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El P. Rafael Alamán
Martínez, misionero comboniano
turolense, acaba de llegar de Brasil. Su acento brasileño
deja traslucir sus más de dos décadas de presencia
misionera. La piel de su rostro y manos recuerdan el mestizaje
de su gente de Rondonia. Sus brazos y manos grandes acogieron
a miles y miles de personas llegadas de otras regiones en busca
de días mejores. Y sus pies dejaron huellas en esta tierra
prometida para muchas personas.En el Estado de Rondonia habitan
26 grupos étnicos, los
sin tierra, los buscadores de oro, los ganaderos, los madereros,
los agricultores de soja y el Ejército que forman un total
de un millón y medio de personas. Puerto Viejo es la capital
con sus 400.000 habitantes y con su río Madera navegable
hasta el Amazonas que es fuente de desarrollo por ser puerto
fluvial para toda la región.
Enclave amazónico
Desde este enclave amazónico,
bañado por multitud
de ríos, el P. Rafael comparte con nosotros su experiencia
misionera animada por el Espíritu Santo que da vida y
esperanza. De sus ojos, manos y corazón brotaban sentimientos
de entrega y de amor. Nos hablaba de la riqueza de la tierra
y de su gente, de la belleza y biodiversidad de sus florestas,
de las agresiones contra la naturaleza y sus transformaciones.
Comentaba, también, la llegada de colonos que al comienzo
eran sólo hombres y en la actualidad vienen con sus familias.
Escuchándole
brotaron de mis entrañas recuerdos
de mi estancia en el nordeste del Brasil. Todos los años
salían miles y miles de hombres de esta región
para trabajar en la selva amazónica. La mayor parte de
ellos no regresaban a sus casas de origen. Se quedaban por allí y
los que conseguían sobrevivir constituían nuevas
familias. Nuestra comunidad misionera animaba a las mujeres y
niños a vivir y trabajar con fe ante la ausencia del padre
y de los hermanos mayores.
Este llevar vida y esperanza y compartirla
con otras personas es parte de nuestro ser misionero. Cuántas
veces, y en circunstancia difíciles, he tenido que sacar
fuerza de mi debilidad para dar un poco de luz y esperanza a
comunidades nacientes, a labradores sin tierra, a personas concretas. ¿Quién
me daba esta fuerza? No hay duda, era el Espíritu Santo
que el Padre envió en el nombre de Jesús (Jn 14,
26).
El gozo de estar con la gente
El P. Rafael contaba que desde
su primera experiencia misionera fue marcado por el gozo de estar
con la gente y con las comunidades. Esta vivencia le acercaba
más al Señor. Sentía
que el Espíritu le daba fuerzas para ser fiel a Dios
(vocación misionera-consagrada), amar a la gente y trabajar
a pleno pulmón. Percibía, también, que
las comunidades caminaban animadas por el mismo Espíritu,
pues los misioneros van y vienen, salen y entran, y ellas continúan
su ritmo de crecimiento.
Al mismo tiempo, expresaba con alegría la manera en que
los cristianos se sentían Iglesia. Si preguntas en una
comunidad: ¿Quién es la Iglesia? La respuesta fulminante,
y como si de una coral se tratase, es “somos nosotros”.
Aun así, el trabajo en las comunidades es lento. Mucha
gente quiere adquirir las cosas rápidas y siente la atracción
de las sectas. Sin embargo, la labor del misionero, paciente
y oculta, está por detrás animando en las dificultades.
Señales significativas de esperanza y
de vida son los ministerios en las comunidades. Sus miembros
llevan adelante la liturgia, la catequesis y el compartir. Los
jóvenes
son catequistas, visitan a los ancianos y dan alegría
a la comunidad. El sacerdote anima en la fe, en la comunión
y en el trabajo gratuito; orienta encuentros de oración,
estudio y programación. Se enfatiza la formación
bíblica para orientar la Palabra de Dios en los cursos
bíblicos y dirigir bien las celebraciones litúrgicas.
El compromiso social es más para grupos pequeños
que hacen encuestas sobre la realidad y pequeñas reivindicaciones.
En el pasado era más fácil movilizar grupos mayores.
La
Iglesia ha estado y está presente en la realidad por
medio de las comunidades. La parroquia es una red de comunidades
considerando la sede como la comunidad madre. Los medios de comunicación
y las nuevas tecnologías van ocupando su espacio en algunos
ambientes de la evangelización. Todo esto son señales
que llevan vida y esperanza.
Por otro lado, la sociedad occidental
está viviendo un
cambio “epocal”. Se mueve en una realidad nueva y
poco definida. Los jóvenes coexisten como ciudadanos de
una sociedad compleja e indeterminada. Se vive al día
y con relaciones gratificantes. Existe cierto clima social de
vacío y de evaporación de la trascendencia. Se
anda con prisas y se cree en cualquier cosa. Al mismo tiempo,
como reacción a este pluralismo y relativismo aparecen,
también, tendencias fundamentalistas.
Ante esta realidad,
percibo que nuestro talante misionero tiene que llevar aire fresco
y revitalizador a todos los ambientes y realidades en que nos
movamos. Valorar las realidades que nos humanizan y, desde ellas,
abrir el horizonte que nos pone en contacto con la trascendencia:
con Dios. Jesucristo se encarnó en
la sociedad de su tiempo, amó a las personas hasta el
extremo y nos reveló la plenitud de la vida (Jn 10, 10).
Dios está presente y nos acompaña en la búsqueda
de la felicidad, también cuando nos equivocamos. Es compañero
de camino que nos abre los ojos y nos convida al encuentro con Él
como ya lo hizo con los discípulos de Emaús (Lc
24, 13-35).
Un nuevo Pentecostés
Si queremos tener
más vida, necesitamos un nuevo Pentecostés
(Hech 2, 1-4) para que el Espíritu Santo derrame sus dones
sobre nosotros (1Cor 12, 7-11). Hay que dejar los miedos de lado
y lanzarnos a lo nuevo que nace. El Espíritu Santo, animador
principal de la misión, de las comunidades y de los desafíos
socio-culturales nos acompaña, nos da esperanza y nos
impulsa a buscar nuevos modelos de vida. No estamos solos en
medio de los conflictos y de las adversidades.
Cuando nadie daba nada por África, Daniel
Comboni tuvo la osadía de organizar un Plan para su evangelización
y desarrollo. Quería que toda la Iglesia se comprometiese
en dar sus mejores hombres y mujeres para acudir al grito desgarrador
de los pueblos africanos. Sueño que se fue haciendo realidad
con mucha entrega y sufrimiento. Sin embargo, falta mucho por
hacer, tú puede sumarte a esta causa tan noble.
En la
despedida del P. Rafael, las comunidades querían
hacerle un regalo. Él dijo que no lo necesitaba. Entonces
le pidieron el nombre de su padre y hermanos para que les llevase
algunos obsequios. Estas manifestaciones de cariño fueron
colmadas con las tarjetas que le hicieron con pensamientos que él
había escrito y que son indicadores de vida y de esperanza: “El
camino para Dios pasa siempre por el prójimo. Es en la
comunidad donde encontramos los hermanos y hermanas para construir
el mundo que Dios quiere. Quien ama a Dios es fiel, comprometido
y trabajador en la mies del Señor”.
Encuentro personal con el Resucitado
Avistar caminos por donde
andar en la vida es motivo de verdadera alegría. El encuentro
personal con el Resucitado, reconociéndole
como nuestro Dios y Señor, nos introduce en un camino
que conduce necesariamente a la vida eterna (Jn 17, 3). Esto
exige, en nuestra cultura, una vivencia de fe más personalizada,
adulta, vivida en el seno de comunidades fraternas, en comunión
recíproca, abiertas a la sociedad en la que viven y
movilizadas para solucinar los problemas de la humanidad.
Ahora
bien, como se trata de llevar la luz del Resucitado al ambiente
en el que vives y te mueves, ¿puedes indicar
señales de vida y de esperanza? ¿Cómo estás
viviendo la acción del Espíritu Santo en tu vida? ¿Crees
en la fuerza de la comunidad? ¿Qué se puede hacer
con las nuevas tecnologías de la información?
No
olvides que en toda comunidad cristiana, animada por el Espíritu
Santo, está presente María, como lo estuvo en Pentecostés.
María, primer sagrario de Jesucristo, refuerza nuestro
aliento misionero.
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