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POBRES PERO DIGNOS
 

El pasado mes de noviembre todos los medios de comunicación se hicieron eco del turbio asunto de la ONG francesa El Arca de Zoé, que pretendía sacar de Chad a 103 niños para llevarlos a Francia, donde serían acogidos por familias francesas. Aunque el objetivo de la operación fuese librar a esos niños de una situación inhumana para darles un futuro mejor, el medio utilizado es, a todas luces, inaceptable. No se puede, por muy buenas intenciones que se tengan, sacar a unos niños de su entorno cultural y familiar así, por las buenas, sin contar para nada ni con sus familias, ni con las autoridades correspondientes.

Desgraciadamente, en el mundo hay muchos niños que viven situaciones de verdadera necesidad. Niños de la calle, niños soldado, huérfanos de sida, refugiados, secuestrados, esclavos del trabajo o de la explotación sexual. Son millones los que no podrán gozar de un futuro digno. Es más, muchos de ellos ni siquiera llegarán a la vida adulta. Todos quisiéramos ayudarles. Su situación suscita en nosotros sentimientos de misericordia y solidaridad.

Ni el mismo Jesús se libró de ello. Nació en un establo, sin ninguna asistencia sanitaria y vivió en una tierra ocupada por extranjeros, rodeado de violencia y opresión y bajo unas condiciones que hoy considera‑ríamos inhumanas. Su infancia transcurrió en un ambiente pobre y humilde, como muchos de los niños africanos, en cuyos países la sanidad o la educación son un lujo que pocos se pueden permitir.

Y, sin embargo, fue precisamente Él, con su nacimiento humilde y su infancia pobre, el que consagró y dignificó nuestra humanidad. La Encarnación del Hijo de Dios nos recuerda que nuestra humanidad está impregnada de divinidad, que se puede carecer de medios, de educación, de sanidad o, incluso, vivir en las situaciones más inhumanas que se pueda imaginar sin los medios más elementales para vivir; pero todos los seres humanos nacen con la dignidad de ser hijos de Dios. Se puede ser pobre y digno a la vez.

Es cierto que hay que luchar contra la pobreza para erradicarla de este mundo; los países ricos tenemos una obligación moral para hacerlo. Pero, si para eliminar la pobreza, atentamos contra la dignidad, estamos dejando de lado la razón básica y fundamental de esa lucha. Dios se hizo hombre para dignificar la humanidad. Cristo se encarnó en una familia pobre, en un pueblo pobre y oprimido; y fue precisamente desde ahí donde nos dio a todos nuestra dignidad de hijos de Dios.
Es, precisamente en Navidad, tiempo en el que celebramos el nacimiento del Hijo de Dios, en el que se dispara el gasto superfluo, se despilfarra en alimentación y se consume más. Navidad es también una ocasión en que nuestra fibra humana se vuelve más sensible hacia las necesidades de los demás. ¿No es una paradoja?

Este número de Mundo Negro quiere ser un homenaje a todas las culturas del mundo, que con su fe y su arte popular ponen de manifiesto esa dignidad del ser humano. Los belenes que los lectores encontrarán en estas páginas están hechos con materiales pobres y sencillos, pero expresan la gran dignidad de todos los hijos de Dios.

 
 

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