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ESCLAVITUD
Y DEUDA EXTERNA
Por
Renato Kizito Sesana
Un tema inevitable
del próximo Foro Social Mundial, que se celebrará
en Nairobi (Kenia) a finales de este mes, será
el de la indemnización a África por el
crimen de la esclavitud. Es una cuestión que
se viene debatiendo en los últimos años,
especialmente por grupos de afroamericanos.
En
el centro de la carretera de doble sentido que va de
Ndola a Kitwe, en Zambia, hay un árbol muy alto
y muy antiguo; incluso el viajero mas distraído
se da cuenta inmediatamente de que los constructores
hicieron lo inverosímil para no cortarlo. Si
miramos un mapa, nos damos cuenta de que ese árbol
es casi equidistante del Océano Índico
y del Atlántico. Pero no es ésta la razón
por la que el majestuoso árbol no fue cortado
al construirse la carretera en los primeros años
de la independencia de Zambia. Tampoco porque fuese
considerado ‘sagrado’ por la gente local.
Las razones son
unos anillos de hierro oxidado que están enrollados
a su tronco. Resulta que en la segunda mitad del ochocientos
ese sitio era un lugar de descanso para los esclavos
y donde eran encadenados. Probablemente, eran esclavos
que se dirigían hacia Bagamoyo, en la costa oriental
de África, y de allí hacia los mercados
árabes. Para confirmarlo, hasta hace dos o tres
décadas, en Ndola se encontraba una presencia
suahili, descendientes directos de esclavos, árabes
y negros, quienes desde aquí tenían una
base “comercial” y alimentaban las caravanas
que viajaban hacia la costa oriental.
Este árbol
es un símbolo importante, no sólo porque
nos recuerda el sufrimiento de las víctimas de
la esclavitud –que, por extensión geográfica
y temporal y por el número de víctimas,
fue el mayor crimen contra la humanidad–, sino,
sobre todo, por la complejidad de este fenómeno.
Traficantes
y colaboracionistas
La esclavitud
devastó a toda África. Desde el principio
del ochocientos las poblaciones costeras no bastaban
para satisfacer la demanda y los negreros penetraron
hasta los lugares más remotos del continente.
No hay pueblo africano que no haya estado “tocado”
por este fenómeno, que no haya padecido o causado
migraciones de pueblos vecinos, al intentar escapar
de la caza del hombre que cada vez se alejaba más
de las costas.
El mundo árabe
es corresponsable, junto a los europeos, de esta tragedia.
La medida de responsabilidad no se puede definir fácilmente,
pero tampoco se puede dejar de lado, como demuestran
estudios recientes. La práctica de la esclavitud
tuvo cómplices locales. Siempre hubo africanos,
jefes, comerciantes o soldados y guardias que colaboraron
con los esclavistas, se aprovecharon y no tuvieron ningún
pudor en vender a sus hermanos. Esta responsabilidad
es menor que la de europeos y árabes. No se pueden
poner en el mismo platillo de la balanza a quienes organizaron
y armaron el infernal mecanismo que exportaba a los
esclavos y los ejecutores locales, comprados o amenazados.
Traidores y colaboracionistas ha habido siempre, en
todas las latitudes. Incluso en los campos nazis de
concentración hubo oportunistas que sobrevivieron
como carceleros o torturadores de sus compañeros
de desventura.
Víctimas
y verdugos
La complejidad
y la extensión del fenómeno hacen el discurso
sobre la reparación –especialmente la monetaria–
algo muy delicado. El primer problema es: ¿quién
paga? Cuando, por ejemplo, se exigió que el Estado
alemán indemnizase a los supervivientes de los
campos de exterminio, los dos grupos se podían
identificar con claridad: víctimas o hijos de
víctimas y verdugos todavía vivos.
En el caso de
los esclavos no sucede eso. Quien reclama ahora las
indemnizaciones ¿es descendiente de las víctimas
o de los colaboradores? Quienes deberían pagar
¿son descendientes de los verdugos o de otras
víctimas? Pondré un sencillo ejemplo personal:
mi familia vivía en una de las primeras áreas
industrializadas del norte de Italia. Mi abuela –me
lo dijo ella misma– fue obligada a trabajar en
las fábricas de seda cuando todavía no
había cumplido los cinco años, y se acordaba
de que su abuela había hecho lo mismo. Hubo un
proletariado europeo que, cuando las grandes familias
se hacían ricas robando en el Sur del mundo y
con el comercio de los esclavos, fue tan explotado y
esclavizado como los esclavos; no tuvo ninguna responsabilidad
en el fenómeno de la esclavitud. Los descendientes
de la rica burguesía del ochocientos ¿no
deberían indemnizar a los ‘esclavos’
de la revolución industrial?
Hay un límite
que no se puede cruzar retrotrayéndose en la
historia atribuyendo responsabilidades monetarias específicas.
Sobre todo porque la mentalidad y las leyes cambian
y no se pueden aplicar retroactivamente. Si ahora una
niña en Italia fuese esclavizada como lo fue
mi abuela, el patrón iría a la cárcel.
Y si, por ejemplo, los pueblos autóctonos de
Norteamérica pueden y deben exigir sus propios
derechos a través de una acción política,
no por eso es pensable que puedan obtener una indemnización
por orden judicial.
Es un principio
fundamental el de que los hijos no puedan ser responsables
de las culpas de sus padres. Personalmente, no creo
que pueda citar ante un tribunal a quien esclavizó
a un antepasado mío, a la vez nadie puede considerarme
responsable, ni como individuo ni solidariamente, con
las familias de mi aldea que estuvieron implicadas y
fueron responsables de la trata de esclavos.
¿Quién
se beneficiaría de la restitución? ¿Los
descendientes de los mercaderes suahili deberían
pagar a personajes como Kenneth Kaunda y Frederick Chiluba
en Zambia? Son dirigentes que han devastado su propio
país, robando todo lo que caía en sus
manos. ¿Daniel arap Moi en Kenia? ¿Mobutu
y Kabila en la República Democrática de
Congo? Y si Europa pagase hoy una reparación
monetaria a Nigeria o a Costa de Marfíl, ¿a
qué manos iría?
Si el discurso
se reduce a una simple indemnización monetaria,
nos empantanaríamos en una ciénaga donde
todos son víctimas y verdugos. Por tanto, como
han afirmado algunas prominentes personalidades africanas,
la indemnización se convierte en una trampa,
perpetuando en los africanos la mentalidad de ser eternas
víctimas. Es mucho más importante para
África conocer, amar, aceptar su propia historia
y ponerse en marcha de nuevo con dignidad. Como ha dicho
Abdoulaye Wade, presidente de Senegal, uno de los países
más devastados por la trata de esclavos: “Personalmente,
me sentiría ofendido si sólo me pidieran
cuánto deben darme para olvidar la esclavitud”.
El problema
es moral
Europa –y,
por qué no, las Iglesias cristianas que tuvieron
alguna responsabilidad– debe reconocer que fue
un pecado gravísimo. Debe pedir perdón,
como hizo el Papa Juan Pablo II en Gorea (Senegal),
mirando al mar desde la Puerta del no retorno, desde
donde se embarcaban los esclavos africanos que iban
a América. La reparación no puede ser
simplemente monetaria. Desde el momento en que se asocia
a un aspecto económico pierde toda su fuerza.
Es también
un error unir demasiado estrechamente el problema de
la remisión de la deuda externa actual de muchos
países africanos a la reparación por la
esclavitud, como si una pudiese cancelar la otra. No,
la esclavitud no debería olvidarse jamás,
y no se la debe vincular al problema de la deuda internacional.
Esta deuda debe cancelarse inmediatamente, porque es
injusta e infame, no por otras razones. Y los africanos
de ahora tienen la posibilidad y capacidad de exigirlo
inmediatamente; no deben esperar a que sus descendientes
pidan una indemnización.
En cuanto a la
esclavitud, el único camino que se puede recorrer
es el del perdón. Un perdón pleno, que
nace del corazón de las personas que han entendido
e interiorizado su historia, los terribles sufrimientos
que esconden, y hacen de ello no una razón de
inferioridad o de victimismo, sino de grandeza y superación.
No, el perdón no es fácil. Pero es el
único camino digno y el más liberador
que los africanos pueden recorrer en este momento de
su historia.
¿Quién
podría tener la autoridad moral de perdonar a
Occidente y al mundo árabe en nombre de toda
África? Buscar la respuesta a esta pregunta es
también una forma de incorporarse al camino de
un nuevo nacimiento y de la responsabilidad.
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