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El pasado 22 de marzo me encontraba en Maputo organizando mi trabajo de campo cuando se empezaron a oír estruendos muy intensos. Alguien aseguró: “Ha explotado el Paiol”, un arsenal militar situado a las afueras de la capital de Mozambique. En España hubo un pequeño artículo en uno de los diarios principales. Habría que ver las portadas en todos los países del mundo si la “catástrofe” hubiera ocurrido en un país rico.
El arsenal, situado a las puertas de Maputo, ardió y empezó a explotar enviando proyectiles por doquier, afectando, sobre todo, a los barrios colindantes y al aeropuerto: bombas que entraron en casas y autobuses, otras que quedaron en medio de la calle sin explotar, otras que destrozaron fachadas y calzadasº Provocaron 74 muertos y más de 300 heridos.
Este arsenal ya dio un aviso en 1985; hubo unos 20 muertos. El pasado mes de enero hubo explosiones en este arsenal y en otro de Beira. Pero las medidas preventivas que se tomaron fueron nulas o ridículas: la población que se había establecido en los alrededores del arsenal no fue desalojada, las condiciones del almacén no se modificaron, ni se decidió desactivar o trasladar el armamento a un lugar más despoblado.
Así, se crea en Mozambique la figura de la muerte innecesaria: una calavera que perdió su reloj de arena y establece aleatoriamente el momento de una muerte que llega camuflada en accidente o catástrofe, pero que siempre tiene la característica de la imprudencia y la duda de si se podía haber evitado.
Las ayudas en estos casos son meramente paliativas. En muchos casos se trata de dinero que excepcionalmente llega íntegro a sus destinatarios, ya que la mayoría se pierde entre burocracias y una gruesa administración que mantiene unos privilegiados empleados en oficinas inservibles sin ninguna preparación ni tareas que realizar.
Esta carencia de cualquier tipo de prevención y preparación de los servicios de emergencia hace que lo que podía ser una pequeña desgracia se convierta en una catástrofe. La legitimidad del Estado queda reducida a cenizas, como cenizas son hoy las casas de muchos de sus ciudadanos. La democracia, que en otros lugares queda deslegitimada por la baja participación y la elección de eslóganes y candidatos en vez de objetivos, aquí ha de calificarse, aún más certeramente, de dictadura, estableciendo una división (ahora hasta una agresión) entre el Estado y el ciudadano.
Un lector occidental pensará que es un riesgo viajar y vivir en ciertos países africanos. Más aún cuando se sabe que la esperanza de vida de Mozambique ronda los 41 años.
La tristeza de las muertes ridículas, absurdas, evitables, en catástrofes y accidentes domésticos y la visión de la imprudencia y falta de prevención de riesgos evidentes, son sólo una parte. La vida libre y fraternal en la que el hombre es dueño de su tiempo es la otra parte. No hay enemigos entre tus semejantes, todos son iguales ante unas instituciones que les incomodan y que evitan en la medida de lo posible, instituciones que quedan lejos de las tradicionales que viven y asumen.
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