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LA ALEGRIA DE VOLVER
Octubre es el mes misionero por excelencia. El Papa Benedicto XVI nos invita a un mayor compromiso evangelizador: Que todas las Iglesias sean para todo el mundo. El impulso misionero no puede parar. Éste es el testimonio concreto que nos ofrece el misionero comboniano P. Rafael Armada a su regreso a la misión de Waterval, en Sudáfrica. En su rostro se refleja la alegría de volver a la misión para vivir más cerca de la gente y aprender de su sencillez y espiritualidad.
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Por P. Juan Sánchez Arenas

Hay momentos que marcan la vida de las personas. Uno de ellos es sentirse identificado con su misión. El misionero que deja la tierra que le vio nacer y se adentra en otra que le recibe, lleva la alegría de la vida. Este don que viene de Dios genera una fuerza tan elevada que da sentido a todo lo que hace. Las dificultades no paran este movimiento del Espíritu de entrega a los demás, pues el anuncio de Jesucristo da vida, y vida en abundancia.

El impulso misionero no es fruto del esfuerzo humano simplemente. Hay coordenadas de la vida que no se negocian en subastas públicas. El amor abre horizontes que nos cuesta formular. Aparece como regalo, como don. Esta dimensión se manifiesta en el compromiso evangelizador y se hace visible en la alegría de volver a la misión. No hay tormenta que pare este movimiento ni familia carnal que lo pueda eliminar.

SU ROSTRO RESPLANDECÍA

Hace pocos días tuve la suerte de encontrarme con el P. Rafael Armada, misionero comboniano madrileño, que volvía a la misión en Sudáfrica después de unas merecidas vacaciones. Su hermano y hermana le acompañaron al aeropuerto. En su rostro resplandecía la alegría de volver a la misión de Waterval, parroquia de la Sagrada Familia, diócesis de Witbank. Pocos días antes, él me había hablado de su vocación y experiencia misionera. Su proceso vocacional y empeño misionero puedan animar nuestras conciencias sobre la misión ad gentes.

Desde la niñez, su familia recibía la revista Mundo Negro, y su interés por el mundo misionero le inquietaba. De hecho, a los 15 años comenzó a participar en el grupo misionero que los combonianos animaban en Madrid. Colaboró como monitor de la revista Aguiluchos en varias ocasiones y escogió la carrera de ingeniero agrónomo pensando en ayudar a las misiones. Al terminar la carrera llegó el momento de tomar una decisión. Quiso ir de peregrinación a Tierra Santa en 1991, pero un accidente se lo impidió. Entonces se retiró unos días al monasterio de Buenafuente del Sistal (Guadalajara), donde sintió la llamada a la misión con más fuerza. Desde este momento, fue acompañado en el discernimiento vocacional y entró en el postulantado comboniano de Granada en 1992. Allí, sintió la ilusión y la novedad de una nueva vida en comunidad, en familia. El ambiente de libertad y, al mismo tiempo, de responsabilidad le hizo crecer. Los estudios de Teología le animaron. Y lo que más le llamó la atención de los combonianos fue el sentido de hospitalidad y de pasión por la misión.

En el noviciado de Santarén, Portugal, experimentó su primer choque cultural al tener que adaptarse a una nueva realidad y aprender el portugués. Las actividades pastorales y la oración le ayudaron a estar en sintonía con su sentir misionero.

A sus 30 años tuvo el primer contacto con los africanos en el escolasticado de Nairobi, Kenia. La teología africana, las oportunidades de pastoral en los barrios de Nairobi y en las zonas rurales le fueron preparando para la misión. En esta última etapa de formación pudo vivir valores relevantes como la interculturalidad, el apostolado directo, la hospitalidad y el entusiasmo por la misión.

En 2001 fue ordenado presbítero por Mons. César Franco, que había sido sacerdote en su parroquia. Fue un momento muy emotivo. La animación misionera y el coro africano que cantó en la Misa le emocionaron. Vivió este sacramento como un regalo de Dios al servicio de la Iglesia misionera.

COMO AGUA DE MAYO

El P. Rafael recibió su destino a Sudáfrica con mucha alegría. El 26 de septiembre de 2001 aterrizó en Johanesburgo. Después de varios meses de adaptación y estudio de la lengua tsonga llegó a la misión de Waterval en marzo de 2002. Sus compañeros de comunidad le esperaban como agua de mayo. Las 22 comunidades con 4 lenguas diferentes necesitaban de su ministerio sacerdotal. El famoso Parque Kruger, que limita con Mozambique, da colorido a la zona. El río Limpopo y sus afluentes Elefantes y Komati abastecen de agua a esta sabana.

Lo que más le impresionó al P. Rafael al llegar fue que la misión había sido construida lejos de la población. Claro que, 40 años atrás, la historia era diferente. El régimen del apartheid sólo dejó construir la misión en esta zona. La separación entre sudafricanos de origen europeo (blancos) y de origen bantú (negros) fue radical. El blanco no podía pasar la noche en una comunidad negra y viceversa. Las comunidades cristianas fueron naciendo poco a poco y por eso están en medio de las poblaciones. Conviene saber que en esta zona atendida por los combonianos el 95 por ciento es de origen bantú y el 1 por ciento miembros de la Iglesia católica. La situación de disgregación social todavía se vive, de modo especial en las zonas rurales. Es verdad que se han dado pasos de integración. Sin embargo, los miedos, las relaciones y los derechos de igualdad necesitan más tiempo para cambiar.

UNA GRAN ALEGRÍA

Al volver a Sudáfrica, el P. Rafael sentía una gran alegría. Y nos decía que su sueño era caminar al ritmo de la gente, aprender de su sencillez y espiritualidad. Deseaba, también con nosotros, que la Iglesia católica en Sudáfrica y la nuestra sean más misioneras ad gentes, como el Papa nos pide en este mes de octubre misionero. Agradecemos al P. Rafael Armada su testimonio de vida y pedimos al Espíritu Santo que le anime en su misión, y a nosotros a vivir el lema del Domund con entusiasmo y entrega: “Dichosos los que creen”.

 
 

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