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La transmisión del poder en África de padres a hijos es una seria amenaza para el actual proceso democrático en el continente. La democracia supone, entre otras condiciones, acceder a la jefatura de un Estado a través de las urnas. Sin embargo, muchos dirigentes africanos violan este principio al actuar como verdaderos monarcas. Recurren a todo tipo de ajustes para “entronizar” a sus descendientes que, naturalmente, no tienen más legitimidad que la de haber nacido con una buena estrella. Los precedentes de Joseph Kabila en la República Democrática de Congo y Faure Gnassingbé en Togo, han hecho surgir el espectro de las dinastías africanas.
Cuando se restauró en abril de 1990 la democracia en el entonces Zaire, el presidente Mobutu Sese Seko pensaba en su hijo François‑Joseph Nzanga para sucederle en el poder. Pero este plan no pudo llevarse a cabo, ya que Mobutu fue derrocado por Laurent Désiré Kabila. Finalmente, a la muerte de este último, el 16 de enero de 2001, fue su hijo Joseph Kabila quien se convirtió en presidente de la república.
Sin duda, el ejemplo congoleño inspiró el de Togo, donde Faure, hijo del presidente Gnassingbé Eyadema, sucedió a éste a su muerte el 5 de febrero de 2005. Con el apoyo del Ejército y el aval del Parlamento, modificó la Constitución y destituyó al presidente de la Cámara baja, que debía asumir ad interim la jefatura del Estado. Sin embargo, por las presiones internacionales, se vio obligado a organizar elecciones presidenciales, que naturalmente ganó.
SUCESIONES PREPARADAS
No habría nada que decir si la candidatura de los miembros de una misma familia a la jefatura de un Estado respetase los principios elementales de la democracia. Cualquier presidente en activo o derrocado tiene el derecho de ver a su hijo presentarse a las elecciones. Que Gilchrist Olympio, hijo del primer presidente de Togo, Sylvanus Olympio, asesinado en 1963, sea un opositor histórico a los Eyadema –padre e hijo–, no es nada escandaloso. Tampoco lo es que François‑Joseph Nzanga Mobutu se haya presentado a las últimas elecciones presidenciales de la República Democrática de Congo.
Lo inadmisible es que se monten estratagemas para colocar a alguien al margen de los proyectos democráticos. Para allanarles el camino hacia la presidencia, algunos jefes de Estado colocan a sus hijos en puestos neurálgicos para la supervivencia del régimen y la perpetuación de la dinastía.
Antes de su muerte, Brahim Déby –asesinado el 2 de julio de 2007 en Francia–, hijo del presidente chadiano Idriss Déby Itno, había ocupado diferentes cargos en la presidencia. Apodado “pequeño presidente”, su padre le preparaba para sucederle. Diplomado en gestión de empresas por una universidad de Montreal, en Canadá, su último puesto fue el de secretario particular del jefe del Estado.
En Egipto, es notorio el deseo del presidente Hosni Moubarak de ver a su hijo Gamal asumir el relevo en el poder. Economista de formación y líder indiscutible del ala liberal del Partido Nacional Democrático, Gamal se ocupa de todo desde que su padre lo nombró en 2002 al frente del Comité político del partido: agenda política, estrategia de desarrollo económico y mejoramiento de la imagen del partido.
PREPARAR LAS MENTES
En ocasiones, se recurre al adoctrinamiento para imponer a la opinión pública nacional la idea de normalidad de una puesta en órbita del hijo del presidente. Después del célebre “Africano más titulado desde Túnez hasta ciudad del Cabo”, los turiferarios de Abdoulaye Wade, el presidente de Senegal, han encontrado una fórmula para su hijo Karim, conocido en lo sucesivo como el líder de la “generación de lo concreto”. Lo que permite al jefe de Estado senegalés justificar la posible transmisión dinástica del poder, afirmando que ya hay movimientos apolíticos que apoyan a su hijo, que no se ha metido oficialmente en política.
Sin embargo, son conocidas las estratagemas utilizadas por Wade para aupar a su hijo. Le ha nombrado responsable de la Agencia Nacional para la Organización de la Conferencia Islámica y supervisor de la construcción del aeropuerto Blaise Diagne de Ndiass. De la buena gestión de estos macroproyectos de miles de millones de francos CFA dependerán los votos que recaude llegado el momento.
“Libia debe tener medios de comunicación, un Tribunal Supremo de Justicia y una sociedad civil independientes”. Estos “ataques” contra el régimen libio podrían ser calificados de golpistas de no haber sido pronunciados por Seif El‑Islam, vástago del presidente libio Muhamar El Gadafi. Para su ascensión, El‑Islam dispone de una verdadera máquina de guerra, la Fundación Gadafi, al frente de la cual propone reformas que considera necesarias para su país. Objeto de las especulaciones sobre la sucesión de su padre, El‑Islam goza de la bendición de su progenitor, porque lo importante es que el poder se quede en la familia. Aunque oficialmente no tiene ningún cargo político, es el emisario más fiable de su padre, que lo promovió a la escena internacional al confiarle la indemnización de las víctimas de los atentados de Lockerbie y del DC 10 de la UTA (Unión de Transportes Aéreos). Recientemente ha sido noticia por su papel en la liberación de las enfermeras búlgaras condenadas para haberles inoculado voluntariamente el virus del sida a 426 niños libios.
TAL PADRE, TALES HIJOS
La gestión “monárquica” de algunos mandatarios no puede más que abrir una vía real para que sus respectivos hijos invadan los mecanismos de Estado, entre ellos el Ejército. A menudo por la usurpación del poder, estos regímenes confunden las fuerzas armadas con su milicia personal.
Es el caso de Guinea Ecuatorial, donde el 31 de agosto de 2007, el presidente Teodoro Obiang Nguema procedió a una serie de promociones en las fuerzas de seguridad, elevando en grado a seis de sus hijos. Entre los ascendidos al grado de comandante se encuentra su primogénito, “Teodorín” Nguema Obiang, ministro de Agricultura y Bosques, y responsable de la juventud del partido presidencial. Sucesor declarado de su padre, el futuro “dueño” del país controla todas las inversiones y los mercados públicos.
En Gabón, también, la máquina de la sucesión está en marcha desde hace mucho tiempo. Después de haber mimado a su hija Pascaline con el petróleo y la diplomacia, el presidente Omar Bongo Ondimba apuesta hoy por su hijo adoptivo de origen biafreño, Ali Ben Bongo, que ocupa el puesto estratégico de Ministro de Defensa, a la espera de su “hora”.
Debilitado por la enfermedad, Lansana Conté, el presidente de Guinea, vería con buenos ojos, según algunos observadores, que su hijo Ousmane se convirtiese en el próximo jefe de Estado. Para ello, Ousmane Conté, que es también responsable de la guardia presidencial, podría ser candidato en las elecciones legislativas cuya fecha está pendiente de fijar. Actualmente capitán del Ejército, dimitiría para presentarse en la lista del partido en el poder, el Partido de la Unidad y el Progreso. Una vez elegido diputado, se le ofrecería la presidencia del Parlamento. Al prever la Constitución que en caso de vacante de poder, por muerte o enfermedad del presidente Lansana Conté, el presidente de la Asamblea es quien lo asume interinamente, la sucesión se haría de forma natural.
HIJOS TRAVIESOS
Si algunos retoños de los mandatarios africanos son noticia por figurar como sucesores de sus progenitores, otros lo son por su comportamiento indigno, motivo de preocupación y deshonra para sus familias. Hijos de los llamados “primeros ciudadanos”, lejos de tener una actitud pública y privada ejemplar, muchos son los hijos de presidentes que han destacado por sus escándalos, sin pensar en las consecuencias que acarrearían a sus padres y a su propio Gobierno.
A François Bozizé, hijo del actual presidente centroafricano, en febrero de 2006 lo condenaron a cuatro meses de prisión y 3.000 euros de multa por robo con violencia y suplantación. Sucesor declarado de su padre, Teodorín Nguema Obiang tampoco es trigo limpio. Sus dos mansiones en los barrios ricos de Ciudad del Cabo fueron embargadas en 2006 después de la queja del empresario sudafricano George Ehlers, que reclamaba 7 millones de dólares de facturas impagadas.
Antiguo jefe de la unidad antiterrorista de Liberia, encargada de la protección de su padre, Charles McArthur Emmanuel Taylor, también conocido como “Chuckie”, fue detenido en 2006 en Estados Unidos. Lo acusaron de haber participado en la tortura, violación, agresión, asesinato y reclutamiento de niños soldados. Entre rejas estuvo también Hannibal Gadafi, hijo del presidente libio, detenido en febrero de 2005 en París, por violencia contra su novia embarazada y tenencia ilícita de armas. Asimismo, está fichado por las fuerzas de seguridad francesas e italianas por enfrentarse a ellas en distintos controles por exceso de velocidad y consumo de droga.
A esta lista se añade el nombre de Nyimpine Chissano, hijo del ex presidente de Mozambique, perseguido por la justicia de su país por su presunto papel en el asesinato, en 2000, del periodista Carlos Cardoso.
Otros habituados a los calabozos son los hermanos Georges y Jean‑Yves Bokassa, hijos del fallecido presidente de la República Centroafricana Jean‑Bedel Bokassa. El primero fue condenado en abril de 2000 a un año de prisión por estafar 52.225 euros. Dos años antes, robó 77 cheques bancarios por un valor de más de 12.000 euros. En cuanto al segundo, ha sido detenido varias veces por consumo de cocaína y pertenencia a una banda de atracadores de joyerías.
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