Misioneros Combonianos | C/ Arturo Soria, 101 | 28043 Madrid | España | 91 416 98 38  
.

NIÑOS SIN NAVIDAD

La imagen de África que nos suelen ofrecer los medios de comunicación está a menudo plagada de niños que sonríen y, en medio de sus desgracias, muestran una apariencia de alegría y felicidad que nos conmueve. La realidad, en cambio, no pocas veces se aleja bastante del tópico. En las ciudades africanas –el fenómeno es, de momento, desconocido en el mundo rural– abundan los niños que salen adelante malviviendo como pueden. Para ellos, cada día supone una dura lucha por la supervivencia, que no siempre terminan venciendo.

.

Por Josean Villalabeitia

Los auténticos “niños de la calle”, a quienes queremos referirnos aquí, viven todo el día en ella. Es fácil encontrarlos cerca de los lugares donde, en pequeños grupos, pasan la noche: mercados, estaciones de autobuses o trenes, puentes, alrededores de grandes comercios, cines, restaurantes, etc. Están presentes en casi todas las ciudades africanas medianamente populosas, aunque saber cuántos son no es tarea sencilla, ya que se mueven constantemente de un barrio a otro y se mezclan con los demás niños, confundiéndose con ellos. Con todo, se puede decir que su número varía entre unos pocos centenares y varios miles por ciudad, dependiendo del tamaño, situación estratégica y tradición de la urbe en cuestión.

Hasta ahora se trata de un fenómeno casi exclusivamente masculino, aunque en los últimos tiempos se observa un preocupante aumento de las niñas que adoptan este estilo de vida. Sus edades oscilan entre los 8 y los 18 años, aunque siempre hay pequeñas excepciones por abajo o por arriba. Prácticamente todos son de origen urbano y han asistido a la escuela primaria.

UN PROBLEMA AFECTIVO

Si se les pregunta por qué se han escapado de casa, sus respuestas coinciden: “me pegaban”, “murió mi madre y con mi madrastra todo cambió”, “mis hermanastros me maltrataban”, “mis padres se separaron”, “allí no estaba a gusto porque no me querían”... Como puede verse, se trata siempre de un problema afectivo; los niños se lanzan a la calle como consecuencia de los conflictos conyugales de sus padres, de los golpes y amenazas que reciben en casa, del rechazo o indiferencia de los suyos, etc. A veces la reacción del niño es instantánea: se marcha, por ejemplo, tras una paliza que hace desbordar un vaso que llevaba ya mucho tiempo llenándose. Otras veces el chico va echando poco a poco en falta el calor familiar, hasta que al final opta por la huída.

Como también se aprecia en las declaraciones de estos niños, la pobreza, que nos viene enseguida a la cabeza como una de las posibles causas de su situación, sólo tiene en ella un protagonismo secundario, circunstancial. Y lo mismo podría decirse de otras razones sobre el papel importantes, como un exceso de trabajo en casa o el abandono de la escuela. En realidad, la clave es otra y tiene que ver casi siempre con el cariño familiar; si el niño se siente querido en casa, no se va, por duras que sean las demás condiciones de su existencia.

Hay, además, otro nutrido grupo de niños de la calle que llega a ella de forma involuntaria, por los extraños caminos de un destino que de repente se tuerce y les obliga a reaccionar. Es, por ejemplo, el caso de los huérfanos, mayoritariamente a causa del sida, sobre los que a menudo cae también el azote de los estigmas sociales; o el de los refugiados, víctimas de catástrofes naturales o guerras, como los numerosos niños y jóvenes liberianos que llegaron a Costa de Marfil durante los años 90, huyendo del sangriento conflicto que asolaba su país.

LA LIBERTAD ANTE TODO

Es curioso que pueda uno recorrer miles de kilómetros, de Niamey a Dakar, o de Lomé a Bamako, sin que una serie de trazos psicológicos y sociales de los niños de sus calles, tan alejadas entre sí, varíen de manera significativa. Así, todos ellos valoran en muy alto grado su libertad de movimiento, y sólo con mucha dificultad aceptan compromisos que los retengan en un determinado lugar, para cambiar por completo de opinión en cuanto prueban las condiciones de su nueva situación.

Y es que la calle está llena de atractivos –cartas, tabaco, alcohol, bares, drogas, espectáculos diversos, etc.– a los que no es nada fácil renunciar, como tampoco resulta sencillo prescindir de esa libertad absoluta que les permite moverse y hacer en cada momento lo que les plazca. En realidad, lo único que les interesa es vivir intensamente el instante presente, sin preocuparse demasiado por el futuro. Eso sí: para salir adelante en un mundo tan complicado como el callejero se ven obligados a desarrollar su capacidad de adaptación, perspicacia, vivacidad, ingenio... hasta límites insospechados. No tienen más remedio; a fin de cuentas, el que no se adapta al medio en que vive, tiene sus días contados.

Sus relaciones con los demás están fundadas únicamente en el interés mutuo. Así, los más pequeños se muestran sumisos a los mayores que, a cambio, aseguran su protección. Para el día a día, se suelen juntar en pequeños grupos de tres a cinco personas de parecida edad que se mueven juntos y comparten el mismo techo; en la práctica, esta cuadrilla viene a ser para ellos como una nueva familia en la que adquieren una nueva identidad. Aunque tampoco hay que exagerar, porque por debajo de todo, como garantizando el buen orden de esta peculiar sociedad, subyace una temible violencia sorda, que no pocas veces se desata para solventar algún conflicto, o por simple capricho del más fuerte que quiere dejar clara su superioridad.

ESTRATEGIAS PARA PODER COMER

El gran trabajo cotidiano de estas cuadrillas es poder comer; para ello utilizan distintas estrategias. En algunas ciudades es corriente ver en acción a los niños‑mendigos; es el caso de los pequeños garibu de Bamako, o los fahkmen de Dakar. En Lomé, Abiyán o Yaundé son más frecuentes los pequeños porteadores de mercancías en los mercados y tiendas: a cambio de unas pocas monedas te ofrecen su caja de cartón, una vez llena te la llevan al coche, que pueden incluso vigilar mientras realizas otras gestiones. Además, algunos niños tienen su propio puesto callejero de pequeñas mercancías, como tabaco, golosinas, cerillas, etc.

De cualquier manera, según confiesan sus protagonistas, tras la crisis económica generalizada de los 90, todas estas actividades se han vuelto mucho menos prósperas, y es difícil ganar con ellas lo suficiente como para asegurar al menos una comida diaria. Por este motivo, cada vez hay más niños de la calle que se dedican al robo, la prostitución e incluso, en sus propios círculos, a la explotación de los más débiles por parte de los fuertes.

MIL PELIGROS AL ACECHO

A pesar del luminoso halo de libertad con que parecen rodearla, la calle es para estos niños un auténtico infierno. Porque a la precariedad de su alimentación cotidiana es preciso sumar los numerosos problemas de salud que padecen, que las pésimas condiciones de higiene en que se desenvuelven y la dureza de su vida a la intemperie no hacen más que acrecentar. Así las cosas, sarnas, tiñas y otras micosis, diarreas, bronquitis, paludismos, fiebres tifoideas, etc. se vuelven peligrosos huéspedes asiduos de sus frágiles existencias, que no saben cómo conjurar.

También la sexualidad precoz y no protegida, que se traduce en violaciones, pedofilia y abusos de todo género, causa estragos entre estos jóvenes, que sufren por ello infecciones uro‑genitales y de sida en una proporción muy superior a la de la gente de su edad. Para colmo de males, cuando se sienten enfermos prefieren utilizar los medicamentos que encuentran en los puestos al aire libre, de procedencia y estado de conservación casi siempre más que dudoso, y para los que, en cualquier caso, no disponen de prescripción médica alguna.

Los centros oficiales de salud no les merecen confianza, o a veces exigen un dinero del que carecen, o simplemente son desconocidos para ellos. Además, no es raro que, abatidos por la enfermedad y sin saber exactamente cómo hacerle frente, dejen que siga su curso hasta que el cuerpo, sin ayuda exterior, logre restablecer una salud siempre precaria. El resultado final, en no pocas ocasiones, es un agravamiento del problema, que puede incluso conducir a la muerte del enfermo.

El consumo de drogas es habitual en estos círculos, sobre todo entre los más mayores, que manejan con asiduidad disolventes, colas, anfetaminas, barbitúricos... De hecho, es muy frecuente que el consumo de ciertas drogas constituya una especie de ritual por el que se accede al grupo de los mayores. Rechazar ese ritual, no cumplir lo que establece, equivale casi siempre a ser excluido de la banda y quedar marginado.

Un último peligro aguarda en la calle a éstos, sus pequeños moradores: la explotación laboral, sexual o militar. De hecho, buena parte de los niños soldados que combatieron en los recientes conflictos armados de Liberia o Costa de Marfil habían sido reclutados entre niños huidos de sus casas. Como no podía ser de otra forma, la consecuencia más nefasta de todo lo que venimos comentando es la muerte prematura de muchos de estos niños.

PREVENIR, MEJOR QUE CURAR

Tampoco hay que confundirse a la hora de adoptar una determinada actitud frente al fenómeno. Porque los males que se desprenden de la existencia de estos niños en las bulliciosas calles africanas están muy lejos de limitarse exclusivamente a ellos mismos; las repercusiones de su situación alcanzan cada vez con mayor intensidad a toda la sociedad. Y, por ello, tendría que ser toda la sociedad, con sus gobiernos a la cabeza, la que se pusiera manos a la obra para resolver este espinoso asunto. Por desgracia, más allá de tantas palabras oficiales altisonantes, son sólo algunas asociaciones particulares –Iglesias, ONGs, etc.– las que intervienen de forma visible y eficaz.

El objetivo último que estas entidades persiguen con sus actuaciones es la reinserción social de los muchachos. Para los más pequeños, esto significa fundamentalmente incorporarse de nuevo a su propia familia o a una familia de adopción, aunque esta figura es todavía bastante rara en África Occidental. Una importante ayuda que el niño precisa en este caso es localizar a su familia e intentar el progresivo restablecimiento de las relaciones familiares; con los padres, sobre todo, pero también con hermanos, tíos, abuelos, etc.

Cuando el chico ha cumplido ya quince años, el objetivo cambia: sin olvidar lo anterior, la prioridad es ahora, más bien, capacitarlo para ingresar con éxito en el mundo del trabajo, de modo que sea capaz de salir adelante en la vida por sí mismo. Para ello, el camino más apropiado es el aprendizaje de un oficio, casi siempre manual, artesano.
Un segundo paso, a veces prioritario y urgente, será ocuparse de su salud; en la propia calle, si es posible, o en centros apropiados y a más largo plazo. La experiencia indica, además, que esta atención médica favorece en gran medida la relación con el chaval, que se abre con más facilidad a los mayores que lo cuidan, generándose así un cierto ambiente de confianza mutua muy favorable.

Un paso más será la escucha psicológica que, de hecho, ha comenzado ya al contactar con los niños e intentar conocerlos un poco más. Una primera fase de esta escucha, destinada fundamentalmente a que el chico exprese de mil maneras su malestar, la puede realizar cualquier educador sensibilizado en el tema y con alguna experiencia. El problema es que muchas veces resulta imprescindible la intervención de un profesional, a poder ser especializado en temas psicológicos, figura muy rara –y muy cara– hasta el momento en África Occidental.

TAREA DIFÍCIL

De cualquier modo, la recuperación de los niños de la calle es siempre una tarea complicada, incierta y difícil de calibrar, porque hablamos de personas, cuyas heridas interiores nadie puede evaluar con precisión. Es verdad que algunos consiguen abandonar las calles y llevar luego una vida aparentemente normal. Pero no son pocos los que, por el contrario, se vuelven cada vez más huraños y agresivos, hasta el punto de reaccionar con suma violencia a cualquier intento de actuación en su entorno por parte de un educador adulto. Más allá de los resultados obtenidos, que llenan de esperanza y orgullo a quienes se afanan en este difícil campo de la educación social, y de la abnegada labor que están llevando adelante tantos educadores generosos, es preciso convencerse de que la única solución eficaz para este problema se halla en manos de los adultos.

El objetivo tendría que ser favorecer el equilibrio afectivo y la madurez personal de nuestros jóvenes. Para ello, educar bien a los hijos desde muy pequeños es primordial. Que vean cómo se los valora, cómo se cuenta con ellos, cómo tienen un lugar importante en su familia, cómo se los respeta... resulta trascendental. Pero lo realmente imprescindible es que, en los gestos y en las palabras, los chicos se sientan siempre muy queridos en casa.

 
 

© MUNDO NEGRO tiene la exclusiva para España de los servicios de las siguientes revistas: NIGRIZIA, de Verona; LA SEMAINE AFRICAINE, de Brazzaville (República Democrática de Congo); ALEM-MAR, de Lisboa; NEW PEOPLE, de Nairobi (Kenia); WORLDWIDE, de Pretoria (Sudáfrica); WORLD MISSION, de Manila (Filipinas); AFRIQUESPOIR, de Kinshasa (R.D. de Congo)