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DARFUR: un infierno evitable
La palabra guerra se queda corta para definir la situación de Darfur, porque lo que está sucediendo allí desde hace cuatro años es un verdadero genocidio. Los que han conseguido sobrevivir han cambiado su identidad: son desplazados a los numerosos campos de refugiados. Pero si Jartum y el mundo quieren, Darfur puede dejar de ser un infierno.
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Por Feliz da Costa Martins

Salam aleikum. Fue un saludo expresado en sólo dos palabras: un “buenos días” de alguien que tiene el corazón sofocado por la angustia. Por eso pasó en seguida al ritual de costumbre: la enumeración de preguntas y respuestas acumuladas y repetidas (sobre la vida, la salud, la familia), como hacen las personas de esta tierra cuando se cumplimentan. Pero, en verdad, traía más que la enumeración. Vino del frío de la noche y de las carreteras improvisadas en el desierto-sabana de Darfur. Le Invito a sentarse, pero no lo hace. Se queda de pie, con el turbante envolviéndole la cabeza y el rostro, lo que hace que apenas se le vean los ojos que me hablan de aflicción pero también de mucha esperanza de vivir. Se destapó el rostro y de su boca oí palabras de amargura.

“No podemos aguantar más. Ya hace mucho que nuestra gente quiere huir de esta tierra maldita. Las razias se han vuelto algo normal y frecuente. En cada hora que pasa hay vidas que ya no existen. Muchas aldeas han quedado arrasadas. No pocas veces estamos obligados a convivir con el fétido olor de los cuerpos que no siempre podemos sepultar. Ahora ya no hay ni lejos ni cerca: los yanyawid [milicias del Gobierno] viven a nuestro lado. Violan a nuestras mujeres e hijas. Roban nuestro ganado. Nuestra vida y nuestra muerte dependen solamente del placer de estos perversos sanguinarios”.

¿Qué hacer? ¿Pronunciar palabras de consuelo? ¿De simpatía? La mejor elección fue el silencio. Y poco después, concluyó: ”Mi nombre es Macur”. Hombre ya bien entrado en los cincuenta. Sultán, con gran experiencia de autoridad en la tribu dinca. Con la posición que ocupa en su comunidad, sabe que no puede llorar ni debe mostrar miedo. Sería su derrota. Pero Macur está en apuros. No quiere manifestar sus verdaderos sentimientos. Respira hondo para coger valor. El que le acompaña –el catequista Isac– se da cuenta y no le quiere dejar quedar en mal lugar. Con delicadeza y respeto por el sultán, toma la palabra y continúa el trágico discurso que, para mí, desgraciadamente, no es nuevo ni desconocido.

VOLVER A LA TIERRA

Muchos de los ciudadanos de la zona de Greida, en donde Isac es el catequista responsable, ya fueron atendidos y llevados al enorme campo de refugiados de esa área. “Si tenemos que huir, que sea en dirección a nuestra tierra, porque nosotros no somos de aquí y no tenemos nada que ver con los árabes”, dice Macur, ahora ya más tranquilo y sereno.

Estos dos hombres representan una lista sin fin de seres humanos que ya tienen mucho camino recorrido. La segunda guerra civil del país mató a dos millones de sus hermanos. Y a los que consiguieron sobrevivir, les cambió la identidad. Pasaron a ser desplazados o refugiados. Más de cinco millones. Errantes, sin tener donde caerse muertos. Algunos de ellos se encuentran aquí, en esta vasta región de Darfur, llevando una vida que no es vida. Han sido víctimas de atroces discriminaciones religiosas por parte de la población y las autoridades musulmanas. Finalmente, después de 23 años, llegó la tan esperada paz. Volver al Sur es, pues, el anhelo de quien había huido. Muy especialmente es la ansiedad de los que se encontraron en medio de esta masacre infernal de Darfur. Llamarle guerra es poco. Lo que desde hace cuatro años está sucediendo en esta zona del oeste de Sudán es un verdadero genocidio. Examino la expresión de Macur, que me invita a mirarlo de arriba abajo y dice con tristeza: “Pensábamos poder regresar con calma y solamente después de haber llenado nuestros huesos (engordado un poco), pero ahora es difícil incluso salvarlos”.

“SEÑORES” DE DARFUR

Estaba todo apalabrado con el catequista Isac. Iríamos a la ciudad y a las aldeas cercanas y lejanas. Era un viaje difícil y en vísperas de Navidad se volvió aún más peligroso. Aquí, en Nyala, se ha hablado mucho de muertes horrorosas, violaciones y pillaje. Seguíamos teniendo la esperanza de que se calmasen las cosas entre los boroboro (milicias de los rebeldes) y los yanyawid. La radio nacional continúa afirmando que hay paz y estabilidad en Darfur. ¡Son las escandalosas mentiras de costumbre! ¡Y qué decir de los Migs, que pasan incluso por encima de nuestras cabezas con un “estruendo” ensordecedor! La gente se preguntaba despavorida: ¿Quién estará hoy en el punto de mira? Hay aún otro factor: la imposibilidad de acceso al correo electrónico en estos días confirma (por la experiencia más probada) la gravedad de la situación.

“Con esa piel blanca no debes arriesgarte; te tomarían por americano, el peor enemigo actual para el Gobierno sudanés”, me dicen los compañeros de la misión. También Berta (de nacionalidad portuguesa, miembro de una organización humanitaria internacional que trabaja en la asistencia de refugiados en Darfur), que conoce bien la situación, nos ha disuadido de ese viaje. Se sugirió entonces que fuese el P. Jervas, sudanés. Al final, ni Feliz ni Jervas. Ni extranjero, ni sudanés. Ni piel blanca, ni piel negra. Nos obligaron a renunciar a la visita-safari a Greida. Con inmensa pena, porque los cristianos allí no celebraban la Eucaristía desde hace más de un año. Nosotros no podemos visitar Greida, pero los “Herodes de turno” pasean a la vista de todos. Ni siquiera disimulan su estrategia. Con un arma en la mano, orgullosos, altivos y solemnes como los camellos en que van montados. Son los “señores” de Darfur.

FRUTOS DE SOLIDARIDAD

Por fin, se acercaba el día. Se han alquilado seis gigantescos camiones para llevar a casi mil personas. Partirán mañana de madrugada. Macur había insistido para que evacuásemos de una vez a todo su clan (cerca de 5.000 personas). Pero, en realidad, sólo podemos atender los casos más graves y extremos: los pobres entre los más pobres, los que no consiguieron sobrevivir antes de la intervención de los servicios de la OIM (Organización Internacional de Migración).

Pasado mañana, antes de caer la noche, entrarán en la ciudad de Daen. Es lo que figura por escrito en la declaración que nos dio por duplicado el jefe de la compañía de transportes, después de recibir 14 millones de libras sudanesas (aproximadamente 49.000 euros). El sultán lo agradece. Por segunda vez le digo a quién va dirigido su gesto de agradecimiento. Ese dinero, de hecho, procede de bienhechores europeos y de otras partes del mundo que desea hacer a los demás.

De aquí hasta Daen –dos días de viaje– es sólo el principio. Después, quedamos bajo la responsabilidad del OIM, que llevará a cabo el gran safari. Será una caravana de varias decenas de vehículos. Rumbo al Sur. Los conductores están habituados al peligro de los viajes por el desierto y por la selva. Pero no prescinden del arma, que llevan siempre consigo.

COMENZAR DE NUEVO

Los huesos aún no engordaron, como había deseado Macur. Pero no hay tiempo que perder. Se ponen en camino, antes de que sea demasiado tarde. ¿Cuándo llegarán allí? El reloj y el calendario no les podrá servir de ayuda. Tampoco cuentan con reconocer su casa o los enseres que un día dejaron. Porque ya no existen. Todo comenzará de nuevo. En el punto cero. Creen, sin embargo, que es posible reconstruir la vida. Allá, donde hay paz. En Juba, Wau, Bahr el Gazal, Rumbek, Torit… La querida “patria” del Sur de Sudán.

Entretanto, el suelo que piso en este momento continúa siendo el palco de la muerte: y los campos de refugiados que se improvisan superan la centena. Si Jartun quisiese… si el mundo quisiese… la palabra “genocidio” no existiría en esta parte del globo. Pero también sé que hay mucha gente rezando y trabajando para traer de vuelta la felicidad que Dios soñó para estos hijos suyos. No queremos infierno en Darfur. ¡La Paz ha de vencer!

JOSEFINA BAKHITA: LA SANTA DE DARFUR

No me acuerdo del título. A juzgar por sus pocas páginas, era sólo un librito. El P. Policarpo –que estaba distribuyendo los libros de lectura espiritual a los seminaristas combonianos de Famaliçao– asintió. “Sí, lleva ése que es pequeño”. Habló así porque conocía mi poca afición por la lectura. Lo leí de un soplo. Al final, no fue un libro cualquiera. Hoy, casi medio siglo después, mi mente no deja de evocar ciertas imágenes que, en verdad, nunca morirán con el paso del tiempo. En el enmarañado de nombres extraños a la lengua portuguesa, con lugares y paisajes que alcanzaba sólo con la imaginación, había una niña llamada Bakhita, que fue raptada y hecha esclava cuando tenía siete u ocho años: forzada a caminar durante días y semanas, al fin fue expuesta en el mercado de esclavos para compra y venta, cambiando de dueño, como se hace con los animales.

En la primera oportunidad, se fugó junto con una esclava de la misma casa; no distinguían el norte del sur, pero no pararon; vencieron el miedo, el hambre, la sed, el cansancio y los animales salvajes, pero no escaparon a la red traicionera de un hombre que encontraron en el camino, prometiéndolas que las llevaría a casa de sus padres –las inocentes confiaron, pero la casa de sus padres resultó ser el mercado de esclavos, donde fueron vendidas–.

Una de las peores torturas para Bakhita fue el cruel y sádico tatuaje. Una verdadera operación a sangre fría cuyas cicatrices quedaron visibles en su cuerpo, para toda su vida. Fueron 114 incisiones de dibujos hechos a corte de puñal en el pecho, en el vientre y en el brazo derecho. Ella misma habló, en testimonio directo, con algunas personas amigas.

“Pensé que iba a morir de tanto dolor, especialmente cuando me restregaron con sal las heridas en carne viva. Literalmente bañada en mi sangre, me colocaron en una estera de paja, donde quedé varias horas, totalmente inconsciente. Cuando desperté, vi a mi lado a mis dos compañeras de destino que también terminaron siendo tatuadas. Durante más de un mes estuvimos condenadas a estar echadas, sin movernos, sin ni siquiera un paño para limpiar el pus y la sangre de las heridas. Puedo decir realmente que fue un milagro de Dios que yo no muriese, porque Él me tenía destinada para ‘cosas mejores’”.

Pero el día de la libertad tendría que llegar. Pocos años después, una alegría indecible por su gran fiesta-celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, confirmación y Eucaristía) hizo, en libertad total, la opción verdadera de su vida. Y escogió, de nuevo, ser esclava. Pero su nuevo dueño –el Señor– no andaba con el látigo en la mano, como sus antiguos dueños esclavistas. Su nuevo Señor se llamaba Jesucristo, Aquel que murió y resucitó para ofrecerle la verdadera libertad y salvación. Es Él quien le da fuerza, valor y alegría para seguirlo y hacer su voluntad, entrando en la Congregación de las Hermanas Canosianas. Fue la primera sudanesa en ser canonizada. A ella se juntó Daniel Comboni, el gigante misionero del África Central, a quien la Iglesia de este país llama, con gratitud, su padre en la fe.

Lejos estaba yo de pensar que un día vendría a conocer tan de cerca la realidad de Bakhita en su propia tierra, aquí mismo en los alrededores de la pequeña ciudad de Nyala. Su aldea natal dista 20 kilómetros de la misión católica. Se llama Algoznei (duna) y está habitada por ciudadanos de la tribu daju. Son todos de religión musulmana, pero no es raro oírles expresiones de alegría y orgullo por “la santa cristiana darfuriana”.

Al contar su historia, la pequeña darfuriana habla de dos hombres que desde los primeros momentos la amenazaron: “Tu nombre, de aquí en adelante, es Bakhita”. Esta estrategia, por parte de los comerciantes de esclavos, era uso común y tenía sin duda una lógica. La intención era llevar a la víctima a olvidar sus raíces y el ambiente de la propia familia. Era un triunfo más en la mano de los raptores: quien da el nombre a alguien, se vuelve su dueño. Pero esto no sucedió con la niña de Algoznei. Sin embargo, había olvidado mucho (¿por el choque del miedo y la angustia?) su verdadero nombre de origen. A pesar de todo, el nombre de Bakhita (en árabe significa afortunada) le hizo mucho bien. No se cansa de afirmar que Dios –su mayor fortuna– nunca la abandonó. Es lo que la santa de Darfur quiere compartir con nosotros haciéndonos también “afortunados”.

 
 

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