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P.
Egidio Tocalli
"ESTO ES UN MILAGRO DE DIOS"
Por
P. José Antonio M. Rebelo
El Hospital de Kalongo,
en el norte de Uganda, donde 20 años de guerra
han destruido las vidas y la dignidad de la población,
ha sido un refugio para miles de “viajeros nocturnos”
y un lugar de recuperación para innumerables
enfermos y heridos. El P. Egidio Tocalli, el director
médico, está realizando allí un
“milagro” con la ayuda de muchos bienhechores
y colaboradores africanos.
Mantener en funcionamiento
un hospital como el de Kalongo, en medio de tantas necesidades
y vicisitudes es, sin lugar a dudas, un milagro de Dios.
“No es posible –asegura el P. Tocalli–,
que hospitales como el nuestro y los de Kitgum y Lachor
en el norte de Uganda, que son atendidos por organizaciones
católicas, puedan solucionar los grandes problemas
sanitarios que aquejan a los ugandeses de la región.
Nosotros sólo ponemos un pequeño parche
temporalmente, pero el problema depende del Gobierno”.
M.N.¿Cómo
se convirtió en un misionero-médico?
P.E.T. Debido
a un encuentro que tuve con el P. Giuseppe Ambrosoli
en 1958. Vino de Londres a visitar el seminario de Carraia,
en Italia, y nos habló de su experiencia como
sacerdote y médico en Kalongo. En ese momento,
no presté mucha atención; pero, poco a
poco, surgió en mí el deseo de ser como
él. Antes de mi ordenación sacerdotal,
pregunté si sería posible estudiar medicina.
Nos dieron permiso a mí y a otro compañero.
Fui ordenado sacerdote en junio de 1968 y comencé
los estudios en la Universidad de Padua en octubre.
M.N. Ha
estado en Uganda durante más de 30 años.
P.E.T. Vine a
Uganda en enero de 1976. Tras pasar un año con
el P. Ambrosoli en el hospital de Kalongo, fui enviado
a hacerme cargo del hospital de Aber, en el distrito
de Lira. Allí pasé seis años, y
otros seis años entre los leprosos en el Centro
de Lepra de Alito, también en el distrito de
Lira. En Alito, mi trabajo consistía principalmente
en hablar con los leprosos y llevar a niños con
lepra y personas mayores con deformidades a las escuelas
para explicar a los estudiantes que la enfermedad es
curable, que podemos combatirla y vencerla. En aquel
tiempo, había 8.000 leprosos en la leprosería.
En un año, se declararon casi 7.000 casos curados.
Fueron muy buenos tiempos. Tenía unas cuantas
horas de trabajo y algunas horas más para la
meditación y la oración. Tras aquella
experiencia, me dije a mí mismo que no iba a
trabajar más en un hospital.
M.N. ¿Qué
sucedió entonces?
P.E.T. El hospital
de Kalongo fue cerrado en febrero de 1987. El Gobierno
había sido incapaz de defender el lugar de los
ataques de los guerrilleros comandados por Alice Lakwena.
Obligaron al P. Ambrosoli a abandonar Kalongo. Murió
en Lira, camino de Kampala, a causa de un fallo renal.
Los políticos
no apreciaron la importancia del hospital. Pero la gente
de Kalongo lo protegió por turnos durante casi
dos años. Fue una experiencia única. Un
grupo de personas se quedaba dentro del hospital, otro
en la iglesia, otro en Casa Comboni… Tras cada
“golpe de Estado” se producían pillajes,
pero Kalongo estuvo protegido por la gente. Cuando fui
enviado a reabrir el hospital en 1989, me encontré
con que las instalaciones se habían mantenido
a salvo.
M.N. ¿Sucedería
lo mismo hoy?
P.E.T. Posiblemente,
no. Estos veinte años de invasión por
parte de la guerrilla han destruido la cultura de la
población. Aquellos laicos cristianos que vivieron
en tiempos difíciles apreciaban los esfuerzos
de los misioneros y reconocían la bondad del
P. Ambrosoli. Era una generación distinta. Después
de veinte años de guerra, la juventud ha perdido
sus raíces, ya no conocen su cultura, sus tradiciones…
La situación en los campos de refugiados es penosa:
se trata de verdaderas prisiones donde la gente no tiene
privacidad, lo ha perdido todo y experimenta una muerte
física, espiritual y moral.
M.N. ¿Es
fácil compaginar su doble vocación de
sacerdote y médico?
P.E.T. Ha habido
una evolución en mi postura. En aquel tiempo
–en 1968– estaba teniendo lugar la revolución
estudiantil. Nosotros, en la Iglesia, después
del Vaticano II, creíamos mucho en el cambio
y en el progreso social. Soy un producto de aquel tiempo.
Pero la misión me ha cambiado. ¿Por qué?
Porque llegué a ser médico en nuestros
hospitales mientras la realidad estaba cambiando. Se
produjo un colapso de los hospitales gubernamentales.
Los hospitales de las misiones eran los únicos
que funcionaban. Poco a poco, acabamos al borde del
agotamiento, físicamente destruidos por la cantidad
de trabajo que debíamos llevar a cabo día
y noche. Yo tenía que ir también a Italia
cada año para mi especialización y para
conseguir recursos. No tenía descanso, ni mucho
apoyo… Atravesé una crisis tan terrible
que descubrí mi principal prioridad: ser sacerdote.
Por supuesto, era muy desafiante y gratificante ser
el único médico durante meses y meses,
pudiendo realizar operaciones de diferentes tipos a
niños y adultos… Sentía estar salvando
al mundo. Pero también había momentos
en los que me preguntaba: “¿Qué
estás haciendo? ¿Qué pasará
si agoto toda mi fuerza física y espiritual?”.
Ése fue el primer momento en que fui capaz de
equilibrar mi sacerdocio con mi ser médico. Fue
difícil y pedí a mis superiores que me
permitieran dejar el hospital durante dos años
y dedicarme al trabajo pastoral. Fue una bendición,
porque tuve la oportunidad de descubrir que era, antes
que nada, sacerdote.
M.N. ¿Qué
le hizo volver al hospital?
P.E.T. La trágica
muerte del P. Ambrosoli quizás cambió
mi corazón. Yo estaba en una misión en
el sur del país, aprendiendo una nueva lengua
y pensando que ya no volvería más al norte.
Entonces, los superiores me dijeron: “Egidio,
queremos reabrir Kalongo y hemos pensado enviarte a
ti”. Les dije: “No. Tengo miedo. Las estructuras
hospitalarias en África aplastan. Hay que ser
médico, sacerdote, administrador, recaudador
de fondos… Ambrosoli está allí y
te ayudará”.
Vine a Kalongo.
Pero sufrí un serio período de fatiga
porque durante meses estuve solo, sin Hermanas que me
ayudaran (las estructuras del hospital habían
sido desmanteladas). Esta vez, realmente sufrí
un agotamiento total. Dejé el hospital durante
dos o tres meses y fui a Mombasa (Kenia) para soñar
un poco sobre mi futuro y nadar. Allí me di cuenta
de lo que tenía que hacer y de lo que no tenía
que hacer. Estaba convencido de que estaba sobrecargado
de trabajo.
De vuelta a Uganda,
dije a mis superiores: “Estoy a punto de caer
agotado. Pero no hay nadie más en Kalongo; prometo
intentarlo de nuevo. He descubierto que estoy aquí
para preparar el futuro de África, porque, como
decía Comboni, hay que “salvar África
con los africanos”. De ahora en adelante, delegaré
responsabilidades”.
M.N. Es
una nueva actitud.
P.E.T. Antes,
creía que podía ser el salvador de todo
el hospital. Me había obligado a mí mismo
a ayudar a todo el mundo y a controlar todos los rincones…
Eso me impedía depositar una mayor confianza
en los amigos africanos. Volviendo enfermo, Dios me
abrió los ojos. Dije a todos (desde el obispo
al personal): “Estoy medio enfermo, pero voy a
intentarlo de nuevo. Si no me ayudáis, me iré
definitivamente. El hospital es vuestro. Necesito vuestra
ayuda. Desde ese momento mi convencimiento fue: no estoy
obligado a salvar a todo el mundo. Dios me está
pidiendo hacer algo, pero mis hermanos y hermanas africanos
también tienen que hacer su parte. O lo hacen,
o no podemos hacerlo. Yo no puedo hacerlo todo por mí
mismo.
Dios me ha ayudado,
por eso he estado aquí estos dieciséis
años. Ahora me encontráis con un nuevo
enfoque. Estoy preparando Hermanas (las Combonianas
dejaron Kalongo hace tres años) y médicos
africanos: ellos serán la columna vertebral del
futuro. Tengo un buen administrador laico… Los
animo para que trabajen y les doy muchas responsabilidades.
Por ejemplo, hoy mismo el administrador y el principal
tutor de la escuela están en Kampala asistiendo
a una importante reunión. El futuro les pertenece.
El futuro es africano. África pertenece a los
africanos. Este fue el sueño de Comboni, que
no entendí bien. Y estoy ahora aquí para
ayudar a realizar ese sueño.
M.N. ¿Ser
médico llena su vocación misionera?
P.E.T. Ahora estoy
más equilibrado. Actúo más como
administrador que como doctor en la sala de operaciones.
Tenemos ocho contables. El hospital se ha hecho más
burocrático. El Gobierno, del que recibimos algún
dinero, exige tres copias de cada papel. Aunque soy
médico, me gustaría mantener mi identidad
sacerdotal: con mis horas de oración, rezando
con los enfermos los domingos y con las estudiantes
(más de 100) de la Escuela de Comadronas los
viernes. La Escuela de Comadronas es realmente la perla
de este hospital. Esta fue la profecía del P.
Ambrosoli cuando abrió esta escuela en 1959 (tres
años después de la apertura del hospital).
El futuro pertenece a las mujeres africanas. Al entrenar
a comadronas africanas, resolvemos el problema del cuidado
de las madres y los niños. Todavía les
enseño algunas horas. Como médico, ya
no hago servicio clínico para pacientes. Dejo
que lo hagan otros. He descubierto mis limitaciones.
En este ambiente, no debería pensar en salvar
el mundo yo solo. Con el 50 por ciento de fuerza que
me queda, trato de ser sacerdote, médico y supervisor,
haciendo funcionar la administración del hospital,
pues es importante que marche bien. También dedico
mucho tiempo a la relación con bienhechores.
Ahora, con 63 años, he encontrado mi equilibrio.
Mis médicos africanos están haciendo el
trabajo en los pabellones y en el quirófano.
Yo sólo hago el resto. El P. Ambrosoli dedicó
mucho tiempo a las operaciones, pero en aquel tiempo
no existía tanta burocracia; él no tenía
ni oficina en el hospital.
Las cosas han
cambiado. Actualmente, tenemos un administrador y ocho
contables, pero todavía somos incapaces de controlar
la situación. Durante dos años, hemos
tenido por la noche nueve, diez, once mil personas que
venían al hospital en busca de un lugar seguro
donde dormir. Imagínese los problemas con los
baños, la limpieza… Una ONG irlandesa llamada
Goal nos construyó 18 albergues. Ahora esa “gente
de la noche” duerme fuera. Sólo los pacientes
están en el hsopital.
M.N. Los
hospitales son lugares donde se encuentra mucha gente
inocente que sufre y donde uno puede sentirse tentado
a dudar del amor de Dios. ¿Cómo hace frente
a ese problema?
P.E.T. He aprendido
mucho de la forma en que los africanos se relacionan
con la muerte. Los europeos tratan de evitarla y se
la esconden a los niños. En África, la
muerte es un problema normal y la gente cree que sus
antepasados les están ayudando. Obviamente, los
africanos tienen miedo, a no ser que Jesús los
libere. Tienen miedo a los muertos, por eso se abren
las tumbas para ciertas ceremonias en las que la gente
es convocada para una gran reunión en la que
se reza un poco y se come mucho. Es una fuente de consuelo.
Y si una persona muere lejos de su poblado, tienen que
llevarla a su casa a cualquier coste.
Esta gente tiene
una relación normal con la muerte. No están
aterrorizados por ella. La aceptan como una transición
a otra vida. Por eso, creo que redescubrir la importancia
de la Cruz, del misterio pascual de Jesús, nos
ayuda a ver la muerte como un camino hacia la resurrección.
Por tanto, no pierdo mi confianza en Dios, que sufre
por nosotros. Por eso, trato de encontrar en su misterio
la llave para la solución a ese problema.
M.N. El
hospital de Kalongo es una gran estructura. ¿Puede
darnos una idea del trabajo que se hace aquí?
P.E.T. Hay 320
camas. Tenemos cerca de 300 empleados, de los que 80
son cualificados. Somos cinco médicos africanos,
otros dos italianos y yo. Atendemos unos 360-380 partos
al mes y realizamos unas 1.500 operaciones al año.
Entre 300 y 400 personas vienen cada día a consultas
externas. Los problemas de sida y tuberculosis están
alcanzando notables proporciones. Es algo incontrolable.
Imagínese, en este distrito de Pader, con 28.000
personas, ¿quién sabe cuantos infectados
de sida hay? Ahora hemos empezado a tratar a algunos
de ellos con anti-retrovirales. Hay ya un grupo de unas
40 personas en tratamiento. Otros están comenzando
el tratamiento. Pero hay miles de infectados. Es imposible
solucionar este problema. Las medicinas son insuficientes
y no muy fiables. Tener miles de enfermos es un problema
que supera nuestra capacidad. El sida es un problema
de una magnitud inimaginable. Si se empieza a tratar
a una persona, ésta debe venir cada mes. Los
pacientes de tuberculosis, cuando se sienten mejor,
piensan: “¿Por qué debo volver y
caminar 30 o 40 kilómetros entre tropas rebeldes?
Mejor es quedarme sin tratamiento”. De esa manera,
crean resistencia al virus.
M.N. ¿Cuánto
dinero necesitan para mantener el hospital? ¿Dónde
lo consiguen?
Necesitamos mucho
dinero; unos 80.000 dólares americanos. El 20
por ciento viene del Gobierno, el 3 por ciento procede
de los pagos que efectúan los enfermos, y el
77 por ciento proviene de donantes de fuera.
Para la renovación
de los edificios fui afortunado al recibir dinero de
donantes como DANIDA, una ONG de Dinamarca, o Goal,
que recientemente nos compró una lavadora industrial
que cuesta casi 160.000 dólares, que nos permite
ahorrar leña, lavar y desinfectar mejor la ropa
de los pacientes.
La mayor aportación
procede de donantes: tengo que buscarlos fuera, especialmente
en Italia, escribiéndoles continuamente cartas
y yendo a visitarlos. El Gobierno retrasa durante tres
meses el pago de los salarios. Por eso, si no encuentro
dinero a través de otros donantes para pagar
a los empleados a tiempo, podrían entorpecer
el funcionamiento del hospital con huelgas. Con tantos
problemas, el mantener este hospital es un milagro de
Dios.
M.N. ¿Tiene
algún sueño especial para el hospital?
P.E.T. Estoy luchando
para preparar un equipo africano para hacer realidad
el sueño de San Daniel Comboni: “Salvar
África con África”. Ya tenemos cuatro
Hermanas ugandesas de la congregación de las
pequeñas Hermanas de María Inmaculada,
fundadas aquí por el obispo comboniano Angelo
Negri. El administrador es de Kalongo. Cinco médicos
son ugandeses y dos italianos (un cirujano retirado
y su esposa). Yo voy a pasar los últimos años
de mi vida en Kalongo para delegar responsabilidades,
enseñar, apoyar y confiar en los cooperadores
africanos. “Kalongo es vuestro”, les digo
todos los días.
Siento la poderosa
presencia del “Siervo de Dios” P. Giuseppe
Ambrosoli, que fundó el Hospital de Kalongo y
la Escuela de Comadronas. Mi vocación médica
nació de un encuentro con él. Ahora, en
todo momento de mi vida –bueno o malo– siento
su presencia y el apoyo que llega por su intercesión.
En su tumba está escrito: “Dios es amor.
Yo soy su siervo para ayudar a sus hijos que sufren”.
Estas palabras, escritas en su diario, me han inspirado
durante los 16 últimos años en este lugar
rodeado de inseguridad y miseria.
El otro sueño
es continuar apoyando a las chicas estudiantes de la
Escuela de Comadronas. Moldear los corazones de estas
mujeres significa que un día ellas también
podrán hacer mucho bien por otras mujeres y sus
hijos. En África, las mujeres son la mejor esperanza
para el futuro de la nación; son su “columna
vertebral”. El genio de las mujeres –todavía
no totalmente descubierto y entendido en la Iglesia–
se mantiene como un gran desafío para todos nosotros,
misioneros.
TRAS LAS
HUELLAS DEL P. AMBROSOLLI
Egidio Tocalli,
un misionero comboniano italiano de 63 años de
edad, ha trabajado en el norte de Uganda como sacerdote
y médico durante 30 años. Llegó
al país en 1976 y pasó el primer año
en el hospital de Kalongo, aprendiendo cirugía
con el P. Giuseppe Ambrosoli, el fundador y director
del hospital. Al año siguiente, fue enviado al
hospital de Aber (distrito de Lira), que dirigió
hasta 1982. Su siguiente destino fue la leprosería
de Alito, donde trabajó durante seis años.
En febrero de 1987, tras el saqueo de Alito, pidió
hacer trabajo pastoral y pasó dos años
en la misión de Aber. En 1989, se le pidió
que reabriera el hospital de Kalongo (cerrado por el
Gobierno en 1987), donde ha permanecido durante los
últimos 16 años. Sucedió como superintendente
médico del hospital al sacerdote y médico
P. Giusseppe Ambrosoli, un misionero comboniano ya declarado
“Siervo de Dios” y cuyo proceso de beatificación
está muy avanzado.
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