Transportado a espaldas de los misioneros, el cuerpo del obispo Daniel Comboni fue bajado lentamente al jardín de la misión en medio del llanto de una gran multitud y fue sepultado junto a los restos del misionero Massimiliano Ryllo, jesuita polaco, primer pro vicario de África central, muerto en junio de 1848. Pusieron un obelisco sobre la tumba y a su alrededor crecían exuberantes flores tropicales.
La muerte de Comboni tuvo lugar unos meses después del comienzo de la revolución (oficialmente el 29 de junio de 1881) del presunto profeta Mahdi, quien durante 17 años puso patas arriba Sudán, destruyó las misiones e hizo prisioneros a los misioneros y religiosas que no lograron escapar. Finalmente, el 2 de septiembre de 1898 el Ejército mahdista fue derrotado en Omdurman (a pocos kilómetros de Jartum) por los ingleses, quienes se apresuraron a declarar a Sudán condominio anglo-egipcio.
Mons. Antonio Roveggio, segundo sucesor de Comboni como obispo de Jartum, escribió desde El Cairo a Roma: “Nuestras dependencias de Jartum han sido destruidas por completo, se han llevado todo lo que había, incluso la tumba de Comboni ha sido profanada”. Estas palabras, que se basaban en informaciones “tendenciosas” (escribe el P. Juan Vantini) provenientes del gobernador general de Sudán, el inglés lord Kitchener, no corresponden del todo a la verdad, pero fueron creídas por Roveggio y fueron la causa de que se perdiera la misión y el terreno circundante (algunas hectáreas).
Por eso, debemos esclarecer algunas cosas importantes sobre la destrucción de la misión y de la tumba. Hasta la llegada de los ingleses a Jartum (septiembre de 1898), la tumba de Comboni permaneció tal como era, según declaraciones de un testigo ocular, el P. Robert Brindle, capellán militar de los soldados católicos del Ejército inglés que el 2 de septiembre de 1898 derrotó al ejército mahdista en Omdurman y entró en la capital que estaba muy cerca.
Casi un año después, cuando los primeros misioneros volvieron a Jartum encontraron la tumba profanada “recientemente” (escribía el P. José Ohrwalder), y buena parte de la misión, no toda, estaba destruida.
¿Quién la profanó? ¿Cuándo? ¿Por qué? Los combonianos en general opinaban –y aún hoy lo siguen diciendo– que la tumba había sido profanada por los árabes, durante la revolución mahdista, que llegó a Jartum entre los años 1885 (año en que mataron al general Charles George Gordon y al profeta Mahdi) y septiembre de 1898.
Aquí es donde entra el tan importantísimo, como ignorado, testimonio del capellán militar inglés P. Brindle, recogido por el P. José Münch, comboniano (+1936) y publicado, tan sólo algunas semanas después, a finales de 1898, en la revista de los combonianos alemanes Stern der Neger (Estrella de los Negros, octubre 1898, pgs. 227-228). El P. Münch asegura: “Cuando las tropas anglo-egipcias, un par de días después de la conquista de Omdurman (2-9-1898), se dirigieron a Jartum para honrar la memoria de Gordon, el Rvdo. P. Robert Brindle, primer capellán militar de los soldados ingleses católicos, aprovechó la ocasión para visitar la antigua casa de la misión, construida por el Dr. Knoblecher y monumento de la generosidad austriaca. Pero ¡oh sorpresa! Todos nuestros misioneros que habían logrado escapar de la prisión nos aseguraron que la casa de la misión, gracias a su sólida estructura, era la única casa que había quedado en pie después de la destrucción ocasionada por los mahdistas en Jartum. El P. Brindle encontró tan sólo dos capillas y un altar de lo que había sido el primer edificio que tenía 216 metros de largo. En mitad de un campo sembrado de mijo, se erguía una pequeña pirámide, que se había erigido sobre la tumba de Comboni. Las otras tumbas, se decía, habían sido profanadas. Incluida la del jesuita P. Ryllo.
A pesar de que la prohibición para que los europeos entrasen en Sudán estaba en vigor, Mons. Roveggio, un año después, en septiembre de 1899, obtuvo del gobernador general permiso para enviar allí a dos misioneros. Iban a “buscar un terreno en la capital de Sudán para erigir una misión, pues el de la misión antigua había sido cedido al Gobierno anglo-egipcio”.
Cuando llegaron al lugar, los dos misioneros, P. José Ohrwalder y P. Guillermo Banholzer, se dieron cuenta de que la antigua misión, construida con piedras talladas, estaba en buen estado. Entonces comprendieron que habían sido engañados, porque, al observar la parte central de la antigua y bella construcción de Knoblecher, vieron que el resto había podido ser reconstruido sin excesivos gastos; sin embargo, toda la misión había sido cedida a los ingleses. Con gran dolor en sus corazones entraron en el jardín (sembrado de mijo) y reconocieron la tumba de Comboni por un montón de ladrillos que habían colocado encima.
Los misioneros, con la ayuda de unos obreros, excavaron durante dos días para encontrar unos pocos restos del fundador, que recogieron conmocionados. Los dos misioneros, por los fragmentos encontrados, supieron que el cuerpo había sido golpeado, despedazado y después lo habían hecho desaparecer, probablemente arrojándolo al Nilo; la tumba había sido profanada recientemente. ¿Por quién y por qué? Llevaron aquellos pocos restos a Assuan (Egipto), los metieron dentro de un recipiente de vidrio verde, que a su vez introdujeron en una caja. Ésta fue sellada después de poner también los informes correspondientes con las firmas de Roveggio y de Ohrwalder. La caja estuvo custodiada en la iglesia de los Combonianos en Assuan hasta 1957, año en que se trasladó a Verona.
Las preguntas de aquellos misioneros siguen siendo hoy las nuestras. ¿Quién y por qué? ¿Quién fue el culpable, en cosa de un año (septiembre de 1898 y septiembre de 1899) de la profanación?
–¿Los árabes? No parece compatible con la cultura religiosa musulmana tocar las tumbas, especialmente de los cristianos.
–¿Bandidos en busca de tesoros? Es posible. Pero en aquella época el terreno era propiedad de los ingleses, y por tanto se supone que estaría vigilado.
–Entonces, ¿quién? ¿Puede ser que alguien quisiera evitar que los católicos, dispuestos a volver, pudiesen tener algún pretexto para exigir la devolución del terreno por motivos religiosos, dado que guardaba la tumba del fundador? Es una hipótesis que puede tener “fundamento”, dicen algunos. Una hipótesis que crece con el tiempo.
Cuando Mons. Roveggio se dio cuenta de que había sido engañado acerca del estado de la misión, se propuso viajar a Inglaterra para pedir a la reina Victoria la devolución de la casa de la misión y el terreno circundante, propiedad del Vicariato de África Central. Pero nada más empezar el viaje de vuelta a Europa murió en mayo de 1902.
AÑOS DE SILENCIO
Después de que reposaron en Assuan y en la capilla de la Casa Madre de los Misioneros Combonianos en Verona durante otros 40 años, los restos de Comboni fueron objeto de un atento examen médico forense en vista de la inminente beatificación, que tuvo lugar el 17 de marzo de 1996. En 1995, los doctores Franco Alberton, médico forense, y Renzo Montolli, asistente, examinaron exhaustivamente los restos de Comboni. Llegaron a la conclusión de que “la profanación de la tumba tuvo lugar bastantes años después de su muerte”. Es posible que en ese momento el cuerpo, todavía sin consumir, fuese sacado y desperdigado, después de haber sido desmembrado con hachas u objetos contundentes. Tal eventualidad explicaría la ausencia de estructuras esqueléticas significativas y la presencia de residuos y fragmentos pequeños resultantes de una ruda acción traumática”.
Los dos doctores concluían en 1995: “Se podría decir que tal acción tuvo como finalidad el robo de indumentaria o de objetos inhumados junto al cadáver, más que a la profanación o eliminación del cuerpo, que habría podido representar, consideradas las circunstancias históricas, una referencia devocional temida y desagradable”.
Actualmente, las escasas reliquias de San Daniel Comboni se encuentran en una urna bajo el altar de la “Capilla de Comboni” en la Casa Madre, santuario-meta creciente de peregrinos.
Es interesante notar que, partiendo del estado objetivo de los pocos restos, los médicos Alberton y Montolli, que presumiblemente no conocían la fuente Brindle-Münch, llegan –un siglo después– a importantes coincidencias con los datos históricos y algunas hipótesis aquí mencionadas. Pero esto no es todo. Quedan por esclarecer otros interrogantes. Por ejemplo:
–Los dos médicos veroneses hablan de “una referencia devocional temida y desagradable”. Este temor, hasta ahora, se atribuía sólo a los árabes. ¿Sería desmesurado suponer que tal temor fuese también el de los ingleses? Por interés distinto, claro está, del de los árabes musulmanes.
–Además, ¿cuál fue la fuente del P. José Münch? ¿Cómo lo supo del P. Robert Brindle, porque lo conoció personalmente, por carta, por algún periódico? ¿Se puede llegar hoy en día a esa fuente? (Se sabe que, después de las campañas de África, el P. Brindle fue obispo en Inglaterra y murió en 1916).
–Y finalmente, ¿por qué tantos años de silencio (más de cien) sobre la “fuente Brindle-Münch”? La pregunta resulta aún más apremiante tratándose de una fuente publicada pocas semanas después en una revista comboniana en lengua alemana. ¿Fue tan sólo una noticia a la que no se prestó atención o se olvidó, perdiéndose la memoria, o se silenció por temor a los ingleses, que dominaban en Sudán?
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