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Los viajes a países extranjeros comienzan, normalmente, en las fronteras. El nuestro empezó en Nimule, 100 kilómetros al norte de Gulu, un centro que hasta hace un par de años no era más que un racimo de silenciosas cabañas (llamadas “tukul” en Sudán) y que hoy es un atareado hormiguero donde autobuses, camiones y vehículos privados van y vienen por la polvorienta carretera que lleva hasta Juba, abierta el año pasado después de eliminar las minas antipersona. Desde entonces el comercio en esa frontera ha aumentado diariamente. Menos visible resulta la presencia de miles de personas desplazadas, que en los últimos años han escapado del terror del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en inglés) al este, en la zona de Magwe.
La primera parte de los 200 kilómetros de carretera que lleva a Juba revela una tierra extraordinaria y exuberante bañada por el Nilo, que resplandece en el valle. Subiendo las montañas se atraviesan unas selvas donde de vez en cuando se ven señales avisando del peligro de adentrarse por sitios donde puede haber minas. Debido a las décadas de guerra que estas tierras han padecido, no se ven aldeas o gente caminando, sólo militares cada pocos kilómetros.
Juba cambia de día en día. En pocos meses un suburbio muy vivaracho ha crecido como un hongo en Gumbo, en la orilla Oriental del Nilo. Hospeda a refugiados vueltos mayoritariamente de Adjumani, en Uganda. Durante muchos años, Juba fue una gran guarnición de soldados asediada por el Ejército Popular de Liberación de Sudán (SPLA, en inglés), que la bombardeaban casi todos los días. Hoy trata de quitarse de encima su aspecto decrépito, aunque tardará mucho en conseguirlo. Contratistas internacionales se han dado prisa por ponerse a construir carreteras, oficinas, casas y suministros eléctricos e hidráulicos. También el tráfico crece de día en día y los elegantes vehículos oficiales compiten con las peligrosas boda-boda, motocicletas conducidas por jóvenes suicidas. El lujo de los carísimos hoteles –propiedad de kenianos– contrasta con los montones de basura que se ven por las calles. Seguramente no es fácil gobernar un país que depende el 50% exclusivamente de los ingresos del petróleo compartido con Jartum. Muchos de los bien informados se preguntan si es verdad que el Gobierno de Sudán Meridional puede verificar si lo que recibe corresponde verdaderamente a la mitad de su riqueza o es mucho menor.
EMBOSCADAS: LAS POLÍTICAS DE MUERTE
Después de atravesar muchos kilómetros de caminos solitarios, Liria es el primer centro que ofrece una semblanza de normalidad, con jóvenes pastores apacentando sus rebaños, una escena idílica que se repite en Jebelcotton, donde unos pocos civiles viven alrededor de unos campos militares.
Las emboscadas que destruyeron vehículos y vidas humanas en estas zonas hasta no hace mucho se atribuyeron en un principio al LRA, y más tarde a elementos relacionados con las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS). Aún recuerdan todos cómo el pasado 9 de enero, en las celebraciones con motivo del segundo aniversario del Acuerdo Global de Paz en Juba, Salva Kiir aireó sin pelos en la lengua estas acusaciones delante del mismísimo presidente El-Bashir.
En Sudán Meridional se percibe y comenta que Jartum busca asustar a posibles gentes que desean volver para que el censo que se prepara para el próximo año excluya a futuros votantes capaces de determinar los resultados del referéndum de 2011. El Gobierno de Sudán Meridional parece determinado a contener a posibles alborotadores. Paul Omaya, líder de las Fuerzas de Defensa Ecuatorial, una milicia apoyada y sostenida por el Gobierno de Jartum y vinculada al LRA de Kony, fue arrestado en agosto de 2006 y sigue en la cárcel desde entonces. En junio de este año algunos jóvenes que hacían de puente entre el LRA y las Fuerzas Armadas Sudanesas fueron arrestados por llevar teléfonos manipulados con información de movimientos de vehículos. Estos días, sin embargo, los miembros del LRA que aterrorizaban a la gente de Ecuatoria Oriental y Central se han movido hacia Rikwangba para unirse al resto de sus fuerzas, dando un respiro a los sudaneses meridionales desplazados a causa de la violencia.
Torit presenta un formidable contraste con Juba. No hay señales de que se invierta en este pueblo que ha sufrido olas de desplazados cada década. El más reciente tuvo lugar en 1989, cuando el SPLA derrotó a las FAS después de cruentos enfrentamientos. En 2002, el SPLA capturó el pueblo de nuevo, causando una mayor destrucción. Cabañas escuálidas y ruinas puntean el lugar. Me acerqué hasta el centro diocesano, donde el clero vive hasta ahora en tiendas y se nota algún intento de reconstrucción. A pocos kilómetros de allí me quedé de pie observando la catedral, resquebrajada y en parte demolida después de que las FAS intentasen reventarla en los años 90.
Los que han vuelto han levantado sus “tukul” cerca de la catedral, como si la viesen como un signo de esperanza. La carretera hacia el este, que llega hasta Lokichokio, en Kenia, se abre a majestuosos parajes coronados por montañas. Pasamos por las aldeas de Iliyu, Tohobak y Lubira y me di cuenta de que algunas casas las habían construido en las cimas de los montes. Los jóvenes lotuko, armados con fusiles, bajan desde ellas hacia las llanuras acompañando a sus rebaños. Conforme giramos hacia Isoke, encontramos a otros grupos de jóvenes armados, son de los grupos étnicos dongotomo, logir y lokwa, pertenecientes a los “lango” (nada que ver con los lango de Uganda). Me dicen que el LRA nunca se aventuró en estas zonas pero las razias por ganado entre los distintos clanes han sido una plaga durante décadas. El SPLA insiste en que ahora el flujo de municiones se ha parado y que termine será cuestión de poco tiempo. No está claro cómo se pueda verificar.
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