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Mons. Gianfranco Masserdotti
EL OBISPO QUE ENSEÑABA A VIVIR

Hace un año, el 17 de septiembre de 2006, murió Mons. Gianfranco Masserdotti, víctima de un accidente en la carretera que une Balsas con la ciudad de San Raimundo de las Mangabeiras, en Brasil. Misionero comboniano, tenía 65 años y hacía diez que era obispo de la diocesis de Balsas, al sur de Maranhao. Era amigo de los pobres y defensor de los indios. Su muerte dejó una gran tristeza en todos los que le conocieron;pero su mensaje está más vivo que nunca. Fue habitual colaborador de Mundo Negro en la sección Punto final.

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Por Paulo Lima

Marta Bispo, ex-coordinadora de pastoral de la diocesis, que trabajó más de quince años con el misionero comboniano entre la periferia de San Luis y Balsas, cuenta que “la muerte llegó de repente. Nos cogió a todos de sorpresa. Desde la noche del domingo a la mañana del martes, cuando se le enterró, la catedral de Balsas estuvo siempre llena. Cada parroquia de la diócesis se relevaba para cantar, ofrecer su testimonio y dar un último adios a su pastor”. Entre cantos y rezos, una frase que el obispo acostumbraba a decir sobre la muerte fue la más recordada: “La verdadera muerte sucede cuando colocamos nuestra esperanza y el sentido de nuestra vida en la posesión, en el poder, en el placer desordenado, cuando cerramos nuestro corazón al prójimo y nos dejamos llevar por el egoísmo”.

Marta guarda en la memoria y en el corazón lo que, para ella, es la gran enseñanza dejada por Don Franco: “Si quisieramos cambiar este mundo, hemos de gastar nuestra vida en defensa de los más pobres. Él asumió eso durante toda su vida, desde los más sencillos gestos cotidianos hasta sus viajes por el extranjero en busca de recursos para mantener las actividades pastorales y sociales de la diócesis”.

EL ADIÓS DE LOS APINAJÉ

La celebración de despedida duró más de dos horas. Había más gente fuera que dentro de la catedral, llena con los fieles llegados de todas las parroquias de la diócesis, venidos de Italia, amigos y autoridades de otras ciudades y Estados de Brasil. De los doce obispos de Maranhao, sólo faltaron tres porque estaban de viaje en el extranjero.

Presidente del Consejo Indigenista Misionero (CIMI), Don Franco recibió un homenaje de un grupo de indígenas Apinajé que celebraron un ritual fúnebre de su pueblo, en el cual entregaron como ofrendas alimentos con harina y pan, “para que Don Franco continúe fuerte”.

Para Don Tomás Balduíno, presidente de la Comisión Pastoral de Tierra (CPT), de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB), “fue una gran pérdida para la causa indígena”. Según este obispo, Don Franco era una persona muy comprometida que respetaba verdaderamente a los indígenas. En la entrevista que nos concedió, publicada en el periodico Brasil de Fato, en junio de 2006, Don Franco hizo un balance de la política indigenista del Gobierno de Lula: “La complicidad activa de sectores del poder judicial en las demarcaciones de las tierras indígenas revela que el cerco político y jurídico se cierra sobre los derechos de los pueblos indígenas”, dijo entonces.

El coordinador del CIMI en Mato Grosso del Sur, Egon Heck, recuerda “el bautismo en la cuestión indígena” de Don Franco. Cuenta que “en Coroa Vermelha, en Bahía, con ocasión de la Conferencia Indígena de 2000, cuando las élites celebraban los 500 años del principio de la invasión, él se enfrentó a la represión dirigida por el coronel Muller. Muchos indios quedaron heridos y Don Franco estuvo detenido durante algún tiempo por los militares. Fue un momento duro que el presidente del Cimi sufrió por estar al lado de los pueblos indígenas y de los misioneros que allí trabajan”. En esa ocasión, él no evitó el enfrentamiento político, incluso delante de los representantes del Vaticano, con ocasión de los 500 años de la Evangelización. Tuvo el valor, juntamente con un pequeño grupo de obispos, de manifestar su desacuerdo frente a tales conmemoraciones.

Heck añade: “Para los miembros del CIMI, el dolor está redoblado. No sentimos sólo la pérdida del compañero que, con su sabiduría y sonrisa, alentó tantas luchas por los derechos de los pueblos indígenas, sino sentimos la súbita partida del padre, del hermano mayor, del amigo, del animador de la misión y de la mística que anima nuestra lucha por la vida y por los derechos de los excluídos. Pero además de eso, nos sentimos privados de quien tan profundamente creo e impulsó nuestro plan pastoral”.

Misioneros del CIMI de Porto Alegre no consiguieron ir a Balsas, pero enviaron un testimonio en el que afirmaban que el presidente del CIMI “era una persona cariñosa, con un talento especial, capaz de instigarnos a luchar un poco más, a creer más profundamente, a no dejarnos abatir, convirtiendo las dificultades en motivaciones para seguir con más valor”.

Como la amiga y colaboradora Marta Bispo, los misioneros Iara Tatiana Bonin y Roberto Antonio Liebgott resaltaron que, en la larga convivencia con el misionero comboniano, “lo más precioso que él imprimió en nosotros fue la sensación de que una causa no puede ser asumida sino con pasión, que amar al prójimo es desarrollarse, comprometer los sentimientos, los sentidos, el espirítu, el sueño. Aprendimos con él que no hay desarrollo que no vuelva cautivo el corazón, que no hay compromiso sin atarse los pies, sin los callos de seguir en marcha, sin colocar las manos en una obra común”.

DEFENSOR DE TODOS LOS DERECHOS

En nombre del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y de la Secretaria Especial de Derechos Humanos, el ministro Paulo de Tarso Vannuchi divulgó una nota en la que afirmaba que la muerte del obispo de Balsas es “una pérdida irreparable para la comunidad misionera, los pueblos indígenas y para todos los que luchan en defensa de los derechos humanos y de la vida”. Según el ministro, Don Franco “se convirtió en una referencia de los principios civilizadores, de la búsqueda incesante del diálogo y del respeto por la diversidad cultural, temas tan queridos en la construcción de un mundo más fraterno, justo y tolerante con la pluralidad de ideas y de ideales”.

Derechos humanos, derechos de los campesinos que sufren hace más de quince años con la invasión del agronegocio en la región de Balsas, en el Sur del Estado de Maranhao: un área de 12.564 kilómetros cuadrados, con una población de más de 60.000 habitantes, muchos llegados de otros Estados del noreste y del sur del país. Balsas se convirtió en la mejor opción de inversión en el sector agrícola del país y uno de los mejores del mundo. La cosecha de 2003 impulsó la plantación y la comercialización del grano, ocasionando unos ingresos del orden de los 700 millones de dólares. El cultivo de soja es la gran locomotora que empuja la economía de Balsas a la velocidad de una tasa de crecimiento del 8,3% al año.

Sucede que los pequeños productores y la población pobre están quedando fuera de ese tren al que llaman progreso. “Hay varios casos de conflictos a causa de las tierras en la diócesis”, apunta Marta Bispo, hoy coordinadora de la Comisión Pastoral de la Tierra de Maranhao. “Y Don Franco siempre procuró apoyar la lucha de los sin-tierra y criticó la implantación de grandes proyectos de monocultivo como la soja en la región”.

Autor del libro Misioneros por el Reino, editado por Mundo Negro, Don Franco creía firmemente en la Iglesia de los pobres, construída a partir de las Comunidades Eclesiales de Base y estimulada por la Teología de la Liberación. Defendía, como uno de sus “maestros” –el obispo Pedro Casaldáliga–, la unión entre fe y vida, oración y política. Por eso procuró comprometerse en el Movimiento de Combate contra la Corrupción Electoral en Maranhao, uno de los Estados más pobres del país y gobernado por las mismas oligarquías hace más de 30 años. Participó activamente en la recogida de firmas para la iniciativa popular que dió origen a la Ley 9840 de combate contra la corrupción. Además de eso, fue un gran incentivador de la formación de Comités 9840, las organizaciones de base del movimiento, diseminadas por todas las parroquias de su diocesis. “En Balsas, las filas formadas por los electores a la puerta de las casas de candidatos que distribuían billetes de cincuenta reais (moneda del país) se extinguieron simplemente gracias a sus sermones”, recuerda el juez Jorge Moreno.

Don Francisco murió a pocas semanas de las elecciones generales en la que se decidió el rumbo de Brasil. “El hombre que salió de Brescia, en Italia, para sembrar la virtud en el ‘sertao’ (tierras sin cultivar) marañense dejó huérfano un movimiento que ayudó a inspirar”, afirmaron en una nota los integrantes del Comité Nacional del Movimiento de Combate contra la Corrupción Electoral.

UN PUENTE CON ÁFRICA

Verdadero seguidor de San Daniel Comboni, fundador de su congregación y que dio su vida por África, Don Franco siempre procuró fomentar proyectos misioneros de intercambio entre las Iglesias de Brasil y varios países del continente africano, sobre todo los de lengua portuguesa.

En nombre de la pastoral Afro-brasileña, ligada a la CNBB, el obispo de Bagé (Río Grande del Sur), Gilio Felicio, afirmó que Don Franco fue un “misionero inculturado y apasionado por nuestra tierra y nuestra gente, que actualizó el benemérito carisma de Daniel Comboni”. También dijo que su trabajo contribuyó mucho para que “las relaciones entre las Iglesias de Brasil y de África fuesen puestas bajo el signo de la caridad, que se manifiesta en la capacidad de pensar y ser solidario con quien sufre, de tal modo que el gesto de ayuda sea sentido, no como limosna humillante, sino como reparto fraterno. La caridad que se vuelve, necesariamente, una forma de servicio a la cultura, la política, la economía y la familia”.

Como un coro al unísono, los amigos de Don Franco acuerdan que para no olvidar el mensaje que con él aprendieron, “es preciso continuar extendiendo la Buena Nueva, creyendo que la cosecha será fecunda, que la vida será plena, que la tierra será compartida y se cubrirá de grano para saciar el hambre de justicia, el hambre de paz, el hambre de amor. Continuar sembrando en campos áridos para ver germinar la ternura, para ver crecer los proyectos de futuro de esos pueblos oprimidos a quien Don Franco dedicó especial atención”.

 
 

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