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DADA
BEHANZIN AYIDJRE
Símbolo de la resistencia anticolonial
Por
Jean Arsène Yao
Del 8 al 22 de diciembre,
la familia real Behanzin, el Estado de Benín
y la UNESCO conmemoron el primer centenario de la muerte
de Dada Behanzin Ayidjre, rey de Abomey (Benín).
El pueblo houegbadjavi en general y los descendientes
del rey se movilizaron en Abomey, Djimè y Cotonú
para conmemorar este acontecimiento de gran significado
histórico. El rey Behanzin es un paradigma de
la resistencia a la penetración francesa entre
1890 y 1894.

El príncipe
Kondo, hijo del rey Glèlè y de la reina
madre Akossou Mandjanou, nació en 1838 en Abomey,
la capital del reino de Dahomey, en el actual Benín.
En 1875, su padre le nombró príncipe heredero.
En el ejército ocupaba el rango de Gaou, es decir,
general en jefe, ministro de la Guerra. Combatiente
intrépido, participó decisivamente en
la organización y ejecución de numerosas
campañas militares. Después de la muerte
de su padre, accedió al trono de Houégbadja,
el 1 de enero de 1890, bajo el nombre muy evocador de
Behanzin, que viene de la frase: Gbè hin azin
bo aidjrè, o sea, “el mundo tiene el huevo
que la tierra desea”.
Es una idealización del poder deseado por muchos,
pero que sólo pueden ejercer los príncipes
más valerosos, predestinados por la voluntad
de los antepasados. Su emblema es el tiburón,
de ahí su apodo de “Rey-Tiburón”.
Su reinado, breve y muy agitado, a causa de la guerra,
tuvo repercusiones en Benín y África.
La determinación que mostró en la defensa
de la integridad y la independencia de Dahomey, le valió,
desde los primeros momentos de su coronación,
el enfrentamiento con los franceses. Junto con sus valientes
soldados y algunos de los altos mandos de su ejército,
Dada Behanzin se enfrentó heroicamente a un poderoso
ejército francés.
Protector
de la tierra
En la cultura
houegbadjavi, la tierra, propiedad de los antepasados,
es un bien de la comunidad que no se puede ceder a nadie,
ni siquiera al rey, y menos a extranjeros. Así
lo notificó Gezo, abuelo de Behanzin, a los comerciantes
marselleses con los que firmó el primer acuerdo
en 1851. Si en un primer momento se respetó esta
norma, en 1868 con su padre en el trono, los negociantes
franceses intentaron imponer un nuevo convenio que incluía
la cesión territorial de Cotonú. El rechazo
del rey fue categórico y, a partir de entonces,
las relaciones entre el reino de Dahomey y el Gobierno
de Francia empezaron a deteriorarse. Behanzin tenía
entonces 30 años, pero compartía los puntos
de vista de su padre de rechazar las exigencias francesas.
Aún joven
príncipe, recibió apáticamente
a la delegación francesa que pretendía
reunirse con su padre enfermo. Resiste a las sugerencias
del embajador francés cuyos regalos no le impresionan.
Se trataba, sin embargo, de una colección pintoresca
de la industria gala: un casco de dragón con
melena verde, un catalejo de marina, un estereoscopio
que mostraba las maravillas de París, seis piezas
de seda y tres de terciopelo, un alfanje con funda de
color granate, un gorro de piel de cordero adornado
con falsas piedras preciosas, una caja de música,
seis docenas de calcetines de lana, doce paraguas, veinte
cajas de licores. Behanzin recibió estos detalles
con frialdad y desdén. No quería ceder
el control de Cotonú, principal salida del reino
al mar y punto estratégico desde donde se gestionan
la totalidad de los intercambios comerciales de la región.
A la muerte de
su padre y ante las insistencias de los franceses, Behanzin
declaró nulos todos los tratados firmados anteriormente
y ordenó la expulsión de los franceses.
Francia envió a Jean Bayol, gobernador de la
provincia de los Ríos del Sur, con residencia
en Conakry, para hablar con el rey. La misión
fracasó. Furioso, Jean Bayol manifestó
en su informe a sus superiores en París “el
ultraje hecho a la República” y sugirió
pasar a una intervención armada.
La guerra
contra los franceses
Ante la negativa
del rey Behanzin, el Gobierno francés, que defendía
abiertamente los intereses de los comerciantes marselleses,
optó definitivamente por la política de
los cañones. El ejército de Dahomey tenía
15.000 hombres armados con cuchillos, machetes y fusiles.
El monarca dahomeyano los había seleccionado
cuidadosamente. En combate, estos guerreros eran secundados
por las llamadas Amazonas de Dahomey. Había 4.000
y constituían la guardia personal del soberano,
al que protegían durante sus expediciones. Las
sometían a una disciplina férrea y debían
ser castas. Cualquier indisciplina se castigaba con
la muerte.
Combatientes leales
y feroces, obedecían a las órdenes directas
del rey. Formaban cuatro cuerpos militares: las Gulenento
o “artilleras”, armadas con fusiles de fabricación
local; las Nyekplonento, conocidas también como
las “segadoras”, equipadas de machetes;
las Gohento o “arqueras” armadas con flechas
de puntas ganchudas como anzuelos; las Gbeto, apodadas
las “cazadoras”, especializadas en el hostigamiento
al enemigo.
En marzo de 1890,
con el pretexto de enviar un regalo al rey, el Gobierno
francés mandó a Abomey una misión
de espionaje, conducida por el comandante Maurice Audéoud.
Francia necesitaba comprobar la capacidad militar de
Behanzin. Dos años después, se iniciaba
la destrucción del reino de Dahomey. Cuando estalla
el conflicto, en mayo de 1892, 2.000 soldados y 76 oficiales
formaban las tropas dirigidas por el coronel Alfred
Amédée Dodds, un mulato senegalés.
Durante dos años,
los soldados de Behanzin y sus amazonas opusieron una
resistencia feroz al cuerpo expedicionario francés,
que acabó por ocupar Abomey. No sin la ayuda
inestimable de algunos jefes y dignatarios de su reino
que conspiraron contra el monarca. Dodds proclamó
la caída de Behanzin e instauró el protectorado
de Francia sobre Dahomey.
El exilio
en el Caribe
Behanzin se había
comprometido solemnemente a no ser un traidor: “Después
del enfrentamiento y de tantas vidas sacrificadas, no
puedo cambiar de opinión”. Y añadió,
dirigiéndose a Gedevi –ancestro de los
dahomeyanos–: “Antes que llegar a un acuerdo
con los yovo (franceses) y firmar, prefiero morir”.
Sin embargo, el 25 de enero de 1894 pidió reunirse
con el presidente francés y negociar con él
la paz. Quedó con el coronel Dodds para determinar
las modalidades de la audiencia;peroDodds le arrestó
y le embarcó en un buque con destino a Martinica,
donde fue encarcelado. Allí estuvo desde marzo
de 1894 hasta abril de 1906.
En un primer
momento, Behanzin estuvo en arresto domiciliario en
Tartenson, un fuerte cuyas paredes tienen tres metros
de espesor. Posteriormente, fue alojado en la quinta
“Les Bosquets”, en Fort-de-France. Le precedía
una sólida reputación de salvaje y sanguinario.
Algunas personas compartieron su exilio: su hijo Ouanilo,
tres de sus hijas, cuatro esposas y un intérprete.
Tenía la posibilidad de salir de paseo acompañado
y en cada una de sus apariciones en el plaza mayor de
la ciudad suscitaba curiosidad.
Estaba triste
y taciturno. Permanecía sentado en un banco,
fumaba una pipa y miraba fijamente hacia el mar. Según
el historiador Louis Garaud, “tenía una
mirada aguda y penetrante. Su torso desnudo, ancho y
arrugado, medio tapado por un paño revelaba una
fuerza poco común”. A través de
su intérprete, declaró: “Que me
dejen volver a mi país, serviré fielmente
a Francia, me muero de aburrimiento aquí. La
añoranza de la patria me mata”.
El regreso
a África
Mientras esperaba
una respuesta de Francia, la salud de Behanzin se iba
deteriorando. Durante su largo exilio caribeño
escribió varias cartas al presidente Marie François
Sadi Carnot y a las autoridades coloniales de Dahomey.
Todas, por supuesto, se quedaron sin respuesta. En 1906
las autoridades francesas decidieron repatriar al rey
y su corte a África. Pero no a Dahomey, sino
a Blida (Argelia). Su residencia fue la antigua casa
de las Carmelitas. Pero el rey se desesperaba al estar
lejos de su patria. Notaría más aún
esta lejanía en el primer trimestre de su estancia
en Blida, debido al tiempo invernal. Behanzin nunca
llevaba camisas y a menudo se cubría con un gran
paño que dejaba su pecho y parte de su cuerpo
al aire libre. Su estado de salud se agravó.
Los médicos le diagnosticaron una infección
renal y neumonía. Pero lo que le mató
fue, como él mismo decía, la añoranza
de la patria.
El 8 de diciembre
de 1906, el rey Behanzin fue evacuado a Argel, donde
murió el 10 de diciembre de 1906. El 11 de diciembre
de 1906 fue enterrado en el cementerio Saint-Eugène
de Argel. El regreso a Cotonú de sus restos mortales
se efectuó 22 años después, el
9 de marzo de 1928.
Los funerales
se celebraron al mes siguiente en su palacio privado
de Djimè, según el ritual tradicional.
En abril de 1976, durante el período revolucionario
de Mathieu Kerekokou, el Estado le proclamó héroe
nacional: se construyó en su memoria un imponente
monumento en la plaza Goho de Abomey.
Monarquías
tradicionales
África
tiene una dilatada historia monárquica. Sin embargo,
aparte de Lesoto y Suazilandia, los reinos que ocupaban
los territorios de los Estados actuales al sur del Sahara
ya no existen como entidades políticas independientes,
sino como jefaturas tradicionales en colaboración
con las autoridades administrativas modernas. Lejos
de ser simples reminiscencias de un pasado lejano, los
reyes africanos actuales representan importantes instituciones
de poderes ocultos. Es el caso del Moro Naba, emperador
de los mossi de Burkina Faso, venerado por los diferentes
pueblos que formaban el imperio Mossi. Otros, como Salomon
Igbinoghodua, rey de Benín (Nigeria), titulado
por la Universidad de Cambridge, encarnan más
bien una fusión entre la tradición y la
modernidad.
En países
como Botsuana y Ghana, existen estructuras institucionales
para los jefes tradicionales, que tienen un papel consultivo
y gozan de la autoridad suficiente para aconsejar a
los Gobiernos sobre todo tipo de asuntos. Estas cuestiones
pueden ser sobre el Gobierno o la evaluación
de los usos y costumbres tradicionales.
En Botsuana,
los jefes tradicionales participan en algunos asuntos
de la administración local y judicial. Las Cámaras
de jefes, de la que es miembro el rey Moremi Tawana
II, invitan a veces a los presidentes u otros jefes
de Estado, ministros, funcionarios, jueces y otros representantes
de las instancias oficiales en las discusiones sobre
los temas a tratar. Juegan un papel de primer rango
como defensores de la colectividad y expresan sus preocupaciones.
En Botsuana, la Cámara de jefes puede pedir a
un ministro que responda a las preguntas sobre su departamento,
y éste tiene la obligación de contestar.
En este sentido, las jefaturas tienen el poder de cuestionar
la política del Gobierno y exigir que éste
último dé cuentas al pueblo.
Ghana tiene un
sistema de Cámaras de jefes –10 Cámaras
regionales y 5 Cámaras nacionales– formadas
por Consejos tradicionales. Además del personal
administrativo facilitado por el Gobierno, un Departamento
de jefaturas dentro del gabinete del Presidente de la
República mantiene contactos permanentes con
las Cámaras de jefes.
También
participan en la buena marcha de los proyectos de desarrollo
y de sanidad. Así, Osei Tutu II, el rey de los
ashanti, junto con los príncipes (jefes supremos)
y las “reinas madres” de Kumassi, colaboran
en los talleres sobre el sida que organizan Naciones
Unidas y el Gobierno. Las Cámaras de jefes son,
asimismo, mecanismos para la resolución de conflictos
étnicos.
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