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Jefes de Estado africanos
LAS LLAVES DEL PODER

De los 53 jefes de Estado que hay actualmente en África, 12 llevan más de 20 años gobernando, 2 son octogenarios y 14 han superado los 70 años. En muy pocos países africanos ha habido una evolución política seria. Los dirigentes se aferran a un poder que conlleva honor y riqueza.

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Por Jean-Arsène Yao

A base de reformas constitucionales, algunos dirigentes africanos no parecen dispuestos a renunciar a sus poltronas. Otros se oponen a la alternancia incluso dentro de sus propios partidos políticos. Sólo en este año 2007, 16 países del África subsahariana deben celebrar elecciones presidenciales o legislativas, o las dos a la vez, si se respetan los calendarios. Sin embargo, la celebración de elecciones, por muy consustancial que sea al Estado de derecho, no es suficiente para dar un carácter democrático a un sistema político.

En el poder desde hace 27 años, el Presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, fue designado el pasado 30 de marzo como candidato de su partido, la Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico, para las elecciones presidenciales de 2008. Mugabe tendría entonces 90 años al término de un nuevo mandato de seis años, de ganar estos comicios.

¡Ochenta y cinco años! Es la edad que tendrán Abdoulaye Wade, Presidente de Senegal, al final de su nuevo mandato en 2012. Llegó al poder a los 74 años, edad en la que Léopold Sédar Senghor abandonó la política, después de veinte años de presidencia senegalesa.

Los 62 años de media de edad de los dirigentes africanos corresponden a la media mundial que es de 61 años. No obstante, dos generaciones separan los 83 años de Robert Mugabe y los 35 años de Joseph Kabila, que llegó a la presidencia de la República Democrática de Congo con sólo 30 años. Este último figura junto con el rey Mswati III de Suazilandia, de 38 años, y el Presidente de Togo, Faure Gnassingbé, de 40 años, entre los ocho jefes de Estado más jóvenes de África. ¿Estos nuevos mandatarios sabrán retirarse a tiempo?

“Brontócratas” en el poder

“Brontócrata” es un término que viene de brontosaurus, del orden de los dinosaurios. Lo acuñó el Presidente senegalés Abdoulaye Wade para aludir no tanto a los presidentes ancianos, sino a quienes pasan muchos años en el poder.

Con sólo 41 años, Yahya Jammeh lleva ya 13 años en el poder y fue reelegido Presidente de Gambia en septiembre de 2006 para un nuevo mandato de seis años. Después de su reelección, Jammeh declaró que estaba dispuesto a gobernar su país durante cuarenta años más. Es de temer que siga el ejemplo de Omar Bongo Odimba, Presidente de Gabón, que celebrará sus cuarenta años de presidencia en diciembre de este año. El colmo es que a sus 72 años, Bongo no sólo se ha convertido en el decano de los jefes de Estado africanos, sino que piensa presentarse para un nuevo mandato de siete años en 2012.

En conjunto, los jefes de Estado africanos siempre han querido morir en el poder y la actitud de muchos de ellos no deja lugar al optimismo. Algunos se han fosilizado tanto en el poder que creen que el traje de presidente ha sido únicamente confeccionado a su medida, y que le quedaría grande a cualquiera que quisiera probárselo.

Sin embargo, dejar el poder y permitir que otros experimenten la gestión del Estado, no es política ni socialmente malo. Al contrario, en ocasiones es vengarse del tiempo. Algunos jefes de Estado africanos lo comprendieron tan bien que dejaron la presidencia para ser reclamados posteriormente por los mismos pueblos que, sin embargo, habían pedido a gritos su cese. Es el caso del actual Presidente de Guinea-Bissau, Nino Vieira que fue elegido en 2005, 6 años después de ser derrocado por un golpe de Estado. Lo mismo pasó con Mathieu Kérékou, el ex Presidente de Benín, quien volvió al poder en 1996 después de gobernar el país de 1972 a 1991.

Estos casos demuestran lo mucho que todo pueblo sabe valorar el pasado, comparar los regímenes sucesivos, apreciar y pedir la vuelta a los asuntos estatales de aquellos gobernantes que considera más capacitados para responder a sus aspiraciones. Pero para que unos acepten dejar el sitio a otros, hace falta que los que están en ejercicio hayan tenido una gestión correcta de los asuntos políticos, económicos y sociales. Porque, evidentemente, cuanto peor sea la gestión, más hipotética será la posibilidad de alternancia, y más difícil será la vuelta al poder en el futuro. Sin duda por eso el opositor guineano Alpha Condé, para animar a los jefes de Estado a que no se agarren al poder, ha propuesto que se les otorgue la inmunidad total al término de sus mandatos. Pero esta propuesta no entusiasma a los defensores de los derechos humanos, que denuncian lo que consideran como una prima a la impunidad.

Los procesamientos de los ex Presidentes Charles Taylor, de Liberia, Frederick Chiluba, de Zambia, Menghistu Haile Mariam, de Etiopía, o Hissène Habré, de Chad, por crímenes contra la humanidad para algunos y corrupción para otros, deberían servir de lección para los actuales gobernantes.

Limitar el número de mandatos presidenciales

En la mayoría de los Estados africanos, la vida política ha estado dominada –en ciertos países continúa estándolo– por presidentes inamovibles que han confiscado el poder del Estado. Una de las soluciones para evitar esta situación es la limitación del número de mandatos presidenciales, fundamental para los que consideran la alternancia democrática como la esencia de la democracia. Tal cláusula restrictiva permitiría, entre otras cosas, promover el ascenso de las élites y el buen gobierno. Así ocurrió en Malí, donde en el año 2002, cumpliendo con la Constitución que permite sólo dos mandatos presidenciales de cinco años, el Presidente Alpha Oumar Konaré, elegido en 1992 y reelegido en 1997, no se presentó a los comicios. Esto favoreció un cambio de gobierno con la elección del Presidente Amadou Toumani Touré.

En Benín, por ejemplo, el artículo 42 de la Constitución no sólo estipula que el mandato presidencial se puede “renovar una sola vez”, sino también, y sobre todo, que “en ningún caso, nadie puede ejercer más de dos mandatos”. Dispone asimismo que la edad máxima para ser candidato a presidente es de 70 años. Fue en aplicación de esta cláusula por lo que el Presidente saliente Mathieu Kérékou, afectado por el límite de edad y que terminaba su segundo mandato consecutivo, no se presentó en las elecciones presidenciales que vieron llegar al poder al banquero Thomás Yayi Boni el 6 de abril de 2006.

En algunos casos, la limitación de los mandatos presidenciales puede favorecer incluso la alternancia democrática, como ocurrió en Ghana. Después de 19 años de presidencia de Jerry John Rawlings, la aplicación de esta cláusula creó las condiciones de la alternancia de diciembre de 2000, con la victoria del candidato de la oposición John Kufuor frente al vicepresidente saliente John Atta Mills. A pesar de tener la mayoría en el Parlamento, Rawlings no suprimió la cláusula que limita a dos los mandatos presidenciales. Muy popular, probablemente habría sido reelegido para un tercer mandato consecutivo y su partido posiblemente habría conservado su mayoría parlamentaria. Pero no lo hizo y su partido no sólo perdió la mayoría en el Congreso sino que perdió la presidencia. 

En el contexto africano, al ser el aparato estatal el principal, si no el único medio de acumulación de bienes, los presidentes en ejercicio se esfuerzan por regular o limitar la competición política. Controlan el acceso de sus rivales potenciales o declarados a los recursos del Estado, o se aseguran su lealtad ejerciendo un chantaje contra los que se han enriquecido de manera ilícita, en la perspectiva de una eventual “lucha contra la corrupción”.

En Senegal, el Presidente Abdoulaye Wade, de 80 años, ante la creciente popularidad de su ex “delfín” Idrissa Seck, de 48 años, lo destituyó de su cargo de Primer ministro en abril de 2004. Expulsado del Partido Democrático Senegalés, Seck fue encarcelado en agosto de 2005 por una presunta malversación de fondos. Liberado en febrero de 2006, Seck anunció su candidatura en las elecciones presidenciales de 2007, pero fue neutralizado poco antes de los comicios. En enero de este año, Wade anunció su reconciliación con su ex “hijo espiritual”, lo que sembró la confusión entre los votantes de Seck, desencantados con el anciano presidente, que no apreciaron su regreso en el entorno presidencial. Idrissa Seck nunca confirmó esta reconciliación, pero el daño estaba hecho. Fue el segundo candidato más votado detrás de Wade quien ganó las elecciones en la primera vuelta.

En algunos países, los presidentes salientes no reelegibles se niegan a aplicar inmediatamente la cláusula limitativa de mandatos, afanándose por retrasar sus efectos. En otros, la molesta cláusula ha sido suprimida pura y simplemente. En Guinea, el general Lansana Conté, que llegó al poder tras un golpe de Estado en 1984, elegido por primera vez en 1993 y reelegido en 1998, también se ha pasado de la raya. En 2001, llevó a cabo una reforma de la Constitución en la cual se suprimió la cláusula limitativa del número de mandatos presidenciales, que prohíbe ser candidatos a los mayores de 70 años, y se incrementó la duración del mandato presidencial de cinco a siete años. Lo mismo pasó en Uganda en 2005, donde el Parlamento modificó la Constitución para que Yoweri Museveni, en el poder desde 1986, pudiera solicitar un tercer mandato en 2006.

Los ejemplos son múltiples, pero afortunadamente, las revisiones de las Constituciones, que abren la puerta a un tercer mandato o más, han tenido suertes dispares en África. En Nigeria, el Presidente Obasanjo fue menos afortunado. En 2006, el proyecto de reforma constitucional que le permitiría optar a un tercer mandato se topó con una barrera, alzada sobre todo en el seno del poder. En Zambia, el ex Presidente Frederick Chiluba debió renunciar en 2001, bajo la presión popular, a proceder a una reforma constitucional que le autorizara a solicitar un nuevo mandato presidencial. En Malaui fue el propio Parlamento el que se opuso, en 2002, a la reforma de la Constitución solicitada por el Presidente Bakili Muluzi, que quería optar a un tercer mandato.

Pero la gran suerte de África es que los “dinosaurios” en el poder se están quedando en minoría. Sabido es que desde hace casi dos años, está abierta la lucha por la sucesión del Presidente sudafricano Thabo Mbeki, que no optará a un tercer mandato en 2009, aunque su partido tiene la mayoría en el Parlamento. Nada más ser elegida en noviembre de 2006 como presidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf declaró que no se presentaría para una reelección al término de su mandato en 2012. A pesar de que la Constitución liberiana no lo estipula, Johnson-Sirleaf, que cumpliría entonces 74 años, considera que hay que saber retirarse a tiempo. Éstos y muchos otros como John Kufuor, Toumani Touré y Obasanjo, siguen el camino trazado por otros presidentes. Hay lugar para la esperanza, aunque la experiencia aconseja ser prudente. 
 
 

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