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Alos
74 años, Manu Dibango es incansable. El 20 de marzo,
en el Casino de París, el célebre saxofonista camerunés
inició la conmemoración de sus cincuenta años
de carrera. Poco después, emprendía una gira por
Francia para celebrar el acontecimiento y mostrar al público
su nueva obra musical, la primera después de diez años.
En el mercado desde el 8 de
marzo, ‘Manu Joue Sidney Bechet’ es
un álbum totalmente de jazz, un homenaje a la cultura
negra y a un “mundo desaparecido”. Un lamento sobre
los escombros de una ciudad-símbolo, Nueva Orleáns.
Para él, no se puede dejar morir en los corazones a la
ciudad de Louis Armstrong, Al Green, Fats Domino, Truman Capote
y, sobre todo, de Sidney Bechet, devastada por el huracán Katrina.
Con el nomadismo musical que le caracteriza, Manu retoma catorce
de las más exitosas canciones de este afroamericano virtuoso
del saxo soprano, nacido en 1897. Si Manu Dibango homenajea a
Bechet y lo pone al día, es también porque en cincuenta
años de producción artística, el padre del “Soul
Makossa” ha alcanzado una madurez musical difícil
de superar. En el pasado, ya había realizado en el mismo
registro el álbum ‘Négropolitaines’ (1990),
en el que retomó canciones antológicas de la música
africana tales como “Pata pata”, de la sudafricana
Myriam Makeba, e “Indépendance cha cha”, del
congoleño Pépé Kallé.
Una larga trayectoria
Manu no
olvida de dónde viene, él que desembarcó en
la localidad francesa de Saint-Calais en 1949 con su maleta de
estudiante y ambiciones de futuro funcionario. En esta época
fue cuando conoció a Francis Bébey, un amante del
jazz que lo inició en la música de Armstrong y
Bechet. Ambos jóvenes formaron un pequeño grupo
en el que Manu tocó el piano y el saxo. De su herencia
familiar, privilegia la parte materna –su madre dirigía
un coro de gospel en Duala, Camerún– en detrimento
del rigor protestante de su padre.
Desde el principio, Manu quería profundizar en sus conocimientos
de la música africana. El gran artista zaireño
Joseph Kabasélé le dio una oportunidad que no desperdició. Éste
lo contrató como saxofonista en su orquesta, la “African
Jazz”. La experiencia fue tan positiva que Manu se atrevió a
publicar él solo “African soul”, una mezcla
de jazz, rumba y ritmos latinos. Dick Rivers, al que conoció poco
después, lo sumergió en el rock y el twist de los
años yé-yé. Nino Ferrer, seducido a su vez,
lo contrató como pianista antes de descubrir al saxofonista
de talento. Estas amistades inspiran al joven artista la world
music, el makossa camerunés, la rumba congoleña,
el jazz y el soul afroamericano.
De estos principios abiertos
a todos los sonidos, Manu adquirió la
capacidad de adaptarse a las nuevas tendencias. Se ha familiarizado
con el hip hop, se ha codeado con el M’balax del senegalés
Youssou Ndour, se ha impregnado del imaginario del griot mandinga
Salif Kéita, ha trabajado con el trompetista sudafricano
Hugh Masekela y, casi siempre, en compañía de su
gran amigo, el congoleño Ray Lema. Los años corren, álbumes
y conciertos se suceden, sin pasar de moda. En el atormentado
río de la creación musical, ninguna corriente ha
conseguido llevarse al incombustible saxofonista de la risa gutural
tan particular. Manu ha grabado muchos discos ynos ha deleitado
con canciones tan famosas en todo el mundo como Soul makossa (1972), Waka
juju (1982), Wakafrica (1993) y Voyage anthologique.
Distinciones honoríficas
Presidente de honor del último
Fespaco (Festival Panafricano de Cine y Televisión), Manu
Dibango saborea la consideración
que el continente de sus orígenes le demuestra. “Fui
director de la orquesta de la Radiotelevisión de Costa
de Marfil a petición del presidente Houphouët-Boigny.
Hace poco, el presidente Wade me ha invitado al próximo
Festival de las Artes Negras. Es un honor”, declara el
músico.
A petición de las autoridades camerunesas,
Manu Dibango pilotó un proyecto de creación de
una sociedad civil de derechos de autor y de una mutua para los
artistas de su país de origen. Afectado por la piratería,
la ausencia de financiación y las malas condiciones de
vida de los artistas, el arte está en crisis en Camerún.
Si decide comprometerse, es “porque también hay
que alimentar al África cerebral con una producción
artística de calidad”. Pero la experiencia fracasó: “Los
artistas querían cobrar en seguida –explica–.
Nadie quería sacrificar el presente por un futuro mejor.
Es la dictadura de la inmediatez”.
Incomprendido por algunos
de sus compañeros de profesión,
Manu opta por retirarse del proyecto. Aunque admite que este
fracaso le apenó, asegura no arrepentirse de haber intentado
ayudar a la música camerunesa. “Reivindico mi parte
de ingenuidad. A veces es bueno ser utópico”, ha
declarado Manu. Se confiesa afroeuropeo, como lo ilustran los
reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera. Entre
otros, Artista de la UNESCO por la paz (2004), Comendador de
las Artes y Letras (Francia, 2003), Premio Senghor (1986).
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