Todos
estos pueblos, sin excepción alguna, carecen
de fe en un ser supremo, así como de toda forma de adoración
o de idolatría. Las tinieblas de su mente no están
iluminadas ni siquiera por un rayo de superstición.
Su inteligencia está tan estancada como las innumerables
ciénagas que pueblan su mísero mundo”.
Esta dura afirmación se puede leer en un informe que
el explorador británico Samuel Baker envió en
1866 a la Sociedad Etnológica de Londres. Los pueblos
a los que se refería eran las tribus nilóticas
en torno al Nilo Blanco, en el Sur de Sudán. Antropólogos
posteriores, más perspicaces, calificarían estas
tribus de “profundamente religiosas”. ¿Por
qué este error de visión en un hombre que, para
otros aspectos de la vida de aquellos pueblos, tenía
los ojos bien abiertos?
Me hago esta pregunta después de estar conviviendo un
año largo con los gumuz, una tribu perteneciente a la
misma esfera geográfica, religiosa y cultural de las
descritas por Baker. En efecto, los gumuz son también
nilóticos (pre-nilóticos para ser más
precisos) y habitan en torno al Nilo Azul, a ambos lados de
la frontera entre Etiopía y Sudán. ¿Hay
acaso alguna característica “invisible” de
la religión de estos pueblos a los ojos de un observador
distraído? Antes de responder a la pregunta, es necesario
describir, al menos de manera sumaria, quiénes son los
gumuz. Debo precisar que el artículo se centra sobre
los gumuz del norte del Nilo Azul, en la llamada zona de Metekel,
que son los que conservan más puras sus viejas tradiciones.
Los del sur del Nilo y los de Sudán presentan características
muy diferentes al haber convivido por largo tiempo con la cultura
cristiana o musulmana y haberla asimilado en buena medida.
Siempre la peor parte
El concepto que las tribus del altiplano etíope (amharas,
oromo, agaw...) tienen de los gumuz es siniestro; para ellos
se trata de gentes primitivas que se matan entre sí y
que asesinan a quienes se aventuran por sus tierras. Hay guías
de agencias turísticas o chóferes de camiones
que se niegan a pasar más allá de Chagni, la última
ciudad de la región amhara antes de descender hacia
las tierras de los que ellos llaman despectivamente “negros”.
Una lejana apariencia de verdad puede haber en algunos de estos
crasos prejuicios. En primer lugar, hay un hecho físico
innegable y es que los gumuz son muy negros en comparación
con los “rojos”, palabra con que se designa a los
etíopes del altiplano, de color mucho más claro
y de rasgos faciales más finos. La relación entre
ambos grupos ha sido y sigue siendo conflictiva, no excluyendo
episodios de sangre. Pero la peor parte no ha sido nunca para
los rojos, sino para los negros. La historia, hasta tiempos
muy recientes, es una historia de opresión y de marginación.
Las tierras habitadas por los gumuz eran el coto de caza para
los magnates del imperio etíope. Eran tierras cálidas,
con gran riqueza de animales salvajes. Las partidas de caza
incluían habitualmente la captura de esclavos. Una de
las grandes fuentes de autofinanciación del emperador
Menelik II (1889-1914) eran precisamente los esclavos capturados
entre los gumuz y otras tribus nilóticas a lo largo
de la frontera con Sudán.
Cesada la práctica abierta de la esclavitud hacia 1930,
continuó, sin embargo, la marginación y la presión
por la posesión de la tierra. Los rojos han ido apoderándose
progresivamente de las mejores tierras, sobre todo en las estivaciones
del altiplano, empujando a los gumuz hacia las zonas más
bajas y cálidas. En este proceso, contaban frecuentemente
con la colaboración de los mismos gumuz, dispuestos
a ceder sus tierras a los rojos a cambio de una participación
en la cosecha, puesto que su agricultura es muy rudimentaria
en comparación con la más progresiva de sus vecinos.
Esta historia de marginación ha marcado, sin duda, el
carácter de la gente. A primera vista, los gumuz son
hoscos y reservados, de sonrisa no inmediata, de saludo breve
y seco, de hospitalidad escueta, al menos si se les compara
con otros pueblos de Etiopía, incluidos los más
limítrofes. También los gumuz tienen sus prejuicios
sobre los rojos y sus historias que contar a propósito
de ellos. Las cuentan con el estilo irónico y socarrón
con que habitualmente el más débil se venga del
más fuerte.
El universo religioso : Dios
Los gumuz no tienen una práctica religiosa bien estructurada,
con lugares de culto, sacerdotes de profesión o vestiduras
rituales. Sí hay lugares preferenciales de culto, pero
no se trata de ningún edificio, sino el pie de un árbol
o de una montaña, el río... No hay sacerdotes
que accedan a este cargo mediante una preparación específica.
Son los ancianos o las personas más respetadas las que,
según las circunstancias, asumen el rol de ofrecer un
sacrificio o dirigir la oración. No hace falta que cambien
de atuendo ni tomen posturas particularmente hieráticas.
Lo religioso está en continuidad con la vida de cada
día, impregnándola toda, aunque de forma más
bien discreta. Y éste puede ser el motivo por el que
un observador superficial podría creer que los gumuz
carecen de religión, como Baker creyó acerca
de las tribus del Nilo Blanco.
“Nosotros sabemos quién es Dios. Dios es Espíritu (Misa).
Es Espíritu Creador (Misa Yamba), es Espíritu del sorgo (Mise-Kwacha),
es Espíritu del río (Mise-Guicha)...”. Así se expresaba
Begumb, un viejo gumuz, tras hacerle la pregunta, un tanto embarazosa para él,
acerca de lo que sabe de Dios. La frase pertenece a un hombre simple, no especialista
en temas religiosos. Sin embargo, contiene en embrión lo esencial de
la fe gumuz. En primer lugar, creen de forma clara e incustionable en un Dios único,
que es espíritu y que es el creador de todas las cosas. Lo llaman Misa
Yamba. Pero la claridad inicial termina pronto cuando, a renglón seguido,
nombran otros numerosos espíritus como Espíritu del sorgo, el
Espíritu del mijo, el Espíritu del río... ¿Qué son
estos espíritus en relación al espíritu creador? ¿Son
manifestaciones de un único espíritu? Eso se sentiría
uno inclinado a pensar, especialmente respecto a algunos de ellos, como el
Espíritu del sorgo o del mijo. El sorgo y el mijo son los dos cereales
más comunes y apreciados entre los gumuz. Con ellos preparan la comida
básica, la enga (una especie de polenta espesa), y la bebida básica,
la kea, hecha con la fermentación de los mismos.
Si se preguntase a un gumuz por qué a veces dirige su
oración al Espíritu del sorgo y no al Creador,
no entendería la pregunta. Para él no hay diferencia
en términos concretos. Aquél no sería
otro que el Creador mismo en cuanto que se preocupa de darles
una buena cosecha de sorgo. “El Espíritu del sorgo
es el que nos ha creado”, afirma Begumb sin titubear.
No se puede, sin embargo, decir lo mismo de todos los espíritus
que pueblan el mundo invisible de los gumuz. Mise-guicha (el
Espíritu del río), por ejemplo, no es una manifestación
más del Dios creador. Mise-guicha es un espíritu
peligroso y malévolo que habita en los ríos.
Por eso uno se acerca siempre al río con cierto temor.
Si alguien lo tiene que atravesar, especialmente de noche,
tendrá que prestar sus respetos a Mise-guicha, reconociendo
que entra en sus dominios. Cogerá, pues, un poco de
agua con la mano y se mojará con ella el costado. No
dirá ninguna oración, pero el gesto mismo equivale
a decir “no me toques, no me hagas daño”.
De lo contrario, el espíritu se vengará. Si,
tras atravesar un río, siente dolor en el costado, tendrá que
apresurarse a ir al hechicero, el cual le prescribirá sacrificar
una cabra o gallina, parte de cuya carne arrojará al
río y parte comerá.
La oración pública se hace en contadas ocasiones.
No es costumbre hacerla diariamente, por ejemplo, cuando los
vecinos se reúnen en una casa para beber la kea o tomar
el café. Se reserva para los momentos “fuertes” del
año, cuando se han terminado los trabajos más
duros de la siembra o la recolección, especialmente
si ésta ha sido abundante. En este caso, la oración
se dirige al Espíritu del sorgo y es hecha por el más
anciano o respetado de los presentes. Es una oración
concreta y elemental: “Oh Dios, danos este grano (la
cosecha). Que los niños crezcan, que no les vengan enfermedades,
que tengamos bienes, dinero...”.
Otros elementos religiosos
Los funerales son uno de los momentos más solemnes de
toda la vida social gumuz, especialmente cuando el que ha muerto
es un anciano conocido y respetado. No hay una creencia clara
en el más allá. Preguntados explícitamente,
se llega a la conclusión de que, para ellos, todo termina
con la muerte. Y, sin embargo, el difunto pervive de alguna
manera y es celoso de que se le cumplan los ritos pertinentes.
De lo contrario, vendrá a molestar a los vivos. Al momento
del entierro, junto a la tumba se derrama un poco de kea y
se deposita grano y otros objetos. Luego la gente se concentra
en casa del difunto por un par de días. Se canta y se
danza hasta altas horas de la noche, se come y se bebe. Los
mismos ritos se repetirán, más solemnes todavía,
uno o dos meses más tarde, en el aniversario o teskar.
El sentido de las celebraciones parece ser el de consolar a
la familia y el de socializar. El aspecto religioso o el recuerdo
del difunto queda relegado a un plano secundario.
Hay muchos tabúes que afectan a la vida de cada día.
Algunos están relacionados con la sangre. El más
llamativo, tanto que es uno de los motivos aducidos por las
poblaciones vecinas para tachar a los gumuz de “incivilizados”,
es que las mujeres no pueden dar a luz dentro de casa. Lo hacen
solas y al aire libre, vigiladas de lejos por alguna persona.
Ellas mismas cortarán el cordón umbilical y lavarán
al niño. La razón es que la sangre mancillaría
la casa y traería males a la familia.
Los curanderos, los gafia, son una figura indispensable entre
los Gumuz, pero como casi todo entre los gumuz, una figura
discreta, sin rasgos excesivamente prominentes o extravagantes.
El curandero es un hombre o mujer de atuendo y estilo de vida
totalmente normales. Ello no quiere decir que no sean respetados
y apreciados. A ellos acuden para cualquier tipo de enfermedad,
puesto que el médico o el hospital es un lujo al que
la mayoría no podría acceder aunque quisiera.
En cada poblado suele haber uno o más gafia.
Pero la gente puede ir a otro poblado si allí hay alguno
que consideran más potente. Si la enfermedad es simple,
el curandero aplicará una medicina normal, en general
a base de hierbas. Si la enfermedad se resiste, acudirá a
los remedios “religiosos”. Dictaminará qué tipo
de sacrificio se deberá hacer, si de una cabra o de
un pollo. También le toca a él establecer si
una determinada enfermedad o muerte ha sido natural o si ha
sido causada por mal de ojo y quién es culpable.
En la encrucijada religiosa
Los gumuz practican en su gran mayoría la religión
tradicional apenas descrita. Conocen, sin duda, la existencia
de las dos grandes religiones, el cristianismo y el islam,
por haber estado largo tiempo en contacto con ellas. La influencia
islámica les llega de la vecina Sudán, a través
de los comerciantes que se mueven por la zona. De ahí que,
a medida que uno se acerca a la frontera, el número
de musulmanes aumente. Se trata de una adhesión más
bien nominal, pues no han recibido instrucción alguna.
La adhesión al cristianismo responde a otras motivaciones.
La Iglesia ortodoxa etíope ha sido por muchos siglos
la religión oficial del imperio etíope. Los amhara
y agaw, con quienes viven en estrecho contacto los gumuz, son
cristianos. Esto crea un sentimiento contradictorio:
por una parte, el rechazo de todo lo que pertenece a los “opresores”;
por la otra, el deseo de asimilarse a ellos. Si un gumuz ha
hecho estudios y ha llegado a una cierta posición social,
es frecuente que se declare cristiano y que lleve una cruz
al cuello, sin que ello signifique que haya recibido una formación
cristiana o se haya bautizado.
Lo que es convicción de todos es que sus viejas creencias
religiosas deberán ser, pronto o tarde, abandonadas
para adherirse al cristianismo o al islam como parte del paquete
de cambios que la nueva sociedad les exige. Hay ya una cierta
adhesión colectiva, por vaga que sea, a una u otra de
las dos religiones. Los que simpatizan con el cristianismo
se harán eco de las cuatro grandes fiestas cristianas:
Navidad, Pascua, Bautismo del Señor, Santa Cruz. Los
que, en cambio, están influenciados con el islam, harán
lo mismo con sus fiestas: Ramadán, Arafa, Nacimiento
de Mahoma... La celebración consistirá simplemente
en juntarse para sacrificar alguna res y comer carne, pues
no conocen el significado de dichas fiestas.
Presencia católica
La presencia católica es muy
reciente y limitada. Comenzó en
el año 2000 con la llegada de las Misioneras Combonianas
a la pequeña localidad de Mandura. Tres años
más tarde, los Combonianos se establecieron en la naciente
ciudad de Gilgel Beles, a diez kilómetros de distancia
de las Hermanas.
El catolicismo es una propuesta totalmente
nueva para los gumuz y es todavía prematuro predecir
cómo responderán
a ella. La Iglesia católica se presenta como un cuerpo
bien estructurado que no se conforma con una adhesión
vaga y nominal. La plena pertenencia se da sólo mediante
el bautismo y a éste se llega tras un largo catecumenado.
La catequesis regular es un auténtico reto para un pueblo
que, en el 90 por ciento, nunca se sentó en los bancos
de una escuela y que está poco acostumbrado a programaciones
férreas. Es también un reto el cambio de vida
que se les exige sin ofrecer nada a cambio en términos
de provecho inmediato. Aunque la sociedad gumuz dista de ser
una sociedad de costumbres relajadas, son muchos los puntos
donde las exigencias discrepan profundamente de su estilo de
vida. Ejemplos son la poligamia o las venganzas entre familias,
que degeneran con demasiada frecuencia en derramamiento de
sangre.
Sólo el tiempo dirá si se abrirán al Evangelio
de forma rápida y masiva. La gente de una cierta edad,
hombres y mujeres, tienden a pensar que una novedad así no
es ya para ellos, sino, en todo caso, para los jóvenes
que tienen el futuro por delante. Es fácil que un poblado
acuda en masa cuando comienzan los encuentros de catequesis,
para luego ir disminuyendo paulatinamente hasta quedarse en
un pequeño reducto. Quienes hasta el momento han perseverado
hasta el bautismo (se trata todavía de un exiguo grupo)
son los jóvenes, preferentemente estudiantes.
Nada de extraño en todo ello. Haciendo el anuncio cristiano,
aún en la forma más simple posible, uno percibe
la gran distancia entre éste y las expectativas e intereses
del universo gumuz, incluido el religioso. Pero estas mismas
dificultades las encontraron también otros pueblos –digamos
que todos los pueblos– a lo largo de la historia de la
evangelización, pues el mensaje cristiano es una novedad
para todos. Y, sin embargo, más pronto o más tarde,
la llama de la fe ha prendido entre ellos. Y es que el mensaje
cristiano tiene un poder en sí mismo que va más
allá del mensajero y de las expectativas conscientes de
sus destinatarios. Con esa convicción han evangelizado
todos los misioneros a lo largo de los siglos y con esa convicción
pusimos manos a la obra quienes hemos venido a anunciar a Jesús
entre los gumuz, seguros de que, cuando suene la hora fijada,
producirá su fruto. |