Misioneras Combonianas entre los Nuba - Cercanía y escucha

MARZO 2008
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CERCANÍA Y ESCUCHA
Misioneras Combonianas entre los Nuba

 

Las Hermanas combonianas llegaron a la parroquia de Guidel, en los Montes Nuba, hace cuatro años. Desde entonces comparten su tiempo entre las escuelas, las capillas y las visitas a las familias. Con delicadeza y mucha ilusión, van entrando en la vida de este pueblo milenario sudanés.

Aterrizamos en Kauda, en los Montes Nuba, tras cinco horas de vuelo desde Lockichoggio, en el norte de Kenia. A veinte minutos de Kauda, atravesando un tortuoso camino de cabras, llegamos a Guidel, nuestro lugar de destino. Tenemos la sensación de estar en el fin del mundo. Un lugar paradisíaco en donde los nuba vívían, hasta la irrupción de la guerra, en plena armonía con su entorno. Así los fotografíó la cineasta y fotógrafa alemana Leni Riefenstahl, en su ya mítico libro “Los últimos nuba”.

Conocer la historia de dolor del pueblo nuba nos rememora una crónica nada idílica: la del exterminio y el sufrimiento de un pueblo milenario. Desde 1985 la zona ha sido centro de los conflictos entre el Gobierno de Sudán y el SPLA, grupo rebelde del Sur. Gracias a la firma de paz, en enero de 2005, la paz parece anidar de nuevo entre las colinas.

Las cabañas de los nuba se esconden tras inmensos montes, una aquí, otra allá. El paisaje recuerda un poco a los dibujos de Heidi, con sus cabras y todo, pastando libremente.

Llegamos, por fin, a la parroquia, que se abrió hace ocho años. Un kilómetro más adelante, se halla la casa de las Misioneras Combonianas, que nos acogieron con gran hospitalidad.

La comunidad está formada por cinco Hermanas, cada una de un rincón del mundo. La Hna. Dorinda, portuguesa, es la misionera más veterana, junto con la vivaracha Hna. Ana, italiana. Ambas han vivido la experiencia de trabajar en Sudán Meridional en tiempos de guerra. Por su parte, Lorena, costarricense, Mari Carmen, mexicana, y Ans, india, llegaron a Sudán cuando ya se hablaba del alto el fuego.

La mujer, “muy barata”

mujerEl obispo comboniano sudanés Mons. Max Macram les pidió a las combonianas que se centraran en la educación, porque las escuelas estaban comenzando y no tenían mucho apoyo. También les pidió que ayudaran a los catequistas, puesto que durante los años de la guerra estuvieron solos al frente de la iglesia nuba, y por último que trabajaran en el campo de la promoción de la mujer. “Hubo una conferencia con los tira –un subgrupo de los nuba– en la que empezaron a releer su historia. Allí las mujeres comenzaron a cuestionarse cuál es el rol de la mujer y cuáles son los desafíos que tienen ante sí. Salieron muchas cosas a relucir. Vieron que casi siempre eran ignoradas en su cultura, ninguneadas, porque es una cultura sobre todo patriarcal. Fue curioso ver algunas de las conclusiones, los descontentos de las mujeres. “Se quejaban porque se sentían muy baratas, las dotes que daban por ellas eran muy bajas. Y casi no hay nada que les haga sentirse importantes”, comenta Lorena. “A partir de entonces nos dimos cuenta de los grandes desafíos que tenemos para hacer valer a la mujer”, añade Lorena con fina ironía.

Visita a las escuelas

Una mañana nos invitan a visitar las escuelas, en las que trabajan las Hermanas Mari Carmen, Ans y Lorena. Los niños nos reciben con disciplina, educación y unos ojos curiosones y enormes. Después de los saludos, de las presentaciones y de escuchar una preciosa canción de bienvenida, les dejamos para no interrumpir el ritmo de la clase. Las escuelas cuentan con 10 aulas, en las que trabajan, además de las Hermanas, otros siete profesores, cuatro sudaneses y tres kenianos. Algunos no tienen terminado ni siquiera la enseñanza Primaria. Éste es uno de los principales problemas de las escuelas de este remoto lugar, perdido de la mano de Dios. Falta personal. Pocos quieren venir a trabajar aquí. También falta material educativo, aunque gracias a las Hermanas han recibido varios envíos de cuadernos, libros y material educativo.

Nos asomamos a la cocina, una sencilla sala totalmente vacía, en donde en el centro cuece al fuego de leña una gran olla de balila, papilla formada por sorgo y maíz cocido con agua, sal y aceite. Y es que los alumnos y los profesores comen todos los días en la escuela.

“Los salarios de los profesores locales de la escuela primaria los financia un monje cisterciense alemán, el P. Zengue. Cada año recoge fondos en colegios alemanes y nos los manda para el pago de los sueldos. Es algo realmente admirable”, comenta Lorena agradecida.

Una de las cosas que más les llamó la atención a las Hermanas al llegar, son las dolorosas memorias que tienen los jóvenes en su corazón, en su mente, pues muchos de sus coetáneos murieron durante la guerra, y en muchos casos frente a sus mismos ojos. “Fue una realidad muy fuerte, que muchos todavía la reviven cuando lo cuentan” asegura la Hna. Ans.

Alegría de oír la Palabra de Dios

Misioneras rezando con la genteCada domingo las Hermanas visitan una de las 16 comunidades que dependen de la parroquia. “Después de la celebración eucarística o de la paraliturgia (dependiendo si cuentan con sacerdote o no), tenemos un momento de reflexión, en donde la gente participa. Se siente un ambiente de comunidad. Existe la inquietud de conocer y de transformar su realidad, su comunidad, su familia. También sienten la necesidad de querer sanar las heridas que la guerra les ha dejado, el querer mirar todo lo vivido desde la fe, desde la esperanza”.

“Sí, otra de las cosas que yo he visto en esta gente –añade la Hna. Ans– es la auténtica alegría de oír la Palabra de Dios. Y eso que no hay muchas Biblias aquí y además no están traducidas a la lengua de los tira...”

Visita a las familias

A media tarde, acompañamos a Dorinda y Ana a visitar una familia. Nos ha venido a buscar a la misión Susan, una mujer de unos treinta y cinco años, viuda y con 7 hijos. Es alegre y de sonrisa fácil. Llegamos a su casa y, después de los pertinentes saludos, nos hacen pasar y acomodarnos en unos taburetes. Después de charlar un buen rato con Dorinda, en árabe, y de ha-cer las presentaciones, empiezan a traer algunas viandas: una especie de buñuelos fritos, buenísimos, y el imprescindible té árabe, muy edulcorado. La charla es distendida. Tras traducir nuestras respuestas, Miriam y Susan se ríen a carcajada limpia. Los críos pequeños se abrigan, curiosos, en las faldas de mamá. Uno de ellos todavía no se ha destetado, y eso, en estos parajes, se nota. Está lustroso y regordete. Al cabo de un rato, salimos a la puerta de la casa, con las sillas y banquetas, y allí, bajo un marco inigualable, leemos el Evangelio. La Hna. Ana lee en árabe: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt. 9 37). Después de algunas palabras de reflexión de la Hna. Dorinda, la propia Susan expresa sus sentimientos y hace una oración espontánea. “Su oración es bastante profunda, traen a la oración su sufrimiento, sus preocupaciones, su fe y sus deseos de paz”, nos recuerda la Hna. Dorinda, de vuelta a la misión.

Cuando abandonamos Gudel, recuerdo las palabras de Jesús: «Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Y doy gracias a Dios por permitirme escucharle en medio de los nuba y descubrirle a través de los ojos esperanzados de estas mujeres nubas, que esperan, con anhelo, una vida mejor.

África González

 


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