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Somalia: y ahora ¿qué?
El pasado 8 de enero, el presidente somalí Abdallah Youssouf Ahmed entró en Mogadiscio, la capital de Somalia, por primera vez desde su nombramiento a finales de 2004. Poco antes, el ejército estadounidense había bombardeado el sur del país, donde se habrían escondido miembros de la red terrorista Al Qaeda. Este ataque, criticado tanto dentro como fuera de Somalia, marcaba un hito en la campaña militar emprendida por el ejército gubernamental apoyado por tropas etíopes el 20 de diciembre de 2006. Los intereses políticos contrapuestos, las reivindicaciones territoriales, el integrismo islámico, la crisis humanitaria y los titubeos de la comunidad internacional dejan a este país del Cuerno de África al borde de un mayor caos y posible escenario de un conflicto regional.
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Por Jean Arsène Yao

“Pido en nombre de mi país y de los diputados del Parlamento de transición que la comunidad internacional haga oír su voz ante esta agresión ilegítima e injustificada de Somalia". Así se expresó Sharif Salah Mohamed Ali, parlamentario somalí, el 9 de enero tras el segundo bombardeo americano, autorizado por el Gobierno de transición. El ataque de la aviación americana había causado la muerte de 84 civiles y destruido varias casas. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se declaró preocupado por estos ataques, temiendo que provocasen una escalada de hostilidades en la región. Desde Bruselas, la Comisión Europea criticó estos bombardeos, que “no ayudan para nada a mejorar la situación a largo plazo”.

El Gobierno de transición habla de diálogo y de reconciliación, al mismo tiempo que exige el desarme de todas las milicias. El 9 de enero, Abdirahman Dinari, portavoz del Gobierno federal somalí de transición, declaró: “Tenemos las puertas abiertas. Si los Tribunales Islámicos abandonan las armas, estamos dispuestos a recibirlos y entablar un diálogo para la formación de un Gobierno de unidad nacional. Pero antes, deben poner fin a los ataques contra nuestras fuerzas”. Por su parte, los islamistas, a través de uno de sus portavoces, Ibrahim Hassan Adow, se han declarado dispuestos a dialogar con el Gobierno somalí.

Pero la reconciliación se anuncia difícil, más bien ha tenido un mal comienzo. A la profunda división entre el Parlamento y el Gobierno, se añade el hecho de que centenares de milicianos llegados de Puntland y miembros del sub-clan majerteen, al que pertenece el presidente Abdallah Youssouf, han entrado en Mogadiscio con la esperanza, según ellos, de rehabilitar la autoridad de los darods contra la hegemonía de los hawiye.

A LA ESPERA DE UNA FUERZA DE PAZ

Desde los primeros momentos de la intervención somalo-etíope, la Unión Africana (UA) apeló a la retirada de las tropas etíopes de Somalia y el cese inmediato de los combates. Asimismo, el presidente de su Comisión, Alpha Oumar Konaré, pidió la aplicación de la resolución 1725 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada el pasado 6 de diciembre, y que autoriza la creación de una fuerza africana de paz, denominada IGASOM. Este llamamiento fue retomado por las autoridades somalíes de transición, Etiopía y el Grupo Internacional de Contacto para Somalia durante una reunión que se celebró el 5 de enero en Nairobi, la capital de Kenia. Aprovechando este encuentro, el presidente somalí, Abdallah Youssouf Ahmed, pidió también una asistencia financiera y técnica, así como ayuda humanitaria para la reconstrucción de su país.

Estados Unidos, que forma parte del Grupo de Contacto junto con la Unión Europea, la UA, la Liga Árabe, la Autoridad Intergubernamental de Desarrollo (IGAD),Gran Bretaña, Italia, Noruega, Suecia y Tanzania, ha anunciado una ayuda urgente de 16 millones de dólares. Washington ha prometido también 24 millones de dólares adicionales, de los cuales 14 millones irán destinados a la fuerza de paz. La secretaria de Estado adjunta estadounidense encargada de asuntos africanos, Jendayi Frazer, se reunió en enero con el presidente del Parlamento somalí, Sherif Hassan Sheikh Aden y el Primer ministro etíope Meles Zenawi. Jendayi Frazer ha sugerido el diálogo entre las distintas partes somalíes, sobre todo los jefes religiosos.

Sudáfrica y Nigeria aún no se han decidido a participar en la fuerza de paz. El recuerdo del fracaso de las operaciones americanas Restaurar la Esperanza en 1992, Halcón Negro en 1993 y la salida de la ONUSOM, la misión de la ONU en Somalia, bajo el fuego de los jefes de guerra en 1995, sigue vivo. Por el momento, sólo Etiopía y Uganda se han mostrado dispuestos a enviar tropas. Sin embargo, aún queda por saber la composición de esta fuerza que podría tener 8.000 soldados y cuándo será operativa. Mientras tanto, las tropas etíopes se encargan de mantener el orden en el país para evitar el regreso de los islamistas y sobre todo el de los “señores de la guerra”, que podrían reaparecer en Somalia en caso de no emprender rápidamente una acción de envergadura.

Hay mucha inseguridad en el país, sobre todo en Mogadiscio. Ante esta situación, el Gobierno ha creado un Comité de seguridad en el que están representados el Parlamento, la sociedad civil, los empresarios y el ejército. “Sólo disponemos de 600 policías en todo el país, mientras hacen falta por lo menos 8.000 agentes sólo para Mogadiscio”, se ha quejado el Viceprimer ministro Hussein Mohamed Aidid. Ni la oferta de amnistía, ni el ultimátum de desarme por la fuerza en tres días han conseguido vaciar Mogadiscio de armas.

MOLESTA PRESENCIA ETÍOPE

Mientras se espera el despliegue de una fuerza internacional, el sentimiento, muy vivo, de los somalíes de estar bajo una ocupación extranjera va creciendo. Sobre todo después de las declaraciones del Viceprimer ministro Mohamed Hussein Aidid, quien afirmó que le gustaría ver a Somalia y Etiopía unidas con un mismo pasaporte y una misma moneda. Algunos ven la presencia de las tropas etíopes en el país como el signo de una nueva era colonial. No en vano Mogadiscio está controlada por unos 1.500 soldados etíopes, los verdaderos vencedores de la guerra contra los islamistas que, aunque están militarmente aniquilados, mantienen células durmientes en la capital. Según el diputado Jama Ali Jama, ex presidente de la región de Puntland, más que ayudar al Gobierno somalí de transición, la presencia de los soldados etíopes se debe a que Meles Zenawi busca a través de Somalia una salida al mar, después de perder la de Eritrea.

Pero para el jefe de Estado somalí, lejos de ser un ocupante, el ejército etíope ha “iniciado el proceso de despliegue de una fuerza regional de paz, a la cual podrían unirse otros países afectados por la inestabilidad de Somalia”. Abdallah Youssouf ha declarado también:“Los etíopes no están aquí como conquistadores. Hemos solicitado su ayuda ante el peligro que representaban los islamistas”.

No obstante, el odio contra los etíopes no deja de crecer. El 5 de enero, Ayman al-Zawahiri, el número 2 de Al Qaeda, llamó a los somalíes a realizar atentados suicidas contra las tropas etíopes. Dos días después, los milicianos islámicos tendían una emboscada a soldados etíopes y militares gubernamentales. Una niña murió en el tiroteo entre los dos bandos tras ser alcanzada por una bala. El día 8 ocho personas (4 sudaneses, 3 indios y un somalí) fueron detenidas en el aeropuerto de Mogadiscio, sospechosas de estar vinculadas con los incidentes de la víspera. El día 9 se registraban unos intensos combates en Ras Kaamboni, cerca de la frontera con Kenia, entre los milicianos de los Tribunales Islámicos y las tropas somalo-etíopes. En la zona, se habrían replegado los “irreductibles” islamistas, derrotados semanas atrás.

Consciente de que sus tropas no pueden eternizarse en el atolladero somalí, Adís Abeba anunció la retirada de sus tropas para dentro de unas semanas, que podrían ser meses. Pero, en contra de los llamamientos a marcharse del país, el presidente Abdallah ha pedido a Etiopía que entrene a las fuerzas armadas somalíes; invitación que el Primer ministro etíope, Meles Zenawi, ha aceptado.

GUERRA POR DELEGACIÓN

Muchos observadores consideran que el conflicto de Somalia debe ser interpretado como una guerra por “delegación” entre Eritrea y Etiopía: la primera es la aliada de los Tribunales Islámicos, mientras que la segunda apoya al Gobierno del presidente Abdallah Youssouf, obedeciendo las órdenes de Washington. "El único responsable de esta dolorosa acción, que ha humillado y vilipendiado al pueblo somalí es Estados Unidos, y Etiopía actúa en nombre de Washington", declaró el parlamentario Sharif Salah Mohamed Ali.

Eritrea apoya a los islamistas, no por afinidad religiosa, sino porque ve en ellos a unos aliados estratégicos en su rivalidad con Etiopía sobre su frontera común. Meles Zenawi se ha mantenido en el poder en contra de las expectativas de Asmara que ha denigrado a Adís Abeba y enviado sus tropas en ayuda de los movimientos rebeldes etíopes, el Frente de Liberación Oromo y el Frente Nacional de Liberación de Ogaden. Ambos grupos, que reivindican la independencia de Oromo y Ogaden, dos regiones de mayoría musulmana, tienen a su vez el apoyo de los islamistas somalíes en su lucha contra Adís Abeba. En los primeros momentos de la ofensiva somalo-etíope, se habló de detenciones, al lado de los milicianos islamistas, de algunos combatientes etíopes y eritreos. Asmara aplica la máxima según la cual “los enemigos de mi enemigo son mis amigos”.

Si los islamistas somalíes, los rebeldes etíopes y Eritrea comparten la misma hostilidad contra Estados Unidos y Etiopía, estos últimos no carecen de justificación para llevar a cabo su campaña militar en Somalia.

La ofensiva americano-etíope ha de verse bajo dos ángulos: Etiopía intenta frenar una posible instauración en Somalia de una República Islámica fundada en la sharía, con pretensiones expansionistas a sus propias provincias orientales Ogaden y Oromo, pobladas de musulmanes. En su lucha contra los islamistas, el ejército etíope se ha beneficiado de la tecnología americana, particularmente de los medios de reconocimiento aéreos y de escucha por satélite.

Pero el expansionismo islamista no sólo inquieta a Adís Abeba. Estados Unidos ve en los Tribunales Islámicos células de Al Qaeda y cree que tienen en su seno a los responsables de los atentados cometidos contra sus embajadas en Tanzania y Kenia en 1998.

Aliado tradicional de Meles Zenawi e importante socio de Kenia, Washington se ha implicado en la persecución de los islamistas. Después de mantener su armada frente a las costas soma-líes para impedir que los islamistas huyeran por mar, el ejército americano llevó a cabo ataques aéreos en el sur del país contra dos pequeñas aldeas, Badel y Aayo, en donde unos presuntos miembros de Al Qaeda se habrían escondido. Entre ellos habría tres "agentes operacionales": el comorense Fazul Abdallah Mohamed, el keniano Saleh Ali Saleh Nabhan y el sudanés Abu Talha al-Sudani, sospechoso de haber participado en los atentados contra las embajadas americanas en Kenia y Tanzania en 1998. El portavoz del Gobierno somalí, Abdirahman Dinari, declaró que "la intervención de los americanos tuvo lugar a petición de las autoridades de transición para proteger los espacios aéreos y marítimos". El presidente Abdallah declaró, por su parte, que los americanos tenían el derecho de perseguir a los miembros de Al Qaeda, estén donde estén.

 
 

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