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La presencia de los inmigrantes
en nuestro país es una realidad evidente que no deja indiferente
a nadie. Con este dato justificó el director de Mundo Negro,
P. Ismael Piñón, que la revista misional africana
dedicara este año el Encuentro de Antropología y
Misión a plantear el reto que los inmigrantes presentan
a la Iglesia. “La inmigración era el tema más
adecuado no sólo por su actualidad, sino porque creemos
que, como Iglesia que somos, estamos llamados a dar una respuesta
a esta cuestión”, señaló el misionero
comboniano.
Sin duda, la persona más
cualificada para abordar esta delicada cuestión era el
obispo de Sigüenza-Guadalajara, Mons. José Sánchez,
que, en calidad de presidente de la Comisión Episcopal
de Migraciones, tuvo la primera ponencia. “La inmigración
no es un problema sino una oportunidad”, dijo el prelado,
al recordar que la Iglesia tiene que ser pionera y no quedarse
atrás en la acogida, respeto, aprecio y promoción
de los inmigrantes. Mons. Sánchez comentó que el
fenómeno de la inmigración supone una oportunidad
para la misión, la catolicidad y el ecumenismo. También
destacó que la Iglesia hace mucho por los inmigrantes en
sus países, gracias al trabajo de los misioneros, y propuso
“afrontar la inmigración en origen y en sus causas,
hacer lo posible para que no tengan que venir y crear ámbitos
de fraternidad aquí”.
En torno a la inmigración
se difunden con celeridad mitos que son difíciles de cambiar
y que hacen mucho daño a la integración y la convivencia.
Para atacar los falsos estereotipos que sobre los emigrantes circulan
en la sociedad, especialmente en el ámbito laboral, es
necesario unir los instrumentos técnicos a las herramientas
misioneras. De este aspecto se encargó Conchi Carrasco,
profesora de Economía en la Universidad de Alcalá
de Henares (Madrid), que abordó el impacto económico
y social de la inmigración en el mundo del trabajo. Para
superar las incongruencias que se dan en el mercado laboral en
relación con los inmigrantes, Conchi Carrasco vinculó
lo económico y lo social y por ello propuso “hacer
todo lo posible para que se produzca una rápida integración”.
También defendió “que nos admiremos de lo
nuevo, lo diferente, el mestizaje, la diversidad y la interculturalidad”,
porque, en su opinión, “la tolerancia tiene que ser
superada por el respeto, y el respeto por la admiración”.
INTEGRACIÓN SOCIAL
Los
participantes tuvieron ocasión de descender al terreno
de lo concreto al asistir a los testimonios de los que trabajan
en la acogida e integración de los inmigrantes. En este
sentido, el misionero comboniano Conrado Franco presentó
el Plan de atención pastoral y social al inmigrante de
la diócesis de Valencia, aprobado en 2005 e integrado en
Cáritas. “El inmigrante es también sujeto
de derechos religiosos, no sólo humanos, educativos y culturales”,
dijo el misionero, al explicar que el origen del plan pastoral
está en la formación de pequeñas comunidades
cristianas de emigrantes en las parroquias, auténtico camino
y escuela de integración, de renovación y de riqueza
para la Iglesia y la sociedad.
Por su parte, el religioso mercedario
Antonio Freijo, director de Karibu, se refirió a la inmigración
como fuente de riqueza, agente de desarrollo y motor de la economía
para los países de origen. “Una de las posibilidades
para que África salga adelante está en la propia
emigración, no en la ayuda que ha conducido a la deuda
externa que esclaviza; la emigración es la esperanza de
los países africanos, pues desde la base se transforma
la vida social de los emigrantes”, indicó Freijo.
También denunció el trato desigual que reciben en
la sociedad española los africanos, en relación
con otros colectivos de emigrantes.
La voz africana del encuentro
fue la del emigrante camerunés Jules Daniel Pegang Ngongo,
que llegó a España después atravesar Nigeria,
Níger, Libia y Argelia, y saltar cuatro veces la valla
que separa la frontera hispano-marroquí en Melilla, donde
permaneció a la espera más de un año. Con
su carga de sufrimiento y su experiencia de dolor, Pegang Ngongo
dejó claro que “llegamos ilegalmente porque es la
única solución para poder huir de la pobreza y de
la muerte”. En Madrid, donde reside desde hace un año,
está escribiendo un libro para disuadir al emigrante ilegal:
“Piensan que cogemos dinero del suelo, creen que Europa
es el paraíso”. Según su testimonio, “la
inmigración es fuente de desarrollo si es legal, de lo
contrario hay muchos problemas de integración”. Para
evitar la ilegalidad, propuso la libre circulación por
los países africanos y, como solución a la pobreza
del continente, “dar muchas ayudas a las organizaciones
para poder ayudar a los que están allí”.
Fuera ya de la mesa redonda,
que contó con la intervención de los tres últimos
participantes citados, también Inmaculada Gala habló
de su trabajo con las inmigrantes subsaharianas que ejercen la
prostitución en El Puerto de Santa María (Cádiz),
desde su triple condición de cristiana, religiosa de las
Carmelitas de la Caridad de Vedruna y miembro de la Asociación
Pro Derechos Humanos de Andalucía. Inmaculada echó
una doble mirada a la realidad que le toca vivir y acompañar
de cerca: desde la sociedad trasmisora de pensamientos e ideologías
que marginan, y a partir de la actuación de Jesús
en contextos de exclusión, pobreza y vulnerabilidad. “Se
asocia la prostitución con la inmigración, la mafia
y la marginación, un dato que todavía se agrava
más cuando se trata de una mujer, inmigrante, joven y prostituta”,
indicó la religiosa. Frente a esta actitud acusadora y
manipuladora, recordó que Jesús presenta en el Evangelio
una mirada acogedora, amable y esperanzada.
CON AMOR Y HUMOR
Sin dejar la costa gaditana,
los asistentes pudieron disfrutar con el testimonio del trabajo
en Algeciras del Hno. Isidoro Macías, protagonista del
encuentro de este año al recibir el Premio Mundo Negro
a la Fraternidad, de manos del superior provincial de los Combonianos
en España, P. Laureano Rojo. Con el galardón, la
revista ha querido reconocer su ingente obra de solidaridad con
los emigrantes africanos, destacar su compromiso con los más
desfavorecidos y ponerlo como ejemplo de amor cristiano.
Los medios de comunicación
“bautizaron” a este religioso de los Hermanos de la
Cruz Blanca con el sobrenombre de “Padre Pateras”,
por su acogida a las inmigrantes subsaharianas que cruzaban el
Estrecho en pateras con su hijo en el vientre o en brazos. Algunas
perecieron en el intento, pero las más afortunadas llegaron
a las playas de Tarifa en las avalanchas del año 2000,
que pillaron por sorpresa a la Administración. Exhaustas
por el esfuerzo sobrehumano y las condiciones adversas, en la
costa eran recogidas por efectivos de la Guardia Civil y miembros
de la Cruz Roja para después ser entregadas al “Padre
Pateras”. Al recibir el premio, el Hno. Isidoro evocó
numerosas anécdotas, llenas de amor y de humor, con las
mujeres africanas, una labor que con menor intensidad todavía
continúa hoy, además de atender a ancianos solos
y sin recursos en una casa familiar.
El “Padre Pateras”
dijo que comenzó a hacer todo aquello al recordar las palabras
del Evangelio: “Fui forastero y me acogisteis”, “Amaos
los unos a los otros”. Sintió cómo Dios le
decía: “Toqué en la puerta y me abriste, aunque
no me conocías porque hablaba otra lengua, era de otra
religión y tenía costumbres diferentes”. Y
es que Dios, que a él le concedió el don de la mímica
para poder comunicarse con las mujeres acogidas, “es un
buen Padre que está con todos nosotros, ya seamos buenos,
malos o regulares”. De hecho, piensa que él no tiene
la exclusiva a la hora de acoger a las mujeres subsaharianas y
valora el papel de los voluntarios como algo “imprescindible”.
También considera que no todo es de color de rosa en el
trabajo con los inmigrantes y que se puede ser criticado por ello,
pero hay que “tener mucha vocación” y poner
la fe por encima de todo, porque “lo que Cristo quiere es
que le atendamos en el pobre” y “aunque no todos somos
cristianos, todos somos hermanos”.
Con esta llamada a la fraternidad,
la entrega y el servicio concluyó la intensa jornada del
primer día del encuentro, que fue clausurado el domingo,
4 de febrero, con la Eucaristía en solidaridad con los
inmigrantes. La celebración estuvo presidida por Antonio
Freijo y fue animada por el Coro de Karibu, formado por hombres
y mujeres africanas que en el ámbito de la capilla de los
Misioneros Combonianos dieron ritmo y pusieron color africano
a la celebración, hasta la edición del próximo
año.
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