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Nº 514 Enero 2007 / INFANCIA A LA INTERPERIE
 
testimonio misionero

P. Egidio Tocalli
"ESTO ES UN MILAGRO DE DIOS"

Por P. José Antonio M. Rebelo

El Hospital de Kalongo, en el norte de Uganda, donde 20 años de guerra han destruido las vidas y la dignidad de la población, ha sido un refugio para miles de “viajeros nocturnos” y un lugar de recuperación para innumerables enfermos y heridos. El P. Egidio Tocalli, el director médico, está realizando allí un “milagro” con la ayuda de muchos bienhechores y colaboradores africanos.

Mantener en funcionamiento un hospital como el de Kalongo, en medio de tantas necesidades y vicisitudes es, sin lugar a dudas, un milagro de Dios. “No es posible –asegura el P. Tocalli–, que hospitales como el nuestro y los de Kitgum y Lachor en el norte de Uganda, que son atendidos por organizaciones católicas, puedan solucionar los grandes problemas sanitarios que aquejan a los ugandeses de la región. Nosotros sólo ponemos un pequeño parche temporalmente, pero el problema depende del Gobierno”.

M.N.¿Cómo se convirtió en un misionero-médico?

P.E.T. Debido a un encuentro que tuve con el P. Giuseppe Ambrosoli en 1958. Vino de Londres a visitar el seminario de Carraia, en Italia, y nos habló de su experiencia como sacerdote y médico en Kalongo. En ese momento, no presté mucha atención; pero, poco a poco, surgió en mí el deseo de ser como él. Antes de mi ordenación sacerdotal, pregunté si sería posible estudiar medicina. Nos dieron permiso a mí y a otro compañero. Fui ordenado sacerdote en junio de 1968 y comencé los estudios en la Universidad de Padua en octubre.

M.N. Ha estado en Uganda durante más de 30 años.

P.E.T. Vine a Uganda en enero de 1976. Tras pasar un año con el P. Ambrosoli en el hospital de Kalongo, fui enviado a hacerme cargo del hospital de Aber, en el distrito de Lira. Allí pasé seis años, y otros seis años entre los leprosos en el Centro de Lepra de Alito, también en el distrito de Lira. En Alito, mi trabajo consistía principalmente en hablar con los leprosos y llevar a niños con lepra y personas mayores con deformidades a las escuelas para explicar a los estudiantes que la enfermedad es curable, que podemos combatirla y vencerla. En aquel tiempo, había 8.000 leprosos en la leprosería. En un año, se declararon casi 7.000 casos curados. Fueron muy buenos tiempos. Tenía unas cuantas horas de trabajo y algunas horas más para la meditación y la oración. Tras aquella experiencia, me dije a mí mismo que no iba a trabajar más en un hospital.

M.N. ¿Qué sucedió entonces?

P.E.T. El hospital de Kalongo fue cerrado en febrero de 1987. El Gobierno había sido incapaz de defender el lugar de los ataques de los guerrilleros comandados por Alice Lakwena. Obligaron al P. Ambrosoli a abandonar Kalongo. Murió en Lira, camino de Kampala, a causa de un fallo renal.

Los políticos no apreciaron la importancia del hospital. Pero la gente de Kalongo lo protegió por turnos durante casi dos años. Fue una experiencia única. Un grupo de personas se quedaba dentro del hospital, otro en la iglesia, otro en Casa Comboni… Tras cada “golpe de Estado” se producían pillajes, pero Kalongo estuvo protegido por la gente. Cuando fui enviado a reabrir el hospital en 1989, me encontré con que las instalaciones se habían mantenido a salvo.

M.N. ¿Sucedería lo mismo hoy?

P.E.T. Posiblemente, no. Estos veinte años de invasión por parte de la guerrilla han destruido la cultura de la población. Aquellos laicos cristianos que vivieron en tiempos difíciles apreciaban los esfuerzos de los misioneros y reconocían la bondad del P. Ambrosoli. Era una generación distinta. Después de veinte años de guerra, la juventud ha perdido sus raíces, ya no conocen su cultura, sus tradiciones… La situación en los campos de refugiados es penosa: se trata de verdaderas prisiones donde la gente no tiene privacidad, lo ha perdido todo y experimenta una muerte física, espiritual y moral.

M.N. ¿Es fácil compaginar su doble vocación de sacerdote y médico?

P.E.T. Ha habido una evolución en mi postura. En aquel tiempo –en 1968– estaba teniendo lugar la revolución estudiantil. Nosotros, en la Iglesia, después del Vaticano II, creíamos mucho en el cambio y en el progreso social. Soy un producto de aquel tiempo. Pero la misión me ha cambiado. ¿Por qué? Porque llegué a ser médico en nuestros hospitales mientras la realidad estaba cambiando. Se produjo un colapso de los hospitales gubernamentales. Los hospitales de las misiones eran los únicos que funcionaban. Poco a poco, acabamos al borde del agotamiento, físicamente destruidos por la cantidad de trabajo que debíamos llevar a cabo día y noche. Yo tenía que ir también a Italia cada año para mi especialización y para conseguir recursos. No tenía descanso, ni mucho apoyo… Atravesé una crisis tan terrible que descubrí mi principal prioridad: ser sacerdote. Por supuesto, era muy desafiante y gratificante ser el único médico durante meses y meses, pudiendo realizar operaciones de diferentes tipos a niños y adultos… Sentía estar salvando al mundo. Pero también había momentos en los que me preguntaba: “¿Qué estás haciendo? ¿Qué pasará si agoto toda mi fuerza física y espiritual?”. Ése fue el primer momento en que fui capaz de equilibrar mi sacerdocio con mi ser médico. Fue difícil y pedí a mis superiores que me permitieran dejar el hospital durante dos años y dedicarme al trabajo pastoral. Fue una bendición, porque tuve la oportunidad de descubrir que era, antes que nada, sacerdote.

M.N. ¿Qué le hizo volver al hospital?

P.E.T. La trágica muerte del P. Ambrosoli quizás cambió mi corazón. Yo estaba en una misión en el sur del país, aprendiendo una nueva lengua y pensando que ya no volvería más al norte. Entonces, los superiores me dijeron: “Egidio, queremos reabrir Kalongo y hemos pensado enviarte a ti”. Les dije: “No. Tengo miedo. Las estructuras hospitalarias en África aplastan. Hay que ser médico, sacerdote, administrador, recaudador de fondos… Ambrosoli está allí y te ayudará”.

Vine a Kalongo. Pero sufrí un serio período de fatiga porque durante meses estuve solo, sin Hermanas que me ayudaran (las estructuras del hospital habían sido desmanteladas). Esta vez, realmente sufrí un agotamiento total. Dejé el hospital durante dos o tres meses y fui a Mombasa (Kenia) para soñar un poco sobre mi futuro y nadar. Allí me di cuenta de lo que tenía que hacer y de lo que no tenía que hacer. Estaba convencido de que estaba sobrecargado de trabajo.

De vuelta a Uganda, dije a mis superiores: “Estoy a punto de caer agotado. Pero no hay nadie más en Kalongo; prometo intentarlo de nuevo. He descubierto que estoy aquí para preparar el futuro de África, porque, como decía Comboni, hay que “salvar África con los africanos”. De ahora en adelante, delegaré responsabilidades”.

M.N. Es una nueva actitud.

P.E.T. Antes, creía que podía ser el salvador de todo el hospital. Me había obligado a mí mismo a ayudar a todo el mundo y a controlar todos los rincones… Eso me impedía depositar una mayor confianza en los amigos africanos. Volviendo enfermo, Dios me abrió los ojos. Dije a todos (desde el obispo al personal): “Estoy medio enfermo, pero voy a intentarlo de nuevo. Si no me ayudáis, me iré definitivamente. El hospital es vuestro. Necesito vuestra ayuda. Desde ese momento mi convencimiento fue: no estoy obligado a salvar a todo el mundo. Dios me está pidiendo hacer algo, pero mis hermanos y hermanas africanos también tienen que hacer su parte. O lo hacen, o no podemos hacerlo. Yo no puedo hacerlo todo por mí mismo.

Dios me ha ayudado, por eso he estado aquí estos dieciséis años. Ahora me encontráis con un nuevo enfoque. Estoy preparando Hermanas (las Combonianas dejaron Kalongo hace tres años) y médicos africanos: ellos serán la columna vertebral del futuro. Tengo un buen administrador laico… Los animo para que trabajen y les doy muchas responsabilidades. Por ejemplo, hoy mismo el administrador y el principal tutor de la escuela están en Kampala asistiendo a una importante reunión. El futuro les pertenece. El futuro es africano. África pertenece a los africanos. Este fue el sueño de Comboni, que no entendí bien. Y estoy ahora aquí para ayudar a realizar ese sueño.

M.N. ¿Ser médico llena su vocación misionera?

P.E.T. Ahora estoy más equilibrado. Actúo más como administrador que como doctor en la sala de operaciones. Tenemos ocho contables. El hospital se ha hecho más burocrático. El Gobierno, del que recibimos algún dinero, exige tres copias de cada papel. Aunque soy médico, me gustaría mantener mi identidad sacerdotal: con mis horas de oración, rezando con los enfermos los domingos y con las estudiantes (más de 100) de la Escuela de Comadronas los viernes. La Escuela de Comadronas es realmente la perla de este hospital. Esta fue la profecía del P. Ambrosoli cuando abrió esta escuela en 1959 (tres años después de la apertura del hospital). El futuro pertenece a las mujeres africanas. Al entrenar a comadronas africanas, resolvemos el problema del cuidado de las madres y los niños. Todavía les enseño algunas horas. Como médico, ya no hago servicio clínico para pacientes. Dejo que lo hagan otros. He descubierto mis limitaciones. En este ambiente, no debería pensar en salvar el mundo yo solo. Con el 50 por ciento de fuerza que me queda, trato de ser sacerdote, médico y supervisor, haciendo funcionar la administración del hospital, pues es importante que marche bien. También dedico mucho tiempo a la relación con bienhechores. Ahora, con 63 años, he encontrado mi equilibrio. Mis médicos africanos están haciendo el trabajo en los pabellones y en el quirófano. Yo sólo hago el resto. El P. Ambrosoli dedicó mucho tiempo a las operaciones, pero en aquel tiempo no existía tanta burocracia; él no tenía ni oficina en el hospital.

Las cosas han cambiado. Actualmente, tenemos un administrador y ocho contables, pero todavía somos incapaces de controlar la situación. Durante dos años, hemos tenido por la noche nueve, diez, once mil personas que venían al hospital en busca de un lugar seguro donde dormir. Imagínese los problemas con los baños, la limpieza… Una ONG irlandesa llamada Goal nos construyó 18 albergues. Ahora esa “gente de la noche” duerme fuera. Sólo los pacientes están en el hsopital.

M.N. Los hospitales son lugares donde se encuentra mucha gente inocente que sufre y donde uno puede sentirse tentado a dudar del amor de Dios. ¿Cómo hace frente a ese problema?

P.E.T. He aprendido mucho de la forma en que los africanos se relacionan con la muerte. Los europeos tratan de evitarla y se la esconden a los niños. En África, la muerte es un problema normal y la gente cree que sus antepasados les están ayudando. Obviamente, los africanos tienen miedo, a no ser que Jesús los libere. Tienen miedo a los muertos, por eso se abren las tumbas para ciertas ceremonias en las que la gente es convocada para una gran reunión en la que se reza un poco y se come mucho. Es una fuente de consuelo. Y si una persona muere lejos de su poblado, tienen que llevarla a su casa a cualquier coste.

Esta gente tiene una relación normal con la muerte. No están aterrorizados por ella. La aceptan como una transición a otra vida. Por eso, creo que redescubrir la importancia de la Cruz, del misterio pascual de Jesús, nos ayuda a ver la muerte como un camino hacia la resurrección. Por tanto, no pierdo mi confianza en Dios, que sufre por nosotros. Por eso, trato de encontrar en su misterio la llave para la solución a ese problema.

M.N. El hospital de Kalongo es una gran estructura. ¿Puede darnos una idea del trabajo que se hace aquí?

P.E.T. Hay 320 camas. Tenemos cerca de 300 empleados, de los que 80 son cualificados. Somos cinco médicos africanos, otros dos italianos y yo. Atendemos unos 360-380 partos al mes y realizamos unas 1.500 operaciones al año. Entre 300 y 400 personas vienen cada día a consultas externas. Los problemas de sida y tuberculosis están alcanzando notables proporciones. Es algo incontrolable. Imagínese, en este distrito de Pader, con 28.000 personas, ¿quién sabe cuantos infectados de sida hay? Ahora hemos empezado a tratar a algunos de ellos con anti-retrovirales. Hay ya un grupo de unas 40 personas en tratamiento. Otros están comenzando el tratamiento. Pero hay miles de infectados. Es imposible solucionar este problema. Las medicinas son insuficientes y no muy fiables. Tener miles de enfermos es un problema que supera nuestra capacidad. El sida es un problema de una magnitud inimaginable. Si se empieza a tratar a una persona, ésta debe venir cada mes. Los pacientes de tuberculosis, cuando se sienten mejor, piensan: “¿Por qué debo volver y caminar 30 o 40 kilómetros entre tropas rebeldes? Mejor es quedarme sin tratamiento”. De esa manera, crean resistencia al virus.

M.N. ¿Cuánto dinero necesitan para mantener el hospital? ¿Dónde lo consiguen?

Necesitamos mucho dinero; unos 80.000 dólares americanos. El 20 por ciento viene del Gobierno, el 3 por ciento procede de los pagos que efectúan los enfermos, y el 77 por ciento proviene de donantes de fuera.

Para la renovación de los edificios fui afortunado al recibir dinero de donantes como DANIDA, una ONG de Dinamarca, o Goal, que recientemente nos compró una lavadora industrial que cuesta casi 160.000 dólares, que nos permite ahorrar leña, lavar y desinfectar mejor la ropa de los pacientes.

La mayor aportación procede de donantes: tengo que buscarlos fuera, especialmente en Italia, escribiéndoles continuamente cartas y yendo a visitarlos. El Gobierno retrasa durante tres meses el pago de los salarios. Por eso, si no encuentro dinero a través de otros donantes para pagar a los empleados a tiempo, podrían entorpecer el funcionamiento del hospital con huelgas. Con tantos problemas, el mantener este hospital es un milagro de Dios.

M.N. ¿Tiene algún sueño especial para el hospital?

P.E.T. Estoy luchando para preparar un equipo africano para hacer realidad el sueño de San Daniel Comboni: “Salvar África con África”. Ya tenemos cuatro Hermanas ugandesas de la congregación de las pequeñas Hermanas de María Inmaculada, fundadas aquí por el obispo comboniano Angelo Negri. El administrador es de Kalongo. Cinco médicos son ugandeses y dos italianos (un cirujano retirado y su esposa). Yo voy a pasar los últimos años de mi vida en Kalongo para delegar responsabilidades, enseñar, apoyar y confiar en los cooperadores africanos. “Kalongo es vuestro”, les digo todos los días.

Siento la poderosa presencia del “Siervo de Dios” P. Giuseppe Ambrosoli, que fundó el Hospital de Kalongo y la Escuela de Comadronas. Mi vocación médica nació de un encuentro con él. Ahora, en todo momento de mi vida –bueno o malo– siento su presencia y el apoyo que llega por su intercesión. En su tumba está escrito: “Dios es amor. Yo soy su siervo para ayudar a sus hijos que sufren”. Estas palabras, escritas en su diario, me han inspirado durante los 16 últimos años en este lugar rodeado de inseguridad y miseria.

El otro sueño es continuar apoyando a las chicas estudiantes de la Escuela de Comadronas. Moldear los corazones de estas mujeres significa que un día ellas también podrán hacer mucho bien por otras mujeres y sus hijos. En África, las mujeres son la mejor esperanza para el futuro de la nación; son su “columna vertebral”. El genio de las mujeres –todavía no totalmente descubierto y entendido en la Iglesia– se mantiene como un gran desafío para todos nosotros, misioneros.

TRAS LAS HUELLAS DEL P. AMBROSOLLI

Egidio Tocalli, un misionero comboniano italiano de 63 años de edad, ha trabajado en el norte de Uganda como sacerdote y médico durante 30 años. Llegó al país en 1976 y pasó el primer año en el hospital de Kalongo, aprendiendo cirugía con el P. Giuseppe Ambrosoli, el fundador y director del hospital. Al año siguiente, fue enviado al hospital de Aber (distrito de Lira), que dirigió hasta 1982. Su siguiente destino fue la leprosería de Alito, donde trabajó durante seis años. En febrero de 1987, tras el saqueo de Alito, pidió hacer trabajo pastoral y pasó dos años en la misión de Aber. En 1989, se le pidió que reabriera el hospital de Kalongo (cerrado por el Gobierno en 1987), donde ha permanecido durante los últimos 16 años. Sucedió como superintendente médico del hospital al sacerdote y médico P. Giusseppe Ambrosoli, un misionero comboniano ya declarado “Siervo de Dios” y cuyo proceso de beatificación está muy avanzado.

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