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EL MEJOR REGALO

Estamos próximos a la Navidad. Ambiente de familia, de regalos y de fiesta. Algo nuevo y mágico celebramos: la presencia humana del Niño‑Dios en Jesucristo, regalo y patrimonio de la Humanidad. Su nacimiento alegra nuestras vidas y da plenitud a todo lo humano. Nos convida a crear nuevas formas de solidaridad y de justicia para dar dignidad humana a tantos millones de personas que nacen y viven a la intemperie.

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P. Juan Sánchez Arenas

Entramos en la magia de la Navidad. Los juegos de luces por las calles, los belenes, los comercios adornados, los regalos electrónicos... Este espíritu navideño nos humaniza, rompe la monotonía y nos llena de vida. Las familias se encuentran y quedan envueltas de ternura. Hasta los niños presionan a sus padres para adquirir el último producto del mercado y, de una manera o de otra, jóvenes y adultos entramos con más fuerza en la rueda del consumismo.

¿Pero quién puede generar tanta ternura? Déjame que te cuente. Cierto día, hace dos mil años en un lugar sin sitio para alojarse, un Niño nos nació. ¿Pero qué niño? El mismo Dios que se encarnó. José fue su padre y María su mamá. En la gruta de Belén, María dio a luz al Niño, llamado primero Emmanuel, más tarde Jesús de Nazaret.

Muchas veces nos cuesta percibir que la vida es un regalo y que todo lo que es humano lleva la marca de Dios. Da igual que surjamos a la vida de maneras diferentes, condicionados por las circunstancias y los lugares, ahí está la mano de Dios. Unos más arropados y otros a la intemperie. Este pensamiento me lleva a recordar un acontecimiento que tuvo una gran fuerza mediática durante las inundaciones del año 2000 en Mozambique. Se trata del nacimiento de la niña Rosita, que su madre trajo al mundo en la copa de un árbol, rodeada de agua por todas partes.

Como el misterio de la encarnación es tan sublime y tan grande para nuestra percepción natural, conviene que nos acerquemos a la persona de Jesús y a su historia para que nos revele ese Dios que ha asumido la condición humana. En este aproximarnos a Jesús, que es la encarnación de Dios, también contamos con la historia de sus seguidores. Ellos son la mediación para nuestro acceso a la fe en Jesús y para percibir su “buena noticia”, que encendió la vida de sus contemporáneos y sigue encendiéndola hoy.

Este resplandor divino en lo humano continúa actuando en nuestra historia. El mismo Jesús lo hizo público al proclamar en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor¼ Hoy, en vuestra presencia, se ha cumplido este pasaje” (Lc 4, 18‑21).

ADENTRARSE EN LAS REALIDADES HUMANAS

Muchas veces tenemos la tentación de querer encontrar a Dios encarnado, a Jesucristo, en libros, en Internet, en aspectos esotéricos, y dejamos de lado la fe y la confianza en Él. Tal vez procuramos un Dios desencarnado a nuestro estilo y no el Dios revelado por Jesucristo. Pues bien, para encontrarlo hay que adentrarse en el fondo de la historia y en las realidades humanas.

Días después de las inundaciones del año 2000, estando en nuestro Postulantado de Matola (Mozambique), propuse a los jóvenes que estaban en formación pasar 15 días en el asentamiento de Chaquelane, provincia de Gaza, donde se habían refugiado 80.000 personas. Hasta decidir si íbamos o no, hubo de todo. Había muchos interrogantes y miedos. Por fin salimos. Al llegar al lugar y ver tantas tiendas de campaña a lo largo de la carretera, casi nos da pánico. Montamos nuestra tienda y me fui con dos jóvenes para ver en qué trabajos podíamos ayudar. Al regresar me encuentro a Litos leyendo un libro. Tomé un poco de aire y le dije: “Litos, ¿no ves la situación de la gente? ¡Éste es tu mejor libro!”. Después de dos días le veo contento y feliz ayudando a los ancianos a comer y aseándoles.

Hay que estar más disponibles para implicarse en realidades concretas. Y no olvidar que existen muchos millones de personas que nacen y viven a la intemperie. Es un clamor para quienes vivimos protegidos por todos los lados. Es necesario inventar formas nuevas de solidaridad y de justicia para que a nadie le falte lo necesario para vivir con dignidad, como persona humana. Soy consciente de que no es fácil cambiar de mentalidad y, menos aún, dejar que los pobres puedan crecer y los ricos disminuir. Pero no podemos callarnos, ésta es la dinámica de la encarnación, de la humanización de Dios.

BÚSQUEDA PERMANENTE

El encarnarse es una condición esencial de todo misionero y misionera. Es vivir en medio del pueblo, sin instalarse, caminar con los pobres, sentirte extranjero, alimentar la esperanza de que algo puede cambiar, saber que el pobre marca tu oración y estilo de vida, en medio de tus incoherencias. Vivir en éxodo permanente rompe la visión estática de la realidad y te pone en búsqueda permanente, en apertura a los otros y en la alegría de acertar el camino que Dios quiere para la humanidad.

Me viene a la mente el comboniano Franco Masserdoti, obispo de Balsas (Brasil), que falleció atropellado por un coche en septiembre de 2006. En Navidad de 1999 pronunció las siguientes palabras desde lo más hondo de su ser: “Rompe el corazón ver y acoger cada día, madres, niños, ancianos¼ que vienen a pedirte ayuda, recibir una palabra de esperanza, un gesto de fraternidad. El Señor nos ayude a no desanimarnos, a no cerrarnos en una religiosidad intimista, a creer que Él construye la historia con pequeños gestos de amor a los pobres”.

LO HUMANO VALORIZADO

Con la encarnación de Dios, todo lo que es humano queda valorizado y deja espacio para lo divino. En Jesús encontramos lo plenamente humano, la solidaridad con todos los seres humanos, menos en el pecado, es decir, lo que es inhumano. En este sentido, el Dios que se revela en la humanidad de Jesús es un Dios trinitario y comunitario, amante de la vida y de los vaivenes de la historia humana.

Ahora te toca a ti ver el lugar donde puedes encarnar tu vida. Yo la llevo compartiendo desde hace años con los misioneros combonianos y su misión. Otros, como Roberto Carlos, joven de Linares (Jaén), que vemos en la fotografía en el momento en que P. Laureno Rojo le entrega la lámpara de la misión, da sus primeros pasos en el Postulantado Comboniano de Granada. Después de la ceremonia de comienzo de curso en el día de San Daniel Comboni, Roberto Carlos al lado de su padrino Daniel, me decía: “En esta celebración me he sentido en comunidad, en familia; he experimentado que todos erais mi familia. Me ha hecho mucha ilusión la presencia de mi padrino en este mi nuevo nacimiento, en esta mi nueva vida misionera. Y a mis compañeros los he sentido como hermanos del alma”.

Para terminar, me gustaría gritar con toda la juventud de mundo que el Dios encarnado en Jesús de Nazaret es, y continuará siendo, el mejor regalo para la Humanidad. ¡Feliz Navidad!

 
 

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