El P. Francisco de Medeiros trabaja desde hace cuatro años en la parroquia de San Pedro Claver, una de las dos parroquias de Mamelodi, la ciudad negra, satélite de Pretoria, que cuenta ya con más de medio millón de habitantes. Comenzó siendo una zona de hospedaje para hombres; el régimen del apartheid, necesitado de mano de obra, los reclutaba en las zonas rurales y los traía a las grandes ciudades.
Segregados de las familias, los hombres no tenían mucho con qué entretenerse en los momentos de ocio, los domingos y festivos: bebían y cantaban. De ahí el nombre de Mamelodi (Madre de las melodías). Quizá por eso hay tantos coros. La parroquia tiene unos ocho o nueve; los tres más importantes compiten entre sí con tanto entusiasmo que a veces transforman las celebraciones litúrgicas católicas en shows, más al gusto protestante.
La parroquia de San Pedro Claver, en la zona este de la ciudad, está formada mayoritariamente por gente desplazada por el Gobierno en los años 60 del norte de Pretoria. En los años 90, aumentó el éxodo rural a las ciudades. Comenzaron a llegar también emigrantes y refugiados de los países del entorno e incluso de países más lejanos, como Somalia, Etiopía, Nigeria y Ghana. Los nombres de urbanizaciones informales, Mandela y Lusaka, evidencian la procedencia de muchos de sus habitantes, que traen sus lenguas y sus costumbres.
BABEL AFRICANA
Los hombres hablan cada vez más en inglés. Pero las diversas lenguas extranjeras y sudafricanas –el país tiene 11 lenguas oficiales– se mezclan y confunden. Las celebraciones litúrgicas se hacen, para no excluir a nadie, en inglés, tswana, sepedi, zulu y tsonga. El P. Medeiros, experto en improvisar sobre la marcha, se las arregla como puede.
Recientemente se ha producido un gran escándalo, al descubrir que muchas mujeres estaban ya casadas sin saberlo. Las mafias nigerianas y pakistaníes, con la colaboración de alguien del Ministerio del Interior, usaban el truco del matrimonio para traer emigrantes a Sudáfrica. En muchos casos, a cambio de 50 rands (unos 7 euros), pedían a las mujeres que les enseñasen el documento de identificación. Sólo en 2005 se detectaron en Pretoria 4.700 falsos matrimonios. El Ministerio se vio obligado a crear un departamento especial para averiguar el estado civil de las mujeres. El P. Medeiros vivió de cerca el drama de las mujeres que formaban largas colas ante este departamento especial.
ENTUSIASMO Y PARTICIPACIÓN
Después de no pocos escollos, el 19 de marzo de 2006 se inauguró el salón polivalente en Mahube Valey, a unos 10 kilómetros del centro de la parroquia. Ocho días después lo bendijo solemnemente el arzobispo de Pretoria. Entre 300 y 400 personas comenzaron después a participar en las celebraciones. El P. Medeiros está satisfecho: “Hay mucho entusiasmo y participación”.
Se ha creado un comité de recaudación de fondos para ayudar a comprar lo que falta. Ya se han adquirido algunas sillas. El P. Medeiros vaticina: “La comunidad no podrá ser económicamente autosuficiente hasta dentro de tres o cinco años”. Su pronóstico es optimista, dado que sólo la mitad de las personas está sin trabajo y buena parte de ellas viven en el circundante barrio de chabolas.
Mamelodi tiene pocos servicios médicos (el Gobierno ha comenzado a construir un gran hospital) y faltan escuelas. Además, la distribución de agua y electricidad no acompaña al rápido crecimiento de esta precaria megaciudad, que va devorando el paisaje de los alrededores de la gran ciudad.
La parroquia de San Pedro Claver tiene una clínica, recientemente ampliada. Atiende sobre todo a las mujeres embarazadas y a las personas infectadas con VIH. Según las últimas estadísticas de la OMS (Organización Mundial de la Salud), la incidencia del virus del sida entre las embarazadas sudafricanas pasó del 22,4 por ciento en 1999 al 30,2 por ciento en 2005. De acuerdo con el informe, las jóvenes tienen cuatro veces más probabilidades de ser infectadas con VIH que los chicos.
La población del área es bastante joven. Como en el resto del país, el 30 por ciento de la población tiene menos de 14 años. El P. Medeiros cuenta con 380 niños en las aulas de catecismo. Y asegura: “Los funerales son sobre todo de gente joven, víctima de la pandemia del sida”.
“TE MATO, TE MATO”
A pesar de ser muy apreciado en la zona, al P. Medeiros lo asaltaron dos veces. La primera fue en la carretera. Acababa de celebrar la boda de dos ancianos, que sólo estaban casados según la costumbre tradicional. Comenzaba a caer la noche y se ofreció a llevarles en “viaje de novios” a casa, en el barrio de Lusaka. En un cruce, ve acercarse a un joven con un saco de plástico, que supone lleno de piedras. Al darse cuenta del peligro, arrancó rápidamente, pero el saco rompió la ventanilla trasera donde estaba la novia. “El objetivo –dice el P. Medeiros– es hacer salir al conductor del coche y mientras éste persigue al atacante, los compinches roban el vehículo”. Cuando relató el caso en el puesto de la policía se enteró de que la semana anterior habían atacado con este método un coche de la propia policía, con éxito.
El segundo susto fue dentro del nuevo salón en Mahube Valey, en septiembre del año pasado. Después de regresar de sus vacaciones en Portugal, fue a Mahube Valley a celebrar Misa. Al final, le informan de que no había luz. Habló con un electricista para ir allí al día siguiente. El electricista no apareció y fue solo. El interruptor de la luz no funcionaba y decidió dar una vuelta. Muy pronto se dio cuenta de que el vigilante estaba en el suelo y tenía a su lado a dos hombres armados que le amenazaron: “Te mato, te mato”. Levantó los brazos y se mantuvo tranquilo. Le quitaron las llaves del coche. Uno de ellos le puso un arma en la nuca y le preguntó por su pistola, convencido de que todos los blancos van armados. “Me registró –dice el P. Medeiros–, me sacó la cartera del bolso donde tenía mis documentos, el reloj y un anillo, recuerdo de mi madre. Me mandó tirarme en el suelo, mientras el otro ponía el coche en marcha. Huyeron a toda velocidad”.
SUPERAR EL MIEDO
El P. Medeiros confiesa que “cuando me robaron, aparte de la sorpresa, no sentí nada especial. Pero después sentí algo de miedo, porque hay gente que ha muerto incluso sin reaccionar. La semana anterior, cerca de la iglesia, mataron a una médica blanca para robarle el coche: tenía 35 años, era madre de dos niñas y trabajaba como voluntaria en el hospital del barrio. Cuatro días después, un pastor protestante fue asesinado por ladrones en su casa. A continuación la mujer de otro pastor fue asesinada cuando entraba con el coche en el garaje”.
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