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Estar en Malanje y no visitar
a las Hermanas Clarisas hubiera sido no sólo una descortesía,
sino también un agravio a la memoria eclesial y periodística.
Hace 25 años, en enero de 1982, publicábamos en
Mundo Negro un reportaje titulado “Once clarisas de Astudillo
(Palencia): Visado para Angola”. Nos habíamos enterado
de que este convento de clarisas iba a fundar un monasterio de
vida contemplativa en Angola. Nos acercamos a Astudillo y las
entrevistamos.
El 18 de este mes de febrero,
hace exactamente 25 años, el grupo de las once voló
hacia Angola y se instaló en Malanje. Se cumplieron entonces
dos sueños:el de ellas y el del entonces obispo de esta
diócesis, Mons. Eugenio Salessu. El convento de Astudillo
contaba entonces con 47 Hermanas; hoy tiene 31. El de Malanje
tiene ahora 36. En 1996 fundaron un nuevo monasterio en Luanda.
De Malanje saldrán dos Hermanas este mismo año para
Astudillo; otras dos irán a Luanda, para unirse al grupo
que fundará un monasterio de vida contemplativa en Mozambique.
De las once religiosas españolas
que salieron en febrero de 1982 para Malanje, quedan en este monasterio
cinco: María del Carmen, Isabel, Carmen, Consolación
y Teresita. Una minoría de rostros blancos en medio de
una comunidad compuesta mayoritariamente por rostros negros de
mujeres angolanas. Desde hace siete meses tienen un abadesa también
angolana: Sor Teresiña de Jesús.
AL LADO DE UN PUEBLO
SUFRIENTE
Es un día claro, espléndido,
en Malanje. Nos acompaña a ver a las clarisas el actual
obispo de la diócesis, el español Mons. Luis María
Pérez de Onraita. Es un edificio sencillo, pintado de color
ocre, como la propia tierra. En la fachada hay dibujada una gran
cruz, en cuyos brazos se lee repetida la palabra “paz”
y en el tronco “y bien”. Es un saludo muy franciscano
y una invitación a quienes se acercan al convento. Se celebra
la Misa, cantada, y después nos invitan a pasar al locutorio.
Tanto aquí como en la iglesia hay una verja de hierro,
señal de clausura.
Las caras de las religiosas que
llegaron de Astudillo tienen algunas arrugas más –todas
rondan o rebasan los setenta años–, pero muestran
la misma risa y la misma alegría que hace 25 años,
cuando contaban los días para venir a Malanje. Les recordamos
que cuando llegaron aquí había en el país
una guerra civil que causaba destrozos por doquier. “Lo
sabíamos, pero no nos importó. Es verdad que a veces
tuvimos miedo. Cuando llegamos, Malanje estaba al margen de la
guerra. El conflicto se encontraba mucho más al sur. Los
años malos aquí fueron entre 1992 y 1999. Fue terrible,
terrible...” Asienten las otras Hermanas. “¡Vaya
si pasamos miedo! Pero nunca nos arrepentimos de haber venido
a este lugar. Nos sentimos más unidas y próximas
al pueblo angolano. La UNITA (Unión Nacional para la Independencia
Total de Angola) llegó aquí a las puertas. Todas
las noches venían los jóvenes a formar un cordón
de seguridad. La UNITA quería entrar en la ciudad por todos
los medios;pero no lo consiguieron. Ya por la mañana, decíamos:
‘Vamos a rezar, que es la hora’. Cuando estábamos
en la capilla, oímos una explosión como nunca. Miramos
y vimos por las ventanas una bola brillante.
Estábamos poniéndonos
de pie para empezar Tercia y en aquel momento se oyó un
ruido diferente. Vibró la iglesia de una manera terrible.
La madre abadesa nos dijo: ‘Vamos a la cocina’. Y
es que la cocina tiene encima otra casa y pensamos que nos protegería
un poco. Todo se llenó de polvo y de humo. Nos dijimos
unas a otras: ‘Que no se mueva nadie’. El obús
no había caído en nuestra casa, sino en la de al
lado. Por la noche habíamos estado precisamente en esa
casa. Falleció una mujer, la más anciana, con su
nieto. Aquello fue terrible. Antes de esto, como nos hacían
apagar la luz a la siete de la tarde, nos quedábamos todas
juntas en la sala, y allí con una vela jugábamos
a las cartas o al parchís. Era una forma de distraer el
miedo”.
Con lo tranquilas que estaban
en Astudillo... Quizá pensaran que lo mejor era volver.
“Nunca nos pasó eso por la imaginación. Nos
dimos cuenta, eso sí, de que estábamos muy cerca
de un pueblo sufriente. Nosotras intensificamos nuestras oraciones
pidiendo al Señor el don de la paz. Vinimos a Angola voluntariamente
y queremos seguir aquí hasta que el Señor disponga
otra cosa”.
LAS CHICAS MÁS
GUAPAS
Ahora, después de la firma
de la paz definitiva, en abril del año 2002, en Angola
se respira tranquilidad. Muchos edificios de Malanje tienen todavía
en sus fachadas las cicatrices de los obuses y de las bombas;no
tienen ni puertas ni ventanas. Algunos se están rehabilitando,
sobre todo las escuelas y los hospitales que dependen de la diócesis.
El mercado está lleno. Se oyen los gritos de los chicos
y chicas que juegan en los patios de los colegios...
Preguntamos a las Hermanas si
hay todavía chicas que quieran vivir como religiosas contemplativas.
“Este año tenemos catorce adolescentes que quieren
hacer una experiencia. El problema es que algunas, por culpa de
la guerra, están atrasadas en su formación religiosa
y otras en formación humana. La guerra causó destrozos
materiales, pero tambien, y sobre todo, daños en la formación
religiosa y humana. Algunas chicas se encuentran muy atrasadas.
Otras, más adelantadas en los estudios, van a la catequesis,
porque algunas no han recibido ni la Primera Comunión.
Es como si se hubiera parado el tiempo. Ahora han tomado el hábito
algunas. En ese momento nosotras acabábamos de hacer la
fundación de Angola. Fue una sangría grande, porque
fueron 18 Hermanas”.
Muchos se preguntan qué
hacen unas monjas de clausura en un país y en un continente
que necesita, según ellos, sobre todo cooperación
económica. ¿Las ven los angolanos como bichos raros,
encerrados en una jaula? “Al principio, había gente
que se extrañaba mucho de nuestra presencia. En Malanje
no sabían en qué consistía nuestro trabajo.
Pero la verdad es que los domingos, que tenemos Misa a las 7 de
la mañana, no cabe la gente en la capilla. Los jóvenes
nos dicen que les hemos quitado a las chicas más guapas.
Los primeros domingos de mes tenemos visita para quien quiera
venir a vernos, y viene mucha gente”.
¿De qué viven en
Malanje unas monjas de clausura? “Hacemos todo tipo de trabajos:
de costura, bordados, las casullas, las hostias para la Misa.
En el molino molemos harina, para la gente: maíz y mandioca.
Tenemos también una pequeña huerta, marranos, gallinas,
patos, conejos... Con esto no cubrimos las necesidades de la comunidad.
Con eso apenas podemos pagar los gastos de gasóleo. Tenemos
un generador grande para el molino, para las planchas, para el
horno, para hacer el pan. Consume mucho: unos 10 litros de gasóleo
a la hora. Como el gasóleo está a 30 kuanzas el
litro, gastamos 300 kuanzas cada hora de luz (el equivalente a
tres euros). Y está funcionando seis horas al día:
tres por mañana y otras tres por la tarde. Sin la ayuda
que recibimos de España no podríamos sobrevivir”.
Esto no les quita el sueño
ni la alegría, porque tienen una fe inmensa en la Providencia.
En señal de este gozo, entonan un canto. En ese mismo momento,
una novicia angolana, vestida de blanco, se levanta, alza los
brazos, los mueve rítmicamente y da algunos pasos hacia
delante. Es un canto de alabanza a Dios, que sin duda se encuentra
muy a gusto entre las clarisas de Malanje.
LA FUNDACIÓN DE
LUANDA
Volvemos a ver a las clarisas
en Luanda. Llegaron aquí en 1996. La madre abadesa se llama
Fabiola y formó parte del primer grupo que llegó
a Malanje en 1982. Este monasterio está en el barrio de
Palanca, a las afueras de Luanda. Nos deja allí la Hna.
Ermelinda, misionera dominica del Santísimo Rosario, que
va camino de Viana. Aquí el edificio del convento es más
atractivo. La fachada está coronada por una cruz;descuella
un Sagrado Corazón pintado de vivos colores; a ambos lados
se lee la frase evangélica:“Venid a Mí todos
los que estéis cansados y Yo os aliviaré”.
Naturalmente, en portugués.
El barrio de Palanca es un hervidero
de población y de casas nuevas. “Cuando llegamos
aquí –dice la Madre Fabiola– no había
nada. Una vez que vinimos con el cardenal Alexandre do Nascimento
no podíamos ni entrar, porque todo esto era mato, es decir,
selva. Cuando llegamos, nuestra primera intención fue ponernos
junto a la carretera, porque por allí no pasaba nadie.
Ahora el tráfico es horrible. Además, en los últimos
diez años se han construido muchos edificios, hay baches
inmensos, problemas de abastecimiento de agua... Luanda está
creciendo de un modo desmesurado. Comienza a haber supermercados,
grandes superficies y lonjas, donde hay de todo. Para el que tenga
dinero, que es el que puede vivir bien. Nosotras vivimos de la
Providencia”.
¿También les ayuda
el pueblo angolano? “Siempre hemos tenido mucho apoyo, tanto
en Malanje como aquí. En Angola apenas se conocía
la vida contemplativa. En Luanda el monasterio nos queda pequeño.
Somos 46, y cada día van llegando más. Ahora van
a salir 11 de aquí: cinco para España y seis para
Mozambique”.
No están muy de acuerdo
con enviar Hermanas a España para llenar monasterios de
vida contemplativa que se están quedando vacíos.
“Ellas donde mejor están es en su país. Cada
fruto donde mejor produce es en su tierra”. Sin embargo,
le recordamos que ellas vinieron de Astudillo. “Sí,
pero nosotras vinimos a implantar la vida contemplativa. Y, si
vinimos para eso, lo lógico es que la vida contemplativa
se quede aquí;no tendría razón de ser volver
a España. Queremos que enraice bien la vida contemplativa
en Angola”.
¿Aunque sea con estas
rejas tan propias de los conventos españoles de clausura?
“Desde el primer momento preferimos mantener la reja. Al
principio, a la gente les cuesta un poquito, pero comprende nuestra
opción. Los africanos son abiertos y tienen verdadera veneración
por nosotras. Desde las seis de la mañana hasta última
hora de la noche siempre hay gente en nuestra iglesia rezando.
Hemos puesto en marcha una iniciativa
que llamamos “la escucha”. Todos los días,
de tres a cinco de la tarde, tres Hermanas se dedican a escuchar
a la gente. Vienen muchas personas a hablar con ellas, a contarles
sus problemas y dificultades; es como una catarsis. Muchas personas
están atrapadas por el miedo, la magia negra... Hay casos
en que parece que el mismo diablo anda por medio...”
Esto quiere decir que la gente
necesita ser escuchada. “Sí, y estas preocupaciones
y problemas los vivimos todas. Las tres Hermanas nos dicen las
cosas que les cuentan, si se pueden decir. Nos lo comunican en
el tiempo de recreo, para rezar por ellos. Las Hermanas les dicen:
‘Estamos aquí en nombre de la comunidad, y esto lo
vamos a compartir con la comunidad, para que pueda rezar por vosotros’.
Es una experiencia realmente impresionante, que nos ayuda a todos”.
“ESTAMOS
AQUÍ POR AMOR”
¿Cuáles son los
mayores problemas de la gente? Ayer, por ejemplo, leíamos
en la prensa que existía mucho maltrato contra la mujer.
“El problema es que suelen tener varias mujeres a la vez.
Se dan muchos casos de hombres que se casaron y con su mujer,
trabajaron duro para salir adelante, conseguir una casa, un coche...
Después él la deja con 5 o 6 hijos, sale con una
chica de 18 años a la que compra alhajas, le paga los estudios...
Los hijos y la mujer, como si no existieran. La pobre mujer, que
a lo mejor es la que le ha sacado a él de la nada, se queda
a la intemperie. Problemas de éstos son los más
corrientes.
Para mí el santuario supone
una ayuda enorme. Cuando voy a la adoración y veo cómo
rezan estas mujeres con un niño en la espalda y otro en
los brazos... me da mucha fuerza. Nuestra vida es relativamente
tranquila;pero esa mujer que, a lo mejor, se ha levantado a las
4 de mañana, que tiene que sacar adelante ella sola a los
hijos, y en casa no tiene nada para darles de comer... Es muy
duro, ¿no?”.
Si hay algo admirable en África
es la mujer. Cuando vas a su casa y la ves cómo trabaja,
cómo transporta leña, cómo está con
los niños... Una Hermana angolana salta como un resorte:
“La mujer africana siempre está dispuesta a trabajar.
Ésta es su fuerza y su grandeza”.
Ustedes no trabajan el campo,
no tienen hijos, pero aquí realizan otra tarea. ¿Cómo
viven su realidad de mujeres africanas en el convento? Dice sin
titubeos una Hermana angolana:“El trabajo es una obligación
y una vocación. Estamos aquí por nuestra vocación,
por la obediencia y la pobreza; estamos aquí por amor”.
Y añade la Madre Fabiola: “Por otra parte, no sé
si ustedes miden el sacrificio que supone la vida contemplativa,
sobre todo para ellas. Aquí la familia tiene muchísima
fuerza, y también los funerales. Cuando muere un padre
o una madre, ellas no van a los funerales. Esto es muy duro. Además,
al africano le gusta mucho ser libre, y aquí vivimos entre
cuatro paredes, sólo dedicadas a Dios. Esto en África
es muy fuerte”.
Tercia una angolana:“Aquí
es muy importante la obediencia; no se da un paso sin pedir permiso.
Si quieres ir a la capilla, pides permiso; si quieres salir afuera,
al jardín, pides permiso...”. Y puntualiza la madre
Fabiola: “Ahí está la raíz del mensaje
y de la presencia de Cristo, ¿no? Él aprendió
a obedecer sufriendo. Porque, si vas a ver, ¿qué
hizo Cristo en su vida? Fue un gran misionero, sin duda, el único
misionero. Pero la mayor parte de su vida la pasó obedeciendo,
en un aniquilamiento total. Todas nosotras sabemos muy bien lo
que queremos. Somos felices en la obediencia. Si no, no estaríamos
aquí”.
Debe causarles mucha alegría
ver cómo florece en África la vida contemplativa.
“Es la plenitud de la Iglesia. Los misioneros a veces no
tienen tiempo ni para rezar, y tiene que haber alguien que rece
por ellos. Santa Teresa de Lissieux, patrona de las Misiones,
murió a los 24 años sin hacer nada. Rezó.
Se dio. Para mí, lo más importante es tener muy
claro que la vocación consiste en dar la vida, donde sea.
Ser ese grano que muere y esperanza para los demás. El
hecho de estar aquí ya es una siembra. Yo estoy muy contenta
de haber venido. Cuando vinimos a Luanda, tres éramos españolas
y el resto angolanas. Ahora quedamos dos españolas; después,
estaremos una, y después ninguna. Todas serán angolanas.
Ésta es también la grandeza de la vida contemplativa”.
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