Misioneros Combonianos | C/ Arturo Soria, 101 | 28043 Madrid | España | 91 416 98 38  
.

Día de las vocaciones nativas
FORMAR SACERDOTES CON PASIÓN

El domingo 6 de mayo se celebra la Jornada de las Vocaciones Nativas, en el marco de la campaña Primavera de la Iglesia. Dos misioneros españoles, el P. Vicente Nieto, operario diocesano, y el P. Ángel Santamaría, misionero paúl, hablan con pasión de una tarea a la que han dedicado y siguen dedicando buena parte de su vida misionera: formar sacerdotes nativos. Uno en Angola, el otro en Madagascar. Con sinceridad y abriendo el corazón, comparten sus alegrías, sus dificultades y sus expectativas. Ambos están de acuerdo en una cosa: el secreto está en trabajar con amor y pasión.

.

Por P. Ismael Piñón

Vicente Nieto es operario diocesano, cacereño de origen, pero se podría decir que universal de adopción, porque ha recorrido medio mundo antes de ir a parar a Angola. Es el mayor de cinco hermanos y prácticamente toda su vida sacerdotal como operario diocesano la ha pasado preparando a jóvenes para el sacerdocio. Fue ordenado el 19 de septiembre de 1967 y dos días después ya estaba en Zaragoza realizando esa tarea. Cuando sus padres lo llevaron al seminario de Salamanca para que pudiera hacer el bachillerato, no pensó que iba a pasar buena parte de su dilatada vida como sacerdote ayudando a otros jóvenes a prepararse para ejercer ese ministerio. “Iba no con la intención de ser sacerdote –comenta sonriente–, sino de estudiar el bachillerato, aunque nunca excluí el ser sacerdote”. Sin duda los recuerdos de su infancia y adolescencia le ayudaron mucho en Angola, donde tuvo a su cargo cerca de un centenar de jóvenes, muchos de los cuales ingresaron en el seminario también con intención de hacer el bachillerato.

Dice que quiere regir su vida por dos valores: la disponibilidad y el desinterés. Esa disponibilidad lo llevaría a Angola cuando en 1998, tras pasar por lugares tan dispares como Madrid, México y Alemania, sus superiores le pidieron que fuese a hacerse cargo del seminario de Malanje. Nada más llegar se dio cuenta de que había muchas cosas por hacer. El seminario estaba en un estado lamentable a causa de la guerra y había que reconstruirlo. “El trabajo aquí no es sólo de formación (clases, acompañamiento y todo eso). Aquí hay muchas teclas que tocar. Si me preguntasen qué es lo que más me ha preocupado todos estos años que he estado aquí, diría que mi gran caballo de batalla ha sido el grupo electrógeno”.

Hacer de todo

Aparte de las clases y del seguimiento personal de cada seminarista, el P. Vicente tenía que hacer milagros cada día para que todo estuviese en orden; y la clave de todo es un enorme grupo electrógeno que alimenta de energía eléctrica todas las instalaciones del seminario, incluida la bomba del agua. “No es fácil mantener una estructura que acoge a un centenar de jóvenes –comenta–. Hemos tenido que hacer un gran trabajo en las infraestructuras, lo cual supuso un enorme esfuerzo material”.

En el seminario de Malanje se enseñan los tres años de Propedéutica (lo equivalente a nuestro bachillerato) y el ciclo de Filosofía correspondiente a la formación sacerdotal. En toda Angola hay tres teologados y seis filosofados, uno de esos seis es Malanje. Para el P. Vicente el principal reto es el discernimiento con los jóvenes para saber cuál es su verdadera motivación a la hora de entrar en el seminario y, muy especialmente, cuando llega el momento de pasar de una etapa a otra. El mejor consejero que tiene es la historia de su propia vida y de su vocación. Él la fue descubriendo poco a poco en el seminario, por lo que tiene “madera” y argumentos para poder acompañar a los jóvenes y orientarlos hacia un camino u otro.

“La cuestión de la selección y del discernimiento vocacional es muy delicada –asegura–. En principio antes de entrar en el seminario han tenido que pasar por un grupo vocacional en su parroquia de origen. No siempre es fácil discernir la motivación, ya que muchos vienen al seminario solamente para poder estudiar y huir de la guerra. Algunos, incluso sin estar bautizados, ya dicen que quieren ser sacerdotes. Estamos haciendo un trabajo muy grande de acompañamiento en el propedéutico para que los que pasan al filosofado lo hagan con una cierta motivación vocacional; pero no es fácil. Se hace una selección, que para ellos es muchas veces dolorosa”.

El contacto humano

Además de las tareas de formación y de estar pendiente de que todo funcione correctamente –empezando por el grupo electrógeno–, el P. Vicente tiene responsabilidades pastorales. Todos los fines de semana coge su vieja Toyota agujereada por la metralla de las bombas, recuerdo vivo de los tiempos de la guerra, y se va a celebrar la Eucaristía a alguno de los muchos poblados que componen una de las parroquias de Malanje. Para él es una forma más de dar un testimonio y de enseñar de manera práctica a los seminaristas cuál es el verdadero trabajo del sacerdote. Se resiste a permanecer encerrado entre las cuatro paredes del inmenso seminario y busca el contacto con la gente.

Cuando tiene que ir a Luanda, la capital, para realizar compras o hacer cualquier tipo de gestión, le gusta moverse en transporte público. Se conoce los candongueiros (pequeños minibuses) como la palma de su mano y disfruta del ambiente apretujado que se experimenta cuando en un vehículo para doce personas se meten hasta veinte. “A mí me encanta porque es aquí donde se capta de manera real la vida cotidiana de la gente”, dice con una sonrisa que habla por sí sola.

Cuando en Luanda y en otros lugares de Angola hablamos con algunos sacerdotes que pasaron por el seminario de Malanje, todos hacen elogios del P. Vicente. No sólo por el testimonio que dio de entrega y ayuda a los heridos durante la guerra, sino por la claridad en sus criterios y la franqueza con la que siempre ha hablado a los seminaristas. Cuando en lo más crudo de la guerra Malanje sufría los incesantes bombardeos por parte de la UNITA, el P. Vicente permaneció al lado de la gente, y eso todos lo recuerdan con agradecimiento. Más de una vez arriesgó su propia vida saliendo a la calle después de un bombardeo para ver si había heridos.

No cabe duda de que ha dejado una huella en Malanje. Pero su disponibilidad le ha llevado, de nuevo, hacia otros derroteros. Una vez más sus superiores le han pedido un nuevo servicio: hacerse cargo del seminario que los operarios diocesanos tienen en Évora (Portugal). Él lo asume feliz y contento de poder prestar un servicio en otro lugar. Lo dice convencido: “Aquí vendrá otro que traerá seguramente riqueza y novedad, traerá más dinamismo; y eso también le vendrá bien al seminario”.

Diferencia cultural

La historia del P. Ángel Santamaría, al menos en los orígenes de su vocación, tiene mucho en común con la del P. Vicente Nieto. Nació en Tardajos, provincia de Burgos, en 1946, en el seno de una familia pobre de labradores. A los doce años su madre le dijo “o te vas a trabajar al campo como tu padre o te vas al convento”. Él optó por lo segundo y terminó siendo sacerdote de la Congregación de la Misión (Padres Paúles). En 1973, con apenas dos años de sacerdocio y con su tesis “Iglesia y Misión” bajo el brazo, se fue a Madagascar.

“No es fácil ir a un país que no es el tuyo –dice–; hay que ser inteligente y humilde. Yo iba con mi Teología recién aprobada, con mi tesina “Iglesia y Misión”; pero había cosas y realidades que no conocía. Llevo 33 años en Madagascar y cuanto más tiempo llevo más cuenta me doy de lo que me separa de ellos, porque los conozco más. Entonces trato de fomentar el acercamiento: yo a ellos y ellos a mí; y en el momento en que ya no podamos acercarnos más a causa de la realidad cultural, trato de tender puentes de fraternidad, de caridad, de respeto y trabajar así, que también es posible”.

A diferencia del P. Vicente, el P. Ángel comenzó su labor misionera como párroco. Pero cuando vio la necesidad de prestar un servicio en el seminario, aceptó sin dudarlo. Primero estuvo cinco años en el seminario interdiocesano de Fianarantsoa; y cuando en 1999 el obispo de Fort Dauphin le confesó que pensaba cerrar el seminario menor de su diócesis porque no encontraba formadores, el P. Ángel no dudó en ofrecerse. “El obispo no me pidió directamente que fuera –comenta entre sonrisas–. Me dijo simplemente ‘te lo comento porque eres de la diócesis aunque ahora no estés allí; pero el problema es grave y lo voy a cerrar’. Yo le dije con toda candidez, aunque lo pensaba de corazón, que soy sacerdote paúl para el servicio de la diócesis de Fort Dauphin. El me tomó la palabra y al terminar el curso en 1999 me fuí para allá”.

Discernimiento vocacional

Su gran preocupación es ayudar a los seminaristas a descubrir la vocación sacerdotal; a clarificar a aquellos que la tienen y ayudar a comprender a los que no, que el seminario no es lo suyo y deben orientarse por otro camino. “Para mí el mes fatídico es el mes de mayo –confiesa con un hondo suspiro–, porque es cuando tenemos que hacer el discernimiento y decidir quién sigue y quién no. Muchos vienen aquí después de haber estado trabajando en el campo. Aquí obtienen estudios, un estatus social mejor que el que tenían en sus casas o en sus poblados”.

El P. Ángel es consciente de que su infancia le ha ayudado a comprender a esos jóvenes: “Yo me pregunto ¿Cuál es mi motivación? ¿Cuál es mi fuego, mi pasión? ¿Qué me mueve? Yo me digo que todo lo que soy y tengo lo he recibido gratis, que he recibido mucho. Ahora me encuentro con estos muchachos y veo el diamante que llevan dentro. Veo que la piedra preciosa está ahí, la veo hasta brillar y todo. Entonces se trata de ir sacándolo poco a poco y hacerles comprender  que la única forma de ser felices siendo sacerdotes es sirviendo y acompañando a la gente; no queda otro camino. No sé si lo logro”.

Un gran problema al que se enfrenta el P. Ángel es el gran peso que tiene la tradición sobre muchos de los seminaristas. “Estos muchachos han vivido, a pesar suyo, socializados por la familia –afirma–. Lo que cuenta es el clan. No tienen personalidad propia en la familia. El que manda y el que decide es el “pater familias”, tenga o no tenga razón. Los demás viven sometidos a él. Es un sometimiento casi dictatorial. Eso es muy fuerte. Para mí es un problema, porque los jóvenes están desarmados. A ellos nadie les ha hablado nunca del autocontrol, ser capitán de su propia vida, buscar un horizonte, cómo orientar su vida, disciplina,  fuerza de voluntad, motivación, en fin... todas esas cosas”.

El P. Ángel ha querido darles un espacio personal en el seminario, un poco para contrarrestar esa socialización familiar. “Tienen su dormitorio, sus cortinas, sus armarios, para que sepan estar un poco independientes, que sepan respetarse –dice–. En la capilla cada uno tiene su sitio, el que quiere”.

Apasionado por dentro

Para el P. Ángel Santamaría lo más importante es la motivación, a la que él gusta llamar “pasión”. “Dame una persona motivada, con pasión, que arde por dentro –afirma convencido–. Una persona que tiene eso, se equivocará, por supuesto, pero en su ardor, en su motivación, volverá al buen camino. Pero una persona sin motivación, que ni avanza ni retrocede, ni fu ni fa ¿sabes dónde están esas personas? Están detrás de la tapia” (detrás de la tapia del seminario se encuentra el cementerio).

Recuerda y cuenta, como una de las experiencias más fuertes que tuvo, la noche de Pentecostés en el año 2000. Tenía que hacer un discernimiento y decidir con qué seminaristas se quedaba y a quienes debía orientar hacia otro camino. “Me pasé media noche en la capilla –confiesa– y al final me dije que tengo mi conciencia, que soy humano. Hace unos años vino un visitador del Vaticano para ver los seminarios mayores. Se quedó en nuestra casa, nos reunió, le explicamos nuestras alegrías, tristezas y problemas. Salió el tema del discernimiento y nos dijo que nos comprendía porque tener en nuestras manos el futuro de una persona es muy difícil, duele y afecta al corazón. Nos recordó que tenemos un mandato especial, que somos enviados especialmente para eso, para hacer ese discernimiento. Un robot no lo puede hacer. Un sacerdote de menos porque nos hayamos equivocado al hacer el discernimiento es una pena, porque andamos muy escasos de vocaciones y necesitamos curas; pero un sacerdote de más, es decir, que no debía haberlo sido y lo fue, es un drama para toda la vida, así que nos decía que no tuviésemos miedo, que nos pusiésemos en las manos de Dios, mirásemos nuestra conciencia y adelante. En esa tarea estoy. Le he pedido al obispo que busque a un sacerdote nativo para esta labor. El obispo me dijo: ‘De acuerdo, búscalo tú y me lo traes, luego te podrás marchar’”.

Cuando se trata de mirar al futuro, el P. Ángel se muestra optimista. En Madagascar hay diócesis que están bastante avanzadas en lo que a vocaciones se refiere, son diócesis ya añejas, con obispo malgache desde hace años y muy buenos sacerdotes. Ésas tienen el futuro asegurado. “En este sentido –comenta–, nuestra diócesis es todavía misionera. Aquí en Fort Dauphin veo el futuro con cierto recelo, no en el sentido de pesimismo, sino de cierta desconfianza. Yo me pregunto con frecuencia si estos sacerdotes nativos (paúles o diocesanos) tienen necesariamente que ser como nosotros. ¿Por qué tienen que estar formados de la misma forma? Ahí entramos en la realidad de la diferencia cultural. No tienen la misma pasión que nosotros, tienen otra forma de ser, otro carácter. Lo digo con todo el amor del mundo. No tienen este fuego que tenemos, este apasionamiento, esto que llevamos dentro, quizás por ser españoles. Seguramente no tienen por qué tenerlo tampoco. ¿Cómo preparar el relevo? No lo sé, porque tenemos muchas cuestiones pendientes. ¿Cómo habrá que hacer? Pues no lo sé. Daría cualquier cosa por intuir dónde está ese sendero, que estoy convencido de que sí existe, para ir analizando poco a poco este paso de españoles a malgaches. En las diócesis ya consolidadas hay sacerdotes muy buenos, verdaderos hombres de Dios, muy sólidos. De ahí es de donde han salido la mayoría de los obispos de Madagascar”.

A pesar de los años que lleva haciendo este trabajo, el P. Ángel Santamaría se muestra entusiasmado. Está convencido de que merece la pena porque es también una manera de verificar su propia vocación. Lo que más le ayuda es –y lo afirma con rotundidad– el encuentro personal con Dios, a quien pide incesantemente que mantenga vivo el entusiasmo y el fuego que lleva dentro y que es como el motor que mueve su vida.

“Yo pido a Dios que nunca se me apague la luz que llevo dentro –dice convencido–. Sería terrible si un día dijera que ya no tengo motivación, que se me ha apagado la luz. Lo que me mueve es el encuentro con la oración, tanto con los seminaristas, como la personal y la litúrgica. Nuestra capilla es muy bonita, cuando entras en ella te dices ‘aquí huele a oración’. Estar en un seminario significa revisar mi propia coherencia y mi propia vida ante los seminaristas y ante Dios. Este trabajo con los muchachos lo pongo en paralelo con mi propio proceso de crecimiento, de verificación. No veo otra manera de hacerlo. No se trata sólo de que los muchachos vayan a más, sino de que yo también vaya a más en ese proceso de crecimiento espiritual. Yo así lo veo y así lo vivo. No debo justificar el esfuerzo por los resultados obtenidos, sino que debo buscar ir creciendo, ponerme en marcha y en verificación constante. Somos un misterio, me siento un misterio... pero un misterio bonito”.

 
 

© MUNDO NEGRO tiene la exclusiva para España de los servicios de las siguientes revistas: NIGRIZIA, de Verona; LA SEMAINE AFRICAINE, de Brazzaville (República Democrática de Congo); ALEM-MAR, de Lisboa; NEW PEOPLE, de Nairobi (Kenia); WORLDWIDE, de Pretoria (Sudáfrica); WORLD MISSION, de Manila (Filipinas); AFRIQUESPOIR, de Kinshasa (R.D. de Congo)