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El día 13, a las 10 de la mañana, comenzó la Eucaristía de apertura de la V Conferencia. Fue presidida por Benedicto XVI y concelebrada por centenares de obispos y sacerdotes. En la celebración, realizada al aire libre y bajo un sol caliente, participaron unas 200.000 personas, llenas de alegría y entusiasmo, procedentes de Brasil y de todo el continente.
En la homilía, el Papa convocó a todos los latinoamericanos a una nueva evangelización y dijo que la Iglesia “no hace proselitismo”. Recordó que el cristianismo llegó a América hace cinco siglos”. Asimismo, manifestó que el “rico tesoro” del continente latinoamericano es la fe en Dios. Y añadió, en medio de los aplausos de la gente: “Ésta es la fe que hizo de Latinoamérica el continente de la esperanza. No es una ideología política, ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico. Es la fe en Dios amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo”.
Por la tarde, se realizó la sesión inaugural de la reunión de los obispos. Benedicto XVI, muy contento, pronunció un largo y profundo discurso que sirvió de guía para el trabajo de reflexión en Aparecida.
DISCÍPULOS Y MISIONEROS
Al pronunciar su mensaje ante los 266 participantes en la Asamblea –162 miembros, entre cardenales y obispos, con derecho a voz y voto; más 81 invitados, 8 observadores y 15 peritos, con derecho sólo a voz–, el Papa manifestó el deseo de que la V Conferencia sea el inicio de una nueva etapa misionera para la historia de la evangelización del continente de la esperanza y del amor.
En América viven alrededor de 809 millones de personas, de las cuales aproximadamente el 63 por ciento son católicos. ¿Qué es lo que los creyentes de América Latina y el Caribe puede ofrecer hoy a la misión de la Iglesia, tanto “ad intra” de las fronteras como en otros continentes? Benedicto XVI refirió que todos los bautizados del continente están llamados a ser discípulos y misioneros. Aunque no acentuó la misión “ad gentes”, enfatizó que la fe es, necesariamente, comunión con los otros, liberándonos del aislamiento del yo, motivando con su mensaje la búsqueda de una experiencia de fe que trasciende el intimismo, el individualismo religioso, el abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo. Y recordó que la evangelización ha ido siempre unida a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana: “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”.
VIDA EN ABUNDANCIA PARA TODOS
En las Conferencias Generales anteriores –Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992)– los obispos maduraron la identidad y el magisterio latinoamericano, actualizando y adaptando las novedades del Concilio Vaticano II a las realidades de pobreza y dependencia que vivían los pueblos del continente. En Puebla se asumió la “opción preferencial por los pobres” como característica pastoral de la Iglesia.
Actualmente, más de la mitad de los latinoamericanos viven en la pobreza. La gran contradicción es que siendo América Latina mayoritariamente católica, todavía no ha sido capaz de superar la enorme desigualdad entre ricos y pobres. Más aún, la brecha entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco es cada vez más grande. Existen otros flagelos en los países del subcontinente: desempleo y subempleo, corrupción, narcotráfico, precariedad en la salud y la educación, consumo de drogas, violencia familiar y social... Benedicto XVI subrayó otras realidades: la globalización corre “el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo”; la evolución hacia la democracia, pero el peligro latente del autoritarismo; la economía neoliberal que ocasiona que “sigan aumentando los sectores sociales que se ven probados cada vez más por una enorme pobreza o incluso expoliados de sus bienes naturales”. También se refirió a la situación de la fe, más madura en muchos laicos, pero debilitada en la sociedad.
Ante la situación de pobreza, injusticia y exclusión que viven muchos de los pueblos latinoamericanos, el Papa señaló que “tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de la violencia. Para estos pueblos, sus pastores han de fomentar una cultura de la vida que permita, como decía mi predecesor Pablo VI, ‘pasar de la miseria a la posesión de lo necesario’…”, dijo citando la Populorum Progressio.
Y mientras hablaba de la primacía de la fe en Cristo, Benedicto XVI dijo a los obispos y a todos los católicos de América Latina y el Caribe que “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”. Después, lanzó una pregunta importante: “¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria?”. Y subrayó que “en este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”. “La Iglesia tiene que ser abogada de la justicia y de los pobres”, reiteró.
El obispo de Roma no mencionó los rostros concretos de los pobres del continente, pero al final de su mensaje, a manera de oración, pidió a Dios que se quede con los más vulnerables de la sociedad, con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios de apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad.
GRAN MISIÓN CONTINENTAL
La Conferencia de Aparecida se realizó en un momento oportuno para que la Iglesia que peregrina en Latinoamérica se posicione ante la realidad histórica de un continente en profunda y rápida transformación. Como dijo el cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, Honduras, se busca que la reunión de obispos promueva una conversión pastoral, a partir de un nuevo modelo de acción eclesial –que requiere una auténtica antropología cristiana– y permita a los católicos dialogar e interactuar con las distintas visiones del mundo.
Y en sintonía con las anteriores Conferencias, con la praxis eclesial y la reflexión teológica hechas en Latinoamérica, se espera que este acontecimiento, al que se seguirá una “gran misión continental”, revitalice el caminar eclesial y origine un profundo vigor misionero dentro y fuera de las fronteras americanas.
"QUÉDATE CON NOSOTROS"
Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte.
Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y tú eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y tú los haces arder con la certeza de la Pascua.
Estamos cansados del camino, pero tú nos confortas en la fracción del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad tú has resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu resurrección.
Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: tú, que eres la Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.
Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son más vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad.
Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la riqueza de nuestro Continente, protégelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas. ¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!
Benedicto XVI
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