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UNA APUESTA NECESARIA
 

Tras las independencias de los años 60, muchos países de África se vieron inmersos en un proceso de golpes de Estado y de dictaduras militares que tuvieron como consecuencia la instauración de partidos únicos, nacimiento de grupos rebeldes, una gran inestabilidad política y una crisis económica que continúan arrastrando aún hoy.

En marzo de 1992, Mundo Negro publicaba un reportaje titulado “Primavera africana” en el que se analizaba el huracán democrático que recorría por aquel entonces la mayoría de los países de África negra. “Los pueblos africanos –se decía en el artículo– empiezan a gozar por fin de todos los derechos y libertades”. Sin embargo, muchas de las esperanzas que nacieron con aquel boom democrático se vieron frustradas tras acontecimientos como los de Ruanda, la reanudación de la guerra en Angola, la ocupación del este de la República Democrática de Congo, las guerras de Sierra Leona y Liberia o el conflicto de Sudán.

A pesar de todo, parece que se están abriendo nuevas puertas a la esperanza. Se firmó la paz en Sudán –una paz que sigue pendiendo de un hilo, pero que es paz, al fin y al cabo–. El juicio que se está siguiendo en La Haya contra el ex presidente de Liberia, Charles Taylor, acusado de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, marca el principio del fin de la impunidad de los jefes de Estado en el continente africano. La elección democrática de Ellen Johnson Sirleaf en Liberia, gracias, sobre todo, al papel jugado por las mujeres y la sociedad civil liberianas, supuso un hito histórico para la vida política del continente. Y en la actualidad, países africanos ya han suprimido la pena de muerte y algunos están estudiando su abolición.

Si en la década de los 90 la participación de la sociedad civil fue un factor determinante en la caída del autoritarismo y el nacimiento de la democracia, no cabe duda de que hoy es una de las claves para que esas puertas a la esperanza que se están abriendo, lo puedan hacer de par en par. Los ciudadanos africanos son cada vez más conscientes de su papel en la vida política y en el futuro de sus países. Por eso es imprescindible que tengan la posibilidad de formarse, de desarrollar toda su potencialidad y de expresar con total libertad sus deseos de paz, de justicia y de libertad.

La formación de la sociedad civil es una de las claves para que los países africanos puedan salir de una vez por todas de esa situación de ostracismo en la que se ven inmersos a causa del mal gobierno, la corrupción o el ansia de poder de muchos de sus dirigentes. Todo el esfuerzo que se dedique a ello, bienvenido sea. Organizaciones como el Centro Cultural Mosaiko, una de las instituciones más prestigiosas de Angola (ver reportaje en pág. 34), lo ven muy claro y dedican todas sus energías a promover y divulgar los derechos más fundamentales. Fomentar la formación de educadores, funcionarios, políticos o profesionales en educación moral y cívica es la mejor apuesta que se puede hacer. Desde aquí podremos siempre informar y denunciar las situaciones de injusticia, pero el papel de los ciudadanos y ciudadanas africanos nadie lo puede desempeñar en su lugar. Ellos tienen que ser los actores principales. Apostemos por ellos.

 
 

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