Un cuerpo que habla - El valor de lo externo

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ABRIL 2008
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RAÍCES
Un cuerpo que habla

El valor de lo externo

Cuando la veo, lo percibo luego. Sofía es muy expresiva. Si llega eufórica es porque le sucedió algo bueno. Si viene andando despacito es porque está preocupada. Si está simpática está en su estado normal. La actitud que adoptamos con el cuerpo indica lo que hay en nuestro interior. Esto sucede también cuando estamos junto a otras personas.

El hijo Prodigo

Piensa en una boda. Cuando los novios se colocan las alianzas están de pie. ¿Por qué? Porque están comprometiéndose el uno con el otro para toda la vida. Estar de pie es señal de respeto el uno por el otro. Quiere decir que están decididos a vivir el uno para el otro. Imagina que lo hiciesen sentados. Aquel momento importantísimo de sus vida perdería fuerza. Sería sin convicción.

Pero si vamos al cine ya no estamos de pie. Para ver la película nos sentamos. Sentados tenemos más concentración. Podemos captar mejor el mensaje de la película. Nos sentamos para hablar de cosas importantes con un amigo. Requiere atención y una capacidad de escucha. ¡No se habla de cosas importantes corriendo para coger el autobús!

A veces el tema se complica. Es preciso pedir perdón. Y no siempre es fácil. Hasta podemos llegar a decir: “Te lo pido de rodillas: ¡perdónamé!”. Y juntamos las manos. Éstas son ocasiones que sólo se viven en la intimidad. Raramente nos ponemos de rodillas delante de otros. Cuando eso sucede es una actitud de humildad. Y para pedir perdón.

Adorar

religiosas y comunidad bailandoAcostumbramos a ponernos de rodillas cuando rezamos. Estar de rodillas es una actitud de adoración. Cuando tomamos conciencia de la presencia de Dios, necesitamos estar en silencio. Debemos arrodillarnos para adorarlo. ¡Él que nos sobrepasa, que es infinitamente mayor que nosotros!

Es lo que pasó con el apóstol Tomás. Oímos esta narración en la celebración de la Pascua. Después de la muerte de Jesús, los apóstoles se encerraron en el cenáculo. Tenían miedo de que los judíos también fuesen a prenderlos. El primer día de la semana, después de la muerte de Jesús, Tomás debió salir para hacer algún recado. Cuando llegó, los otros estaban muy eufóricos. “¡Vimos al Señor! Jesús estuvo aquí con nosotros”. Tomás no les hizo caso. ¡Cómo podía creer eso! ¡Había visto morir a Jesús en la cruz! Y pidió algo imposible: ”Si yo no veo la señal de los clavos en sus manos y no meto mi mano en su pecho, no lo creo”. Ocho días después continuaban todos allí. De repente vieron que Jesús estaba en medio de ellos. “Tomás, ven. Pon aquí tu dedo…” Tomás no resistió más: “Mi Señor y mi Dios!”. ¿Qué imaginas que hizo Tomás? Naturalmente, se arrodilló. Reconoció a Jesús como Dios y le adoró.

Arrodillarse

En Misa estamos de pie o sentados. Hasta nos arrodillamos. Pasamos por todas las situaciones que corresponden a estas tres posturas corporales. Por ejemplo, estamos de pie cuando se lee el Evangelio. Es señal de disponibilidad para hacer lo que Jesús nos dice. Estamos sentados durante la homilía, invitados a meditar la Palabra que oímos. Nos arrodillamos en la consagración.

Creemos que la narración de la Última Cena, las palabras y gestos de Jesús lo hacen realmente presente ante nosotros en su Cuerpo y Sangre. Estar de rodillas en este momento nos lleva, como a Tomás, a adorar a Jesús y a admirarlo ante tan gran misterio. Después de comulgar, podemos arrodillarnos de nuevo en una actitud de adoración a Jesús presente en nosotros mismos. Lo que hacemos corresponde siempre a una actitud interior. Basta descubrirlo y entrar en la aventura de vivirla en serio.

 




Hna. Isabel Martin

 


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