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KENIA:
Flores envenenadas
 
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Las plantaciones de flores para exportación
utilizan productos químicos peligrosos para la salud

Naivasha es una pequeña ciudad de Kenia situada en el centro de varias plantaciones de flores para exportación, donde los empleados trabajan en condiciones precarias y arriesgadas, debido al uso de productos tóxicos. Joseph Mwaura, un habitante de Karagita, de 32 años y padre de tres hijos, describe así Naivasha: “Más allá de la floración, el dulce olor y el hermoso paisaje, este espacio representa el lado sucio del capitalismo”. Las duras condiciones de los trabajadores de las plantaciones de flores son muy difíciles y, algunas veces, inhumanas. En 2002, la Comisión de Derechos Humanos de Kenia (KHRC) condenó las “explosivas condiciones laborales de los trabajadores” en la industria de las flores en Kenia.

Sólo en Naivasha hay más de 50 plantaciones. Según las estadísticas de Kenya Flowers Council (KFC), el sector emplea directamente a más de 100.000 personas e indirectamente a otros dos millones. Pero mientras las empresas obtienen ingresos millonarios, sus trabajadores tienen un destino desalentador. “Es la desesperación nacida de la extrema pobreza la que hace que trabajemos en estas plantaciones”, explica Mwaura.

Pensemos también en el caso de Albert Wanyama, de 23 años. Cuando aterrizó en Naivasha desde su Bungoma natal era un chico más, que no podía continuar su educación por falta de recursos económicos. “Después de estar dos años en casa sin hacer nada, decidí buscar un trabajo temporal”, dice. Nueve meses más tarde, su piel sufrió un sarpullido y, a pesar de medicarse, no se curó. Más tarde, supo que estuvo expuesto a uno de los productos tóxicos usados en las plantaciones. “Muchas veces no puedo dormir porque me pica mucho la piel”, añade.

¿Qué ocurre realmente en estas plantaciones cerradas y bien protegidas? Primero, cuando uno va para pedir un trabajo temporal es sometido a un exhaustivo examen médico. Sorprendentemente, muchas de las que trabajan en las plantaciones son mujeres. “Son preferidas porque ellas raramente causan problemas”, dice Mwaura, al añadir que a causa de su debilidad ellas son fáciles de poner y quitar, con el consiguiente riesgo de explotación sexual.

Además de trabajar en condiciones arriesgadas donde están en contacto con productos químicos peligrosos, los empleados temporales trabajan muchas horas y reciben un sueldo escaso, lejos del salario mínimo fijado por el Gobierno. Trabajar en una plantación es una delicada tarea porque a menudo las plantas exigen un cuidadoso trabajo manual. Para los trabajadores que tratan productos químicos, la situación es incluso más compleja y alto el riesgo de exposición. Aunque hoy las plantaciones proporcionan equipos de protección, la mayor parte de los trabajadores han abandonado la escuela y raramente entienden las instrucciones. Además, en la mayoría de las empresas el equipo es facilitado sólo un cierto tiempo.

El trabajador se expone a estos productos químicos hasta el punto de que su vida se altera drásticamente –con consecuencias en la pérdida de visión, caída de la piel e incluso, a veces, infertilidad o impotencia–; sin embargo, los responsables de las plantaciones evitan asumir responsabilidades. En el mejor de los casos, alguien enviará a la víctima a sus dispensarios. En el peor –y esto ocurre a menudo–, es despedido.

Aunque la Constitución keniana permite a los trabajadores sindicarse, para los trabajadores de las plantaciones esto es tabú y razón suficiente para ser despedido inmediatamente.

Joyce Wandia, que trabaja en la poda de las flores, afirma que tuvo que abortar al haber estado expuesta a los productos químicos. “Nos obligaban a podar las flores nueve horas después de haberlas fumigado”, indica. Preguntada por qué nunca informó a su jefe sobre su condición, ella contesta con pena: “Si hubiera dicho que estaba embarazada, me hubieran despedido inmediatamente”,  mientras añade que en la plantación donde ella trabaja está prohibido quedarse embarazada.

P. Renato Kizito

 
 

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