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A pesar del levantamiento de algunos pueblos, como los hehe, ninguna de estas medidas provocó una rebelión tan extensa como la de proponer un plan comunal de cultivo de algodón, en el que la gente debía trabajar, al menos, 28 días al año; los salarios eran tan bajos que muchos rehusaban cobrarlo.
El descontento que se fue extendiendo por la población no se debió tanto a la obligación de cultivar el algodón, sino al hecho de imponer un trabajo forzado en beneficio de la administración colonial. Todo el malestar suscitado fue aprovechado por Kinjikitile Ngwale que, utilizando creencias religiosas tradicionales, se presentó como un nuevo profeta con la misión de expulsar a los extranjeros del país. Como su objetivo concernía a muchos pueblos, no le fue difícil aglutinar en torno suyo a gran parte de ellos, y presentarse como un jefe indiscutible seguido sin contestación por los que se hicieron sus adeptos.
El movimiento se extendió por un área de unos 26.000 kilómetros cuadrados, abarcando más de veinte grupos étnicos en las demarcaciones de Tanganica central y meridional. Comenzó a actuar en julio de 1905 y no fue totalmente dominado hasta el 4 de agosto de 1907, fecha en la que su fundador fue ahorcado por los alemanes. Aunque un hermano suyo se puso a la cabeza del movimiento, haciéndose pasar por el espíritu de uno de los dioses de la región, su acción se debilitó rápidamente por la brusquedad con que fue perseguido.
Los maji maji constituyeron, sin duda ninguna, uno de los movimientos más unidos y, a la vez, más complejos que ejercieron una verdadera oposición al sistema colonial. Esto se explica por los ingredientes mágicos y religiosos en los que se fundamentó su lucha: Ngwale apeló a las creencias tradicionales en Dios y en los antepasados para exigir la unidad de todos, y afirmó que, si luchaban juntos, el primero los ayudaría sin ninguna duda y los segundos resucitarían. Para manifestar la presencia de este elemento religioso se construyó un gran templo, desde donde emanaba toda la mística de la lucha contra los extranjeros. La magia fue un complemento necesario para mantener de forma decisiva la moral de los combatientes; para esto, los brujos se encargaron de preparar unos hechizos con hierbas medicinales (maji), que transformarían en agua las balas disparadas por los europeos.
La reducción de los insurgentes obligó a Alemania a preparar un gran ejército que, partiendo de la costa, penetraba hacia el interior arrasando y quemando tanto los poblados como los campos; se calcula que las víctimas alcanzaron la cifra de 120.000. A pesar de la victoria, las autoridades alemanas recapacitaron sobre las causas del movimiento e introdujeron ciertas reformas sobre la administración colonial, abandonando el proyecto sobre el algodón y reconsiderando el método sobre el reclutamiento laboral forzoso.
RELIGIÓN AFRICANA
Una reflexión importante sobre la rebelión maji maji nos lleva a considerar la capacidad que encierra el sistema religioso africano para actuar en pos de la liberación de su gente. La religión tradicional africana, que crea una estrecha relación entre el grupo, la naturaleza y los antepasados, no permite la ruptura de este vínculo y se lanza contra cualquier elemento que perturbe esta interdependencia armónica. La colonización europea fue, precisamente, la ruptura de esta estabilidad ancestral, mediante la imposición de la cultura del individualismo y de la ética del beneficio. Por esto, la religión africana tiene la capacidad de suscitar profetas y líderes religiosos que dirijan a todos hacia la defensa de su vida y valores. No se trata, pues, como se ha escrito, de la “magia de la desesperación”.
Con esta reflexión podemos aplicar a situaciones de nuestros días lo que ayer hizo África contra intervenciones foráneas. Si volvemos a la región de los Grandes Lagos, vemos cómo los invasores actuales están haciendo lo que los alemanes en Tanzania: robar y reprimir. “El verdadero ‘nombre’ de los interahamwe (milicias hutu ruandesas contra el poder tutsi) es hoy el coltán, los minerales que los ruandeses encuentran en la región. El Gobierno ruandés no tiene ningún interés en resolver los problemas de los interahamwe porque le sirven de justificación para perpetuar el expolio de Congo... Ruanda jamás había sido exportador de minerales. Hoy ingresa grandes cantidades de dinero por la venta de minerales. Pero esos minerales son congoleños”.
Y junto al robo, el oprobio: “Hoy la situación de la población es una mezcla de miseria y de humillación. Se encuentra humillada por la pobreza y también por los horrores que provocan los combatientes, como las violaciones de chicas y mujeres, las mutilaciones, los secuestros, etc. Muchas jóvenes y mujeres son arrebatadas de sus poblados y conducidas a la selva donde sufren toda clase de vejaciones; muchas de las que vuelven lo hacen con enfermedades, embarazadas...”. Son declaraciones de un testigo directo que vive cada día la angustia de la inseguridad y la vida de un pueblo sin horizontes. De la implicación de Uganda en el robo de oro congoleño puede leerse el resumen del informe de Human Rights Watch, La maldición del oro, publicado en esta misma revista (julio-agosto 2005, pág. 8).
De las varias conclusiones que podemos sacar de estos dos acontecimientos históricos en la vida africana, quizás la más importante sea la constatación de la pervivencia colonial, aunque hayan cambiado los términos y ahora se dé entre los propios países africanos. Recordar hoy a los maji maji puede parecer una circunstancia anacrónica, pero tremendamente actual; su lucha y sacrificio sirvió para cuestionar y abochornar la imposición de un dominio extranjero; pero su ejemplo, en lugar de servir de modelo para evitar situaciones semejantes, encontramos que en el siglo XXI se repiten las mismas con el agravante de darse entre países hermanos.
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