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Al abordar la salud reproductiva, el documento refiere que los países que lo ratifiquen (20 hasta la fecha) se comprometen a “proteger los derechos reproductivos de la mujer, autorizando de modo particular el aborto médico en caso de agresión sexual, de violación, de incesto y cuando el embarazo ponga en peligro la salud mental y psíquica de la madre, su vida o la del feto”. En la práctica, esta formulación constituye el instrumento jurídico y el apoyo legal que garantiza el derecho al aborto.
Uno de los primeros países en sumarse a esta liberalización ha sido precisamente Mozambique, anfitrión de la cumbre de la Unión Africana donde se aprobó el protocolo en 2003, aunque no entró en vigor hasta dos años después, cuando lo ratificaron el mínimo exigido de 15 países del continente. Por eso, en Mozambique, un país mayoritariamente católico, el aborto podrá ser legal si el Parlamento promulga una nueva ley recientemente aprobada en el Consejo de Ministros. La propuesta encontró enseguida la oposición de los obispos mozambiqueños, quienes en mayo pasado difundieron una nota pastoral, titulada “Sí a la vida y no a la muerte, contra el aborto provocado”. Los prelados juzgan la idea como “un acto contrario a esta nación de amplio territorio y recursos inmensamente ricos para desarrollar, a través del crecimiento de la población, por el bien común”. En el escrito invitan a “reflexionar seriamente sobre la necesidad urgente de defender la vida de todos los que componen el pueblo mozambiqueño”.
Por su parte, en 2006 también los obispos de Uganda advirtieron de que “la peste del aborto amenaza nuestra tierra”, por lo que exhortaron a “apoyar resueltamente el respeto a la vida que representa la herencia tanto de nuestras tradiciones cristianas como africanas”.
El mismo Benedicto XVI, al recibir el pasado 19 de noviembre a los obispos de Kenia en visita ad limina, denunció las campañas que utilizan algunas agencias internacionales para promover el aborto en el continente africano. “Causa grave preocupación que la cultura secular globalizada ejerza un influjo cada vez más grande en las comunidades locales a raíz de las campañas de organizaciones que promueven el aborto”, indicó el pontífice. Al mismo tiempo, destacó que “la destrucción directa de una vida humana inocente nunca puede justificarse por muy difíciles que sean las circunstancias que puedan llevar a tomar en consideración dar un paso tan grave”.
Una de las voces más altas y claras levantadas contra la reforma legal del aborto por parte de los obispos africanos ha venido de la Asociación de las Conferencias Episcopales del África Central (ACEAC), que incluye R. D. de Congo, Ruanda y Burundi. En la reunión plenaria celebrada en junio pasado en Kinshasa, la ACEAC emitió una declaración sobre la ratificación del Protocolo de Maputo, con el fin de “salvaguardar los valores africanos de la familia, de la dignidad de la mujer como madre y fuente de vida”. Los prelados consideran que una lectura atenta pone de manifiesto que desde el punto de vista cultural, antropológico, jurídico y ético, el documento constituye “una amenaza grave para los valores de la moral cristiana y de la cultura africana”.
Los obispos de la ACEAC denuncian que detrás del protocolo hay una “banalización del aborto” y una “antropología inadmisible”. Punto por punto, la declaración episcopal desmonta el Protocolo de Maputo, cuando afirma que, “contrariamente a lo que pretende buscar, constituye una destrucción lenta pero segura de los valores africanos en general y de los de la mujer en particular”. Preocupados por “la cultura de la muerte que parece propagar en África una cierta ética hedonista”, los obispos hacen un llamamiento a la responsabilidad de todos, mientras abogan por una civilización del amor y anuncian el Evangelio de la vida.
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