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LA MISIÓN
llamada y respuesta de amor

Bajo el lema “África, una provocación para la Iglesia y para el mundo”, la Semana de Misionología de Burgos dedicó el pasado mes de julio su 60 edición a conmemorar el 50 aniversario de la encíclica Fidei donum, de Pío XII. Mons. Robert Sarah, arzobispo emérito de Conakry (Guinea), inauguró la cita misionera con una conferencia, de la cual ofrecemos un extracto.

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Por Mons. Robert Sarah, Secretario de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos

Todos los estudiosos de las ciencias misionológicas reconocen que la encíclica Fidei donum, publicada hace 50 años por Pío XII, contiene un planteamiento doctrinal novedoso respecto al pasado (hasta 1957): la enseñanza misional del documento es ya un preanuncio de la cercana doctrina conciliar (Lumen gentium, Ad gentes...). La novedad se nota ya en las palabras iniciales: Pío XII pone el fundamento básico de la misión y del compromiso misionero en el “don de la fe” (Fidei donum).

La misión, según Pío XII, nace como agradecimiento, como testimonio, como un compartir una intensa experiencia espiritual. La misión, por tanto, tiene sus raíces –antes que en cualquier otra motivación– en la urgencia íntima y gozosa que el cristiano siente de testimoniar y comunicar a otros su experiencia interior de fe. Otras motivaciones para la misión, aunque nobles y muy motivadoras en otros tiempos –tales como la salvación de las almas, la implantación de la Iglesia, y otras–, vienen después. La misión es, ante todo, una llamada de amor, para una respuesta de amor. Una respuesta vivida en la gratuidad.

Está a la vista el carácter original de la Iglesia particular –de cada Iglesia particular– como sujeto de misión. En las Iglesias particulares, aun las más recientes, se ha fortalecido notablemente la conciencia de ser sujetos activos de misión, no sólo receptivos de la misma. A partir de esta concepción circular y paritaria de las Iglesias locales, queda superada también la concepción de una cooperación eclesial en “sentido único”, en favor de una cooperación misionera entendida –afirma Juan Pablo II– como “intercambio recíproco y fecundo de energías y de bienes, en el ámbito de una comunión fraternal de Iglesias hermanas, superando el dualismo ‘Iglesias ricas’–‘Iglesias pobres’, como si hubiera dos categorías distintas: Iglesias que ‘dan’ e Iglesias que ‘reciben’ solamente (cf. AG 37; Postquam apostoli 14-15)”.

En la nueva era misionera, preconizada por Pío XII y canonizada por el Concilio, se dio un gran cambio. Hasta ese momento, la misión era obra de algunas instituciones específicas, que la cumplían por encargo de la Sede Apostólica, con el “ius commissionis”. Las diócesis tradicionales, por una serie de razones históricas, se limitaban a una pastoral de mantenimiento de las comunidades cristianas, dejando a las Órdenes y a los Institutos misioneros las tareas de la primera evangelización en los continentes no cristianos. El gran cambio conciliar consistió en despertar y afianzar, incluso jurídicamente, la conciencia de que toda la Iglesia es misionera, y que cada Iglesia particular es sujeto activo de la Misión. En esta nueva visión conciliar tiene su raíz teológica el proyecto de los sacerdotes y laicos “fidei donum”. Por eso, la encíclica ha sido una llamada profética en favor de la misión universal de la Iglesia, así como de la misioneridad de cada Iglesia particular. Una profecía que es preciso relanzar, sin regateos, con creciente ardor apostólico.

DON Y PROFECÍA

Un mérito histórico de la encíclica ha sido –y sigue siendo en la actualidad– haber ‘relanzado’ el envío de sacerdotes diocesanos a las misiones ad gentes. Fue una apertura que suscitó nuevos fermentos y creó un nuevo dinamismo misionero en muchas Iglesias particulares de antigua fundación. Algunas diócesis ya habían empezado a dar los primeros pasos en esa dirección. Pasos tímidos, pero cargados de esperanza, que fueron creciendo y dando frutos abundantes en la viña del Señor. Frutos que se incrementaron aun más, desde que también los laicos, con ritmo creciente, de forma individual o asociada, entraron a trabajar en la misma mies, aportando la riqueza de sus carismas, en las diversas formas de voluntariado misionero.

En este ámbito, me complace poner en evidencia la grandísima aportación de la Iglesia española, que, ya desde 1948, dio inicio a la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA), organismo eclesial para el envío de sacerdotes españoles a las Iglesias necesitadas de América. Esta importante iniciativa ha sido una feliz anticipación de la llamada que Pío XII lanzó y extendió a toda la Iglesia y para toda la Iglesia. La OCSHA y los sacerdotes y laicos  son el feliz resultado de una doctrina misionera que en el Concilio ha tenido su sólida confirmación. El mérito profético de la Fidei donum y de la OCSHA no ha consistido en haber inventado una fórmula para aportar personal nuevo a las misiones, sino en haber recuperado la praxis misionera de la primera Iglesia. Aunque el número de los sacerdotes y laicos  y de la OCSHA nunca fue muy elevado y debería ser mayor, el balance es ciertamente positivo.

La recuperación de la misioneridad original de la Iglesia particular tiene sus gozos, que consisten, principalmente, en la gracia de la renovación de las personas enviadas y de las comunidades que envían, como lo subraya el decreto Ad gentes (n. 37). Pero esta gracia tiene también sus exigencias.

La encíclica, en su trayectoria histórica, está vinculada a África, continente hacia el cual el Papa Pío II quiso volcar toda la riqueza del nuevo compromiso misionero de la Iglesia universal y de cada Iglesia particular. Una riqueza consistente, ante todo, en aportaciones de personas, pero también de recursos materiales, y en especial de un nuevo intercambio de valores espirituales y eclesiales.

Ya en su tiempo, Pío XII quiso atraer la atención y la solidaridad de la humanidad y de toda la Iglesia sobre el cúmulo de problemas de África, que “ahora –decía el Papa en 1957– emerge para la humanidad más civilizada de nuestro tiempo y para la madurez política” y “se abre a la vida del mundo moderno y atraviesa los años tal vez más graves de su milenario destino”.

Los pueblos africanos y la labor de los misioneros y de las misioneras en África se han visto fuertemente corroborados por la cercanía del Papa y de la Iglesia entera, que han volcado sobre este continente nuevos recursos humanos y materiales, para el bien de los africanos. La cercanía de la Iglesia en la evolución de los nuevos pueblos de África se ha visto, de forma visible y creciente, con la creación de nuevos obispos y cardenales africanos, la erección de nuevas diócesis, la promoción de las vocaciones locales tanto de sacerdotes como de religiosos y religiosas, los nuevos ministerios confiados a los laicos... Como cristianos, podemos ratificarnos en la convicción de que, verdaderamente, el anuncio del Evangelio es el mejor servicio que la Iglesia puede ofrecer para el desarrollo de los pueblos. El Evangelio cambia a las personas desde dentro; y las personas renovadas interiormente son capaces de producir estructuras humanas nuevas, más justas y fraternas. Definitivamente, el Evangelio es la mayor riqueza para todos los pueblos de la tierra.

ALDABONAZO ECLESIAL

La visión realista y esperanzada de Pío XII sobre el futuro de África no se ha frustrado, a pesar de los problemas que aún persisten. La atención de la Sede Apostólica sobre este continente es constante, como se ve por las intervenciones de los pontífices Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Por su parte, el Papa Benedicto XVI ha anunciado ya la II Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en octubre de 2009, con un tema de extrema urgencia: “La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz”. Dentro de este marco, van a entrar otros temas de vital importancia, como el diálogo interreligioso, sobre todo con el Islam, el tema de la inculturación, la promoción humana, la solidaridad, la defensa de los derechos humanos... El Sínodo será, pues, otro aldabonazo, un fuerte momento eclesial, con la finalidad de relanzar la profecía de Pío XII sobre el futuro de África, a partir de las nuevas situaciones que viven los pueblos de este continente.

África es un continente cercano a la península Ibérica: somos vuestros vecinos del sur, nos separan unos escasos quince kilómetros; por eso quiero deciros: ¡gracias! Gracias por las aportaciones de vuestras Iglesias particulares a la obra misionera de la Iglesia en el mundo entero. Y permitidme que os diga ¡gracias! por lo que hacéis por África, en especial, ofreciendo el vivo testimonio de vuestra fe y la entrega de vuestras mejores energías personales.

En los tiempos actuales, la actividad de las misiones en el mundo y la colaboración misionera afrontan nuevos y graves desafíos, pero el Espíritu de Pentecostés sigue animando a nuestra Iglesia, aun en medio de los desiertos y tempestades. Él es, y seguirá siendo, el protagonista de la misión. Como ya he dicho, ¡la Iglesia misionera sigue esperando mucho de España!

 
 

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