Selva y barro

JULIO-AGOSTO 2008
Editorial
Telemundo
Selvas y barro
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SELVAS Y BARRO
La extraordinaria "aventura" de un misionero en las carreteras de Congo

Viajar por las carreteras de la República Democrática de Congo se convierte en una auténtica aventura. Los misioneros combonianos de la parroquia de Isiro, sobre todo en la época de lluvias, saben cuando salen, pero nunca cuando llegan. El barro y la selva se lo ponen difícil.

Tengo una visión para Congo: Quiero carreteras de norte a sur, de este a oeste. Quiero así mejorar la situación del pueblo”. Estas palabras del actual jefe de Estado, Laurent Desirée Kabila, pronunciadas en 2006 no se han cumplido de momento. Su visión se ha quedado simplemente ahí. No se ha hecho realidad y parece que el problema va para largo.

Al salir del pequeño aeropuerto de Isiro, al noreste del país, los tres o cuatro primeros kilómetros de la carretera están asfaltados. Pero vana ilusión. A partir de ese punto las carreteras asfaltadas brillan por su ausencia. No existen. Los barrizales y los baches cubiertos por el agua son el pan nuestro de cada día.

En la ciudad de Isiro, los misioneros combonianos tienen una parroquia, Santa Ana. Desde allí tienen que trasladarse a las 51 capillas de la selva. La más lejana está a unos 120 kilómetros de distancia. Y para llegar hasta ellas sólo hay una carretera de tierra muy transitada por camiones y pequeñas furgonetas. En la época de las lluvias casi es imposible circular por ella. Es un auténtico infierno. Lo más normal es que les toque pasar más de una noche a la intemperie si quieren llegar al punto de destino, perdiendo muchísimo tiempo y energía. A veces, ni el mejor “todo terreno” consigue superar las pruebas que exigen atravesar baches enormes llenos de agua. Es fácil quedarse en medio del agua. Si en el fondo hay piedras, se puede superar la prueba, pero si no las hay, lo mejor es encomendarse a todos los santos.

Viajar por estas carreteras es una experiencia casi increíble. Cuando vas como viajero y te encuentras con un enorme barrizal, cierras los ojos y que pase lo que Dios quiera. Pero el que no debe cerrar los ojos es el conductor. Menos mal que Teophile, el chófer de la misión, superaba cualquier obstáculo.

Aislamiento total

Una buena red de carreteras permitiría el acceso a los principales centros o mercados de alimentación y los agricultores podrían vender sus productos. La República Democrática de Congo es uno de los países con el porcentaje más elevado de personas desnutridas, el 73 por ciento de la población. Por eso las carreteras son fundamentales en la lucha contra el hambre y para salir del aislamiento cultural y económico.

Por Isiro pasaba un ferrocarril que permitía transportar productos como el aceite de palma, café o algodón. Desde hace más de 15 años ya no funciona. La vía férrea ha sido invadida por la selva y estaciones como la de Gao están sin tejados y semiderruídas.

Cuando dejó de funcionar el tren se intentó suplir el transporte por camiones. En Isiro había entre 200 o 300. Hoy apenas hay tres o cuatro. Muchos comerciantes se han marchado porque el transporte es difícil o imposible por el mal estado de las carreteras. ¡Ay de los camiones que se aventuran por los caminos de la región! Para recorrer 100 kilómetros se puede tardar 13 días. Y así lo pudimos ver en el viaje que hicimos desde Mungbere a Isiro: camiones embarrados, volcados o averiados se mezclan con el verde paisaje de la selva entre enormes árboles y bambués.

La bicicleta es en la actualidad el medio de transporte por antonomasia. En ella se cargan todo tipo de productos para ser vendidos en mercados. Sandalias, sacos de carbón vegetal, plátanos, pescado, cuatro corderos o un montón de gallinas. Después de recorrer 60 kilómetros o más empujando la bicicleta, llegan a su destino a punto de desfallecer.

Taller misionero

¿Qué hace un misionero para tratar de solucionar este problema de comunicación? No puede dejar de visitar a la gente en las capillas durante mucho tiempo. Además del rico elemento humano cuenta con tres herramientas de vital importancia: el coche, la moto y el camión.

El encargado del taller de la misión de Isiro es el Hno. Tarcisio Calligaro, un misionero comboniano italiano que acaba de cumplir los 50 años de votos perpetuos. Está en el Congo desde 1966 y en Isiro desde 1972.

Cuando trabaja en el taller parece rejuvenecer. Sus 78 años se convierten en la mitad para dirigir a un puñado de chavales como un gran maestro de la mecánica. Muchos jóvenes han aprendido un oficio que les ha permitido esperar un futuro prometedor. A algunos de ellos los ha visto ya colocados por su propia cuenta.

Recuerda detalles de los 35 años que lleva en Isiro. Durante las últimas guerras se vio obligado a arreglar los coches de los distintos grupos que ocupaban sucesivamente la ciudad de Isiro. Recuerda a un general rebelde que llegó al taller con la pretensión de que le arreglaran un todo terreno que llevaba una ametralladora en la parte trasera. No podía arreglar una máquina que serviría después para matar seres humanos. ¿Qué podía hacer? Escondió a los chicos que trabajaban en el taller. Le dijo que sus obreros estaban de vacaciones y no volverían hasta dentro de 20 días. El general no tuvo más remedio que buscar otro taller.

“Las carreteras –cuenta el Hermano– eran mucho mejores. Podías llegar a Rungu, a unos 70 kilómetros, en una hora con un coche normal. Ahora se tardan de ocho a diez horas en uno con tracción en las cuatro ruedas. La gente tenía coches, motos, radios...”

El camión se utiliza para arreglar los baches de la carretera en la época de lluvias. Cargado de piedras va rellenando los enormes baches para que luego los coches puedan superarlos.

Las motos también son imprescindibles. A algunas capillas sólo se llega por senderos estrechos en medio de la selva. Al término de cada viaje, lo mismo que los coches, necesitan una buena revisión. El taller se encarga de ello.

El estado de las carreteras es una dificultad más a las que tienen que enfrentarse los misioneros. Pero nunca pierden la alegría y las ganas de llegar hasta los más pobres, aunque tengan que mancharse de barro hasta las cejas o pasar la noche en medio de la selva.

Leo Salvador

 

 


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