Aprender a valorar

JULIO-AGOSTO 2008
Editorial
Telemundo
Selvas y barro
Aprender a valorar
Raíces
Flora africana
Hola África
Yo misionero


APRENDER A VALORAR
2º Premio de Redacción Concurso Aguiluchos 50 años

 


Había una vez, en un lugar muy lejano, un pueblo muy, muy pobre. Sus habitantes vivían miserablemente sin una sola moneda.

Un día organizó la capital del país un concurso llamado “La cebolla más grande”. El pueblo, que vivía de la agricultura y la ganadería, se presentó y ganó. El premio era una fuente de oro y la colocaron en su plaza. Al año siguiente, convocó la capital del país el concurso de “El tomate más grande” y ganó el mismo pueblo. El regalo era un ayuntamiento de oro, que colocaron en lugar del otro.

Pasado otro año, la capital del país volvió a organizar el mismo concurso de años anteriores, pero esta vez con la calabaza más grande. Volvieron a ganar y el regalo de este año eran baldosas de oro para que las pusieran por las calles. Les vino de maravilla ya que sus calles eran de tierra. Al año siguiente se volvió a celebrar el concurso, no como los años anteriores sino que consistía en criar el pollo más grande y el premio era regalarle casas de oro con los muebles de oro y todo de oro. Este año a los habitantes del pueblo les costó más, pero al final ganaron las casas.

El gobernante del país ya estaba mosqueado y al año siguiente el concurso consistía en cultivar el calabacín más pequeño. El pueblo lo volvió a conseguir y les regalaron farolas de oro. Al año siguiente ya no hubo concurso porque el gobernante estaba intrigadísimo y lo suspendió porque pensó que lo iban a arruinar.
El pueblo había quedado sin un solo grano de tierra, porque, donde antes cultivaban, habían cambiado la tierra por polvo de oro y parecía que las plantas nacían patas arriba. Al cabo de unos años, lo que todos más valoraban era la tierra. Aunque fuera el pueblo más rico del mundo, allí no había vida. Todos los envidiaban pero ellos se sentían desgraciados; necesitaban ser queridos.

Poco a poco se dieron cuenta de que ni el oro ni nada merece la pena porque son objetos materiales. Los habitantes del pueblo comprendieron lo que les pasaba, y devolvieron todo el oro. Decidieron compartir sus ejemplares únicos de hortalizas y animales con todos los demás pueblos del reino y se convirtieron en el país más próspero y más feliz de la tierra.

Pilar Rodríguez Yus
2º Premio de Redacción
en el Concurso
AGUILUCHOS 50 AÑOS


 


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