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Para llegar a la sede provincial de las Misioneras Dominicas del Rosario en Luanda hay que tener valor: valor para adentrarse en el barrio Mártires de Kifangondo y, sobre todo, valor para sortear los inmensos charcos de agua putrefacta que invaden la calle llegando hasta la mismísima puerta de su casa. Viven a pocos metros del aeropuerto internacional 4 de Fevreiro. Lejos de ser una zona residencial, el barrio se asemeja más bien a uno de tantos suburbios de las capitales africanas.
Allí nos recibe la Hna. Ermelinda Nachimbia, Superiora Provincial de las Dominicas. Con ella está su vicaria, la Hna. María Jesús. Después de una sencilla pero sabrosa cena nos cuentan un poco la vida y milagros de esta congregación en Angola.
Las Misioneras Dominicas del Rosario tienen ocho comunidades diseminadas por todo el país, y casi todas ellas se dedican a la educación y la sanidad, aunque no falta tampoco la asistencia social. “Todo lo que haya que hacer, lo hacemos –afirma la Hna. Ermelinda–, aunque en este momento creemos que lo más importante es la educación y la salud”. En ambos casos trabajan con el Gobierno, aunque tienen también sus propias escuelas, como la de Viana.
Las primeras misioneras eran europeas (españolas y portuguesas) o peruanas, porque que la congregación, de fundación española, nació en Perú. Hoy tienen ya muchas vocaciones angolanas. De las 34 Hermanas presentes en el país, tres son peruanas, cuatro españolas y dos portuguesas; las 25 restantes, incluida la Hna. Ermelinda, son angolanas. Incluso hay ya varias Hermanas que trabajan fuera de Angola: una en Ecuador y otra en Congo. La misma Hna. Ermelinda estuvo tres años en Mozambique.
“Al igual que en otros países, nuestro carisma nos invita a estar allí donde la Iglesia más lo necesita –nos cuenta Ermelinda–. Angola era y aún es un país de misión. La primera casa se fundó en Kuanza Sur, en 1954. Allí empezamos a trabajar en el hospital. Poco a poco nos fuimos abriendo a otras diócesis para dar respuestas a las diferentes situaciones. Siempre estuvimos muy metidas en las comunidades del interior. En la zona de Kalandula, por ejemplo, tuvimos una comunidad que estaba a más de 100 kilómetros de la ciudad más cercana, en un lugar donde no había ninguna presencia misionera. Por ahí empezamos, con actividades de primera evangelización”.
Aún sin ser masivas, las vocaciones no les faltan, por lo que están empezando a abrir sus horizontes y enviar misioneras fuera de Angola. “Somos una congregación misionera; en nuestro último Capítulo en 2006 se ha hablado mucho del envío misionero y de la necesidad de abrirnos a otros países y otras misiones. Pero somos pocas, y eso condiciona cualquier nueva apertura”.
Aunque la casa de Luanda está dedicada principalmente a la acogida de las religiosas que están de paso, las Hermanas trabajan en la pastoral, concretamente en la parroquia, y en el puesto médico del barrio, una por la mañana y otra por la tarde. Otra, la Hna. Teresa, trabaja como profesora en una escuela. Tienen también una escuela de costura para las chicas y una escuela de informática para jóvenes, especialmente estudiantes.
Viven encarnadas en el barrio Mártires de Kifangongo. Comparten la vida y las miserias de la gente, empezando por la calle, embarrada con agua fétida. “Nos sentimos con muchas limitaciones –se queja la Hna. Ermelinda–. Basta mirar lo que tenemos en la misma puerta de casa, es un foco de enfermedades. Hablamos con los vecinos a ver si se puede hacer algo, llamar a las autoridades para que lo limpien, pero no hay respuesta, y eso que hay una escuela aquí mismo. La gente nos acepta bien, saben que somos religiosas, a veces vienen a traernos sus problemas, los de sus familias. Nos estiman, porque tenemos las puertas abiertas a todos”.
LA HNA. JOAQUINA, HISTORIA VIVA DE LA MISIÓN
A unos 300 kilómetros de Luanda está la diócesis de Malanje; y a 80 kilómetro de Malanje se encuentra la misión de Kalandula, conocida más por sus impresionantes cataratas que por los misioneros que viven y trabajan en ella desde hace casi medio siglo. Allí pudimos conocer al P. Arnaldo Da Rocha, un misionero portugués que podría escribir un libro con su larga y densa experiencia. La casualidad hizo que llegáramos justo el día que cumplía los 79 años de edad.
Allí está también la Hermana Joaquina Gutiérrez, toda una institución entre las Misioneras Dominicas del Rosario. Con sus 85 años a la espalda –más de la mitad vividos en Angola–, esta misionera vallisoletana es presencia viva de la historia de las Dominicas en Angola y testigo privilegiado de los últimos 40 años de la historia del país. Al verla tan jovial y sonriente, le preguntamos si en su larga y dilatada vida misionera en un país que ha vivido la guerra ha tenido alguna alegría. “Pues la de quedarnos –afirma como si fuera lo más normal del mundo–. Porque si nos íbamos todas esta personas se morían, y son gente, personas como nosotros. Aquí tenemos un cuadro que dice ‘Kalandula, ciudad de la fortaleza y de la resistencia’; y en aquel entonces era verdad. Todas las misiones fueron evacuadas, salvo la nuestra. Esa era nuestra satisfacción, éramos el único lugar en el que se podía hacer algo por esta gente. Les dábamos refugio y comida; si nosotras nos íbamos, a esta gente sólo les quedaba morirse y nada más. Una vez vino a buscarnos una consejera de parte de la Superiora General para sacarnos de aquí, yo le dije entonces: ‘Y lo que está escrito en nuestras Constituciones ¿para qué está escrito?’. Entonces nos pidió a todas que escribiéramos los nombres de las que se querían ir y las que se querían quedar. Todas firmamos que nos quedábamos. Éramos tres. Somos historia viva porque lo hemos vivido”.
Cuando mataron a gente de la misión, la Hna. Joaquina se dio cuenta de que la cosa no era tan fácil. “Yo no sé por qué me quedé, si es porque soy más tonta o más ignorante; no lo sé, pero me quedé. Mis superioras me decían que hay pocas como yo, que no se entiende cómo podía quedarme aquí en una situación semejante. Yo les decía que sólo Dios sabe. El Señor lo comprende y a mi eso me llega”.

UN PASEO POR LA MISIÓN
Le pedimos a la Hna. Joaquina que nos acompañe y nos muestre un poco la misión. Con una gran sonrisa se coge de nuestro brazo y comenzamos a caminar, con paso lento, pero firme. Sus piernas ya no tienen la misma agilidad que cuando llegó a Angola, pero siguen fuertes y firmes y parece que conocen de memoria cada rincón de la misión. Empezamos por la maternidad, que dispone de una nueva y flamante sala de partos equipada con todo el material necesario, un orgullo para la Hna. Joaquina: “Antes todos los partos se hacían en el centro de salud y era muy complicado. Ahora, con esta hermosa maternidad, todo va mucho mejor. Además, tenemos muchos partos”.
De pronto se detiene, mira al suelo y recoge una sandalia medio rota. “¡Mira este zapatito! –exclama– ¡Vaya por Dios! Lo habrá perdido un niño y lo estará buscando. Pobrecillo, ahora que empieza a llover lo necesitará”. Se lo guarda en el bolsillo de la especie de mandil que protege su hábito del polvo y seguimos caminando. Entramos en la maternidad y nos la va enseñando, sala por sala. En Kalandula, como en el resto de Angola, es normal que a los 14 años una niña ya tenga su primer hijo, todo un desafío para las Dominicas, que se dedica a su educación.
Llegamos a la escuela: un hermoso edificio de dos plantas con varias salas de clase cada una. En una de ellas el maestro no está. En otra una Hermana está impartiendo clase. Con toda naturalidad y espontaneidad, la Hna. Joaquina abre la puerta y nos invita a entrar. “¡Boa tarde, meninos!”. Saludo ante el que todos los niños se ponen en pie repitiendo a una voz “Boa tarde Irmá, boa tarde señor Padre”. En la clase hay medio centenar de niños y niñas de primaria. En el encerado se ven algunas cifras y operaciones de matemáticas.
“En esta escuela estudió uno que fue ministro –nos dice la Hna Joaquina–. Me llama mamá y todo. Una vez fui a Luanda a pedirle favores para que nos ayudara a la misión. Me prometió que nos ayudaría, pero la ayuda nunca llegó”. Visitamos algunas clases más y vemos que son varias en las que no está el profesor. “Esto es así siempre –suspira la Hna Joaquina–, y seguirá así hasta que el Gobierno ponga las cosas en su sitio y les pague como es debido”.
RAZONES PARA SER FELIZ
Nuestra visita está llegando a su fin. El obispo, Monseñor Luis María, que nos ha acompañado hasta aquí, nos dice que es tarde y que va siendo hora de regresar a Malanje; pero la Hna. Joaquina sigue a su ritmo. Para ella no hay prisa, el tiempo no existe. Y mientras vamos caminando hacia la casa de las Hermanas, vemos cómo van llegando en bicicleta varios alumnos de la escuela. Entre saludo y saludo a sus “meninos”, la Hna. Joaquina sigue contándonos cosas:
“Esta escuela, la maternidad, la iglesia... todo fue construido por el P. Rocha. En el 75, cuando llegó la independencia, el Gobierno nos lo quitó todo. Quisieron entrar en nuestra casa para hacer inventario de lo que teníamos y ver lo que podían quedarse. Nosotras nos opusimos con fuerza, les dijimos: No nos movemos de aquí, hagan el favor de salir de nuestra casa. ¡Menudas éramos nosotras! En el 92 nos lo devolvieron todo, pero en un estado desastroso. Les convenía devolverlo porque así no tenían que molestarse en arreglarlo. Ahora tenemos esperanza porque hay paz. Esperanza de que esta gente vaya adelante, de que sean ellos los que avancen; nosotras tenemos que desaparecer y ellos avanzar”.
Dentro de la Hna. Joaquina hay algo que la lleva impulsando y animando desde que llegó a Angola. Se la ve feliz y realizada. No podemos evitar hacerle la pregunta:
Se echa a reír. “¡Huy, qué pregunta! También me la hizo mi sobrina una vez. ¡Pues claro que soy feliz! Si mañana volviese a nacer, volvería otra vez aquí, y volvería a entrar en la congregación de las Misioneras Dominicas. Yo siempre he sido feliz. Cuando entré, mis padres no querían; pero después mi madre me decía: ‘Qué pena que ninguna de tus hermanas haya querido ser monja’. Yo le respondí: ¿Ahora me sales con esas? ¿Ellas no son felices? Y mi madre me respondió: ‘Sí, lo son, pero como tú ninguna’. El Señor me ha dado más de lo que merezco, a mi edad ya tendría que estar con los angelitos. Pero aquí sigo, y hago lo que puedo. Con lo gastada que estoy ya, poder seguir haciendo bien a esta gente, a los huérfanos, a mis meninos.... ya es mucho”.
Llega el momento de partir. Mientras estamos subiendo al coche del obispo para regresar a Malanje, la Hna. Joaquina se agacha y recoge otro zapato. “Mira, otro menino que perdió el zapato. Pobrecillo. ¡Meninoooos!”.
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