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El 13 de abril, el jefe rebelde Damane Zakaria, en compañía de cuatro de sus hombres, firmó un acuerdo de paz con el presidente François Bozizé, en Birao, símbolo de los enfrentamientos entre las tropas gubernamentales e insurgentes. Por primera vez, los rebeldes centroafricanos de la Unión de las Fuerzas Democráticas para la Reagrupación (UFDR) entraron en silencio y sin el estruendo de las armas en la localidad situada a 800 kilómetros al nordeste de Bangui.
El acuerdo suscita una esperanza, aunque poca, para conseguir la paz. El compromiso de la UFDR de acabar con las hostilidades debería devolver la calma a gran parte del nordeste del país, que cayó en noviembre del año pasado en manos de los rebeldes. En aquel entonces, fue necesaria la intervención y el apoyo decisivo del Ejército francés, cuyos aviones entraron varias veces en combate, para que las Fuerzas Armadas Centroafricanas (FACA) recuperaran el control de la región.
Al entregar las armas, los hombres de Damane Zakaria siguen los pasos de Abdoulaye Miskine, jefe rebelde del Frente Democrático de Liberación del Pueblo Centroafricano (FDPC), más activo en el noroeste, que firmó un acuerdo similar con Bangui en febrero de este año. Pero aún queda mucho camino por recorrer para ver el norte del país definitivamente pacificado. Los ataques de la UFDR han ocultado el inexorable hundimiento de la región en la violencia. Más de un mes después de los últimos combates, la región se recupera de sus heridas. Hay varias casas incendiadas: represalias de la FACA contra los habitantes sospechosos de apoyar a los rebeldes, pero también enemistades entre la población, dividida entre los progubernamentales y los prorrebeldes.
Las armas circulan sin problemas en esta región en la que a los rebeldes se añaden asaltantes de caminos, delincuentes de todo tipo, que aterrorizan a los viajeros, y ladrones de ganado. Tanto es así que Bob Kitchen, jefe de misión de la ONG International Rescue Comittee (IRC) en la República Centroafricana, ha declarado que en la región, la situación, ya deplorable, se ha agravado progresivamente hasta convertirse en un desastre humanitario.
Una preocupación que comparte Jean Charles Ndeyi, responsable local del Programa Mundial de Alimentos (PAM), para quien el PAM sólo cubre el 30 por ciento de las zonas afectadas por la hambruna. De no corregir este desequilibrio en breve, las consecuencias serán aún peores.
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