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Los acuerdos anunciados tras la cumbre del G8 que se celebró en la ciudad alemana de Heiligendamm, el pasado mes de junio, han dejado un cierto sabor agridulce. Los 60.000 millones de dólares que serán destinados para combatir el sida, la tuberculosis y la malaria parecen, a primera vista, una ayuda generosa; pero analizada en profundidad, se ve claramente que no es lo que en realidad parece. Para las organizaciones humanitarias, esa ayuda ni es nueva, ni es suficiente, sino que se trata de las ayudas que ya se habían prometido con anterioridad pero presentadas de manera diferente. Según Max Lawson, responsable de incidencia política de Oxfam Internacional, “en vez de cumplir sus promesas, el G8 intentó presentar una cifra impresionante que correspondiese al menor incremento posible de la ayuda. Los 60.000 millones de dólares de ayuda para proyectos en el área de la salud y la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria representan, como mucho, 3.000 millones de dólares de ayuda adicional hasta 2010. Esto es positivo, pero queda 27.000 millones por debajo de lo que el G8 había prometido en 2005”. Para Oxfam, la ayuda real sólo se ha incrementado en 23.000 millones de dólares, cifra muy inferior a los 50.000 millones prometidos en 2005 en la cumbre de Gleneagles (Escocia).
Otro elemento preocupante es la ambigüedad de los compromisos adquiridos por el G8 sobre las normas de propiedad intelectual con respecto a los medicamentos. Los representantes de los países más ricos del mundo se han comprometido a introducir un cierto número de cláusulas de excepción en dichas reglas por motivos de salud pública, pero al mismo tiempo han propuesto un nuevo marco de trabajo con las economías emergentes para negociar reglas más estrictas. Ello puede suponer que los denominados medicamentos genéricos queden fuera del alcance de los países pobres, que son quienes más necesidad tienen de ellos.
Pero ha habido también aspectos positivos. Los líderes del G8 han decidido sumarse al proceso de Naciones Unidas para luchar contra el cambio climático a partir de 2012. Ello supondrá que los países más pobres, especialmente los de África, que son los que sufrirán de manera particular los efectos negativos, podrán participar directamente en las discusiones y en la búsqueda de soluciones, lo cual es de alabar. Por otra parte, la cumbre incluyó un encuentro con el llamado G5, formado por los países emergentes (México, Brasil, Sudáfrica, India y China), que son considerados desde ahora como invitados permanentes a este tipo de encuentros. En la cumbre de Heiligendamm también estuvieron presentes los jefes de Estado de cinco países africanos: Egipto, Argelia, Nigeria, Senegal y Sudáfrica, así como el presidente de la Unión Africana, Alpha Oumar Konaré, y el primer Ministro de Etiopía, Meles Zenawi, en representación del NEPAD (siglas inglesas de Nueva Alianza para el Desarrollo de África).
Incluir a los países del Sur en cualquier tipo de negociación para erradicar la pobreza del mundo es una condición indispensable para que se pueda alcanzar ese objetivo. Su presencia en la cumbre del G8 es ya un gran paso. Falta otro, el más importante: cumplir lo prometido.
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