|
No fue cocinero
antes que fraile, pero sí camarero antes que obispo. El
trinitario español Gustavo Bombín es de San Llorente
(Valladolid), trabajaba como camarero antes de hacerse trinitario
y llegó a Madagascar hace 20 años. En octubre de
2003 se encontraba en España curándose de una enfermedad
y esperando para irse a Egipto, su nuevo destino, cuando le llegó
la sorpresa de su nombramiento como obispo de Tsiroanomandidy.
Acababa de cumplir 43 años.
Vino a recogernos
a “Tana”, nombre coloquial con el que todo el mundo
llama a Antananarivo, la capital del país. Apenas se permitió
el lujo de tomar un pequeño café y enseguida emprendimos
el viaje hacia su diócesis.
Por el camino
nos vamos dando cuenta de que a Mons. Bombín le preocupa
enormemente el problema de la educación. Habla sin cesar
de las innumerables escuelas que tiene en su diócesis,
de las dificultades para formar a los maestros, de los problemas
de las escuelas rurales y de muchas otras cosas relacionadas siempre
con el mundo de la enseñanza. Antes de llegar a Tsiroanomandidy
pasamos por el pueblo de Mahatsinjo y, cómo no, entramos
en la escuela –será ésta una dinámica
que se repetirá casi constantemente en nuestro viaje: ir
de escuela en escuela–. La parte que alberga la enseñanza
primaria, que ya existía antes, tiene cerca de 450 alumnos
atendidos solamente por 4 profesores, obligados a hacer turnos
para poder atender a todos los niños sin masificar las
clases. La escuela secundaria fue iniciada por los trinitarios,
concretamente por el P. Felipe Bustinza, también español
y uno de los pioneros de la misión. Cuando empezó
se encontró con una gran indiferencia por parte de la gente,
pero no se desanimó, y con la ayuda de Manos Unidas y mucha
paciencia para motivar a la gente logró poner muchas cosas
en marcha; entre ellas, la escuela secundaria. Hoy tiene 150 alumnos
y 9 profesores. Dispone en la actualidad de siete aulas, una sala
de reuniones y dos despachos.
A última
hora de la tarde llegamos finalmente a Tsiroanomandidy, no sin
antes ver cómo el propio obispo se arremanga la camisa
para reparar un pinchazo, algo muy corriente dado el estado de
las carreteras. Aventurarse a recorrer los innumerables poblados
y aldeas de la diócesis de Tsiroanomandidy, a 200 kilómetros
al oeste de “Tana”, es un reto que pocos aceptan;
y menos aún aquellos que ya lo hicieron alguna vez y saben
lo que es tragar polvo durante la estación seca o quedarse
embarrado durante la época de lluvias. Pocos días
después, cuando llegamos a Fenoarivo, acompañando
a la delegación de Manos Unidas, la gente nos brindaría
un recibimiento digno del presidente de la república. No
era para menos. Según nos explicó la alcaldesa de
este pequeño pueblo perdido entre las montañas del
centro del país, era la primera vez en muchos meses que
alguien se dignaba acercarse hasta allí para visitarlos.
EDUCACIÓN A DOS
VELOCIDADES
En la diócesis de Tsiroanomandidy,
hay una educación a dos velocidades. Por una parte, están
las escuelas de la ciudad –no muy numerosas, porque los
núcleos de población que pueden ser llamados “ciudades”
son muy escasos–, con grandes construcciones, una clase
bien equipada, un profesor para un número aceptable de
alumnos, material escolar o acceso al agua potable. Por otra parte,
las escuelas rurales –la gran mayoría– en las
que no hay ni construcciones, se suele enseñar al pie de
un frondoso árbol o, en el mejor de los casos, en la capilla
de la aldea. No hay muchos maestros; a lo sumo uno o dos profesores
para cuatro clases; o una sola aula para varios niveles. El material
es escaso, no hay infraestructuras y falta especialmente el agua
potable.
El gran problema al que se enfrenta
la diócesis de Tsiroanomandidy es la baja tasa de escolarización,
sobre todo la rural. En 2005 sólo el 35 por ciento de los
niños de las zonas rurales recibían la educación
adecuada a su edad. El problema se veía agravado por la
falta de formación y los salarios de los profesores. Los
niños abandonaban prematuramente la escuela porque sus
padres –la mayoría analfabetos– no concedían
importancia al hecho de escolarizar a sus hijos. Para paliar este
problema, la diócesis puso en marcha en el año 2000
un programa piloto de mejora de la calidad educativa en 20 escuelas.
El programa resultó un éxito y la diócesis
empezó a moverse para que el programa pudiese alcanzar
a todas las escuelas, 220 en la actualidad.
Desde su nombramiento, Mons.
Bombín apostó firmemente por ello y reactivó
con fuerza la Dirección Diocesana de la Enseñanza
Católica (DIDEC), que ya existía desde hacía
muchos años, pero que no lograba realmente llevar a cabo
todas sus actividades. Con la ayuda de UNICEF y gracias a varios
proyectos de Manos Unidas, la DIDEC es hoy el pilar fundamental
sobre el que se asientan todas las actividades de creación,
seguimiento y formación de escuelas, formadores, padres
de alumnos y maestros.
LA DIDEC, PILAR DE LA
EDUCACIÓN
Al principio, la DIDEC era parte
de un proyecto a nivel nacional que estaba financiado y apoyado
por el CRS (Catholic Relief Service), organismo equivalente a
Cáritas de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos.
Había trabajado ya en varias diócesis de Madagascar
para evaluar la situación de la educación y ver
cómo mejorarla. Aquel primer proyecto piloto convenció
a Mons. Bombín y en 2003 decidió implantarlo y ampliarlo
en su propia diócesis. Dos años después disponía
ya de un equipo permanente de siete personas. Hoy no sólo
se ocupa de la enseñanza, sino de todo lo que concierne
a la educación y a la promoción humana. Su misión
consiste en coordinar todos los trabajos en las escuelas y colaborar
con el Estado para mejorar la calidad de la enseñanza.
Su meta es ayudar a niños y jóvenes a adquirir un
buen nivel escolar, a desarrollar su personalidad mejorando sus
capacidades físicas e intelectuales. El objetivo es lograr
que todos los niños vayan a la escuela todos los días,
mejorar las competencias de los profesores y sobre todo desarrollar
las capacidades de los agentes de formación: profesores,
padres, formadores, educadores, es decir, de todos los que tienen
algún tipo de responsabilidad en la educación de
los niños.
Una vez iniciadas las actividades,
la DIDEC tuvo que hacer frente a varios retos. Los profesores
no estaban reconocidos oficialmente, por lo que era necesario
ayudar y orientar a las escuelas a hacer los trámites necesarios
para que tanto los maestros como los centros de enseñanza
fueran reconocidos y las escuelas puedan ser oficiales. En cada
escuela había una asociación de padres de alumnos,
pero tampoco eran formales. La DIDEC les ayudó a formalizarse,
a tener un reglamento y una estructura interna para ser reconocidas.
Otro reto importante consistía en la construcción
de las escuelas y en encontrar maestros dispuestos a ir a enseñar
en zonas rurales. Normalmente los profesores prefieren quedarse
en la ciudad y no quieren ir a las zonas alejadas; menos aún
cuando las comunicaciones son tan difíciles.
Durante el largo y polvoriento
viaje hacia Fenoarivo, una de las zonas más alejadas de
la diócesis, pudimos darnos cuenta de esta realidad. Tardamos
casi siete horas en recorrer apenas 120 kilómetros por
una carretera llena de agujeros, polvo y tierra batida. Hacía
más de seis meses que nadie se había aventurado
a ir por allí. El único centro de enseñanza
secundaria que había en la zona era del Gobierno. Además
de ser pequeño, los resultados de los estudios no eran
satisfactorios y ningún alumno había logrado superar
el examen final en 2005. La tasa de escolarización y el
índice de abandono escolar debido a los trabajos familiares
en el campo o al cuidado del ganado eran muy elevados. A petición
de los padres de los alumnos, las hermanas trinitarias se hicieron
cargo de las escuelas (infantil, primaria y secundaria). Manos
Unidas les ayudó especialmente en la construcción
de los edificios: cuatro salas de clase, un laboratorio, despachos,
una sala polivalente y una biblioteca.
Según nos contaba Parfait
Razakanirina, director de la DIDEC, el tiempo para conocer toda
la situación y escolarizar cada pueblo puede llevar varios
años. El difícil acceso a las escuelas rurales y
el necesario trabajo de sensibilización de la población
no se pueden hacer de la noche a la mañana. “No porque
la gente diga que quiere una escuela se le va a dar –afirma
convencido Parfait–. Hay que hacer una sensibilización
y mentalización de lo que supone tener una escuela en el
pueblo. Eso es lo que lleva más tiempo”.
Durante los tres primeros años
del proyecto se hicieron estudios para analizar la necesidad de
formar a los adultos y a los padres de los alumnos. La conclusión
fue clara: hay que formar a todos los actores implicados en la
escuela, desde los padres hasta los maestros. “Nos dimos
cuenta que gran parte de los padres de alumnos son analfabetos
–asegura Parfait–, por lo que no se trata sólo
de sensibilizarlos para que envíen a sus hijos a la escuela,
sino que hay también una necesidad de alfabetizarlos a
ellos. Incluso nosotros mismos, los miembros de la DIDEC hemos
hecho una formación específica para poder llevar
adelante ese trabajo de alfabetización y de sensibilización”.
La DIDEC tiene muy claro que
la escuela es responsabilidad de todos. Su tarea principal consiste
esencialmente en visitar, animar y sensibilizar, sobre todo a
los padres, para que sean ellos quienes se responsabilicen de
la educación de sus hijos. Aparte de eso, la DIDEC les
ayuda a elaborar y poner en marcha diversos proyectos para que
la escuela pueda tener los medios necesarios para autofinanciarse.
Es en este trabajo de sensibilización donde entra de manera
particular la aportación de UNICEF y de Manos Unidas y
su Campaña Contra el Hambre, facilitando los medios de
transporte y el material pedagógico. En cuanto a los salarios
del personal de la DIDEC, Manos Unidas los paga íntegramente
los tres primeros años. Al cuarto año, Manos Unidas
financiará sólo la mitad y al quinto año
está previsto que todo sea autofinanciado.
Parfait Razakanirina nos explica
con sencillez de qué manera concreta trabaja la DIDEC para
lograr esa sensibilización:
“Convocamos primero a
todos los habitantes del poblado y comenzamos preguntándoles
cuál es su compromiso con respecto a la escuela, buscando
que cada uno se comprometa a algo. Así, por ejemplo, el
alcalde o el jefe del poblado se compromete a dar cien mesas para
la escuela, la DIDEC, por ejemplo, dice que se compromete a dar
una formación a los maestros una vez al año; los
padres se comprometen a construir un pozo... así, cada
uno se compromete en algo. Si cada uno mantiene su compromiso,
la escuela puede ser una realidad y saldrá adelante. Al
final del encuentro incluso hay un contrato firmado por cada parte.
A veces se requiere mucho tiempo y varias visitas, porque no es
fácil que la gente firme”.
Una de sus políticas es
no improvisar nunca. La DIDEC planifica sus actividades para responder
a las necesidades concretas que ven en la población. A
veces es la misma DIDEC la que crea esas necesidades; es decir,
si ven que la gente no siente la necesidad de estar alfabetizados,
primero hacen toda una campaña de sensibilización
para que todos se den cuenta de la importancia de saber leer y
escribir. Entonces será la misma gente la que descubrirá
la necesidad de alfabetización y la pedirá. Ahí
es donde ellos entrarán en acción, pero no antes.
Con esta metodología
han logrado poner en marcha varias escuelas y se han podido promocionar
una serie de actividades que generan ingresos para la autofinanciación.
Algunas escuelas han comenzado ya a realizar el comercio de arroz.
Lo compran cuando el precio es bajo y lo venden cuando sube. Gracias
a eso van logrando autofinanciarse. Otra escuela ha conseguido
comprar una motobomba para explotar un terreno que tienen bombeando
agua del río. Incluso la DIDEC busca también sus
propios medios de subsistencia. Un ejemplo concreto es la librería
que ha puesto en marcha en Tsiroanomandidy y que espera tener
beneficios dentro de poco tiempo. “Las escuelas rurales
tienen dificultad para encontrar libros y material –explica
Parfait–. La librería les puede ayudar, ya que compramos
los libros y el material al por mayor en Antananarivo, con lo
que el precio de coste es más bajo. Así se pueden
beneficiar las escuelas y nosotros podemos obtener algún
beneficio que nos ayude a autofinanciarnos”.
COLABORACIÓN CON
EL ESTADO
El Gobierno malgache y la Iglesia
católica están colaborando estrechamente para mejorar
el nivel educativo de la población. Jacques Sylla, Primer
ministro de Madagascar, reconoce el papel fundamental que la Iglesia
católica está realizando en este campo y ve como
buena y fructífera la colaboración: “Trabajar
en colaboración con la Iglesia es algo normal, y eso no
va en contra del carácter laico del Estado –afirma
en unas declaraciones hechas a Mundo Negro–. La Iglesia
está presente en todo Madagascar. En muchos poblados no
hay escuela pública, pero siempre encontraremos uno o dos
campanarios. La Iglesia está presente por todas partes,
y no solamente en su misión espiritual, sino también
en su misión humanitaria. En lo que se refiere al campo
de la escolarización, es decir, de la educación
y de la enseñanza (y quiero distinguir entre estos dos
aspectos), al igual que en la sanidad, la Iglesia está
enormemente presente. En Madagascar, los establecimientos más
célebres por la calidad de su enseñanza son los
centros profesionales de la Iglesia católica. El Gobierno
colabora con ella entre otras cosas porque los misioneros han
logrado formar a gente, sacerdotes, equipos, jóvenes, especialmente
de la base, que ahora son competentes y capaces de llevar las
cosas adelante”.
En este sentido, el Gobierno
de Madagascar ha puesto en marcha una serie de medidas para aliviar
la carga que supone para los padres la escolarización de
sus hijos en las escuelas católicas rurales, donde las
familias tienen menos recursos. Así, si las escuelas establecen
una matrícula de 800 ariary, el Estado pone por su parte
2.000 para completar la escolarización de los alumnos (1
euro corresponde aproximadamente a 2.500 ariary). De esta manera,
según el director de la DIDEC, el precio de 800 ariary
es asequible y las familias se sienten más motivadas para
escolarizar a los niños. Por otra parte, el Estado se compromete
a pagar a los maestros de las escuelas católicas que se
hayan formalizado y obtenido el reconocimiento oficial. En este
sentido, hay una gran colaboración entre el Ministerio
de Educación y la DIDEC, que ofrece también su formación
a los maestros de las escuelas públicas cuando el Estado
se lo pide.
RESULTADOS EVIDENTES
Todo ese trabajo de sensibilización
y el apoyo, especialmente logístico, de Manos Unidas, han
empezado ya a dar sus frutos. En octubre del año pasado,
ya se había constatado un aumento de casi el 18 por ciento
en el número de niños escolarizados y la tasa de
participación activa de los padres se incrementó
de manera espectacular, pasando del 7 al 70 por ciento en los
tres años que el proyecto lleva funcionando. En lo que
respecta al personal docente y a las estructuras escolares, 28
escuelas han obtenido ya el reconocimiento oficial y han sido
formado 470 profesores de 588, un 64 por ciento más que
hace tres años. Además, el problema de masificación
de las clases se va resolviendo poco a poco, gracias a que las
familias, la Iglesia y las autoridades locales trabajan juntos
para la construcción de nuevas aulas. Durante el último
año se han construido 50 nuevas aulas para acoger a unos
2.000 alumnos.
Tanto para Parfait como para
el resto del equipo de la DIDEC, la colaboración de todas
las partes ha sido la clave para que la situación educativa
en la diócesis haya podido experimentar esta mejora. “Vemos
que la colaboración es muy importante –afirma convencido
el director de la DIDEC–. Antes trabajábamos solos,
pero ahora, gracias a estos tres años de colaboración,
vemos que se puede hacer, que es posible. Antes la gente esperaba
el dinero del obispo; ahora, con nuestro trabajo y gracias a la
ayuda de Manos Unidas, podemos ir caminando hacia una autosuficiencia.
De las 20 diócesis que tiene el país, Tsiroanomandidy
está en tercer lugar en nivel educativo. La DIDEC es admirada
por las demás diócesis, que quieren seguir ese mismo
modelo. Estamos agradecidos, porque Manos Unidas ya no nos da
el pescado ni la caña. Nos ha enseñado y ayudado
a fabricar la caña. Así, cada vez que tengamos hambre,
ya sabremos cómo hacer una caña para pescar nosotros
mismos”.
|