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R.D.
CONGO:
Al servicio de los niños
Por
P. José Carlos Rodríguez
El día 28 se
celebra la Jornada de la Infancia Misionera, dedicada
a los niños del mundo y, en particular, a quienes
viven en los países más pobres. Dos misioneros,
la Hna. Natalina Noella y el P. Mario Pérez,
se ocupan en Bukavu y en Goma (República Democrática
de Congo) de atender a niñas acusadas de brujería
y a formar a los niños más desfavorecidos.
La Hna. Natalina, religiosa italiana de las Discípulas
del Crucificado, acoge a 37 niñas en el Hogar
Ekabana. El P. Mario, salesiano venezolano, dirige el
centro Don Bosco de Goma, donde se preparan algo más
de 800 niños.

Bukavu, la hermosa
ciudad congoleña construida sobre colinas a orillas
del lago Kivu, en la frontera con Ruanda, ha sido –junto
con Goma– la puerta de entrada de las dos guerras
que han asolado la inmensa República Democrática
de Congo en 1996 y 1998 y que han causado más
de tres millones de muertos. Las recientes elecciones
celebradas a finales de octubre de este año,
ganadas por Joseph Kabila, han instaurado una estabilidad
política de difícil cumplimiento sobre
el terreno.
Aunque los acuerdos
de paz se firmaron en el año 2003, la región
de Kivu continúa sufriendo la inseguridad intermitente
de bandas armadas: los antiguos interahamwe hutus ruandeses,
las milicias de Laurent Nkunda y bandidos que se aprovechan
de la situación para extorsionar y atacar a los
campesinos indefensos en el interior. Las principales
víctimas de esta violencia “de baja intensidad”
son los niños. Y en particular, las niñas
acusadas de brujería.
Aunque la creencia
en la hechicería ha estado siempre presente en
un sinfín de sociedades tradicionales africanas,
el fenómeno de las “niñas brujas”
se ha exacerbado desde el comienzo de la guerra en 1996.
Bukavu y Goma cuentan con cientos de miles de desplazados
llegados de las aldeas del interior en distintas oleadas.
Cada familia se busca un rincón en uno de los
numerosos barrios de chabolas surgidos en poco tiempo
en las colinas y busca sobrevivir con el pequeño
comercio informal. La promiscuidad, el paro y la miseria
reinan en estos suburbios construidos en colinas deforestadas
que sufren a menudo corrimientos de terreno durante
las abundantes lluvias torrenciales.
Hogar
Ekabana
Los valores ancestrales
de los bashi, los barega y otros pueblos de Kivu, que
siempre han dado una gran importancia a la solidaridad
de la familia y el amor a los niños, se han disuelto
en el mar de violencia y pobreza de esta nueva situación.
Ocurre a menudo que el hombre llega a la ciudad con
varias mujeres, y cada una de ellas compite para que
sean sus hijos –y no los de su rival– los
que vayan a la escuela o tengan mejores ropas o alimentos.
El padre, incapaz de proveer a su familia con recursos,
y a menudo hundido en el alcoholismo, pierde su autoridad
paterna y ya no constituye un modelo para su prole.
Esta situación
es un excelente caldo de cultivo para la expansión
de numerosas sectas pentecostales, muchas de ellas financiadas
desde Estados Unidos, dirigidas por “pastores”
o “profetas”. Se las encuentra uno cada
cien metros en las calles de la ciudad. Estos falsos
profetas se aprovechan fácilmente de las situaciones
límite en las que vive la mayor parte de los
desplazados internos. Sucede entonces que una mujer
aquejada de enfermedades o cualquier desgracia acude
a una de estas sectas y cuenta sus cuitas al profeta,
el cual para afianzar su autoridad moral no duda en
persuadirla de que el origen de sus infortunios está
en una de las hijas de la otra esposa de su marido,
que ha traído la maldición sobre toda
la familia. A la niña (es muy raro que acusen
a un niño de brujería) la llevan entonces
a la secta, donde es sometida a sesiones de “exorcismos”
que son en realidad una verdadera tortura de ayunos
que duran varios días y palizas hasta que la
criatura termina por “confesar” su supuesta
condición de hechicera que ha causado una muerte
o una enfermedad en el seno de su familia.
La consecuencia
es la expulsión de la familia de la niña
“poseída”, la cual irá a engrosar
las filas de los niños de la calle, otro de los
fenómenos más lacerantes consecuencia
de la guerra. A menudo terminará siendo víctima
de abusos sexuales. Aunque la ley en la República
Democrática de Congo es muy dura para los pederastas,
en la práctica la policía y los jueces
son fácilmente corruptibles y todo el que tiene
dinero termina saliendo de la cárcel o siendo
absuelto por los tribunales.
Para intentar
remediar esta situación, la Hna. Natalina Noella
tomó la iniciativa en 2002 de abrir un hogar
–que figura como una institución de la
archidiócesis de Bukavu– para recoger a
estas niñas traumatizadas. Junto con un experimentado
trabajador social congoleño, Ernest Sicuani,
formó un equipo de monitores y educadores que
trabajan en una casa donde las niñas tienen alojamiento,
alimentación y cuidados médicos adecuados.
Todas ellas van a la escuela y viven en el Hogar Ekabana
como una familia grande donde la Hna. Natalina es la
madre.
Sin embargo,
los miembros de esta institución no se dedican
únicamente a atender a las víctimas de
esta situación, sino que con ayuda de las parroquias
hacen sensibilización en los distintos barrios
para cambiar la mentalidad que condena a niñas
inocentes al abandono más absoluto. También
contactan a las familias que han expulsado a las niñas
de su seno y en algunos casos consiguen que las vuelvan
a acoger. Cuando no existe esta posibilidad, el centro
Ekabana construye casas para que las niñas, cuando
llegan a una cierta edad, puedan empezar una nueva vida
independiente valiéndose por ellas mismas.
El Centro
Don Bosco
Cabría
preguntarse si es posible cambiar esta mentalidad que
estigmatiza a niñas inocentes acusadas de brujería.
El P. Mario Pérez, venezolano, de la congregación
salesiana, parece haber tomado una actitud más
pragmática. “Cuando llega una niña
acusada de brujería yo simplemente le digo: no
te preocupes, yo te curo”. Con su pañuelo
a la cabeza, de aspecto informal pero con una conversación
que delata unas profundas convicciones, desde 1994,
el P. Mario es el director del Centro Don Bosco, situado
en la ciudad de Goma, 150 kilómetros al norte
de Bukavu. En otros tiempos una bonita ciudad turística,
Goma fue también escenario de combates cruentos
y masacres de refugiados ruandeses durante los años
de la guerra. Por si fuera poco, en enero de 2002 fue
arrasada por una violenta erupción del volcán
Nyaragongo. La ciudad parece vestida permanentemente
de luto, cubierta de piedra negra volcánica,
mientras la silueta del impresionante volcán
parece seguir amenazando con la humareda de su cima,
que se confunde a todas horas con las nubes blancas
de baja altura.
El Centro Don
Bosco, que funciona desde 1987, está situado
en la barriada de Ngangi, una de las más pobres
de la ciudad. Su amplio recinto es siempre el escenario
de una actividad que parece no tener fin. Algo más
de 800 niños se benefician de esta institución.
Podría llamarse escuela, pero esta palabra no
agota todos los servicios que se prestan a los niños
más desfavorecidos. El centro, llevado adelante
por la comunidad salesiana más un equipo de voluntarios
italianos y trabajadores sociales congoleños,
cuenta también con un dispensario, un centro
para niños con problemas de desnutrición
y una casa de acogida para niños huérfanos.
En la parte educativa,
cientos de niños acuden a educación infantil,
primaria, secundaria y técnico-profesional. Antiguos
niños de la calle, niños soldado, niñas
acusadas de brujería, o simplemente jóvenes
procedentes de familias pobres, desplazadas por la guerra,
reciben una educación que nunca habrían
soñado si no existiera este centro salesiano.
Contrasta la tristeza de esta ciudad que ha sufrido
a causa de la guerra con la alegría que se encuentra
uno entre los jóvenes que frecuentan sus aulas
de carpintería, mecánica, construcción,
corte y confección y trabajos de metal.
A unos dos kilómetros
de la escuela don Bosco, los salesianos tienen otro
centro para primera acogida a los niños de la
calle. Como explica el P. Mario, “mu-chas veces
la policía hace redadas de estos niños,
y cuando los llevan a comisaría se dan cuenta
de que no saben qué hacer con ellos y entonces
nos los traen”. Cuando llega un nuevo caso, un
equipo social realiza un asesoramiento al final del
cual integran al recién llegado en un programa
educativo, manteniendo el contacto con la familia para
una eventual reintegración.
Bukavu y Goma,
como toda la República Democrática de
Congo, son dos lugares donde los niños sufren
más que los adultos las consecuencias de la guerra,
que aún se dejan sentir y que probablemente perdurarán
aún durante muchos años. Al menos consuela
pensar que si no hubiera buenos samaritanos como la
Hna. Natalina o el P. Mario muchos niños ni siquiera
podrían tener educación, derechos y una
vida bastante más digna.
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