Un misionero empieza a sentirse a gusto en el lugar donde evangeliza cuando oye que le dicen: “Eres de los nuestros”. Esto es lo que le pasa al Hno. Tarcisio Calligaro, un misionero italiano de 78 años que lleva más de cinco décadas formando a jóvenes mecánicos africanos. Comboniano desde hace 56 años, llegó a África por primera vez en 1953. “Fuimos en barco de Venecia a Alejandría, antes de proseguir nuestro viaje en coche hasta El Cairo, donde cogimos un tren con destino a Jartum, en Sudán”, cuenta con una voz ronca y una tranquilidad propia de su edad.
Su estancia sudanesa duró seis años, durante los cuales desempeñó su labor misionera en la parte meridional, más exactamente en Mupoi, en la región de los azande. Allí, empezó trabajando en la Escuela Técnica como profesor de mecánica. Luego montó un taller de reparación de coches, actividad que le llevó a trabajar también en el transporte. En ocasiones, tenía que viajar con los camiones que iban a Wau o Juba para las provisiones por si se averiaban en el camino. Sin embargo, esta experiencia, que recuerda con emoción, se interrumpió en 1959. “Fui de vacaciones y no pude volver a Sudán porque los misioneros habían sido expulsados. Todo el trabajo que había realizado se echó a perder”, se lamenta.
Pero lo más duro estaba por venir. En 1964 le destinaron a Congo, aunque no pudo viajar a causa de la rebelión de los simbas, durante la cual fueron asesinados cuatro misioneros combonianos. Tuvo que esperar hasta 1966 para que su sueño de volver a pisar suelo africano se cumpliera. Llegó a Rungu vía Kampala por la carretera. Su semblante cambia cuando empieza a contar lo que pasó veinticinco días después de su llegada. “Los militares procedentes de Katanga que estaban por la región, apoyados por los mercenarios azande, se sublevaron contra Mobutu. Querían conquistar toda la provincia oriental. De nuevo todos los misioneros tuvimos que refugiarnos en Zemio, en la República Centroafricana”. Meses después, el P. Fernando Colombo y él, junto con algunos belgas, regresaron a Rungu.
Desde 1972 está en la parroquia Santa Ana de Isiro. Empezó dirigiendo el taller interdiocesano destinado a arreglar los coches de todos los misioneros y sacerdotes de las diócesis de Dungu, Wamba, Bondo e Isiro-Niangara. En la actualidad, es el encargado del taller de la parroquia que ha montado gracias a la ayuda de unos amigos italianos. Su rostro transmite la serenidad de quien ha vivido situaciones muy duras que ha asumido como parte de su vocación. Durante la última guerra, se vio obligado a arreglar los coches de los distintos grupos rebeldes que ocuparon sucesivamente la ciudad. El recuerdo de un general ugandés, rodeado de sus lugartenientes fuertemente armados, sentado en un rincón del taller vigilando la reparación de su coche, le vuelve a la memoria.
A pesar de todo, no pierde la esperanza de ver mejorar las cosas en el futuro. Poco a poco, observa cómo se colocan por su propia cuenta algunos de los jóvenes que ha formado. “Es mi mayor satisfacción. He venido a África para esto y me quedaré en África mientras mi salud me lo permita”, concluye mientras da instrucciones en el taller.
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