobre una autonomía
del Sahara bajo soberanía de Marruecos, ya que ello implicaría
el reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre el
Sahara Occidental, cosa que estaba fuera de cualquier consideración,
dado que ningún Estado miembro de las Naciones Unidas había
reconocido dicha soberanía”.
Rodríguez Zapatero ya dijo en 2002, cuando era dirigente
de la oposición, que no creía que la autodeterminación
fuese la solución adecuada para garantizar el progreso
del pueblo saharaui. Eran los momentos álgidos de la crispación
hispano-marroquí que, con epicentro en el apoyo del Gobierno
de Aznar al plan Baker II, que contempla la celebración
de un referéndum, desembocó la crisis de la isla
de Perejil.
El rey Mohamed VI no comprende que ni siquiera la complicidad
española –con su condición de potencia administradora
del Sahara que todavía le sigue reconociendo la ONU–
sea suficiente para torcer esa doctrina onusiana fundamentada
en más de 50 resoluciones y un dictamen del Tribunal Internacional
de Justicia. Para no seguir aplazando esta última cumbre
ha exigido a Zapatero que su lenguaje sobre el Sahara se homologue
con su política de apoyo en las votaciones de la ONU, la
venta de armas o el apoyo diplomático ante terceros a favor
de sus pretensiones. En esta guerra de confusión verbal,
Rabat ha celebrado como un nuevo triunfo que en las declaraciones
con las que el rey Juan Carlos ha intentado contrarrestar la polémica
en Argel, en lugar de utilizar el término “autodeterminación”
se haya referido a la “libre determinación”
del pueblo saharaui.
Ana Camacho.
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