|
“Pido en nombre de mi país
y de los diputados del Parlamento de transición que la
comunidad internacional haga oír su voz ante esta agresión
ilegítima e injustificada de Somalia". Así
se expresó Sharif Salah Mohamed Ali, parlamentario somalí,
el 9 de enero tras el segundo bombardeo americano, autorizado
por el Gobierno de transición. El ataque de la aviación
americana había causado la muerte de 84 civiles y destruido
varias casas. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se
declaró preocupado por estos ataques, temiendo que provocasen
una escalada de hostilidades en la región. Desde Bruselas,
la Comisión Europea criticó estos bombardeos, que
“no ayudan para nada a mejorar la situación a largo
plazo”.
El Gobierno de transición
habla de diálogo y de reconciliación, al mismo tiempo
que exige el desarme de todas las milicias. El 9 de enero, Abdirahman
Dinari, portavoz del Gobierno federal somalí de transición,
declaró: “Tenemos las puertas abiertas. Si los Tribunales
Islámicos abandonan las armas, estamos dispuestos a recibirlos
y entablar un diálogo para la formación de un Gobierno
de unidad nacional. Pero antes, deben poner fin a los ataques
contra nuestras fuerzas”. Por su parte, los islamistas,
a través de uno de sus portavoces, Ibrahim Hassan Adow,
se han declarado dispuestos a dialogar con el Gobierno somalí.
Pero la reconciliación
se anuncia difícil, más bien ha tenido un mal comienzo.
A la profunda división entre el Parlamento y el Gobierno,
se añade el hecho de que centenares de milicianos llegados
de Puntland y miembros del sub-clan majerteen, al que pertenece
el presidente Abdallah Youssouf, han entrado en Mogadiscio con
la esperanza, según ellos, de rehabilitar la autoridad
de los darods contra la hegemonía de los hawiye.
A LA ESPERA DE UNA FUERZA
DE PAZ
Desde los primeros momentos de
la intervención somalo-etíope, la Unión Africana
(UA) apeló a la retirada de las tropas etíopes de
Somalia y el cese inmediato de los combates. Asimismo, el presidente
de su Comisión, Alpha Oumar Konaré, pidió
la aplicación de la resolución 1725 del Consejo
de Seguridad de la ONU, adoptada el pasado 6 de diciembre, y que
autoriza la creación de una fuerza africana de paz, denominada
IGASOM. Este llamamiento fue retomado por las autoridades somalíes
de transición, Etiopía y el Grupo Internacional
de Contacto para Somalia durante una reunión que se celebró
el 5 de enero en Nairobi, la capital de Kenia. Aprovechando este
encuentro, el presidente somalí, Abdallah Youssouf Ahmed,
pidió también una asistencia financiera y técnica,
así como ayuda humanitaria para la reconstrucción
de su país.
Estados Unidos, que forma parte
del Grupo de Contacto junto con la Unión Europea, la UA,
la Liga Árabe, la Autoridad Intergubernamental de Desarrollo
(IGAD),Gran Bretaña, Italia, Noruega, Suecia y Tanzania,
ha anunciado una ayuda urgente de 16 millones de dólares.
Washington ha prometido también 24 millones de dólares
adicionales, de los cuales 14 millones irán destinados
a la fuerza de paz. La secretaria de Estado adjunta estadounidense
encargada de asuntos africanos, Jendayi Frazer, se reunió
en enero con el presidente del Parlamento somalí, Sherif
Hassan Sheikh Aden y el Primer ministro etíope Meles Zenawi.
Jendayi Frazer ha sugerido el diálogo entre las distintas
partes somalíes, sobre todo los jefes religiosos.
Sudáfrica y Nigeria aún
no se han decidido a participar en la fuerza de paz. El recuerdo
del fracaso de las operaciones americanas Restaurar la Esperanza
en 1992, Halcón Negro en 1993 y la salida de la ONUSOM,
la misión de la ONU en Somalia, bajo el fuego de los jefes
de guerra en 1995, sigue vivo. Por el momento, sólo Etiopía
y Uganda se han mostrado dispuestos a enviar tropas. Sin embargo,
aún queda por saber la composición de esta fuerza
que podría tener 8.000 soldados y cuándo será
operativa. Mientras tanto, las tropas etíopes se encargan
de mantener el orden en el país para evitar el regreso
de los islamistas y sobre todo el de los “señores
de la guerra”, que podrían reaparecer en Somalia
en caso de no emprender rápidamente una acción de
envergadura.
Hay mucha inseguridad en el país,
sobre todo en Mogadiscio. Ante esta situación, el Gobierno
ha creado un Comité de seguridad en el que están
representados el Parlamento, la sociedad civil, los empresarios
y el ejército. “Sólo disponemos de 600 policías
en todo el país, mientras hacen falta por lo menos 8.000
agentes sólo para Mogadiscio”, se ha quejado el Viceprimer
ministro Hussein Mohamed Aidid. Ni la oferta de amnistía,
ni el ultimátum de desarme por la fuerza en tres días
han conseguido vaciar Mogadiscio de armas.
MOLESTA PRESENCIA ETÍOPE
Mientras
se espera el despliegue de una fuerza internacional, el sentimiento,
muy vivo, de los somalíes de estar bajo una ocupación
extranjera va creciendo. Sobre todo después de las declaraciones
del Viceprimer ministro Mohamed Hussein Aidid, quien afirmó
que le gustaría ver a Somalia y Etiopía unidas con
un mismo pasaporte y una misma moneda. Algunos ven la presencia
de las tropas etíopes en el país como el signo de
una nueva era colonial. No en vano Mogadiscio está controlada
por unos 1.500 soldados etíopes, los verdaderos vencedores
de la guerra contra los islamistas que, aunque están militarmente
aniquilados, mantienen células durmientes en la capital.
Según el diputado Jama Ali Jama, ex presidente de la región
de Puntland, más que ayudar al Gobierno somalí de
transición, la presencia de los soldados etíopes
se debe a que Meles Zenawi busca a través de Somalia una
salida al mar, después de perder la de Eritrea.
Pero para el jefe de Estado somalí,
lejos de ser un ocupante, el ejército etíope ha
“iniciado el proceso de despliegue de una fuerza regional
de paz, a la cual podrían unirse otros países afectados
por la inestabilidad de Somalia”. Abdallah Youssouf ha declarado
también:“Los etíopes no están aquí
como conquistadores. Hemos solicitado su ayuda ante el peligro
que representaban los islamistas”.
No obstante, el odio contra los
etíopes no deja de crecer. El 5 de enero, Ayman al-Zawahiri,
el número 2 de Al Qaeda, llamó a los somalíes
a realizar atentados suicidas contra las tropas etíopes.
Dos días después, los milicianos islámicos
tendían una emboscada a soldados etíopes y militares
gubernamentales. Una niña murió en el tiroteo entre
los dos bandos tras ser alcanzada por una bala. El día
8 ocho personas (4 sudaneses, 3 indios y un somalí) fueron
detenidas en el aeropuerto de Mogadiscio, sospechosas de estar
vinculadas con los incidentes de la víspera. El día
9 se registraban unos intensos combates en Ras Kaamboni, cerca
de la frontera con Kenia, entre los milicianos de los Tribunales
Islámicos y las tropas somalo-etíopes. En la zona,
se habrían replegado los “irreductibles” islamistas,
derrotados semanas atrás.
Consciente de que sus tropas
no pueden eternizarse en el atolladero somalí, Adís
Abeba anunció la retirada de sus tropas para dentro de
unas semanas, que podrían ser meses. Pero, en contra de
los llamamientos a marcharse del país, el presidente Abdallah
ha pedido a Etiopía que entrene a las fuerzas armadas somalíes;
invitación que el Primer ministro etíope, Meles
Zenawi, ha aceptado.
GUERRA POR DELEGACIÓN
Muchos observadores consideran
que el conflicto de Somalia debe ser interpretado como una guerra
por “delegación” entre Eritrea y Etiopía:
la primera es la aliada de los Tribunales Islámicos, mientras
que la segunda apoya al Gobierno del presidente Abdallah Youssouf,
obedeciendo las órdenes de Washington. "El único
responsable de esta dolorosa acción, que ha humillado y
vilipendiado al pueblo somalí es Estados Unidos, y Etiopía
actúa en nombre de Washington", declaró el
parlamentario Sharif Salah Mohamed Ali.
Eritrea apoya a los islamistas,
no por afinidad religiosa, sino porque ve en ellos a unos aliados
estratégicos en su rivalidad con Etiopía sobre su
frontera común. Meles Zenawi se ha mantenido en el poder
en contra de las expectativas de Asmara que ha denigrado a Adís
Abeba y enviado sus tropas en ayuda de los movimientos rebeldes
etíopes, el Frente de Liberación Oromo y el Frente
Nacional de Liberación de Ogaden. Ambos grupos, que reivindican
la independencia de Oromo y Ogaden, dos regiones de mayoría
musulmana, tienen a su vez el apoyo de los islamistas somalíes
en su lucha contra Adís Abeba. En los primeros momentos
de la ofensiva somalo-etíope, se habló de detenciones,
al lado de los milicianos islamistas, de algunos combatientes
etíopes y eritreos. Asmara aplica la máxima según
la cual “los enemigos de mi enemigo son mis amigos”.
Si los islamistas somalíes,
los rebeldes etíopes y Eritrea comparten la misma hostilidad
contra Estados Unidos y Etiopía, estos últimos no
carecen de justificación para llevar a cabo su campaña
militar en Somalia.
La ofensiva americano-etíope
ha de verse bajo dos ángulos: Etiopía intenta frenar
una posible instauración en Somalia de una República
Islámica fundada en la sharía, con pretensiones
expansionistas a sus propias provincias orientales Ogaden y Oromo,
pobladas de musulmanes. En su lucha contra los islamistas, el
ejército etíope se ha beneficiado de la tecnología
americana, particularmente de los medios de reconocimiento aéreos
y de escucha por satélite.
Pero el expansionismo islamista
no sólo inquieta a Adís Abeba. Estados Unidos ve
en los Tribunales Islámicos células de Al Qaeda
y cree que tienen en su seno a los responsables de los atentados
cometidos contra sus embajadas en Tanzania y Kenia en 1998.
Aliado tradicional de Meles Zenawi
e importante socio de Kenia, Washington se ha implicado en la
persecución de los islamistas. Después de mantener
su armada frente a las costas soma-líes para impedir que
los islamistas huyeran por mar, el ejército americano llevó
a cabo ataques aéreos en el sur del país contra
dos pequeñas aldeas, Badel y Aayo, en donde unos presuntos
miembros de Al Qaeda se habrían escondido. Entre ellos
habría tres "agentes operacionales": el comorense
Fazul Abdallah Mohamed, el keniano Saleh Ali Saleh Nabhan y el
sudanés Abu Talha al-Sudani, sospechoso de haber participado
en los atentados contra las embajadas americanas en Kenia y Tanzania
en 1998. El portavoz del Gobierno somalí, Abdirahman Dinari,
declaró que "la intervención de los americanos
tuvo lugar a petición de las autoridades de transición
para proteger los espacios aéreos y marítimos".
El presidente Abdallah declaró, por su parte, que los americanos
tenían el derecho de perseguir a los miembros de Al Qaeda,
estén donde estén.
|